FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

Meditaciones

Toques que queman el alma

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


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Ramón Hernández

 

 

 


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1

Santa Rosa de Lima

 

   Bastante fresca esta mañana del 23 de Agosto del 2003. Estoy en Macotera (provincia de Salamanca) y madrugo para ir a la capital charra. En el autobús provinciano de las nueve iba yo rezando el Oficio de Lecturas en mi libro de preces, el Libro de las Horas. Era la fiesta de Santa Rosa de Lima. Meditaba la segunda lectura, cuando recibí un golpe fuerte de fuego en el alma. No pude seguir su recitado. En esa segunda lectura, que es propia de la santa, habla ésta del valor de la gracia sobrenatural, emanada de la Redención que Jesucristo nos consiguió en la Cruz.

   Ella tuvo en sus meditaciones una revelación de Cristo sobre su extraordinario valor. Tan grande vio entonces la Gracia del Salvador que la transformó, más aún de lo que estaba. Le abrasaba el alma y saltaba loca. Pocos conocen este valor transfigurante, embriagador, que llena de felicidad incontenible el cuerpo y el alma. Estoy ardiendo, estoy loca, se decía. Ardo en deseos de ir por plazas y calles gritando la inmensa virtud de este inmenso tesoro:

   “Hombres, mujeres, ¿queréis paz, felicidad, satisfacción plena de toda  vuestra inquietud y preocupación? Eso lo da enteramente la gracia de Cristo, y sólo ella. Jesús, el Señor, la ofrece a todos. Si entendéis esto, todos los sacrificios que comporta la vida os parecerán pequeños para conseguir este tesoro que transforma, que da fuerzas insospechadas para superar todo obstáculo; que os enciende en el verdadero Amor, que sacia y os impulsa a hacer el bien, y a ayudar y a orientar y hacer felices a todos sin excepción”.

   Llevo años viviendo de cuando en cuando esta realidad. Todos los años en este día de Santa Rosa de Lima salto como ella de incontenible felicidad. ¿Cómo no hago lo que no podía hacer Rosa: predicar hasta morir predicando el valor de esa Gran Gracia recibida?

 

2

Unamuneando

 

    Unamuno es una de mis musas. ¡Cuántas veces su lectura me ha empujado a trascender! No sólo a superar la impresión de una alegre o triste noticia, buscando una clave de lectura que me ponga por encima de ella; hablo incluso de la transcendencia suprahumana o transcendental. Es más que el combate o la agonía por sobrepasar la barrera de la atracción terrenal. Diría que son toques divino-humanos o humano-divinos, porque arrancan del hombre, pero que comprometen a Dios.

   Leía yo hace poco en este maestro de todas las teologías y de todas las místicas que el hombre tendría que aspirar a ser, o tener la agonía por conseguir ser lo que en realidad es en la mente divina. Y parecía mostrar con claridad que esa era su propia aspiración: “ser lo que soy en la mente de Dios”. ¿Cabe una aspiración mayor?

A mí me atrajo siempre más la voluntad divina, porque todo lo hizo Dios, también a mí, según su voluntad. En la mente divina caben infinitos mundos distintos de éste que palpamos, infinitos seres e infinitos modos de ser; sin embargo sólo se hace real el que determina su generoso y gratuito querer. También es verdad que el Maestro Jesús, que goza de vivir la Divinidad, no ha tenido otra misión que cumplir la voluntad del Padre, y cumplir ese querer del Padre dijo que es “su alimento”. De expresiones sobre esa unión de voluntades están llenos los Evangelios.

   Esta consideración tampoco anula la otra “mi doctrina no es mía, sino del Padre que me ha enviado”. Frases similares, que hacen de la enseñanza de Jesús un reflejo de la mente del Padre, abundan igualmente en la boca de Cristo: Yo no hablo por mi cuenta, ni obro por mi cuenta, sino que según lo veo en la mente del Padre, eso digo y eso hago; nadie conoce a Dios, ni jamás lo ha conocido, leemos en el Evangelio de San Juan; sólo el Verbo, que ha estado en el seno del Padre, es el que nos lo ha dado a conocer.

