Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica

 

 

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Fuente Ovejuna

 Lope de Vega

 

Acto III – Escena IV

(Sale LAURENCIA, desmelenada.)

LAURENCIA

Dejadme entrar, que bien puedo        

en consejo de los hombres;    

que bien puede una mujer,    

si no a dar voto a dar voces.  

¿Conocéisme?

ESTEBAN      

¿No es mi hija?

JUAN ROJO  

¿No conoces

a Laurencia?

LAURENCIA

Vengo tal,

que mi diferencia os pone     

en contingencia quién soy.    

ESTEBAN      

¡Hija mía!

LAURENCIA

No me nombres

tu hija.

ESTEBAN      

¿Por qué, mis ojos?

¿Por qué?

LAURENCIA

Por muchas razones,

y sean las principales,            

porque dejas que me roben    

tiranos sin que me vengues,   

traidores sin que me cobres.  

Aún no era yo de Frondoso,  

para que digas que tome,       

como marido, venganza;        

que aquí por tu cuenta, corre;

que en tanto que de las bodas            

no haya llegado la noche,      

del padre, y no del marido,    

la obligación presupone;        

que en tanto que no me entregan

una joya, aunque la compre,  

no ha de correr por mi cuenta            

las guardas ni los ladrones.    

Llevóme de vuestros ojos      

a su casa Fernán Gómez:

la oveja al lobo dejáis,           

como cobardes pastores.        

¡Qué dagas no vi en mi pecho!          

¡Qué desatinos enormes,        

qué palabras, qué amenazas,

y qué delitos atroces,

por rendir mi castidad            

a sus apetitos torpes!  

Mis cabellos, ¿no lo dicen?    

¿No se ven aquí los golpes,

de la sangre y las señales?     

¿Vosotros sois hombres nobles?        

¿Vosotros padres y deudos?  

¿Vosotros, que no se os rompen        

las entrañas de dolor,

de verme en tantos dolores?  

Ovejas sois, bien lo dice        

de Fuente Ovejuna el nombre.           

Dadme unas armas a mí,        

pues sois piedras, pues sois bronces,

pues sois jaspes, pues sois tigres...     

-Tigres no, porque feroces     

siguen quien roba sus hijos,   

matando los cazadores           

antes que entren por el mar

y por sus ondas se arrojen.    

Liebres cobardes nacisteis;    

bárbaros sois, no españoles.  

Gallinas, ¡vuestras mujeres    

sufrís que otros hombres gocen!

Poneos ruecas en la cinta.      

¿Para qué os ceñís estoques?

¡Vive Dios, que he de trazar  

que solas mujeres cobren       

la honra de estos tiranos,

la sangre de estos traidores,   

y que os han de tirar piedras,

hilanderas, maricones,           

amujerados, cobardes,           

y que mañana os adornen

nuestras tocas y basquiñas,    

solimanes y colores!  

A Frondoso quiere ya,           

sin sentencia, sin pregones,    

colgar el Comendador

del almena de una torre;        

de todos hará lo mismo;         

y yo me huelgo, medio-hombres,      

por que quede sin mujeres     

esta villa honrada, y torne

aquel siglo de amazonas,       

eterno espanto del orbe.         

ESTEBAN      

Yo, hija, no soy de aquellos  

que permiten que los nombres           

con esos títulos viles.

Iré solo, si se pone     

todo el mundo contra mí.       

JUAN ROJO  

Y yo, por más que me asombre         

la grandeza del contrario.       

REGIDOR      

Muramos todos.

BARRILDO   

Descoge

un lienzo al viento en un palo,          

y mueran estos inormes.        

JUAN ROJO  

¿Qué orden pensáis tener?     

MENGO         

Ir a matarle sin orden.            

Juntad el pueblo a una voz;

que todos están conformes    

en que los tiranos mueran.     

ESTEBAN      

Tomad espadas, lanzones,     

ballestas, chuzos y palos.       

MENGO         

¡Los Reyes nuestros señores

vivan!

TODOS          

¡Vivan muchos años!

MENGO         

¡Mueran tiranos traidores!      

TODOS          

¡Traidores tiranos mueran!     


(Vanse todos.)

 

 

¡Ay mísero de mí...!

Soliloquio

Fragmento de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca

 
 
 
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!  
Apurar, cielos, pretendo, 
ya que me tratáis así 
qué delito cometí 
contra vosotros naciendo; 
aunque si nací, ya entiendo 
qué delito he cometido. 
Bastante causa ha tenido 
vuestra justicia y rigor; 
pues el delito mayor 
del hombre es haber nacido. 

Sólo quisiera saber 
para apurar mis desvelos 
(dejando a una parte, cielos, 
el delito de nacer), 
qué más os pude ofender 
para castigarme más. 
¿No nacieron los demás? 
Pues si los demás nacieron, 
¿qué privilegios tuvieron 
qué yo no gocé jamás? 

Nace el ave, y con las galas 
que le dan belleza suma, 
apenas es flor de pluma 
o ramillete con alas, 
cuando las etéreas salas 
corta con velocidad, 
negándose a la piedad 
del nido que deja en calma; 
¿y teniendo yo más alma, 
tengo menos libertad? 

Nace el bruto, y con la piel 
que dibujan manchas bellas, 
apenas signo es de estrellas 
(gracias al docto pincel), 
cuando, atrevida y cruel 

 

 
la humana necesidad 
le enseña a tener crueldad, 
monstruo de su laberinto; 
¿y yo, con mejor instinto, 
tengo menos libertad? 
Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad? 

Nace el arroyo, culebra 
que entre flores se desata, 
y apenas, sierpe de plata, 
entre las flores se quiebra, 
cuando músico celebra 
de las flores la piedad 
que le dan la majestad 
del campo abierto a su huida; 
¿y teniendo yo más vida 
tengo menos libertad? 

En llegando a esta pasión, 
un volcán, un Etna hecho, 
quisiera sacar del pecho 
pedazos del corazón. 
¿Qué ley, justicia o razón, 
negar a los hombres sabe 
privilegio tan suave, 
excepción tan principal, 
que Dios le ha dado a un cristal, 
a un pez, a un bruto y a un ave? 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

Los intereses creados

Jacinto Benavente

Presentación y principio primer acto

 

 

 

 

 

NOTA sobre la obra: Aunque Jacinto Benavente sitúa la acción en una época presente, todas las referencias, actitudes y alusiones de la obra corresponden  a un mundo medieval de aristócratas, damas y escuderos. El protagonista  del enredo es el astuto Crispín, que llega a la ciudad con Leandro en la más absoluta ruina. Pretenden estafar  al personal  haciendo pasar a Leandro por  un gran señor que viaja de incógnito. Consiguen así vivir gratis y ser conocidos (famosos) en la ciudad, que se los disputa en fiestas y comilonas. El objetivo final será casar a Leandro con Silvia, hija del mayor  millonario del lugar. Cuando están a punto de hacerlo son descubiertos y detenidos por un juez que les persigue por otras estafas anteriores. Todos los implicados en los engaños, por una u otra razón se ponen, de parte de los estafadores para defender su prestigio o interés.

 

ACTO PRIMERO

Monólogo de presentación del Autor por boca de CRISPÍN

 

CRISPÍN.- He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves  pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa; y el prelado y la dama de calidad, y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado, y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada  por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda,  Shakespeare, Molière, como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y el Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia de Arte italiano, no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos.  Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.

 

CUADRO PRIMERO

Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término,  fachada de una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de la puerta un letrero que diga: “Hostería’.

 

ESCENA PRIMERA

LEANDRO y CRISPÍN que salen por la segunda izquierda.

 

LEANDRO.-Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señorío y riqueza.

CRISPIN.-Dos ciudades hay. ¡Quisiera el Cielo que en la mejor hayamos dado!

LEANDRO.- ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.

CRISPÍN.- ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.

LEANDRO.- ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.

CRISPÍN.-A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía, no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento. Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla, si hemos de conquistarla con provecho.

LEANDRO.- ¡Mal pertrechado ejército Venimos!

CRISPÍN.-Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.

LEANDRO.-Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que, malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.

CRISPÍN.- ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.

LEANDRO.- ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal  discurro.

CRISPÍN.-Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio.Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido, para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten,  responde misterioso; y cuanto hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharte de ellas.  Ponte en mis manos, que nada conviene  tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante.  Y ahora llamemos a esta hostería, Que lo primero es acampar a vista de la plaza.

LEANDRO.- ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?

CRISPÍN.-Si por tan poco te acobardas busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y saltemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.

LEANDRO.-Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorremos.

CRISPÍN.- ¡Rompe luego esas cartas y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su  persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te abrían la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.

LEANDRO.- ¿Y qué podré ofrecer yo si nada tengo?

CRISPÍN.- ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buena linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerar. Para subir, cualquier escalón es bueno.

LEANDRO.- ¿Y si aun ese escalón me falta?

CRISPÍN.-Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.

LEANDRO.- ¿Y si los dos damos en tierra?

CRISPÍN.-Que ella nos sea leve. (Llamando a la hostería con el aldabón.) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo!¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?

LEANDRO.- ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?

CRISPÍN.- ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (Vuelve a llamar más fuerte.) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!

HOSTELERO.- (Dentro.) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modo son éstos? No hará tanto que esperan.

CRISPÍN.- ¡Ya fue mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin posada para gente noble.

 

ESCENA II

DICHOS, el HOSTELERO y dos Mozos que salen de la hostería.

 

HOSTELERO.- (Saliendo.)Poco a poco, que no es posada, sino hospedería y muy grandes señores han parado en ella.

CRISPÍN.- Quisiera yo ver a esos que llamáis grandes señores. Gentecilla de poco más o menos. Bien se advierte en esos mozos, que no saben conocer a las personas de calidad, y se están ahí como pasmarotes sin atender a nuestro servicio.

HOSTRLERO.- ¡Por vida que sois impertinente!

LEANDRO.- Este criado mío Siempre ha de extremar su celo. Buena es vuestra posada para el poco tiempo que he de parar en ella. Disponed luego un aposento para mí y otro para este criado, y ahorremos palabras.

HOSTELERO.- Perdonad, señor; si antes hubierais hablado… Siempre los señores han de ser más comedidos que sus criados.

CRISPÍN.- Es que este buen señor mío a todo se acomoda; pero yo sé lo que conviene a su servicio, y no he de pasar por cosa mal hecha. Conducidnos ya al aposento.

HOSTELERO.- ¿No traéis bagaje alguno?

CRISPÍN.- ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le están encomendados?

LEANDRO.- ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a.. ., que si alguien me descubre por tu hablar sin medida! (Le amenaza y le pega con la espada)

CRISPÍN.- ¡Valedme, que me matará! (Corriendo.)

HOSTELERO.- (Interponiéndose entre Leandro y Crispín.) ¡Teneos, señor!

LEANDRO.- Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar sin tino.

HOSTELERO.- ¡No le castiguéis, señor!

LEANDRO.- ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca!(Al ir a pegar a Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los golpes.)

CRISPÍN.- (Quejándose.)¡Ay, ay, ay!

HOSTELERO.- ¡Ay digo yo, que me dio de plano!

LEANDRO.- (A Crispín.) Ve a lo que diste lugar: a que este infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!

HOSTELERO.- No es menester. Yo le perdono gustoso.  (A los criados.) ¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.

CRISPÍN.- Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta. Soy con vosotros, muchachos…  y tened cuenta a quién servís, que la mayor fortuna O la mayor desdicha os entró por las puertas. (Entran los criados y Crispín en la hostería.)

HOSTELERO.- (A Leandro) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde venís, y a qué propósito?.

LEANDRO.- (Al ver salir a Crispín de la hostería) Mi criado os lo dirá. Y aprended a no importunarme con preguntas (Entra en la hostería)

CRISPÍN.- ¡Buena la hicisteis! ¿Atreverse a preguntar a mi señor? Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a dirigirle la palabra.

HOSTELERO.- Sabed que hay Ordenanzas muy severas que así lo disponen.

CRISPÍN.- ¡Veníos con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais tantas impertinencias!

HOSTELERO.- Pero ¿no he de saber siquiera?. . .

CRISPÍN.- ¡Voto a.. ., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que conviene, si no le entendisteis! ¡Cuidad

de que nada le falte y atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué replicáis? ¡Vamos ya (Entra en la hostería  empujando al Hostelero.)

 

Las siete y media

 La venganza de Don Mendo

Muñoz Seca

 

 

 

 

MAGDALENA

Ha rato que te espero‚ Mendo amado;

¿por qué estás tan callado?

 

MENDO

No resto‚ no; es que lucho

Pero ya mi mutismo ha terminado;

vine a desembuchar y desembucho

Voy a contarte‚ amor mío‚

una historia infortunada:

la historia de una velada

en el castillo sombrío

del Marqués de la Moncada

Ayer… ¡triste día el de ayer!

antes del anochecer‚

y en mi alazán caballero‚

iba yo con mi escudero

por el parque de Alcover

cuando‚ cerca de la cerca

que pone fin a la alberca

de los predios de Albornoz‚

me llamó en alto una voz‚

una voz que insistió terca.

Hice en seco una parada‚

volví el rostro‚ y la voz era

del Marqués de la Moncada‚

que con otro camarada

estaba al pie de una higuera

 

MAGDALENA

¿Quién era el otro?

