FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

Meditaciones

ultrahistoria infinita

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


Contactar con

Webmaster

  

Contactar con

Ramón Hernández

 

 

 


Vea otros artículos de la serie

 

Siempre ha habido párrocos celosos, cercanos a sus feligreses, que son el orgullo del pueblo, están donde el pobre, el enfermo, el que necesita una ayuda. En la Iglesia, en todo tiempo no ha faltado un santo cura de Ars o un unamuniano san Manuel Bueno Mártir. Quizás entonces era más fácil, pero hoy es más meritorio. Entonces no encontraban dificultad para convocar en los domingos a los niños a la catequesis, tenían los párrocos acceso fácil a las escuelas para explicar el evangelio dominical o el misterio o fiesta de próxima celebración, podían con agrado del pueblo extenderse en la homilía festiva de la misa mayor. No faltaban, siempre con abundante público, las conferencias para jóvenes o adultos o para matrimonios. El encuentro y saludo diario con el pueblo por la calle. El cura, el párroco, era una institución bien vista, y los feligreses acudían a él confiadamente ante los variados problemas personales o familiares o sociales que iban surgiendo en la vida diaria. Los pobres, enfermos, los necesitados en el cuerpo o en el alma eran para él los predilectos. Así lo aprendieron en Jesucristo y en el Evangelio y así se esforzaban por llevarlo a la práctica.

   Con semejante actividad, desde el temprano amanecer hasta el pleno cerrar de la noche, poco tiempo tenía el párroco para meditar, leer, contemplar en la soledad las verdades de la fe, para ofrecer cosas nuevas o aspectos nuevos en la explicación de las verdades de fe a sus cristianos. Él las creía, las vivía y las ofrecía a la gente con el castizo modo de su pueblo, que seguía con emoción la vivida emoción del sacerdote, al explicar las sencillas escenas y parábolas del Evangelio. Lo más complicado para él era la exposición de los altos misterios: la transubstanciación eucarística o la misma presencia real de Jesús, siempre presente y siempre olvidado y encarcelado en el sagrario. Otro misterio para él difícil de hacerlo accesible era la Encarnación del Verbo: Dios infinito, que se hace un hombre limitadísimo, paupérrimo y plenamente indefenso ante la persecución y las humillaciones de los prójimos más perversos e inhumanos.

   Donde ya se perdía enteramente desde un principio nuestro párroco era en el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios y tres Personas. ¿Cómo explicaré yo esto a la gente?  Lo creo; me gustaría reestudiarlo, pero no tengo tiempo. El pueblo lo sabe; se lo expondré como me salga en ese momento; la gente nunca me pide más. Usaré ejemplos o  comparaciones de tres en uno, que nunca faltan.

   Ciertamente no es fácil exponer el misterio de la Trinidad a la gente sencilla. Lo fue de forma especial para los misioneros cuando tenían que hablar de ello a los paganos, hundidos en el politeísmo, entre dioses a veces enemigos mutuos o que se dividían los diversos pueblos o los distintos poderes de la naturaleza, y que exigían sacrificios humanos para detener sus furias o conseguir su favor.  Explicar que Dios no hay más que uno, se conseguía con mucha dificultad. Explicar que en este Dios había Tres Personas distintas, pero que eran un solo Dios. Los misioneros acudían a ejemplos: las distintas olas del mar y un solo inmenso mar; tres dobleces y una misma tela, o, quizás más expresivo, un expléndido árbol con tres potentes ramas, saliendo del mismo tronco, y así lo consignaban en los catecismos nuestros misioneros de América del siglo XVI. Leí hace quince años en una revista de teología una recensión a uno de esos catecismos americanos, que acababa de reeditarse con motivo del centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo, como parte documental de una tesis de doctorado. El teólogo recensor criticaba duramente a aquellos misioneros como poco preparados en teología, porque esos ejemplos manifestaban una teología heterodoxa, similar al modalismo de los siglos II y III, que hacía de las personas modos de manifestarse el Dios unipersonal. Me pareció muy dura y rígida esa calificación, pues se trata de ejemplos de catequesis para hacer asequible a personas sencillas el más alto misterio cristiano, que, como todos los ejemplos de cosas sobrenaturales, son deficientísimos, sin remedio.