    Ante una meditación tan varia, viene espontánea a mi mente, por mi formación tomista (en la escuela de Santo Tomás de Aquino), la gran realidad de que en Dios la mente y la voluntad se identifican, no se da nunca oposición entre ellas. Por eso, al leer por vez primera, la citada consideración unamuniana, me pareció perfecta su consigna, porque eso es también lo que el Padre quiere: que yo sea lo que en realidad ya soy en la mente divina. Lo canta de mil modos el salmo más largo de todos. el  118: “eso es lo que yo quiero: cumplir tu palabra”, o, en ecuación unamuniana, realizar la idea que tú tienes de mí, “ser lo que soy en la mente de Dios”. 

 NOTA: Encuentras la frase que he comentado en M. de Unamuno, Diario final…, año 2006, pág. 279: “Hagámonos lo que somos en la mente divina”.

 

3

Tengo en propiedad, como herencia, una bendición

 

    Di una vez a estos pequeños artículos el genérico título de golpes de luz. Ahora prefiero llamarlos toques que queman el alma; me parece llega más dentro y que es también más fecundo. Y es que me pareció un toque hiriente que me quemaba el alma la lectura y relectura meditada de unas palabras del Apóstol Pedro. ¡Cuántas veces no habré leído esas frases, pues las traen a colación en distintas ocasiones los libros litúrgicos! Pero esa vez me hirió punzante, quemando en mi interior.

   Muy sencillamente, en ese lenguaje reposado e intimista de sus cartas, dice nuestro primer Papa o Vicario de Cristo en su Primera Epístola, capítulo tercero, versículos 8 y 9: “Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir, con afecto fraternal, con ternura y con humildad; no devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; al contrario, responded siempre con una bendición, pues para esto habéis sido llamados para poseer en heredad una bendición”.

   Al sentir el dardo ardiente de este pasaje en mi alma, traté de hacerlo muy mío y me lo traduje tal como lo vivía, cuidando de ser plenamente fiel a esas palabras y a su mensaje, y escribí: sentíos hermanos unos de otros, tratándoos con afecto fraternal; no devolváis mal por mal, ni maldición por maldición, sino bendecid siempre y a todos, porque tenéis en posesión, como heredad, una bendición (una bendición grande, infinita, que no se acaba).

   No creo haberte traicionado, Pedro mío. Me viene ese pensamiento tuyo muy a menudo y me impulsa a practicarlo de inmediato. El pensamiento, la conciencia, el sentimiento, o quizás la imaginación, me ponen delante la figura o figuras de los por mí ofendidos de alguna manera o de los que alguna molestia me causaron; también sobresaltan mi interior los que ofenden a tu Iglesia o extorsionan a los inocentes, los violentos contra la sociedad o contra los individuos, los que sufren por la enfermedad o por las desgracias tan múltiples de este mundo. Hasta los difuntos y almas del purgatorio siento al vivo que me gritan, pidiendo ayuda.

   Siempre San Pedro me hiere con su llameante advertencia y parece pedirme para ellos “una bendición, porque poseo gratuitamente en herencia una bendición infinita, eterna, que no se acaba”.

 

 

4

Jesús, la Gloria, el Templo

“La Gloria del Señor llenó el Templo”

 

En la liturgia de la Misa y de las Horas Canónicas se combinan textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los del Antiguo Testamento aparecen como profecías o anuncios del Nuevo: unas veces de modo manifiesto, otras de una manera velada, como insinuaciones. Me llaman de ordinario la atención las combinaciones que se hacen en los responsorios entre el solista y el coro. Tomé este apunte cuando meditaba el viernes de la semana veinticinco del tiempo ordinario en el responsorio de la primera lectura. Se complementan o combinan en él las palabras de profeta San Zacarías 43, 4-5 con las del evangelista San Lucas 2, 24. El tema es el Templo, la Casa del Señor.