 

MENDO

El Barón de Vedia‚

un aragonés

antipático y zumbón

que está en casa del Marqués

de huésped o de gorrón·

Hablamos … “Y vos‚

¿qué hacéis?…‚"

"Aburrirme.” Y el de Vedia

dijo: “No os aburriréis;

os propongo‚ si queréis‚

jugar a las siete y media."

 

MAGDALENA

¿Y por qué marcó una hora

tan rara?  Pudo ser luego…

 

MENDO

Es que tu inocencia ignora

que‚ a más de una hora‚ señora‚

las siete y media es un juego·

 

MAGDALENA

¿Un juego?

 

MENDO

Y un juego vil

que no hay que jugarlo a ciegas‚

pues juegas cien veces‚ mil‚

y de las mil‚ ves febril

que o te pasas o no llegas·

Y el no llegar da dolor‚

pues indica que mal tasas

y eres del otro deudor·

Mas ¡ay de ti si te pasas!

¡Si te pasas es peor!

 

MAGDALENA

¿Y tú… don Mendo?

 

MENDO

¡Serena escúchame

Magdalena‚

porque no fui yo… ¡no fui!

Fue el maldito cariñena

que se apoderó de mí.

Entre un vaso y otro vaso

el Barón las cartas dio;

yo vi un cinco‚ y dije “paso"‚

el Marqués creyó otro caso‚

pidió carta… y se pasó.

El Barón dijo “plantado";

el corazón me dio un brinco;

descubrió el naipe tapado‚

y era un seis‚ el mío era un cinco;

el Barón había ganado.

Otra y otra vez jugué‚

pero nada conseguí;

quince veces me pasé‚

y una vez que me planté‚

Volví mi naipe… y perdí.

Ya mi peculio en un brete‚

al fin me da Vedia un siete‚

le pido naipe al de Vedia

y Vedia pone una media

sobre el mugriento tapete.

Mas otro siete él tenía

y también naipe pidió…

y negra suerte la mía‚

que siete y media cantó.

Y me ganó en porfía…

Mil dineros se llevó‚

¡Por vida de Satanás!

Y más tarde… ¡qué sé yo!

de boquilla se jugó

y me ganó diez mil más.

¿Te haces cargo‚ di‚ amor mío?

¿Te haces cargo de mis males?

¿Ves ya por qué no sonrío?

¿Comprendes por qué este río

brota de mis lagrimales?

Yo mal no quedo‚ ¡no quedo!

¡Quien diga que yo un borrón‚

eché a mi grey‚ que alce el dedo!…

Y como pagar no puedo

los dineros al Barón‚

para acabar de sufrir

he decidido… partir

a otras tierras‚ a otro abrigo.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

Eloísa está debajo de un almendro

Enrique Jardiel Poncela

 

 

La acción se desarrolla en casa de Mariana. Micaela, su tía, que ha anunciado la presencia de ladrones esa noche, hace su ronda por el jardín acompañada de dos perros. Se oye un alboroto que sorprende a Leoncio, Fernando y Fermín que están en una sala de la casa. Se oyen unas voces que provienen de detrás del escenario.

CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Sujetad los perros!

LUISA.- (Dentro.) ¡Ya están!

MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre sé lo que me digo!

CLOTILDE.- (Dentro.) Y ayudadme...

PRÁXEDES.- (Dentro.) ¿No le basto yo? ¡Ah! Bueno, por eso...

MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre tengo razón! ¡Yo siempre tengo razón!

CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Calla Micaela!

MICAELA.- (Dentro.) ¡No quiero! ¡No quiero callar! (La primera que surge es Micaela, que viene en tal actitud de desvarío, que ni ve por dónde anda, ni a los que están en la escena.) ¡Todos habláis de mí como de una loca, como si yo no supiera lo que me digo! ¡Y sé lo que me digo! Ya lo estáis viendo. El lunes anuncié ladrones para hoy, ¡y ahí lo tenéis! ¡Ya ha caído uno!

(Mientras tanto, por la escalera, ha entrado y avanza entre los muebles un grupo formado por Clotilde, que viste un traje de calle muy sencillo; Práxedes y Luisa [...], trayendo en medio a Ezequiel, el cual viene muy pálido [...].)

FERNANDO.- (Asombrado.) ¡Tío Ezequiel!

FERMÍN.- ¡El señor Ojeda!

MICAELA.- (Yendo de un lado a otro.) ¡Ya ha caído uno! ¡Ya ha caído uno!

CLOTILDE.- ¡Calla, Micaela, calla! (A Luisa.) Tú, trae árnica y algodón, que el señor debe de tener mordeduras.

LUISA.- Sí, señora. (Se va por la escalera.)

EZEQUIEL.- ¡Y agua!...

CLOTILDE.- ¡Y agua! ¡Un vaso de agua para el susto!

PRÁXEDES.- Agua aquí hay. ¿Qué dice? ¿Qué no? ¡Ah! Bueno, por eso... (Le sirve un vaso de agua a Ezequiel.)

EZEQUIEL.- Yo debo de estar malísimo, porque veo la habitación llena de muebles.

FERNANDO.- Y lo está realmente, tío Ezequiel.

EZEQUIEL.- ¡Vaya! Menos mal. Eso me tranquiliza.

CLOTILDE.- ¡Qué cosa tan desagradable, Dios mío! Tiene usted mordeduras, ¿verdad?

EZEQUIEL.- Sí, tengo de todo.

CLOTILDE.- ¡Claro! Si Micaela les echó encima a "Caín" y "Abel".

FERNANDO.- ¿Te han mordido los perros, tío?

EZEQUIEL.- ¿Los perros? No. Aquella señora. (Señala a Micaela.) Los perros no hacían más que ladrar, los animalitos. Pero aquella señora... Sujetadla bien, que no vuelva.

CLOTILDE.- No tenga cuidado, que estoy yo aquí.

EZEQUIEL.- También estaba usted antes... ¡y ya ha visto!

FERMÍN.- No tema señor. Ahora la vigilo yo.

FERNANDO.- Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? Yo te hacía en el cine...

EZEQUIEL.- Me marché aburrido, y me dio la idea de venir a buscarte...

FERNANDO.- ¿A buscarme? ¿Y para qué tenías que venir a buscarme?

EZEQUIEL.- Te habías ido del cine tan excitado... Y por si tenías algún otro disgusto con Mariana, para consolarte y hacerte compañía.

FERNANDO.- ¡Ah! Sí, sí...

EZEQUIEL.- Llegué; iba a llamar cuando vi. que se habían dejado la verja abierta, y entonces entre...

CLOTILDE.- Yo, yo... Yo, que... había bajado... porque me dolía mucho la cabeza..., pues le encontré de manos a boca.

EZEQUIEL.- Y estábamos hablando cuando surgió esa señora con los dos hijos de Adán. Se me echaron los tres encima, y...

CLOTILDE.- Es Micaela, la hermana de Edgardo.

FERNANDO.- La que no sale de su cuarto por el día.

EZEQUIEL.- Y la que colecciona búhos.

FERNANDO.- ¡Pobre señora! Voy a saludarla.

EZEQUIEL.- Ten cuidado, que muerde.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

Los ladrones somos gente honrada

Enrique Jardiel Poncela

 

 

 

 

Dice el autor: Comedia, casi policíaca, en un prólogo y dos actos. Es una comedia de "simple y estricta diversión", porque en ella no hay "cimientos psicológicos, pasionales, metafísicos o filosóficos que la justifiquen."

Se estrenó en Madrid, en el Teatro de la Comedia, el 25 de abril de 1941. Un ladrón se enamora el día del gran golpe y deja su trabajo por la amada, con la que se casa. Sus colegas de banda quieren vengarse robando en su casa el día de la boda. Los personajes más importantes son, el mayordomo que juega a dos bandas; el suegro, la suegra y los criados tienen mucho que callar; el policía no se entera de nada, el médico  que lo sabe todo pero no cuenta nada... Todos guardan algún secreto y todos buscan la caja de caudales en la noche de bodas. Al final, los únicos honrados son los ladrones.

 

 

PELIRROJO.—¿Eh?

 

(Se vuelve rápidamente hacia la izquierda, donde ha sonado la voz, pero le despista la presencia de Eulalia. Es una doncella que aparece por la puerta del foro izquierda superior; tiene veinte o veintidós años y un aire muy sentimental. Viene enjugándose los ojos con un pañuelo.)

 

PELIRROJO.—¡Eulalia! ¿Acabas tú de decir algo?

EULALIA.—¿Cómo, señor Peter?

PELIRROJO.—Que si acabas tú de decir algo. Que si has hablado sola hace un instante...

EULALIA.—¡¡Que si he hablao sola!! ¡¡Seguro que he hablao sola!! (Echándose a llorar.) ¡¡Ay, qué desgracia más grande, que ya hablo sola!! (Bajando a la escena.) ¡Otro motivo pa llorar! Hay días que no da una abasto. ¡Y menos mal, señor Peter, que a mí llorar me alimenta y me deja los nervios tan a gusto, que hay mañanas que hasta que no lloro un rato no puedo ni limpiar el polvo; porque está bien visto que yo, cuando no tengo un motivo pa llorar, es porque tengo dos, y cuando no tengo dos, es porque tengo tres! (Se ha sentado en un sillón de la izquierda.)

PELIRROJO.—¿Y hoy, cuántos has tenido?

EULALIA.—Hoy he tenido siete. Ayer no tuve más que cuatro...

PELIRROJO.—Es que era martes...

EULALIA.—Pues el domingo tuve once...

PELIRROJO.—El domingo es siempre mejor día.

EULALIA.—...y en el momento de acostarme no tenía ningún motivo pa llorar, pero de acordarme de los once que había tenido, se me saltaron las lágrimas y me resultó la docena.

PELIRROJO.—Vives como quieres, Eulalia. ¿Y eso te ocurre desde hace mucho?

EULALIA.—De niña ya era algo llorica; pero luego me ha ido creciendo con los años. Ahora que así, en gran escala, lo que se podría llamar el llanto navegable, ése no me ha empezado hasta que vine a servir a esta casa. Porque una no quiere decir na, y, a fuerza de empapar pañuelos y de escurrir pañuelos, va tirando; pero en esta casa se ven cosas pa que la instalen a una grifos, señor Peter!... (Llora.)

PELIRROJO.—(Acercándose interesado.) ¿Qué cosas son las que ves, Eulalia?

EULALIA.—No se las digo, porque si se las dijera se echaría usté a llorar; y pa eso ya estoy yo aquí.

PELIRROJO.—¿Pero... cosas relativas a las personas de la familia?

EULALIA.—Sí, claro. Todas a las personas de la familia: el señor mayor  y la madre, ¡y hasta la señorita!, todos tienen su misterio y hacen cosas que, si no tuviese una la suerte de quedarse como un reloj cuando llora, se volvería tarumba, señor Peter...

PELIRROJO.—¡Chist! ¡Calla ahora! (Disimulando, se pone a hojear una revista. Por el foro centro aparecen Evelio y Benito con las bandejas vacías. Por la posición de Eulalia y Pelirrojo, no ven a éstos y cruzan la escena sin dejar de hablar.)

EVELIO.—¿Te puedes creer, Benito, que me he acercao a la presidencia  del banquete, que me he encarao con el señor, que le he dicho: «Señor, de parte de Peter, que él cree que va a llover», y que no me ha tirao ningún objeto? Ni se ha extrañao siquiera... Se ha puesto muy serio de pronto y me ha contestao: «Bien, gracias.» Y es que en esta casa, no sé por qué me parece que hay mucho tomate, Benito... (Se van por segundo derecha.)

PELIRROJO.—(Dejando la revista; a Eulalia.) ¿Dices que el señor mayor y la madre y hasta la señorita tienen su misterio y hacen cosas, Eulalia?

EULALIA.—Sí, señor. Pero hay otra cosa mucho más gorda todavía... Lo del ama de llaves.

PELIRROJO.—¿Qué ama de llaves?

EULALIA.—Doña Andrea.

PELIRROJO.—Pero si a doña Andrea se la llevaron enferma al hospital hace seis meses, y murió a poco de ingresar.

EULALIA.—(Con retintín.) Sí, sí...

PELIRROJO.—¿Cómo que sí, sí?

EULALIA.—Que doña Andrea se moriría en el hospital, pero yo le digo a usté que doña Andrea, a ratos, viene aquí. Sí, señor. Y se mete en su habitación. (Señala el foro izquierda inferior.)

PELIRROJO.—Pero, ¿tú la has visto?

EULALIA.—Sí, señor. Y me caí redonda al suelo al verla. Y si no me he muerto en ese momento, es que a mí ya no hay quien me mate. La vi anoche con la señorita.

PELIRROJO.—¿Con quién?

EULALIA.—Con la señorita, que, después de acostarse, cuando ya estaban apagadas todas las luces y suponía que no había nadie levantado, bajó de puntillas de su cuarto y se metió ahí. (La puerta del foro izquierda inferior), en la habitación que ocupó doña Andrea antes de morirse. Y yo vi que doña Andrea le daba un papel.

PELIRROJO.—¿Qué papel?