   Y también en nuestro días, y hoy mismo, algunos párrocos en el Domingo de la Santísima Trinidad han usado de estos o más vulgares ejemplos. Lo sé porque lo he presenciado y porque otros oyentes me lo han dicho de otros sacerdotes en la homilía de esa fiesta. Nadie los tacha de heterodoxos, pues se sabe que son modos parabólicos, que nunca – ni en el Evangelio- son plenamente acomodables en todos sus elementos. Lo cierto es que esa semejanza o ejemplo del tronco y las tres potentes ramas lo oí yo de pequeño a un párroco de brillante carrera teológica y escriturística, y que era el deleite de mis  paisanos, que siempre salían admirados de sus doctrinales homilías largas de la misa mayor. Así se presentó mi párroco en la escuela, en la víspera de la fiesta de la Santísima Trinidad, como era habitual hacerlo en aquellos años lejanos -algo más de medio siglo- con un rollo grande, y, al extenderlo, allí estaba el famoso árbol del grueso y firme tronco y de las tres frondosas y vigorosas ramas. Ya nos advirtió que era sólo un ejemplo, un símbolo; pero a él le sirvió para meternos bien dentro del alma, con sus explicaciones, la realidad del misterio trinitario y la necesidad de adorarlo y vivirlo cuando recitamos el Credo o nos persignamos. Digo su nombre en señal de agradecimiento por aquella y otras muchas lecciones: Don Leónides Prieto, ya contemplando y disfrutando este misterio en la eternidad.

   En una de mis meditaciones aquí expuestas, en mi página Web, Sobre la Ciencia de Dios, partía yo de una frase que oí de pequeño (primer año de Escuela Apostólica [o Seminario] Menor. Respondía a la pregunta ¿qué hacía Dios durante toda la eternidad, antes de la creación? La respuesta era Dios se contemplaba a Sí Mismo. Expuse entonces el bien inmenso que hasta el día de hoy me ha venido proporcionando esa breve, pero, para mí, desde entonces, luminosísima frase. Manifesté asimismo el agradecimiento a aquel padre dominico, al que se la oí. Diré también el nombre de este mi gran benefactor espiritual, pues hace cinco años que ha fallecido y no me podrá reñir: P. Jesús García Rodríguez, Director entonces de aquella Escuela Apostólica Menor. Pero esa frase es tan densa que me ha permitido y me sigue permitiendo un inacabable desarrollo, del que quiero ofrecer ahora sólo el principio. Pues bien, el desarrollo es lo que yo llamo La Ultrahistoria Infinita.

   En efecto, nuestra inteligencia humana presenta ante nuestra mente una infinitud de consideraciones de la Divinidad, es decir, de la misma naturaleza divina, común a las Tres Divinas Personas. Esas consideraciones, hablando a lo humano, tienen como fondo todo cuanto nos ofrece el ser-vital-espiritual infinito con sus infinitas perfecciones, que constituyen ónticamente la Divinidad. Algo de esto es a lo máximo a que puede llegar el hombre como por atisbos, o sospechas, o analogías, como dicen los filósofo-teólogos tomistas, y tienen su punto de apoyo en la naturaleza creada o cosmos.

   Dios sabe, vive y experimenta que encierra en sí absolutamente todo el ser en sus infinitos aspectos posibles, más que lo que el hombre con su imaginación ilimitada puede soñar o pensar: multitud infinita de infinitos mundos o modos de ser participado de ese ser divino único: mundos o modos bellos, bellísimos; buenos, buenísimos; grados o modos infinitos de perfección participada del ser de Dios. El mundo o cosmos que conocemos, o mínimamente conocemos, es sólo una manifestación de esas infinitas posibilidades que se encierran en el ser primero, en la naturaleza divina. Estas consideraciones se prolongan, aumentan en progresión geométrica, con cada una de las perfecciones divinas, cuyos atisbos nos ofrece o nos puede ofrecer la naturaleza creada, la creación en la que nos movemos o reposamos cada día: inmensidad, presencia, entendimiento, verdad, voluntad, amor, libertad, generosidad, fecundidad…

   Sin embargo todo esto no es más que el umbral del verdadero conocimiento de Dios. Tanto es así, que, a pesar de que, por lo dicho o enunciado, creemos que sabemos o podemos saber bastante de Dios, viene San Juan Evangelista y en el mismo prólogo de su Evangelio llega a decirnos de modo apodíctico: de Dios nadie sabe nada: “a Dios nadie lo ha conocido jamás; el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer” (Evangelio según San Juan, capítulo 1, versículo 18). En efecto todo lo que hemos dicho antes y que ha llenado millones de libros grandes y pequeños, y que siguen y pueden seguir llenando más todavía no llegan a la intimidad de Dios, a la vida íntima de Dios, que es lo más importante y lo que verdaderamente lo define. Eso quiere decir que si lo que hemos expuesto hasta ahora da origen a meditaciones sin fin, lo que queda por decir, que es lo referente propiamente al misterio de la intimidad de Dios, que es el misterio de la Trinidad, no hay siglos eternos suficientes para acabarlo de considerar: no cabe aburrimiento posible.