Decía el coro, profetizando con Zacarías: “la Gloria del Señor llenó el Templo”. Y respondía el solista, asegurando con el evangelista de Lucas: “Llevaron al Niño Jesús sus padres al Templo”. Y repetía el coro, confirmándolo: Y “la gloria del Señor llenó el Templo”. Cantado, como antiguamente en el sencillo canto silábico gregoriano, este combinado de profecía y plenitud, producía intensas emociones. Ahora también las produce, si traes a la mente su rico y sabroso contenido.

Ahí está la meditación de las meditaciones: en ver a Jesús, al Señor, al Mesías, al Salvador, anunciado y revelado a través de todo el Testamento Antiguo. Dios Padre prepara a su pueblo para recibir con gozo al Mediador único entre Él y los hombres: a Jesucristo “Hijo del Altísimo”, como nuncia el arcángel Gabriel a la Virgen María. El Espíritu Santo ilustra y enciende a la Iglesia entera, ilustra y enciende el alma de cada uno de los fieles, para vivir y exultar de gozo ante la misión y la gloria, y los misterios de la vida y de las enseñanzas de Jesús. Ese mismo Espíritu ilumina y enciende el alma del creyente para vivir esos misterios con entusiasmo y gozo desbordantes, impulsándolo a comunicar esos gozos a hombres y mujeres, animándolos a apreciar y estimar como se merecen esas realidades humano-divinas.

Jesús es la Gloria del Padre; Jesús llena el Templo con su majestad; Jesús es el Templo; Jesús nos invita a entrar y hablar en amistad con Él, nuestro Mediador ante el Padre.

 

 

5

Alabanza  de  dios

 

 “Alabanza de la gloria de Dios”. Fue esta frase de San Pablo la que tocó como dardo ardiente el fondo del alma de la Beata Isabel de la Trinidad. Era lectora asidua de San Pablo y meditadora de sus textos, que gustaba de releer, y descifrar las entrañas de sus inspirados conceptos y frases. El capítulo primero de la Carta a los Efesios le ofrecía meditaciones sin fin. Los versículos 11 y 12 fueron pronto el centro de sus predilecciones. Es que –dice ahí san Pablo- “hemos sido predestinados por Dios en Jesucristo, para ser alabanza de su gloria”. Esa es nuestra predestinación; esa es la voluntad explícita de Dios para mí, y esa es mi precisa misión en esta vida y en la otra. La haré la substancia de mi ser. Aquí mi circunstancia es más mi yo que mi mismo yo. Eso soy yo ahora y por siempre, y eso será mi nombre propio, lo que verdadera y totalmente me define. Me llamo y soy –viene a decirnos la santa- “alabanza de su gloria”, “Alabanza de la gloria de Dios”.   

Si esa es la voluntad de Dios, porque a eso Dios me ha predestinado, en ese lema se encuentra para mí la identidad entre la voluntad y la gloria de Dios. Ahora entiendo por qué esas dos cosas aparecen tan unidas en las locuciones de Jesús en los Evangelios y por qué los santos instintivamente hablan de estas dos cosas como la expresión de sus máximos deseos: sólo quiero la voluntad de Dios (¡lo que Dios quiera!) y sólo deseo la gloria de Dios, o dar gloria y alabanza y bendición a este Dios, que lo es todo en mí y para mí (“¡al Dios que ha hecho tanto por mí!).   

La voluntad del Padre para Cristo es su inmolación, su crucifixión, para la redención y santificación y glorificación de los hombres, y esa es también la alabanza suprema de gloria, que Cristo ofrece al Padre: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en Él, y pronto lo glorificará para siempre” (Jn 13, 31 y 32): en la persecución, en la Cruz, en la Resurrección. “Padre, glorifica tu nombre. Llegó entonces una voz del cielo: le he glorificado y le glorificaré de nuevo” (Jn 12, 28): en la persecución, en la Cruz en la Resurrección. “Padre, glorifícame con la gloria que tuve siempre en ti” (Jn 17, 5): glorificación en ti con los míos, que son parte de mi Cuerpo, de mi Ser.   