EULALIA.—Debía de ser una carta, porque la señorita, después de leerlo, lo rompió, y yo luego cogí un pedazo que se le había caído en el suelo. Sólo que tuve la mala pata de no pescar más que la fecha. Una de esas fechas escritas con números, que yo siempre tengo que contar por los dedos pa averiguar el mes, porque me hago un lío. La fecha correspondía a noviembre del año pasado, porque los números eran: 3-11-40.

PELIRROJO.—¿Tres, once, cuarenta?

EULALIA.—Sí. El 3 el día; el 40 el año, y el 11 el mes; noviembre.

PELIRROJO.—(Que ha sacado un lápiz, escribiendo sobre el puño de la camisa.) ¿Conque los números eran 3-11-40? (Mirándola con gesto duro.) ¿Y no encontraste más?

EULALIA.—No, señor.

PELIRROJO.—¿De verdad, de verdad que no encontraste más, Eulalia?

EULALIA.—¿Pero es que lo duda? (Rompiendo a llorar.) ¡¡Ay, Virgen del Amparo!!

PELIRROJO.—¿Eh?

EULALIA.—¡¡Ay, Virgen del Amparo, en lugar de creerme, desconfía de mí!! ¡¡Otro motivo pa que yo llore hoy!!

PELIRROJO.—Eulalia...

EULALIA.—¡¡Otro motivo pa que yo llore hoy, y ya van ocho!!

 

(Se echa a llorar perdidamente. Por el foro centro, Daniel, de etiqueta.)

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

La Señorita de Trevélez

Carlos Arniches

     

 

Florita Trevélez en una solterona fea, vieja y cursi que cree haber descubierto el amor, pero se trata de una broma urdida por unos jóvenes despreocupados y ociosos. Denuncia en ella  Arniches el modo de vida arcaico, sin ideales ni perspectivas de futuro de determinados jóvenes de vida cómoda y dispuestos, siempre, a observar a los vecinos para descubrir sus debilidades y ensañarse con los más débiles.

 

ACTO II

Jardín de la casa de Trevélez. Es por la noche. Luces artísticamente combinadas entre el follaje y las ramas de los árboles. A la derecha, en primer término, hay un poético rincón esclarecido por la luz de la luna y en el que se verá una pequeña fuente con un surtidor; a los lados, dos banquillos rústicos. A la izquierda, hacia el foro, fi-gura que está la casa. En este punto resplandece una mayor iluminación y se escucha la música de un sexteto y gran rumor de gente.

 ESCENA PRIMERA

Maruja, Conchita, Quique y Nolo, por el foro izquierda.

 

MARUJA. - ¡Ay, sí, hija; sí, por Dios!... Vamos hacia este rincón.

QUIQUE. - Esto está muy poético.

CONCHITA. - Por lo menos muy solo.

NOLO. - Solísimo.

MARUJA.- A mí estas cachupinadas me ponen frenética.

QUIQUE.- ¡Pero, por Dios, qué gente tan cursi hay aquí!

MARUJA.- No ; allí, allí...

QUIQUE.- Eso he querido decir.

MARUJA.- Pues ha dicho usted lo contrario, hijo mío.

CONCHITA.- ¿Y has visto a Florita?

NOLO.- ¡Qué esperpento!

CONCHITA.- La visten sus enemigos.

MARUJA.- ¡Eso quisiera ella!... Ni eso.

CONCHITA.- ¡Con ese pelo y con esa figura que me gasta, ponerse un traje salmón! ... Ja, ja! ...

MARUJA.- Está como para tomar bicarbonato.

QUIQUE.- ¿Y qué me dicen ustedes de su amiguita inseparable, de Nilita, la de Palacios?...

CONCHITA.- ¡Cuidado que es orgullosa!... Acaba de decirme que ella no baila más que con los muchachos de mucho dinero.

MARUJA. - Ya lo dice Catalina Ansúrez, que ésa es como un trompo; sin guita, no hay quien la baile.

QUIQUE. - ¡Ja, ja!

CONCHITA. - ¡ Y mire usté que llamarse Nilita!

NOLO.- Yo, cuando voy a su casa, no fumo.

CONCHITA.- ¿Por qué?

NOLO.- Me da miedo. Eso de Nilita me parece un explosivo... ¡La «nilita»!

MARUJA.- ¡No tiene el valor de su Petronila!

TODOS. (Riendo.)- ¡Ja, ja!

CONCHITA.- Y habrán comprendido ustedes que esta cachupinada la dan los Trevélez para presentarnos al novio, a Galán.

MARUJA.- No lo presentarán como galán joven ¿eh?

QUIQUE.- Ni mucho menos. (Ríen todos.)

 

ESCENA II

Dichos, Tito y Torrija, por la izquierda.

 

TITO.- ¡Caramba!... ¡Coro de murmuración; como si lo viera!

MARUJA.- Ay, hijo, ¿en qué lo ha conocido usted?

TITO.- Mujeres junto a una fuente, y con cacharros..., a murmurar, ya se sabe.

QUIQUE.- Oiga usted, señor Guiloya: eso de cacharros, ¿es por nosotros?

TITO.- Es por completar la figura retórica.

QUIQUE.- ¿Y por qué no la completa usted con sus deudos?

TITO.- No los tengo.

QUIQUE.- Bueno; pues con sus deudas, que ésas no dirá usted que no las tiene.

TORRIJA.- ¡Ja, ja!... (Fingiendo una gran risa.) ¡Pero has visto qué gracioso!...

TITO.- ¡Calla, hombre! Si este joven creo que hace unos chistes con los apellidos, que dice su padre que por qué no será todo el mundo expósito...

MARUJA.- Es que si el chico fuera muy gracioso, ¿qué iban a hacer los demás?

TITO.- Bueno; pero vamos a ver. ¿Se murmuraba o no se murmuraba?

MARUJA.- No se murmuraba, hijo; sencillos comentarios.

TITO.- No; si no me hubiesen extrañado las represalias, porque hay que oír cómo las están poniendo a ustedes allí, en aquel cenador precisamente.

MARUJA.- ¡Ay, sí! ¿Y quién se ocupa de nosotros, hijo?

TORRIJA.- Pues Florita, su despiadada, su eterna rival de usted.

MARUJA.- ¿Y qué decía, si puede saberse?

TORRIJA.- Que no puede usted remediarlo, que desde que sabe usted que ella se casa, que se la come la envidia. Que por eso se han venido ustedes tan lejos.

TITO.- Y que toda la vida se la ha pasado usted poniéndole dos luces a San Antonio, una para que le dé a usted novio y otra para que se lo quite a las amigas.

TORRIJA.- Pero que ya puede usted apagar la segunda.

TITO.-Y la primera.

MARUJA.- ¿Y les ha mandado a ustedes a soplar, eh?... ¡Muy bien, muy bien!... (Todos ríen.)

QUIQUE. (Aparte.)- Chúpate esa.

NOLO. (Ídem.)- Tiene gracia.

TITO.- Pues si oye usted a Aurorita Méndez..., ¡qué horror!..., decía que no sabe qué atractivo tiene usted para que la asedien tantos pipiolos.

NOLO.- Oiga usted, señor Guiloya: ¿eso de pipiolos es por nosotros?

TITO.- Es por completar la figura retórica.

TORRIJA.- Y la ha puesto a usted un mote que ha sido un éxito.

TITO.- La llama “El Paraíso de los niños”.

MARUJA.- ¡Muy gracioso, muy gracioso!... ¿Y eso lo ha dicho Aurorita Méndez? ¡Me parece mentira que diga esas cosas la hija de un catedrático!

CONCHITA.- Una pobrecita más flaca que un fideo y que lleva un escote hasta aquí.

MARUJA.- Y no sé para qué, porque enseña menos que su padre...

QUIQUE.- ¡Que es el colmo!

MARUJA.- Como que cuando esa marisabia hizo el bachillerato, decían los chicos que el latín era lo único que tenía sobresaliente.

CONCHITA.- ¡Déjalas...; ya quisieran!

NOLO. - No haga usted caso. Siempre ha habido clases.

MARUJA.- Eso lo dirá el padre, porque ella tiene vacaciones para un rato... “¡El Paraíso de los niños!...” Vamos hacia allá, que voy a ver si le digo dos cositas y me convierto en “El infierno de los viejos...”

NOLO Y QUIQUE.- Muy bien, muy bien. ¡Bravo bravo! (Vanse izquierda.)

TITO.- Va que trina. (Riendo.)

TORRIJA.- ¡Esta noche se pegan!...

TITO.- Eso voy buscando.

TORRIJA.- ¡Eres diabólico!

 

ESCENA III

Dichos, Picavea y Manchón.

 

PICAVEA. - Oye, ¿qué le habéis dicho a Maruja Peláez, que va echando chispas?

TORRIJA.- Las cosas de éste; que ya le conoces.

TITO.- ¿Y Galán, y Galán?...;            ¿cómo anda, tú?

MANCHÓN.- ¡Calla, chico; medio muerto!

PICAVEA.- Allí le tenéis al pobre, en brazos de Florita, lívido, sudoroso, jadeante... Pasan del “Fox trot” al “Guau Step”, y del “Guan step” al “tuesten” sin tomar aliento.

MANCHÓN.- Y en el tuesten le hemos dejado.

PICAVEA.- Está que echa hollín.

TITO.- ¡Formidable, hombre; os digo que formidable!...

PICAVEA.- Bueno, tú; pero yo creo que debías ir pensando en buscar una solución a esta broma, porque el pobre Galán, en estos quince días, se ha quedado en los huesos.

MANCHÓN.- ¡Está que no se le conoce!

TORRIJA.- ¡Da lástima!

TITO.- Señor; ¿pero no era esto lo que nos proponíamos? Las bromas, pesadas, o no darlas.

MANCHÓN.- Sí; pero es que este hombre está en un estado de excitación, que ya has visto los dos puntapiés que le ha dado a Picavea en el vestíbulo.

PICAVEA.- ¡Qué animal!... ¡Como que si no le sujetáis, me tienen que extraer la bota quirúrgicamente!

TITO.- ¿Se ha enterado don Gonzalo del jaleo?

TORRIJA.- Creo que no. Pero, en fin, yo también temo que Galán, si apuramos mucho la broma, en su desesperación, confiese la verdad y se produzca una catástrofe.

TITO.- No asustarse, hombre; si le tiene a don Gonzalo más miedo que nosotros.

PICAVEA.- Bueno; pero es que, además, estos pobres ancianos han tomado la cosa tan en serio, que, según dicen, Florita  se está haciendo hasta el “trousseau”. Y vamos, hasta este extremo, yo creo que...

TITO.- Nada, hombre; no apuraros. Ya me conocéis... ¿Habéis visto la gracia con que he complicado todo esto?... Pues mucho más gracioso es lo que estoy tramando para deshacerlo.

LOS TRES.- ¿Y qué es?, ¿qué es?

TITO.- Permitidme que me lo reserve. Lo tengo todavía medio urdido. Os anticiparé, sin embargo, que es un drama pasional, que voy a complicar en él nuevos personajes y que tiene un desenlace muy poético, inesperado y sentimental...

PICAVEA.- Bueno; pero...

TITO.- Ni una palabra más. Pronto lo sabréis todo.

MANCHóN.- Chis..., silencio. Mirad: Galán que viene agonizante en brazos de don Marcelino.

TORRIJA.- ¡Pobrecillo!

TITO.- Huyamos. (Vanse izquierda riendo.)

 

 

 

Los buenos días perdidos

Antonio Gala

 

 

Lorenzo y Consuelito se conocen. Consuelito esta sentada escarchando con plata unas estrellas de cartón para venderlas. Lorenzo entra sin que ella lo note, la mira, sube al campanario y hace sonar las campanas. Baja, se miran y Lorenzo se va acercando a Consuelito.

 LORENZO.- Buenos días. (Consuelito responde con un sonido vago y asustado, y se deja caer sobre su silla. Lorenzo para tranquilizarla, inicia un gesto de apoyar la mano en la cabeza semiplateada de Consuelito. Ella se encoge de hombros, como quien espera un golpe. Lorenzo aparta la mano.)

CONSUELITO.- No; no quite usted la mano todavía. (Pausita.) Ya puede. Gracias.

LORENZO.- ¿Qué hace?

CONSUELITO.- (Todavía nerviosa.) Estrellas... ¿O no parecen estrellas?

LORENZO.- (Con la mano en la oreja derecha.) ¿Cómo?

CONSUELITO.- De Navidad.

LORENZO.- Pero si ya estamos en enero.

CONSUELITO.- Son para la que viene.

LORENZO.- ¿Qué? Yo soy un poco duro de este oído.

CONSUELITO.- (Congraciándose.) Hace usted muy requetebién. Los lunes, miércoles y viernes, mi padre también oía fatal. (Busca la estrella que estaba haciendo.)

LORENZO.- Su padre, ¿quién es?

CONSUELITO.- Un sinvergüenza.

LORENZO.- ¿Son para la parroquia?

CONSUELITO.- No, señor. Para el público en general. Las más grandes, a doce. Las otras, a tres.

LORENZO.- ¿Cuántas tiene ya?

CONSUELITO.- Doscientas veinticinco. (Sacándose de debajo la extraviada.) Bueno, doscientas veinticuatro.

LORENZO.- ¿Me vende una de las pequeñas?

CONSUELITO.- ¿Al por menor?