   Sólo Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, que vive desde la eternidad en el seno de la Divinidad es quién nos puede decir sin engaño quién es y cómo es Dios. Jesucristo es el que nos ha revelado repetidamente en el Evangelio la Trinidad en Dios, y Él es el que nos ha hablado de su inconmensurable importancia para nuestra vida, para nuestra perfección como cristianos; no es un misterio para tomarlo a la ligera. Su misión en nuestra alma, en el alma de la Iglesia y en la gloria del cielo es de una vitalidad sin límites; su vivencia experiencial es de una felicidad infinita, y por lo mismo la Bienaventuranza de Dios y de los santos por eternidad de eternidades sin fin: imposible metafísicamente aburrirse. Para no alargar indefinidamente estas consideraciones, daré a continuación algunos pasajes evangélicos que nos pueden seguir dando qué contemplar y qué predicar sobre el Misterio Trinitario; que, si todos los misterios sobrenaturales son insondables, Éste de la Trinidad es insondable por antonomasia.

   Aparte de esa revelación ya citada del prólogo del Evangelio de San Juan, encontramos al principio del Evangelio de San Lucas, en el capítulo primero, versículo 35 las palabras que el ángel Gabriel dirigió a la Virgen María: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Hijo engendrado de ti será Santo, será llamado Hijo de Dios”. Recuerda las dos teofanías o manifestaciones de la Divinidad con motivo del Bautismo de Jesús y de la Transfiguración en el monte Tabor: el Espíritu Santo que desciende sobre Jesús en forma de Paloma y la voz del Padre Éste es mi Hijo muy amado, el predilecto, escuchadlo. La persona del Padre tantas veces evocada por Jesús: el Padre y yo somos uno; el Padre, que me ha enviado; mi alimento es hacer la voluntad del Padre; el Padre me glorificará; Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; Padre mío, si es posible pase de mí este Cáliz… Lee el sermón de Jesús, después de la Última Cena, que recoge San Juan, particularmente los capítulos 14 y 16 donde encontramos las tres divinas personas y sus relaciones entre sí y con nosotros. Ve el final del Evangelio de San Mateo, capítulo 28, versículo 19: “id y predicad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Al final del Evangelio de San Lucas, capítulo 24, versículo 49: “os enviaré al prometido de mi Padre; permaneced en Jerusalén hasta que seáis imbestidos de la virtud venida de lo alto”; texto que se completa con los Hechos de los Apóstoles escritos por el propio San Lucas, al principio de los capítulos 1 y 2. Los textos sagrados se multiplican en las cartas de los santos Pedro, Pablo, y Juan. Sólo evocaré el saludo que decimos tantas veces al comienzo de la Misa, y que está tomado de la Carta Segunda de San Pablo a los Corintios, capítulo 13, versículo 13: “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros. Amén”.

   Tenemos tema vivísimo y superabundante para contemplar y para predicar sobre la Trinidad. No tenemos excusa. Es un misterio muy familiar al verdadero cristiano: lo glorificamos en el Gloria de la Misa; lo profesamos en el Credo y ¡tantas veces lo invocamos con la señal de la Cruz a través del día: ”en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

   Entremos dentro de la vida íntima de Dios, con la ayuda de la revelación de Jesús, que nos hace Él directamente en los Evangelios e indirectamente a través de los Apóstoles en sus inspirados escritos. Entremos en el misterio de la Santísima Trinidad, que es lo que con toda propiedad constituye y define a Dios. Entremos con la máxima veneración, iluminada nuestra mente con la fe sobrenatural y caldeado nuestro corazón por la caridad. Tengamos al rojo vivo las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo, que se nos confirieron en germen con la gracia de Jesucristo, que nos ha transformado en Hijos de Dios y herederos de su misma Felicidad en la gloria que un día nos dará.