Y por fin el estrambote, que no es sólo para los sonetos; cabe también en otros poemas y en las meditaciones. Alabanza y gloria son lo mismo. Mas sencillo que “alabanza de la gloria a Dios”, soy, según el título de este artículo “Alabanza de Dios “.

 

6

La Fe de tu Iglesia

 

  De bastantes años a esta parte –no sabría cuántos- me viene impresionando cada día, al recitarla en la plegaria eucarística, después del Padrenuestro, la expresión siguiente: “la fe de tu Iglesia”. En la Iglesia viven, sin duda, hombres y mujeres de mucha fe y santidad. Pero cuando pienso primero en mí -y es lo ordinario- me echo a temblar. ¿Te complace, Señor, de verdad mi fe? Porque la frase entera reza: “no mires, Señor, mis pecados, sino la fe de tu Iglesia”, y esto se presenta a Jesucristo para que nos dé la paz y la unidad.

   Sólo recé con paz y complacencia esta breve e importantísima plegaria, cuando logré transcenderme a mí mismo. Me remonté a lo más grande y me sentí fortalecido. Pensé en la inconmensurable fe de la Virgen María, la Madre del Redentor; la sentí de pronto muy cercana, como Madre nuestra por  la concesión de Jesús desde la Cruz. Tu fe, Madre, sí que fue meritoria; basta pensar en ti para rezar esa oración con plena confianza. El tesoro de los méritos de tu fe sigue siendo sin límites, a pesar de los siglos. Y con el pensamiento sosegado y fresco –Ella misma debió de hacerlo- me sentí transportado a la altura máxima, a la fuente originaria de toda fe: Jesucristo, manantial eterno e infinito, del que nace directamente el torrente fresco y lúcido de la misma Virgen. Hontanar oculto a los ojos mundanos, pero lanzando a borbotones frescos la fe para los que confían en Él.

   Sí; me doy cuenta de que de ordinario se dice que Jesucristo no tuvo fe y que no podía tenerla, porque es Dios y para Él todos los misterios, hasta los más misteriosos e inescrutables, son manifiestos, tanto los de la tierra como los del Cielo de los Cielos, que es el mismo Dios Trino y Uno. ¡Atención!, sin embargo. Jesucristo tiene dos naturalezas completas, totales y perfectas, no les falta nada de lo que es propio de cada una de ellas: la divina y la humana. Y tiene dos entendimientos, humano uno y divino el otro, y dos voluntades absolutas y libérrimas, una divina y otra humana. Cada una de estas facultades tiene sus correspondientes perfecciones y virtudes: la sabiduría del entendimiento y el consentimiento y aceptación de la voluntad. El Evangelio nos dice que “Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia” (Lc 2, 52). Se trata de un crecimiento no sólo físico sino psicológico o anímico, y espiritual, que incluye todas las facultades y perfecciones o virtudes del alma, aunque no todas de la misma manera que en nosotros, por la armonía perfecta entre una y otra naturaleza.

   El entendimiento humano de Jesús iba creciendo con la experiencia y con las propias reflexiones sobre las cosas. Y también crecía en su alma humana la gracia, pues, si bien el alma estaba siempre llena de gracia, crecía su capacidad y al mismo tiempo su plenitud. La virtud sobrenatural de la fe, derivada de la gracia, es una virtud que informa el entendimiento para abrir sus horizontes a todo lo divino. Esa fe se configura y se conforma en Cristo a su confianza plena en el Padre, y se acrecienta y agranda al mismo tiempo que la gracia. La fe-confianza de Jesús en el Padre es plena, como es total su entrega a la voluntad  divina. Por el Evangelio sabemos que la voluntad divina de Jesucristo es igual a la del Padre, pero ¡qué distinta de su voluntad humana, y qué “contrarias” a veces ambas! Hay momentos en los que vemos la voluntad humana de Jesús espantosamente hundida en “la angusta, el pavor y la tristeza: “mi alma siente una tristeza de muerte” (Mt. 26, 38; Mc 14,34); Jesús, “entrando en agonía, oraba con el más intenso anonadamiento, y era su sudor como gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lc 22, 44).