LORENZO.- Si compro dos, ¿criarán de aquí a diciembre?

CONSUELITO.- No, señor; qué más quisiera yo. Las estrellas son como los mulos: estériles. Tome usted ésta que está muy terminadita... (Va tomando confianza en medio de su nerviosismo.) Antes hacía pelucas. Pero me salían así, un poco raras de este lado. Y doña Hortensia decía que estropeaba mucho pelo echándolo en la sopa.., pero el de la sopa era pelo de cliente. (Señala al sillón de barbero.) No de mis pelucas... Esto de la escarcha es más limpio.

LORENZO.- Trabaja usted muy de prisa.

CONSUELITO.- A ver, la costumbre. Tengo una gana de que llegue otra vez Navidad. En Navidad está la casa tan despejada, sin una estrella... Da gusto verla.

LORENZO.- Tiene usted un pelo precioso.

CONSUELITO.- ¡Huy, precioso! Pero qué dicharachero es usted... Como no me compran aguarrás me tengo que limpiar las manos en la cabeza. Pareceré una fulana a lo mejor.

LORENZO.- ¿Cómo?

CONSUELITO.- Una fulana, una zurriburri.

LORENZO.- ¿Quién?

CONSUELITO.- Yo.

LORENZO.- ¿Que usted es una fulana?

CONSUELITO.- Hijo, usted no tiene un poco duro el oído.

LORENZO.- Si lo sabré yo...

CONSUELITO.- A usted lo que le pasa es que está como una tapia... Y, a todo esto, ¿usted quién es?

LORENZO.- El que ha tocado el ángelus.

CONSUELITO.- Pero ¿por dónde ha llegado usted al campanario? Si no hay más escalera que ésta...

LORENZO.- He bajado del cielo.

CONSUELITO.- Pues ha hecho usted muy mal. Porque lo que es aquí... (Hace una pedorreta despectiva.)

LORENZO.- (con la mano en el oído.) ¿Qué?

CONSUELITO.- Que... (Vuelve a hacer la pedorreta.) Ay, que sordera más tonta... Ahora, hay que ver lo bien que toca usted. Claro que no será de oído porque... Cuánta compañía hacen las campanas, ¿verdad? Yo, de chica, quería ser cigüeña. Desde que llegué aquí lo tengo dicho: esta parroquia, sin campanero, no hace carrera... Las cosas necesitan...

LORENZO.- (Interrumpiéndola.) ¿Usted no es de aquí?

CONSUELITO.- Yo, no señor. Qué asco. (A lo suyo.) Las cosas necesitan su publicidad. Ya ve usted: es el circo que, ¿a quién no le gusta el circo?, y hace su cabalgata. Cuanto más esto de la iglesia, que siempre es menos divertido... ¿No será usted de un circo? A mí, donde se ponga un charivari. Un buen funeral tampoco es feo, pero donde se ponga un charivari, con su elefante, las mujeres medio en cueros, su malabarista...

LORENZO.- ¿Usted de dónde es?

CONSUELITO.- (Ofendida.) De ningún sitio. En mi familia todos hemos sido feriantes. Menos una tía abuela que salió monja... ¿Y usted?

LORENZO.- Mi padre era farero.

CONSUELITO.- ¡Huy, qué mascabrevas! Bueno, un faro y un campanario son casi iguales. Ya ve: ustedes a pararse; nosotros, a pendonear; de pipirijaina en pipirijaina... ¡La vida! (A lo suyo.) Al principio íbamos en una troupe. Mi madre era Zoraida. La partían en cuatro, dentro de una caja, con una sierra. Mi padre era el que la partía: un hipnotizador buenísimo. Pero un día quiso partirla de verdad y mi madre salió pegando gritos de la caja. A la mañana siguiente se había escapado con la domadora...

LORENZO.- ¿Su madre?

CONSUELITO.- ¡Mi padre! Tenía un cohete en el culo, por así decir.

LORENZO.- ¿La domadora?

CONSUELITO.- ¡Mi padre! Y lo seguirá teniendo, si no se lo han sacado.

LORENZO.- Pero ¿quién le puso el cohete?

CONSUELITO.- Hijo, es una manera de hablar. A ver qué se figura. Mi padre era muy hombre. Tan hombre, que hace quince años que llegamos aquí y aquí nos quedamos. Mi madre y yo, se entiende; más plantadas que un pino. Entonces, mi madre cogió y se estableció de vidente. Lo que ella decía: "Para adivinar el porvenir, lo mismo da un pueblo que otro."Lo que hay que saber es ponerse el turbante. Porque se ponía un turbante morado, mire usted, con un plumero aquí... Estaba de guapa...

LORENZO.- Usted también es muy guapa.

CONSUELITO.- ¡Qué disparate! A usted lo que le pasa es que es también artista.

LORENZO.- Bueno... Yo la veo muy guapa.

CONSUELITO.- Pues del oído, no sé. Pero lo que es de la vista, anda usted bueno.

 

Bodas de Sangre

Federico García Lorca

 

 

Herramientas para comentar obra. IMPRIMIBLES

 

 

 

CUADRO TERCERO

Interior de la cueva donde vive la NOVIA. Al fondo, una cruz de grandes flores rosa. Las puertas redondas con cortinas de encaje y lazos rosa. Por las paredes de material blanco y duro, abanicos redondos, jarros azules y pequeños espejos.

CRIADA.- Pasen... (Muy afable, llena de hipocresía humilde. Entran el Novio y su Madre. La Madre viste de raso negro y lleva mantilla de encaje. El Novio, de pana negra con gran cadena de oro.) ¿Se quieren sentar? Ahora vienen. (Sale.)

(Quedan madre e hijo sentados, inmóviles como estatuas. Pausa larga.)

MADRE.-¿Traes reloj?

NOVIO.-Sí. (Lo saca y lo mira.)

MADRE.-Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente!

NOVIO.-Pero estas tierras son buenas.

MADRE.-Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un árbol.

NOVIO.- Éstos son los secanos.

MADRE.-Tu padre los hubiera cubierto de árboles.

NOVIO.-¿Sin agua?

MADRE.-Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó (Pausa.) NOVIO.-(Por la novia.) Debe estar vistiéndose.

(Entra el Padre de la novia. Es anciano, con el cabello blanco reluciente. Lleva la cabeza inclinada. La Madre y el Novio se levantan y se dan las manos en silencio.)

PADRE.- ¿Mucho tiempo de viaje?

MADRE.-Cuatro horas. (Se sientan.)

PADRE.-Habéis venido por el camino más largo.

MADRE.-Yo estoy ya vieja para andar por las terreras del río.

NOVIO.-Se marea. (Pausa.)

PADRE.-Buena cosecha de esparto.

NOVIO.-Buena de verdad

PADRE.-En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y hasta llorarla, para que nos de algo provechoso.

MADRE.-Pero ahora da. No te quejes. Yo no vengo a pedirte nada.

PADRE.-(Sonriendo.) Tú eres más rica que yo. Las viñas valen un capital. Cada pámpano una moneda de plata. Lo que siento es que las tierras...¿entiendes?...estén separadas. A mí me gusta todo junto. Una espina tengo en el corazón, y es la huertecilla ésa metida entre mis tierras, que no me quieren vender por todo el oro del mundo.

NOVIO.-Eso pasa siempre.

PADRE.-Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en la ladera. ¡Qué alegría!...

MADRE.-¿Para qué?

PADRE.-Lo mío es de ella y lo tuyo de él. Por eso. Para verlo todo junto. ¡que junto es una hermosura!

NOVIO.-Y sería menos trabajo.

MADRE.- Cuando yo me muera, vendéis aquello y compráis aquí al lado.

PADRE.- Vender, ¡vender!, ¡bah! Comprar, hija, comprarlo todo. Sí yo hubiera tenido hijos hubiera comprado todo este monte hasta la parte del arroyo. Porque no es buena tierra; pero con brazos se la hace buena, y como no pasa gente no te roban los frutos y puedes dormir tranquilo. (Pausa.)

MADRE.-Tú sabes a lo que vengo.

PADRE.-Sí.

MADRE.-¿Y qué?

PADRE.-Me parece bien. Ellos lo han hablado.

MADRE.-Mi hijo tiene y puede.

PADRE.-Mi hija también.

MADRE.-Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol.

PADRE.-Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes.

MADRE.-Dios bendiga su casa

PADRE.-Que Dios la bendiga.

(Aparece la Criada con dos bandejas. Una con copas y la otra con dulces.)

MADRE.-(Al hijo.) ¿Cuándo queréis la boda?

NOVIO.-El jueves próximo.

PADRE.-Día en que ella cumple veintidós años justos.

MADRE.-¡Veintidós años! Esa edad tendría mi hijo mayor si viviera. Que viviría caliente y macho como era, si los hombres no hubieran inventado las navajas.

PADRE.-En eso no hay que pensar.

MADRE.-Cada minuto. Métete la mano en el pecho.

PADRE.-Entonces el jueves. ¿No es así?

NOVIO.-Así es.

PADRE.-Los novios y nosotros iremos en coche hasta la iglesia, que está muy lejos, y el acompañamiento en los carros y en las caballerías que traigan.

MADRE.-Conformes.

(Pasa la Criada.)

PADRE.- Dile que ya puede entrar, (A la Madre.) Celebraré mucho que te guste.

(Aparece la Novia. Trae las manos caídas en actitud modesta y la cabeza baja.)

MADRE.- Acércate. ¿Estás contenta?

NOVIA.-Sí, señora.

PADRE.-No debes estar seria. Al fin y al cabo ella va a ser tu madre.

NOVIA.-Estoy contenta. Cuando he dado el sí es porque quiero darlo.

MADRE.-Naturalmente. (Le coge la barbilla.) Mírame.

PADRE.-Se parece en todo a mi mujer.

MADRE.-¿Sí?¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura?

NOVIA.-(Seria.) Lo sé.

MADRE.-Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás.

NOVIO.-¿Es que falta otra cosa?

MADRE.-No. Que vivan todos, ¡eso! ¡Que vivan!

NOVIA.-Yo sabré cumplir.

MADRE.-Aquí tienes unos regalos.

NOVIA.-Gracias.

PADRE.-¿No tomamos algo?

MADRE.- Yo no quiero. (Al Novio.) ¿Y tú?

NOVIO.- Tomaré. (Toma un dulce. La Novia toma otro.)

PADRE.-(Al Novio.) ¿Vino?

MADRE.-No lo prueba.

PADRE.-¡Mejor! (Pausa. Todos están de pie.)

NOVIO.- (A la Novia.) Mañana vendré.

NOVIA.-¿A qué hora?

NOVIO.-A las cinco.

NOVIA.-Yo te espero.

NOVIO.-Cuando me voy de tu lado siento un despego grande y así como un nudo en la garganta.

NOVIA.-Cuando seas mi marido ya no lo tendrás.

NOVIO.-Eso digo yo.

MADRE.-Vamos. El sol no espera. (Al Padre.): ¿Conformes en todo?

PADRE.-Conformes.

MADRE. -(A la Criada.) Adiós, mujer.

CRIADA.-Vayan ustedes con Dios.

(La Madre besa a la Novia y van saliendo en silencio.)

 

Final Segundo Acto

 

 

 

CRIADA. ¡Ya están aquí!

 

(Van entrando invitados en alegres grupos. Entran los novios cogidos del brazo. Sale LEONARDO.)

 

NOVIO.  En ninguna boda se vio tanta gente.

NOVIA. (Sombría.) En ninguna.

PADRE. Fue lucida.

MADRE. Ramas enteras de familias han venido.

NOVIO. Gente que no salía de su casa.

MADRE. Tu padre sembró mucho y ahora lo recoges tú.

NOVIO. Hubo primos míos que yo ya no conocía.

MADRE. Toda la gente de la costa.

NOVIA.  (Alegre.) Se espantaban de los caballos. (Hablan.)

MADRE. (A la NOVIA.) ¿Qué piensas?

NOVIA. No pienso en nada.

MADRE. Las bendiciones pesan mucho. (Se oyen guitarras.)

NOVIA Como plomo.

MADRE. (Fuerte.) Pero no han de pesar. Ligera como paloma debes ser.

NOVIA. ¿Se queda usted aquí esta noche?

MADRE. No. Mi casa está sola.

NOVIA. ¡Debía usted quedarse!

PADRE.  (A la MADRE.) Mira el baile que tienen formado. Bailes de allá de la orilla del mar.

 

(Sale LEONARDO y se sienta. Su MUJER detrás de él, en actitud rígida.)

 

MADRE. Son los primos de mi marido. Duros como piedras para la danza.

PADRE.   Me alegra verlos. ¡Qué cambio para esta casa! (Se va.)

NOVIO. (A la Novia.) ¿Te gustó el azahar?

NOVIA. (Mirándole fija.) Sí.

NOVIO.   Es todo de cera. Dura siempre. Me hubiera gustado que llevaras en todo el vestido.

NOVIA. No hace falta. (Mutis LEONARDO por la derecha.)

MUCHACHA 1ª. Vamos a quitarte los alfileres.

NOVIA. (Al NOVIO.) Ahora vuelvo.

MUJER. ¡Que seas feliz con mi prima!

NOVIO. Tengo seguridad.

MUJER. Aquí los dos; sin salir nunca y a levantar la casa. ¡Ojalá yo viviera también así de lejos!