   Creo en Dios Padre. El Padre desde siempre, desde la eternidad, engendra y contempla al Hijo. El Padre, al contemplarse a sí mismo engendra la Palabra o el Verbo (en latín) o el Logos (en griego) tan perfectamente semejante al Padre que llega a la máxima de las perfecciones que es la Persona: ese Verbo es engendrado por la mente de Dios y es por consiguiente el Hijo, la Persona del Hijo, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Una lejanísima semejanza se da con nosotros que al entender engendramos el concepto, la idea, que luego la damos a conocer en la palabra. Todos los sentimientos de los padres buenos se encuentran en Dios en grado infinito: la preocupación y atención y amor a los hijos, la providencia, el cuidado, la ilustración, el perfeccionamiento hasta el más alto grado…

   Creo en Dios Hijo. El Hijo es la Palabra del padre, es la Verdad consumada, origen de todas las verdades; por Él el Padre crea todas las cosas, el cosmos universo y todo cuanto en el cosmos se contiene; cada cosa del cosmos es una participación del ser, de la verdad y de la bondad de Dios, con todas las otras perfecciones, que de ahí se derivan. Y, más que todas las consideraciones sin límites que esas realidades originan, están en el Hijo todas las realidades sobrenaturales, misteriosas que hacen referencia a la historia de la salvación de los hombres: Encarnación del Hijo de Dios, su vida sobre la tierra, su predicación, la fundación de la Iglesia, las sobrenaturalidades de su Madre (la Virgen María), la vida y las riquezas espirituales de la Iglesia, el misterio eucarístico, los sacramentos, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo con su repercusión sobrenatural en los hombres. ¡Cómo puede Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo aburrirse un solo instante en la contemplación de sí mismo y de estas infinitas, sobrenaturales y eternas realidades, y las que a ellas de infinitos modos van unidas!

   Sigo enriqueciendo mi contemplación, que no tiene límites, para vivirla y para exponerla o predicarla con vivo entusiasmo a los fieles o infieles. Porque también creo en Dios Espíritu Santo. Ese amor mutuo infinito y felicísimo del Padre al Hijo y del Hijo al Padre es tan perfecto, tan intensa y perfectamente infinito, que constituye una infinita y perfectísima realidad, que es una infinita y divina persona, que se llama y es el Espíritu Santo. Si tu amor a la persona amada y el amor de la persona amada hacia ti da origen a algo común a los dos, que os mantiene unidos, aunque separados y lejanos, esa realidad común espirada por el Padre amando al Hijo y por el Hijo amando al Padre es en Dios una realidad infinitamente perfecta, o, como dije antes, una persona infinita, que, repito, es el Espíritu Santo. ¡Cómo este misterio o supramisterio no va a ofrecer consideraciones sin fin en Dios, y por regalo divino y concesión divina también en nosotros!

   Suma ahora lo que viene. Es decir, las maravillas de la Trinidad (de Dios Uno y Trino), que viene a nuestra alma por la gracia de Jesucristo, que nos hace hijos de verdad, incluso en ese mismo orden sobrenatural, de Dios y herederos de la gloria y de la vida íntima de Dios en el cielo. No acabaríamos con estas consideraciones y predicaciones sobre el misterio trinitario. Jesús lo prometió; lo leemos en el Evangelio de San Juan, capítulo 14, versículo 23: “si uno me ama, cumple mis palabras, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Los santos contemplativos lo vivieron y experimentaron y nos lo transmitieron. Otro recuerdo de mi infancia en mi Escuela Apostólica (o Seminario) Menor. Un Padre dominico nos leyó algo impresionante de la entonces Sor y ahora en los altares, Isabel de la Trinidad. No lo entendí bien entonces, pero se me quedó como en oro grabado en mi interor, y luego, a partir particularmente del año de noviciado, ha sido principio de benéficas meditaciones. ¡Dios no se aburre en la Eternidad ni los santos en la Patria eterna con Él! Imposible el aburrimiento con esta Ultrahistoria Infinita y Eterna; lo experimentas, si vives en sintonía con la Santísima Trinidad.

   Y falta tanto por decir todavía. Falta por ejemplo la transcendencia social, porque dice San Cipriano, comentando el Padrenuestro: “El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo, cuya unión sea un REFLEJO de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.


Conozca también...

     


ESTADÍSTICAS EN ESTE SERVIDOR 

Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado páginas  sólo en este servidor Web

contadores

Diseño de Antonio García Megía

Recomiende esta página: Escriba la dirección de correo de un amigo

Comparta con sus amigos o grupos de Facebook