   Sí, como ya advertimos, la fe pura es de lo que no se ve y la persona de Cristo tuvo la visión divina siempre; en este sentido de fe estricta o pura, la fe más grande sobre la tierra fue la de la Virgen María. Pero Cristo-Jesús tenía una naturaleza humana completa, y Jesús, como íntegramente hombre, sufrió hasta el máximo las debilidades de todo orden de esa humana naturaleza. Los méritos conseguidos por Cristo en el orden de esa fe-confianza, antes descrita,  y de su esperanza confiada en la voluntad justísima y santísima del Padre, que fue siempre su alimento (Jn 4,34), son de un valor infinito. Así es, porque el mérito es de la persona y en Cristo la persona es Dios.

   Con todo esto delante de mis ojos, digo de mi mente, al llegar en la misa a la mística frase “en la fe de tu Iglesia” me siento rejuvenecer y grandemente confortado. Aplico sin más esa expresión a Jesucristo con su fe-confianza de un mérito infinito, y a la fe pura única de la Virgen María con ese mérito grandísimo, que nunca se acaba. ¡Con qué fervor, gracias Dios mío, digo ya esa oración: “no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia!

 

7

¡Que todos nos sintamos uno; porque lo somos!

 

Jesucristo habla de su unidad con el Padre: “el Padre y yo somos uno”. Y muchas veces en el Evangelio habla de su conformidad con el Padre y la conformidad del Padre con Él: esto es lo que quiero, agradar al Padre, y el Padre encuentra en Jesucristo sus complacencias. No sólo son uno, sino que se sienten uno: son, se entienden y se aman, y las tres cosas plenamente. Esa unidad viene anunciada muchas veces en el Nuevo Testamento, y sobre todo en el Evangelio de San Juan.

Jesús pide para los suyos la unidad; de modo especial la unidad de sentimientos. No sólo lo desea, sino que lo hace objeto especial de su oración, pidiéndolo ardientemente al Padre. Ve para esto el Evangelio de San Juan, capítulo. 17: que todos los suyos sean uno. Unidad plena, porque pone como ejemplo su unidad con el Padre: “que todos sean uno, como Tú, Padre, y yo somos uno”; “consérvalos en la unidad, para que sean siempre uno, como Tú y yo somos uno”.

Parece imposible, pero todavía hay otro deseo ardentísimo en Jesús, que nos eleva más arriba, y pide en su oración al Padre que ese deseo tan ardiente sea realidad: “como Tú, Padre, estás en mí, y yo estoy en Ti, que ellos estén en nosotros, siendo uno con nosotros”. No sólo nos eleva a una vida sobrenatural, que nos da vida y felicidad eterna, sino que nos introduce dentro del misterio más grande y más sublime, indescifrable e indecible de la Santísima Trinidad.

Añade a esto lo que hemos sentado al principio: no se trata sólo de estar ni de ser pasivamente, sino de disfrutar, de experimentar la grandeza, la bondad, la verdad y la felicidad plenísima que ese ser y sentir proporcionan al alma, tan insaciable que con nada parece conformarse duraderamente. Sólo esta unidad con Jesucristo y con toda la Trinidad Beatísima sacia por completo el alma. Jesús mostraba a la Samaritana un agua viva, que le quitaba la sed de toda otra agua o placer terreno, porque sería dentro de ella un surtidor que salta hasta la vida eterna. Aquí está la cumbre suprema de esas aspiraciones, que los santos saborean, y disfrutan y gozan ya en la tierra, como aperitivo del cielo.

La gracia que Cristo nos da, nos traslada a la familia divina, que constituyen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa unidad y comunicación de las tres divinas personas constituyen su felicidad, de tal manera que no necesitan de las criaturas para ser felices; las criaturas no añaden nada a esa Bienaventuranza divina. Pero Dios ha querido comunicarnos sus tesoros, y comunicarlos, no de cualquier manera, sino en el grado sumo; quiere hacernos partícipes de su felicidad, y por consiguiente que seamos y nos sintamos uno con Él.