NOVIO. ¿Por qué no compráis tierras? El monte es barato y los hijos se crían mejor.

MUJER. No tenemos dinero. ¡Y con el camino que llevamos!

NOVIO. Tu marido es un buen trabajador.

MUJER. Sí, pero le gusta volar demasiado. Ir de una cosa a otra. No es hombre tranquilo.

CRIADA. ¿No tomáis nada? Te voy a envolver unos roscos de vino para tu madre, que a ella le gustan mucho.

NOVIO. Ponle tres docenas.

MUJER. No, no. Con media tiene bastante.

NOVIO. Un día es un día.

MUJER. (A la CRIADA.) ¿Y Leonardo?

CRIADA. No lo vi.

NOVIO. Debe estar con la gente.

MU JER. ¡Voy a ver! (Se va.)

CRIADA. Aquello está hermoso.

NOVIO.- ¿Y tú no bailas?

CRIADA. No hay quien me saque.

 

(Pasan al fondo dos MUCHACHAS; durante todo este acto el fondo será un animado cruce de figuras.)

 

NOVIO. (Alegre.) Eso se llama no entender. Las viejas frescas como tú bailan mejor que las jóvenes.

CRIADA. Pero ¿vas a echarme requiebros, niño? ¡Qué familia la tuya! ¡Machos entre los machos! Siendo niña vi la boda de tu abuelo. ¡Qué figura! Parecía como si se casara un monte.

NOVIO Yo tengo menos estatura.

CRIADA. Pero el mismo brillo en los ojos. ¿Y la niña?

NOVIA. Quitándose la toca.

CRIADA.- ¡Ah! Mira. Para la medianoche, como no dormiréis, os he preparado jamón, y unas copas grandes de vino antiguo. En la parte baja de la alacena. Por si lo necesitáis.

NOVIO.   (Sonriente.) No como a media noche.

CRIADA. (Con malicia.) Si tú no, la novia. (Se va.)

MOZO 1° (Entrando.) ¡Tienes que beber con nosotros!

NOVIO. Estoy esperando a la novia.

MOZO 2° ¡Ya la tendrás en la madrugada!

MOZO 1° ¡Que es cuando más gusta!

MOZO 2° Un momento.

NOVIO. Vamos.

 

(Salen. Se oye gran algazara. Sale la NOVIA. Por el lado opuesto salen dos MUCHACHAS corriendo a encontrarla.)

 

MUCHACHA 1. ª ¿A quién diste el primer alfiler, a mí o a ésta?

NOVIA. No me acuerdo.

MUCHACHA 1 ª -A mí me lo diste aquí.

MUCHACHA. 2ª  A mí delante del altar.

NOVIA. (Inquieta y con una gran lucha interior.) No sé nada.

MUCHACHA 1ª  Es que yo quisiera que tú. . .

NOVIA. (Interrumpiendo.) Ni me importa. Tengo mucho que pensar.

MUCHACHA 2ª   Perdona. (LEO¬NARDO Cruza al fondo.)

NOVIA.- (Ve a LEONARDO.) Y estos momentos son agitados.

MUCHACHA  1ª  ¡Nosotras no sabemos nada!

NOVIA. Ya lo sabréis cuando os llegue la hora. Estos pasos son pasos que cuestan mucho.

MUCHACHA 1ª  ¿Te has disgustado?

NOVIA. No. Perdonad vosotras.

MUCHACHA 2ª  ¿De qué? Pero los dos alfileres sirven para casarse, ¿verdad?

NOVIA. Los dos.

MUCHACHA 1ª -Ahora, que una se casa antes que otra.

NOVIA.- ¿Tantas ganas tenéis?

MUCHACHA 2ª  (Vergonzosa.) Sí.

NOVIA. ¿Para qué?

MUCHACHA 1ª  Pues... (Abrazando a la segunda.)

 

(Echan a correr las dos. Llega el NOVIO y muy despacio abraza a la NOVIA por detrás.)

 

NOVIA.  (Con gran sobresalto.) ¡Quita!

NOVIO ¿Te asustas de mí?

NOVIA ¡Ay! ¿Eras tú?

NOVIO.- ¿Quién iba a ser? (Pausa.) Tu padre o yo.

NOVIA. ¡Es verdad!

NOVIO. Ahora que tu padre te hubiera abrazado más blando.

NOVIA. (Sombría.) ¡Claro!

NOVIO. (La abraza fuertemente de modo un poco brusco.) Porque es viejo.

NOVIA. (Seca.) ¡Déjame!

NOVIO. ¿Por qué? (La deja.)

NOVIA. Pues... la gente. Pueden vernos. (Vuelve a cruzar al fondo la CRIADA, que no mira a los novios.)

NOVIO. ¿Y qué? Ya es sagrado.

NOVIA. Sí, pero déjame.... Luego.

NOVIO. ¿Qué tienes? ¡Estás como asustada!

NOVIA. No tengo nada. No te vayas. (Sale la mujer de LEONARDO.)

MUJER. No quiero interrumpir...

NOVIO. Dime.

MUJER. ¿Paso por aquí mi marido?

NOVIO. No.

MUJER. Es que no lo encuentro, y el caballo no está tampoco en el establo.

NOVIO. (Alegre.) Debe estar dándole una carrera. (Se va la MUJER inquieta. Sale la CRIADA.)

CRIADA. ¿No andáis satisfechos de tanto saludo?

NOVIO. Ya estoy deseando que esto acabe. La novia está un poco cansada.

CRIADA.- ¿Qué es eso, niña?

NOVIA. ¡Tengo como un golpe en las sienes!

CRIADA. Una novia de estos montes debe ser fuerte. (Al Novio.) Tú eres el único que la puedes curar, porque tuya es. (Sale corriendo.)

NOVIO. (Abrazándola.) Vamos un rato al baile. (La besa.)

NOVIA. (Angustiada.) No. Quiero echarme en la cama un poco.

NOVIO. Yo te haré compañía.

NOVIA. ¡Nunca! ¿Con toda la gente aquí? ¿Qué dirían? Déjame sosegar un momento.

NOVIO. ¡Lo que quieras! ¡Pero no estés así por la noche!

NOVIA. (En la puerta.) A la noche estaré mejor.

NOVIO. ¡Que es lo que yo quiero!

 

(Aparece la MADRE.)

 

MADRE. Hijo.

NOVIO. ¿Dónde anda usted?

MADRE. En todo ese ruido. ¿Estás contento?

NOVIO. Sí.

MADRE. ¿Y tu mujer?

NOVIO.   Descansa un poco. ¡Mal día para las novias!

MADRE. ¿Mal día? El único bueno. Para mí fue como una herencia. (Entra la CRIADA y se dirige al cuarto de la NOVIA.) Es la roturación de las tierras, la plantación de árboles nuevos.

NOVIO. ¿Usted se va a ir?

MADRE. Sí. Yo tengo que estar en mi casa.

NOVIO. Sola.

MADRE. Sola no. Que tengo la cabeza llena de cosas y de hombres y luchas.

NOVIO. Pero luchas que ya no son luchas.

 

(Sale la CRIADA rápidamente; desaparece corriendo por el fondo.)

 

MADRE. Mientras una vive, lucha.

NOVIO. ¡Siempre la obedezco!

DRE. Con tu mujer procura estar cariñoso, y si la notaras enfadada o arisca, hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el que manda. Así aprendí de tu padre. Y como no lo tienes, tengo que ser yo la que te enseñe estas fortalezas.

NOVIO. Yo siempre haré lo que usted mande.

PADRE. (Entrando.) ¿Y mi hija?

NOVIO. Está dentro.

MUCHACHA lª   ¡Vengan los novios, que vamos a bailar la rueda!

MOZO 1° (Al Novio.) Tú la vas a dirigir.

PADRE. (Saliendo.) ¡Aquí no está!

NOVIO. ¿No?

PADRE. Debe haber salido a la baranda.

NOVIO. ¡Voy a ver! (Entra.)

 

(Se oye algazara y guitarras.)

 

MUCHACHA 1ª ¡Ya han empezado! (Sale.)

NOVIO. (Saliendo.) No está.

MADRE. (Inquieta.) ¿No?

PADRE. ¿Y dónde pudo haber ido?

CRIADA. (Entrando.) ¿Y la niña, dónde está?

MADRE. (Seria.) No lo sabemos.

(Sale el NOVIO. Entran tres invitados.)

PADRE. (Dramático.) Pero ¿no está en el baile?

CRIADA. En el baile no está.

PADRE. (Con arranque.) Hay mucha gente. ¡Mirad!

CRIADA. ¡Ya he mirado!

PADRE.   (Trágico.) ¿Pues dónde está?

NOVIO. (Entrando.) Nada. En ningún sitio.

MADRE. (Al PADRE.) ¿Qué es esto? ¿Dónde está tu hija?

 

(Entra la mujer de LEONARDO.)

 

MUJER. ¡Han huido! ¡Han huido! Ella y Leonardo. En el caballo. ¡Iban abrazados, como una exhalación!

PADRE. ¡No es verdad! ¡Mi hija no!

MADRE. ¡Tu hija, sí! Planta de mala madre, y él, también él. ¡Pero ya es la mujer de mi hijo!

NOVIO.  (Entrando.) ¡Vamos detrás! ¿Quién tiene un caballo?

MADRE. ¿Quién tiene un caballo ahora mismo, quién tiene un caballo? Que le daré todo lo que tengo, mis ojos y hasta mi lengua...

VOZ. Aquí hay uno.

MADRE.   (Al hijo.) ¡Anda! ¡Detrás! (Sale con dos mozos.) No. No vayas. Esa gente mata pronto y bien...; ¡pero sí, corre, y yo detrás!

PADRE. No será ella. Quizá se haya tirado al aljibe.

MADRE. Al agua se tiran las honradas, las limpias; ¡ésa, no! Pero ya es mujer de mi hijo. Dos bandos. Aquí hay dos bandos. (Entran todos.) Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo. (La gente se separa en dos grupos.) Porque tiene gente; que son sus primos del mar y todos los que llegan de tierra adentro. ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás! ¡Atrás! 

TELÓN

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

Prohibido suicidarse en primavera

Alejandro Casona

 

 

 

 

El "Hogar del Suicida" es una clínica levantada por el Doctor Ariel y dirigida por el Doctor Roda que está decorada con cuadros que recuerdan suicidios célebres: Sócrates, Cleopatra, Séneca…. Ariel desciende de una familia en la que los hombres se suicidan cuando empiezan a perder la juventud, por eso se interesa por todo los relacionado con este hecho y descubre, por ejemplo, que son más frecuentes al amanecer y en la  primavera. Con el fin de evitar muertes, construye el sanatorio al que acuden  quienes quieren quitarse la vida, sin atreverse realmente a hacerlo, pensando que allí les será más fácil morir. Aquí llegan, por error, una pareja de reporteros quienes, movidos por un interés periodístico, entran en contacto con los pacientes a los que entrevistan y preguntan las razones de su decisión.

 

 

 

CHOLE (Abriendo nuevamente los brazos). — ¡Capitán!

FERNANDO. — ¡Timonel! (Rompiendo el abrazo, pasa Hans por el arco del jardín. Va tocando una campanilla.

Se asoma a escena y grita.)

HANS. — Cámara de gas... ¡libre! (Sigue con su campanilla. Pausa. Chole y Femando se miran inmóviles.)

CHOLE (Aterrada). — ¿Ha dicho cámara de gas?

FERNANDO. —Huy, huy, huy... (Toma un libro sobre la mesa del Doctor.) ¡Demonio!

CHOLE. — ¿Qué?

FERNANDO. — ¡Este libro!... «El suicidio considerado como una de las Bellas Artes». (Suelta el libro.) Me parece, Chole, que no te vuelvo a dejar el volante.

CHOLE (Disponiéndose a huir). — ¿Dónde pusiste el maletín?

FERNANDO. — ¡Eh, alto! ¡Huir, no! Somos periodistas. Chole. Cuando un periodista se tropieza con algo sensacional, no retrocede aunque lo que tengan delante sea un rinoceronte. Antes morir. Deja ese maletín. (Entra el Doctor. Va hacia su mesa. Se detiene al verlos.)

 

FERNANDO, CHOLE Y EL DOCTOR

 

DOCTOR. — ¿Les atienden a ustedes?

CHOLE. —No, gracias. Sólo entramos a dar un vistazo. Muy interesante, muy interesante... Fernando...

FERNANDO. — ¡Chole!... Calma. (Ella se rehace. Deja el maletín. Avanza heroicamente.) Desconocido señor, permítame que me presente, Fernando Zara, periodista; especializado en reportajes sensacionales.

DOCTOR. —Mucho gusto.

FERNANDO. —Gracias. Chole, mi compañera, mi novia, mi ninfa Egeria y mi estrella polar. La pareja más feliz de la tierra.

DOCTOR. —Enhorabuena. Doctor Roda, director de la Casa. Pero... si son ustedes una pareja feliz, ¿qué diablos vienen a hacer aquí? ¿Han llegado ustedes voluntariamente?

CHOLE. —Hemos llegado fatalmente. Conducía yo.

DOCTOR. — ¿Y saben ustedes dónde están?

FERNANDO. —Todavía no, pero lo sabremos en seguida. Es nuestra profesión.

DOCTOR. —Será si yo no me opongo.

FERNANDO. —Inútil oponerse. Somos periodistas: si nos echa usted por la puerta, volveremos por la ventana. Disfrazados de jardineros, de inspectores de teléfonos, de vendedores de frutas, nos tendría usted aquí irremediablemente. No hay nada que hacer, doctor.

CHOLE (Avanzando hacia él). —Nosotros no retrocedemos aunque tengamos delante un rinoceronte...  ¡Oh, perdón!...

FERNANDO. — ¿Su respuesta?

DOCTOR (Los mira entre severo y sonriente). — ¿Me perdonarían ustedes si les advierto que como todos los seres felices... y como todos los periodistas, son ustedes un poco impertinentes?

FERNANDO. —Perdonado. Pero compréndanos, doctor: el sensacionalismo es de cultivo muy difícil. El mundo produce cada vez menos cosas interesantes, y el público, en cambio, tiene cada vez más hambre de ellas. Usted no puede imaginarse nuestra angustia de exploradores en busca de lo extraordinario; nuestro gozo profesional cuando tropezamos con una banda de secuestradores, con un adulterio bonito...

CHOLE. — ¡Ah, la tiranía del público! Y luego la tiranía del director. Todo le parece poco. Para el mes que viene nos ha encargado un naufragio, un evadido de la Guayana, un parto quíntuple y una aurora boreal. No es trabajo fácil, no.

FERNANDO. —No sabe usted lo que es recorrer un mundo de temas agotados para encontrar esa veta sensacional que el público espera siempre. «La serpiente de mar», que llamamos en los periódicos.

DOCTOR. — ¿Y creen ustedes haber encontrado aquí su «serpiente de mar»?

FERNANDO. —Le hemos visto la cola.

CHOLE. —No nos cierre las puertas. ¡Ayúdenos, doctor!

DOCTOR (Con una sonrisa de simpatía). —Está bien, veamos. ¿Son ustedes, en efecto, una pareja feliz?

FERNANDO (Posando la mano sobre el hombro de ella). — ¡Cómo no ha habido otra!

DOCTOR. — ¿Enfermedad?

CHOLE. —Ninguna.

DOCTOR. — ¿Problemas espirituales?

FERNANDO. —No existen.

DOCTOR. — ¿Amor?

CHOLE. — ¡Torrencial!

DOCTOR. — ¿Dificultades materiales?

FERNANDO. — ¿Nosotros? A nosotros nos deja usted esta noche en una selva del centro de África, y mañana por la mañana tomamos café con leche.

DOCTOR. —Es envidiable. En ese caso, yo puedo facilitarles su trabajo. Pero ustedes, en cambio, pueden prestarme a mí un gran servicio.

LOS DOS. —A sus órdenes.

DOCTOR. —Para la buena marcha de esta casa necesitaba yo encontrar los dos extremos opuestos de la fortuna: una vida en derrota, sin amores, sin pasado y sin porvenir. Y una vida en plenitud, audaz, enamorada, llena de esperanzas y de horizontes. Lo primero, lo he encontrado hace un momento. ¿Quieren ustedes ser aquí la vida feliz?

CHOLE. —A sus órdenes, doctor; estamos de vacaciones.

DOCTOR. —Pues siendo así, como colaboradores y amigos, escuchen ustedes. (Se sientan)

FERNANDO. — ¡Chole! (Chole prepara lápiz y cuaderno.)

DOCTOR. —No; prométanme que no escribirán una sola línea hasta que no conozcan a fondo la institución. (Chole guarda lápiz y cuaderno.)

DOCTOR. — ¿Conocieron ustedes al doctor Ariel?

FERNANDO. —El doctor Ariel..., sí...

CHOLE. —Sí, sí..., el doctor Ariel.

DOCTOR. —Bien; no le conocieron ustedes. El doctor Ariel fue mi maestro. Su familia, desde varias generaciones, era víctima de una extraña fatalidad: su padre, su abuelo, su bisabuelo, todos morían suicidándose en la plenitud de la vida, cuando empezaban a perder la juventud. El doctor Ariel vivió torturado por esta idea. Todos sus estudios los dedicó a la biología y la psicología del suicida, penetrando hasta lo más hondo en este sector desconcertante del alma. Cuando creyó que su hora fatal se acercaba, se retiró a estas montañas. Aquí cambió sus amigos, sus alimentos y sus libros. Aquí leía a los poetas, se bañaba en las cascadas frías, paseaba sus dos leguas a pie durante el día y escuchaba a Beethoven por las noches. Y aquí murió, vencedor de su destino, de una muerte noble y serena, a los setenta años de felicidad.

CHOLE (Entusiasmada). — ¡Pero muy bonito!

FERNANDO. —Muy periodístico. Este prólogo queda formidable para señoras.

DOCTOR. —El doctor dejó escrito un libro maravilloso. (Lo toma de la mesa.)

FERNANDO. —Sí. «El suicidio considerado como una de las Bellas Artes».

DOCTOR. — ¡Ah!, ¿lo conocía usted?

FERNANDO. —No hace mucho; pero lo conocía.

DOCTOR. —Este libro está lleno de ciencia; pero también de comprensión humana y de ternura. Vea la dedicatoria: «A mis pobres amigos los suicidas». (Fernando toma el libro, que hojea de vez en cuando, interesado en sus mapas y estadísticas.) A estos pobres amigos dejó también el doctor Ariel toda su fortuna. Con ella se fundó el Hogar del Suicida, cuya dirección me confió el maestro... y donde tienen ustedes su casa.

FERNANDO. —Gracias.

CHOLE. —Hasta aquí, todo va bien. Pero si el doctor Ariel murió feliz al fin, ¿por qué la fundación de esta Casa?

DOCTOR. —Ahí empieza el secreto. El doctor Ariel no se limitó a hacer una extravagancia. Fundó, sagazmente, un Sanatorio de Almas. Aparentemente, esta casa no es más que el Club del perfecto suicida. Todo en ella está previsto para una muerte voluntaria, estética y confortable; los mejores venenos, los baños con rosas y música... Tenemos un lago de leyenda, celdas individuales y colectivas, festines Borgia y tañederos de arpa. Y el más bello paisaje del mundo. La primera reacción del desesperado, al entrar aquí, es el aplazamiento. Su sentido heroico de la muerte se ve defraudado. ¡Todo se le presenta aquí tan natural! Es el efecto moral de una ducha fría. Esa noche algunos aceptan alimentos, otros llegan a dormir, e invariablemente todos rompen a llorar. Es la primera etapa.

CHOLE (Echando mano a su lápiz). — Magnífico. Segunda etapa. (Fernando la detiene con un gesto.)

DOCTOR. —Etapa de la meditación. El enfermo pasa largas horas en silencio y soledad. Luego, pide libros. Después busca compañía. Va interesándose por los casos de sus compañeros. Llega a sentir una piadosa ternura por el dolor hermano. Y acaba por salir al campo. El aire libre y el paisaje empiezan a operar en él. Un día se sorprende a sí mismo acariciando a una rosa...

FERNANDO. —Y empieza la tercera etapa.

DOCTOR. —La última. El alma se tonifica al compás de los músculos. El pasado va perdiendo sombras y fuerza; cien pequeños caminos se van abriendo hacia el porvenir, se van ensanchando, floreciendo... Un día ve las manzanas nuevas estallar en el árbol, al labrador que canta sudando al sol, dos novios que se besan mordiéndose la risa... ¡Y un ansia caliente de vivir se le abraza a las entrañas como un grito! Ese día el enfermo abandona la casa, y en cuanto traspasa el jardín, echa a correr sin volver la cabeza. ¡Está salvado!

CHOLE. —Precioso. Parece una balada escocesa.

FERNANDO. —No está mal. Periodísticamente era más interesante que se matasen. Pero dígame: ese sistema ¿no está excesivamente confiado en la buena disposición del cliente? ¿No han tropezado ustedes nunca con el suicida auténtico, con el desesperado irremediable?

DOCTOR. —Aquí sólo llegan los vacilantes. Desdichadamente, el desesperado profundo se mata en cualquier parte, sin el menor respeto a la técnica ni al doctor Ariel. (Levantándose.) ¿Puedo contar con ustedes?

CHOLE. —Desde ahora mismo.

DOCTOR. —Voy a encargar que dispongan sus habitaciones.

FERNANDO. —Gracias. ¿Nos permite, entre tanto, hacer alguna interviú a sus pacientes?

DOCTOR. —Bien, pero con tiento. Generalmente son desconfiados y no abren fácilmente su corazón a un extraño.

CHOLE. —Aquel joven que se acerca, ¿es un enfermo?

DOCTOR. —Ah, sí: un muchacho romántico. Le llamamos aquí el Amante Imaginario. Vean su ficha... Ha llegado anoche...

FERNANDO. —Entonces, etapa de la ducha fría.

DOCTOR. —Exactamente. No le lleven demasiado la contraria. Y sobre todo, naturalidad. (Sale.)

CHOLE. —Naturalidad, Fernando.

Hamlet

William Shakespeare

 

 

 

 

 

Enterrador. Entra HAMLET. HORACIO a distancia.

 

ENTERRADOR.-  No te devanes los sesos, que, por más que le pegues, tu burro no irá más rápido. Cuando te vengan con esa pregunta, tú di que el sepulturero, porque las casas que hace duran hasta el Día del Juicio. Vamos, corre a la taberna y tráeme una jarra de aguardiente. (Canta)

                     De joven yo amé, amé;

                     me pareció muy grato

                     menguar mis anos con placer;

                     igual no lo había probado

HAMLET.- ¿Es que este hombre no tiene sentido de su oficio, que cava tumbas cantando?

HORACIO.- Con la costumbre se vuelve una cuestión de indiferencia.

HAMLET.- Cierto. La mano que poco labra tiene el sentido más fino.

ENTERRADOR [canta]

Mas con sigilo la vejez

ha hecho presa en mí

y me transporta a la región

como al que no ha gozado así. (Arroja una calavera) 

HAMLET.- Esa calavera tenía lengua y podía cantar. Este bribón la estrella contra el suelo como si fuera la quijada de Caín, que cometió el primer crimen. Tal vez fuese la cabeza de un político, ahora avasallado por un asno, capaz de engañar a Dios, ¿no crees?

HORACIO.- Tal vez, señor.

HAMLET.- O la de un cortesano, que diría: «Buenos días, mi señor. ¿Cómo estáis, mi buen señor?» Sería el señor don Tal, que elogiaba el caballo del señor don Cual cuando pensaba pedírselo, ¿verdad?

HORACIO.- Sí, mi señor.

HAMLET.- Pues claro, y ahora es de don Gusano, sin mandíbulas y con la crisma sacudida por el sepulturero. Bonita transmutación, si supiéramos verla. ¿Tan fácil ha sido crear estos huesos que ahora sólo sirven para jugar a los bolos? Los míos me duelen de pensarlo.

ENTERRADOR [canta]

Un pico y una pala, pal,

envuelto en un sudario,

y un hoyo para huésped tal

será lo necesario (Arroja otra calavera)

HAMLET.- Otra más. ¿No podría ser la de un abogado? ¿Dónde están ahora sus argucias, sus distingos, sus pleitos, sus títulos, sus mañas? ¿Cómo deja que este bruto le sacuda el cráneo con una pala sucia sin denunciarle por agresión? ¡Mmm ...! Tal vez fuese en vida un gran comprador de tierras, con sus gravámenes, conocimientos, transmisiones, fianzas dobles, demandas. ¿Transmitió sus transmisiones y demandó sus demandas para acabar con esta tierra en la cabeza? ¿Le negarán garantía sus garantes, aun siendo dos, para una compra que no excede el tamaño de un contrato? Todas sus escrituras apenas caben en este hueco. ¿No tiene derecho a más el hacendado?

HORACIO.- Ni a una pizca más, señor.

HAMLET.- Los pergaminos, ¿no son de piel de carnero?

HORACIO.- Sí, Alteza, y de becerro.

HAMLET.- Carnero y becerro ha de ser quien crea que aseguran algo. Hablaré con este hombre.

Tú, ¿de quién es esta fosa?

ENTERRADOR.- Mía, señor [Canta]  

  ... y un hoyo para huésped tal

  será lo necesario.

HAMLET.- Será tuya porque te has metido dentro.

ENTERRADOR.- Y como vos estáis fuera, no es vuestra. Yo en esto no me he metido, pero es mía.

HAMLET.- Te has metido y has mentido diciendo que es tuya. Es para un muerto, no para un vivo; así que has mentido.

ENTERRADOR.- Señor, es una mentira viva y ahora vuelve con vos.

HAMLET.- ¿Para qué hombre la cavas?

ENTERRADOR.- Para ningún hombre, señor.

HAMLET.- ¿Para qué mujer?

ENTERRADOR.- Para ninguna, tampoco.

HAMLET.- Pues, ¿a quién van a enterrar?

ENTERRADOR.- A una que fue mujer, pero, que en paz descanse, está muerta.

HAMLET.- ¡Qué rotundo es el granuja! Como no hilemos delgado nos matarán los equívocos. De veras, Horacio; lo he notado en los últimos tres años: nos hemos vuelto tan finos que hasta el más palurdo le pisa el talón al cortesano y le roza el sabañón.