Pienso que en el orden de la naturaleza existe también una exigencia natural de unidad, como un reflejo del Dios creador y salvador. Dios, cuando crea, deja su huella. San Agustín, al tratar del misterio de los misterios, que es el de la Trinidad divina, descubre muchas huellas de esa Trinidad en la creación, y particularmente en el hombre. Hay personas de una sensibilidad especial; no se sienten como una isla, sin contacto con el resto de los hombres o del mismo planeta tierra en que vivimos o del cosmos que nos circunda. Una catástrofe natural que presencian o una muerte a ellos cercana, sienten que algo se derrumba o muere dentro de ellos, y lo cantan en sus elegías o lo exponen en sus pensamientos como algo ocurrido trágicamente a ellos mismos. Bartolomé de Las Casas al contemplar los sufrimientos y las muertes angustiosas de tantos indios en la colonización de América exclama: “todos los hombres son uno”. Nadie da a esta frase este sentido, que yo le doy ahora. Se sentía uno de verdad con los indios, y la horrible muerte de muchos de éstos era una herida de muerte para él, para toda la humanidad y para toda la creación.

Hay otra unidad, que yo no quiero olvidar, por la verdad que encierra y por la trascendencia a que nos lleva. La vemos repetidamente en la Sagrada Escritura. Las fuentes siempre dicen la verdad. Hablo ahora de la unidad de los creyentes, o del Cuerpo místico de Cristo. San Pablo en Carta a los Efesios 4,5 nos invita a la unidad, porque: “uno es el Señor, una la fe y uno el Bautismo”. El Apóstol no quiere que nos instalemos en las fórmulas, por muy inteligentes que sean; quiere que sintamos o vivamos su contenido. Tenemos que llegar a hacer nuestros los sentimientos más íntimos de Jesucristo: “tened en vuestros corazones los sentimientos del corazón de Cristo”. Esto es muy grande: sentir, latir al unísono con el corazón más sensible, más rico en sublimes sentimientos como es el corazón del hombre más perfecto en toda perfección y que lo tiene todo divinizado en su persona divina; no cabe nada más alto.

Todo esto es posible, porque se funda en la unidad mística de todos en Él. Lo dice San Pablo en la Carta a los Gálatas, 3, 28: “todos los fieles sois uno en Cristo Jesús”. En la Carta a los Romanos, 12, 5 evoca su doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que expone largamente en la Primera a los Corintios: como los miembros físicos del cuerpo son muchos, siendo un solo cuerpo, así todos los creyentes formamos un solo cuerpo en Cristo Jesús. Recordemos algunos textos de la citada Primera a los Corintios. En 10, 17: “muchos granos de trigo forman un solo pan; la multitud de los creyentes forman un solo cuerpo místico”. En 12, 12: “como uno es el cuerpo y tiene muchos miembros, así todos nosotros, con ser muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo”. Y con ese argumento continúa San Pablo en ese capítulo 12. Dejando otros muchos textos paulinos, no olvidemos el de la Carta a los Colosenses, 1, 18: “El es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia”. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, que tiene unidos a él fuertemente, como miembros en plenitud de vida, a todos los fieles; que les da aliento y vida e imprime en sus corazones sus sentimientos, todos ellos de la máxima exquisitez.

Y me rindo, porque esto es tan sublime, tan inimaginable, tan superracional y tan plenamente sobrenatural, que subes como peso liviano hacia una altura imposible de escalar ni con el entendimiento más agudo ni con la imaginación más alucinante. Pero me acuerdo siempre, ante los misterios a los que nuestros sentidos, nuestro entendimiento y nuestra imaginación, creadora insaciable de lo imposible, no llegan, me acuerdo –digo- de aquellas palabras del arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen María, al hablar a ésta del misterio suprainsondable de la Encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas: “para Dios nada hay imposible”. Con ésas me quedo siempre, incluso para explicar la resurrección final de los cuerpos. Porque prefiero confiar en el poder infinito de Dios a fiarme exclusivamente en la finitud de mis razonamientos.


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