¿Desde cuándo eres sepulturero?

ENTERRADOR.- De todos los días del año, desde aquel en que nuestro difunto rey Hamlet venció a Fortinbrás.

HAMLET.- Y de eso, ¿cuánto hace?

ENTERRADOR.- ¿No lo sabéis? ¡Si hasta los tontos lo saben! Fue el día en que nació el joven Hamlet, el que estaba loco y mandaron a Inglaterra.

HAMLET.-  Sí, claro. ¿Y por qué le mandaron a Inglaterra?

ENTERRADOR.- Pues porque estaba loco. Allí recobrará el juicio y, si no, poco importa.

HAMLET.- ¿Por qué?

ENTERRADOR.- No se lo notarán: allí todos están igual de locos.

HAMLET.- ¿Cómo se volvió loco?

ENTERRADOR.- De un modo extraño.

HAMLET.- ¿Cómo «extraño»?

ENTERRADOR.- Vaya, pues perdiendo el juicio.

HAMLET.- ¿De dónde salió su locura?

ENTERRADOR.- Pues de aquí, de Dinamarca. Mozo y hombre, yo llevo aquí de sepulturero treinta años.

HAMLET.- ¿Cuánto tarda en pudrirse un muerto enterrado?

ENTERRADOR.- Bueno, si no se ha podrido antes de morir (pues hoy en día nos traen muchos venéreos que apenas se pueden enterrar), os puede durar unos ocho o nueve años. Un  curtidor os dura nueve años.

HAMLET.- ¿Y él por qué más que otros?

ENTERRADOR.- Pues, señor, porque tiene la piel tan curtida que el agua no la atraviesa en mucho tiempo, y el agua descompone bien a todo puto cadáver. Aquí hay una calavera; lleva enterrada veintitrés años.

HAMLET.- ¿De quién es?

ENTERRADOR.- De un puto chiflado. ¿Quién creéis que era?

HAMLET.- No lo sé.

ENTERRADOR.- ¡Mala peste de loco! Un día me vació en la cabeza una jarra de vino del Rin. Esta calavera, señor, es la de Yorick, el bufón del rey.

HAMLET.- ¿Ésta?

ENTERRADOR.- La misma.

HAMLET.- Deja que la vea. ¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocía, Horacio: tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa. Me llevó a cuestas mil veces. Y ahora, ¡cómo me repugna imaginarlo! Me revuelve el estómago. Aquí colgaban los labios que besé infinitas veces. Y ahora, ¿dónde están tus pullas, tus brincos, tus canciones, esas ocurrencias que hacían estallar de risa a toda la mesa? ¿Ya no tienes quien se ría de tus muecas? ¿Estás encogido? Vete a la estancia de tu señora y dile que, por más que se embadurne, acabará con esta cara. Hazla reír con esto.

Horacio, dime una cosa.

HORACIO.- Sí, mi señor.

HAMLET.- ¿Tú crees que Alejandro tenía este aspecto bajo tierra?

HORACIO.- El mismo.

HAMLET.- ¿Y olía así? ¡Uf!

HORACIO.- Igual, señor.

HAMLET.- ¡En qué bajos usos podemos caer, Horacio! ¿No podría la imaginación rastrear el noble polvo de Alejandro y encontrarlo taponando un barril?

HORACIO.- Sería una busca demasiado rebuscada.

HAMLET.- No, nada de eso; habría que seguirle con mesura llevados de lo probable. Es decir: Alejandro murió, Alejandro fue enterrado, Alejandro se convirtió en polvo. El polvo es tierra, con la tierra se hace el barro, y con el barro en que se convirtió, ¿por qué no se puede tapar un barril de cerveza?

Muerto y hecho barro, el imperial César

rellena un boquete y el aire intercepta.

¡Ah, que aquella tierra que al mundo arredró

tape una pared y corte un ventarrón!

 

Ser o no ser

Hamlet

William Shakespeare

 

 

 

 

 

 

HAMLET

Ser o no ser... He ahí el dilema.

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,

o levantarse en armas contra el océano del mal,

y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...

Nada más; y decir así que con un sueño

damos fin a las llagas del corazón

y a todos los males, herencia de la carne,

y decir: ven, consumación, yo te deseo. Morir, dormir,

dormir... ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño

de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán

cuando despojados de ataduras mortales

encontremos la paz? He ahí la razón

por la que tan longeva llega a ser la desgracia.

¿Pues quién podrá soportar los azotes y las burlas [del mundo,

la injusticia del tirano, la afrenta del soberbio,

la angustia del amor despreciado, la espera del juicio,

la arrogancia del poderoso, y la humillación

que la virtud recibe de quien es indigno,

cuando uno mismo tiene a su alcance el descanso

en el filo desnudo del puñal? ¿Quién puede soportar

tanto? ¿Gemir tanto? ¿Llevar de la vida una carga

tan pesada? Nadie, si no fuera por ese algo tras la [muerte

—ese país por descubrir, de cuyos confines

ningún viajero retorna— que confunde la voluntad

haciéndonos pacientes ante el infortunio

antes que volar hacia un mal desconocido.

La conciencia, así, hace a todos cobardes

y, así, el natural color de la resolución

se desvanece en tenues sombras del pensamiento;

y así empresas de importancia, y de gran valía,

llegan a torcer su rumbo al considerarse

para nunca volver a merecer el nombre

de la acción. Pero, silencio... la hermosa Ofelia ¡Ninfa,

en tus plegarias, jamás olvides mis pecados!

 

 

Edipo rey

Sófocles

 

 

 

 

 

Delante del palacio de Edipo, en Tebas. Un grupo de ancianos y de jóvenes están sentados en las gradas del altar, en actitud suplicante, portando ramas de olivo. El Sacerdote de Zeus se adelanta solo hacia el palacio. Edipo sale seguido de dos ayudantes y contempla al grupo en silencio. Después les dirige la palabra.

EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué estáis en actitud sedente ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplica y de gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso entre todos. Así que, oh anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde hablar, dime en nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estéis así ante mí? ¿El temor, o el ruego? Piensa que yo querría ayudaros en todo. Sería insensible, si no me compadeciera ante semejante actitud.

SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad somos los que nos sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para volar lejos; otros, torpes por la vejez, somos Sacerdotes -yo lo soy de Zeus-, y otros, escogidos entre los aún jóvenes. El resto del pueblo con sus ramos permanece sentado en las plazas en actitud de súplica, junto a los dos templos de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno.

      La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida.

      Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque esta tierra ahora te celebra como su salvador por el favor de antaño. Que de ninguna manera recordemos de tu reinado que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos después; antes bien, levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos procuraste entonces la fortuna. Sénos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a gobernar esta tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que nada es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen.

EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Venís a hablarme porque anheláis algo conocido y no ignorado por mí. Sé bien que todos estáis sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de vosotros que padezca tanto como yo. En efecto, vuestro dolor llega sólo a cada uno en sí mismo y a ningún otro, mientras que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti. De modo que no me despertáis de un sueño en el que estuviera sumido, sino que estad seguros de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he recorrido en el curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado, después de reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo, mi propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que tengo que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo calculo en comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo, pues, contra lo que es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste.

SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me están indicando por señas que Creonte se acerca.

EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante!

SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En otro caso no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel.

EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente cerca para que nos escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con qué respuesta del oráculo nos llegas?

Entra Creonte en escena.

CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a término, todas pueden resultar bien.

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.

CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.

EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.

CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.

EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?

CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.

EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha?

CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad.

EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi.

CREONTE.- Él murió y ahora nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia,

EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua culpa, difícil de investigar?

CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto.

EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro país?

CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.

EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien, informándose, pudiera sacarse alguna ventaja?

CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir con seguridad de lo que vio.

EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.

CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.

EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si no se hubiera proyectado desde aquí con dinero?

CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgía como su vengador en medio de las desgracias.

EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía, averiguarlo?

CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista.

EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya que Febo, merecidamente, y tú, de manera digna, pusisteis tal solicitud en favor del muerto; de manera que veréis también en mí, con razón, a un aliado para vengar a esta tierra al mismo tiempo que al dios. Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo.

      Vosotros, hijos, levantaos de las gradas lo más pronto que podáis y recoged estos ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo de Cadmo sabiendo que yo voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado.

Entran Edipo y Creonte en el palacio

SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos promete hemos venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos, llegue como salvador y ponga fin a la epidemia!

Salen de la escena y, seguidamente, entra en ella el Coro de ancianos tebanos

 

CORO

ESTROFA 1ª

¡Oh dulce oráculo de Zeus! ¿Con qué espíritu has llegado desde Pito, la rica en oro, a la ilustre Tebas? Mi ánimo está tenso por el miedo, temblando de espanto, ¡oh dios, a quien se le dirigen agudos gritos, Delios, sanador! Por ti estoy lleno de temor. ¿Qué obligación de nuevo me vas a imponer, bien inmediatamente o después del transcurrir de los años? Dímelo, ¡oh hija de la áurea Esperanza, palabra inmortal!

ANTÍSTROFA 1ª

Te invoco la primera, hija de Zeus, inmortal Atenea, y a tu hermana, Artemis, protectora del país, que se asienta en glorioso trono en el centro del ágora y a Apolo el que flecha a distancia. ¡Ay! Haceos visibles para mí, los tres, como preservadores de la muerte.

      Si ya anteriormente, en socorro de una desgracia sufrida por la ciudad, conseguisteis arrojar del lugar el ardor de la plaga, presentaos también ahora.

ESTROFA 2ª

¡Ay de mí! Soporto dolores sin cuento. Todo mi pueblo está enfermo y no existe el arma de la reflexión con la que uno se pueda defender. Ni crecen los frutos de la noble tierra ni las mujeres tienen que soportar quejumbrosos esfuerzos en sus partos. Y uno tras otro, cual rápido pájaro, puedes ver que se precipitan, con más fuerza que el fuego irresistible, hacia la costa del dios de las sombras.

ANTÍSTROFA 2ª

La población perece en número incontable. Sus hijos, abandonados, yacen en el suelo, portadores de muerte, sin obtener ninguna compasión. Entretanto, esposas y, también, canosas madres gimen por doquier en las gradas de los templos, en actitud de suplicantes, a causa de sus tristes desgracias. Resuena el peán y se oye, al mismo tiempo, un sonido de lamentos. En auxilio de estos males, ¡oh dura hija de Zeus!, envía tu ayuda, de agraciado rostro.

ESTROFA 3ª.

Concede que el terrible Ares, que ahora sin la protección de los escudos me abrasa saliéndome al encuentro a grandes gritos, se dé la vuelta en su carrera, lejos de los confines de la patria, bien hacia el inmenso lecho de Anfitrita, bien hacia la inhóspita agitación de los puertos tracios. Pues si la noche deja algo pendiente, a terminarlo después llega el día. A ése, ¡oh tú, que repartes las fuerzas de los abrasadores relámpagos, oh Zeus padre!, destrúyelo bajo tu rayo.

ANTÍSTROFA 3ª.

Soberano Liceo, quisiera que tus flechas invencibles que parten de cuerdas trenzadas en oro se distribuyeran, colocadas delante, como protectoras y, también, las antorchas llameantes de Ártemis con las que corre por los montes de Licia. Invoco al de la mitra de oro, el que da nombre a esta región, a Baco, el de rojizo color, al del evohé*, compañero de las ménades, ¡que se acerque resplandeciente con refulgente antorcha contra el dios odioso entre los dioses!

* Uno de los dioses del vino

[Enlace con bio-bibliografía de este autor]

 

La dama del mar

Henrik Ibsen

 

 

ESCENAVI

HILDA, BOLETA y el doctor WANGEL por la derecha, en traje de viaje y con un saquito en la mano.

WANGEL. (En la puerta del jardín). -¡Aquí me tenéis ya, hijitas!
BOLETA. (Saliendo a recibirlo).-¡Qué alegría volver a verte!.
HILDA. (A cercándose a él). - ¿Has concluido por hoy, papá?
WANGEL. -No. Quizá más tarde tenga que bajar un momento al despacho. Decidme: ¿sabéis si ha llegado Arnholm?
BOLETA. -Sí, papá; llegó anoche. Hemos mandado a preguntar a la fonda.
WANGEL. -Entonces, ¿no le habéis visto todavía?
BOLETA. -No, pero debe venir aquí esta mañana.
WANGEL. -Vendrá seguramente.
HILDA. (Atrayéndole hacia el mirador).-¡Vamos! Echa un vistazo por aquí.

WANGEL. (Viendo los floreros). -Si, sí, hija mía, ya veo. Todo tiene trazas de fiesta. BOLETA. - ¿Está bonito?

WANGEL. -Sí, sí, muy bonito. Dime, ¿estamos solos en casa ahora?

HILDA. -Sí: ha ido a...

BOLETA. (Apresurándose a interrumpirla). Mamá, ha ido a bañarse.

WANGEL. (Mira con benevolencia a Boleta y le pone la mano en la cabeza cariñosamente. Luego con vacilación). -Y decid, hijitas, ¿habéis pensado tener adornado el mirador y dejar ondeando la bandera durante todo el día?

HILDA. -¡Claro! Ya comprendes tú que es natural...

WANGEL. -¡Jem! Sí, es claro; pero ya sabéis que...

BOLETA. (Le hace señas). -No hay que decir que todo esto es por el profesor Arnholm. Cuando viene a vernos un amigo tan bueno....

HILDA. (Sonríe sacudiéndole el brazo ligeramente).-Hazte cargo, papá:¡él, que ha sido el profesor de Boleta!

WANGEL. (Medio sonriendo). -¡Vaya unas picaras que estáis! De manera, que a vosotras os parece natural que todos los años dediquemos un recuerdo a la que ya no está entre nosotros.¡Bueno!¡Pero!... Mira, Hilda: toma el saco (Se lo da) y llévalo al despacho.
¡Pues no, hijitas! A mí, francamente no me gusta esta fiesta... no me gusta, que todos los años, ¿eh?... ¿comprendéis?¡En fin! Será que no puede ser de otro modo.
HILDA. (Se dirige a la izquierda con el saco en la mano. De repente se detiene mirando a lo lejos). - ¿No veis quién viene? Debe ser el profesor.
BOLETA. (Mirando). -¡El! (Riendo).¡Vamos! ¿Crees tú que es Arnholm ese anciano?
WANGEL. -Espera, hija. (Pausa)¡Juraría que es él!¡y él es, sin duda alguna!
BOLETA. (Con sorpresa). -¡Dios mío! Sí, es él.

ESCENA VII

Dichos, el profesor ARNHOLM, en traje de paseo, muy elegante, con lentes de oro, y un junquillo en la mano, por el camino de la izquierda. Parece algo fatigado. Dirige una ojeada al jardín, saluda y entra.

WANGEL. (Saliendo al encuentro de Arnholm). -¡Bien venido, querido profesor! -Me alegro con toda el al­ma de verlo en estos lugares que le son tan conoci­dos.

ARNHOLM. -¡Gracias, querido doctor, mil gracias! (Se estrechan la mano y se adelantan juntos).¡Ah! ¿Están aquí las niñas? (Alargándoles las manos).¡Me hubiera costado trabajo conocerlas!

WANGEL. -¡Ya 1o creo!

ARNHOLM. -Sin embargo, a Boleta... sí, a Boleta la hubiera conocido.

WANGEL. -A duras penas, me parece. Pero, es natural, hace ocho o nueve años que no las ha visto usted, y, desde entonces,¡han ocurrido tantas cosas!

ARNHOLM. (Mirando en torno suyo). – Pues a mí la verdad, no me parece... Han crecido los árboles, y hay una glorieta. No veo otra cosa nueva.

WANGEL. -Cierto: la decoración no ha, cambiado.

ARNHOLM. (Sonriendo). -Y, además, ahora tiene usted dos muchachas casaderas.

WANGEL. -¡Oh! Por ahora, no hay que pensar más que en una.

HILDA. (Aparte). -¡Gracias! Papá no tiene pelos en la lengua.

WANGEL. -Propongo que vayamos a sentarnos en el mirador. Estaremos más frescos. ¿Le parece bien? ANHOLM. -Con mucho gusto, querido doctor. (Suben al mirador. Wangel señala a Arnholm la mecedora).

WANGEL. -¡Perfectamente! Ahora a estar ahí con sosiego, hasta que descanse.¡Parece que el viaje le ha fatigado mucho!

ARNHOLM. -No, mucho no; y aquí, en medio de estos paisajes tan espléndidos...

BOLETA. (A Wangel).- ¿Quieres que lleve a la sala un poco de soda? Pronto hará aquí demasiado calor.

WANGEL. -Eso, sí, soda, y coñac.

BOLETA. - ¿Coñac también?

WANGEL. -¡Un poco! Por si alguien quiere...

BOLETA. -Bien, papá. Anda, Hilda, lleva el saco al despacho. (Entra en la casa, y cierra la puerta. Hilda toma el saco y váse por la izquierda hacia la espalda de la ca­sa).

 

ESCENA VIII

WANGEL y ARNHOLM

ARNHOLM. (Después de haber seguido a Boleta con la vista). -¡Es hermosa de veras!...¡Tiene usted dos hijas muy hermosas!
WANGEL. (Sentándose).- ¿Verdad que sí?
ARNHOLM. -Tanto Boleta como Hilda me han sorprendido extraordinariamente. Pero usted, doctor, ¿piensa permanecer aquí toda la vida?
WANGEL. -Es lo más probable. ¿Qué quiere usted? Aquí he nacido, y aquí he vivido feliz con la que no tardó en abandonarnos. Usted la conocía, Arnholm, usted la vio la última vez que estuvo aquí.
ARNHOLM. -Sí, Sí.
WANGEL. -También ahora soy muy dichoso con mi segunda esposa. Hay que convenir en que me ha favorecido la suerte...
ARNHOLM. - ¿No tiene usted hijos del segundo matrimonio?
WANGEL. -Hace dos años y medio tuvimos un niño, que murió a los cinco meses.
ARNHOLM. - ¿No está en casa su esposa?
WANGEL. -¡Sí! No tardará en venir. Ha ido a bañarse. Va diariamente en todo tiempo.
ARNHOLM. - ¿Está enferma?
WANCEL. - Enferma precisamente, no; pero desde hace algunos años está muy nerviosa; su padecimiento es intermitente. A punto fijo, no sé qué tiene, pero el baño le proporciona gran placer. Puede decirse que el mar forma, parte de su ser.
ARNHOLM. -Sí, lo recuerdo. Ya en otro tiempo...
WANGEL. (Con sonrisa casi imperceptible). Es verdad: usted ha debido conocerla cuando era profesor en Skjoldviken.
ARNHOLM. –Precisamente. Ella iba a visitar al pastor con frecuencia y, además, solía encontrarla en el faro cuando iba a ver a su padre.
WANGEL. -¡Ah! Su estancia en el faro ha dejado en ella huellas indelebles. Aquí no la comprende nadie, y le llaman la dama del mar.
ARNHOLM. - ¿De veras?
WANGEL. -Sí, por sus aficiones. Pero háblele usted del pasado, querido Arnholm, y la complacerá.
ARNHOLM. (Mirándole con expresión de duda). - ¿Tiene usted algún motivo para creerlo así?
WANGEL. -Indudablemente
ELLIDA. (Dentro). -Wangel, ¿estás ahí?
WANGEL. (Levantándose). -Sí, mujer.

 

Un borracho singular

Juan Pablo Darmanin

 

 

Entra el borracho cantando a la botella. En su banco está una muchacha sentada

Borracho:  Loca ella y loco ¡Yo!.  Que me hiciste mal y sin embargo te quiero...(Mira a una joven sentada en su banco de plaza. Se acerca y la observa de forma sugerente. Según él acaba de encontrar a un intruso en su morada. Habla poética e irónicamente. Cortejándola) Nunca tuve tanta suerte de que una bella dama me espere sentada en mi propio aposento. (Ella lo mira nerviosa y lo ignora. Él sentencia) ¡Que éste banco es mío!.

Joven: ¡Por favor no me moleste!.

Borracho: ¿Ha oído hablar de los usurpadores de morada?.

Joven: ¡Vaya a su casa, déjeme tranquila!.

Borracho: Usted vaya a SU casa, mi casa es ésta y, en éste banco, ¡Duermo yo!. Así que si quiere puede adueñarse de cualquiera de los bancos que hay por ahí, éste es mío. Así que si me da lugar... (Hace señas con las manos como esperando que se levante.Ella no se mueve del lugar. Él continúa con las señas) No la molesto más.... Si me da lugarcito... ¿Pero qué tiene usted, estrabismo?

Joven: ¿Yo me tengo que ir de un lugar público sólo porque a usted se le ocurre tirarse a dormir en este banco, que es también mío?

Borracho: ¿Suyo? Yo llegué primero.

Joven: Qué le voy a estar dando explicaciones....

Borracho: Más vale que tendrá que darme muchas explicaciones...

Joven: Mire, éste banco mío y de todos los ciudadanos

Borracho: ¡Ahora son más!

Joven: Es de todos, de todos los que pagan impuestos... O sea, de todos menos de usted, ¿Entiende?

Borracho: Entiendo... Usted es de una de esos grupos que se dedican a protestar ¡Que aman protestar!... Voy entendiendo... Hay muchas otras cosas por qué quejarse señorita... Yo puedo ayudarla un poco, si quiere. Mire, por ejemplo ¿Ve ese cartel que dice “Prohibido pisar el césped”? Le digo un secreto: Hay gente que lo hace. ¿Porqué no se para un rato a la par del cartel? O mejor aún, póngase en LUGAR del cartel y dígale que lo hace porque paga impuestos...

Joven: ¡No! Yo no estoy en ningún grupo, sólo trato de explicarle por qué yo tengo más derecho que usted en estar en este lugar, vea: La luz que tiene usted en esta plaza todas las noches, la pago yo. Esta plaza está limpia porque al servicio de barrido y limpieza lo pago yo. ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

Borracho: (Revisa sus bolsillos) Bueno, me pescó seco, pero vuelve mañana antes de las once y le tengo lo que le debo.

Joven: Lo que le quiero decir es que yo tengo más derecho que usted en estar aquí.

Borracho: Bueno, entonces haga que me corten la luz y que no vengan más a cortar el pasto y devuélvame mi banco.

Joven: No se haga el vivo

Borracho: ¿No estará tratando de estafarme usted?

Joven: ¿Yo? ¡Faltaba más! ¿Qué le puedo sacar yo a usted? ¡Jajaja!

Borracho: Por lo pronto está tratando de sacarme mi banco, no se que seguirá después.(Se desespera, se asusta) ¡El yate, la casa campo, el piso del centro, los autos convertibles...!. Dígame la verdad ¿A qué ha venido?

Joven: ¿Qué puedo estar buscando yo de usted? ¡Hágame el favor!, ¿Qué me dice?, nada quiero de usted, ¡Nada!. No ve que soy persona de bien, no todos somos como usted, no sea tan miserable

Borracho: ¿Miserable?...Yo no soy el que está peleando con un vagabundo para sacarle su banco de plaza. ¿No tiene que ir a trabajar?

Joven: No, estoy desocupada.

Borracho: Se nota... Debería emplearse corriendo gente de los lugares públicos.

Joven: (Burlándose) ¡Ja, Ja! Chistoso.¿Y usted nunca pensó trabaja y dejar ésta vida de holgazanería?

Borracho: No sea ridícula

Joven: Si usted trabajara no tendría que andar pidiendo para poder beber.

Borracho: No es que yo pida para beber,  yo bebo para pedir.

Joven: (Revisa en su bolso para sacar cigarrillos) ¿Y qué toma?

Borracho: (Estirándose para mirar con curiosidad adentro del bolso de la joven) ¿Qué tiene?

Joven: ¡Nada! Sacaba cigarrillos. El colmo sería que le esté invitando para tomar...No tengo ¡Nada!. Sólo le pregunto por curiosidad

Borracho: Ah, bueno, yo tomo vino. No soy como esos borrachos de parque o de vereda de hospital que se conforman con alcohol puro. (Lo dice acomodándose la ropa y presumiendo) ¡Yo soy alguien de “clase”, un ser con alcurnia...

Joven: ¿Y nunca deja de tomar?

Borracho: Sí, entre trago y trago.

Joven: No, no ¿Nunca deja de tomar por dos días o algo así...?

Borracho: (La mira con cara de asquerosa intriga) ¿Dos días? ¿Cómo dos días?. ¡Eso es muy peligroso! Cuando uno deja de tomar por dos días le agarra la abstinencia. ¿Es que no ha leído usted?. ¡Borracho, pero informado!

Joven: La bebida es un camino de ida (Exclama con resignación y suspira)

Borracho: (Mirando fijo al horizonte y con orgullo) Y yo fui.

Joven: Es inútil tratar de tener una conversación coherente con un ¡EBRIO!

Borracho: (Con tono inocente y curioso) Noté un cierto tono despectivo en la palabra ebrio (Acusándola con la mirada) ¿No es así?

Joven: ¡Claro que es así!. Eso estaba tratando de hacer, que suene despectivo.

Borracho: ¡Hay los jóvenes, que cuando no pueden ganar una conversación se ponen! (La mira acusándola)¡En contra!

Joven: ¡Yo no me puse en contra!

Borracho: ¿Vio? (Con el mismo tono que antes y el mismo gesto) ¡En contra!

Joven: ¿Vio que? ¡Nada, nada ví! ¿De qué me habla?

Borracho: ¿Entonces no está en contra?

Joven: ¡No!

Borracho: ¿O sea que está a favor?

Joven: ¿De que?

Borracho: ¿De qué estamos hablando?

Joven: No se

Borracho: ¿Y entonces como sabe si está a favor o si está en contra si no sabe de qué?

Joven: Mire, mejor me voy porque veo que quedarme sería seguir perdiendo mi tiempo...

Borracho: ¡Valioso! Su “valioso” tiempo...

Joven: (Enojada) Sí, mejor quédese con su roñoso banco. (La joven se va.El borracho le pasa un trapo al banco. Habla con el banco)

Borracho: ¡Roñoso le dicen! Si yo tanto que lo cuido a mi banquito querido...

 

 

Romeo y Julieta

William Shakespeare

Escena II, Segundo Acto

 

 

 

 

 

Bajo el balcón de Julieta. (Romeo entra sin ser visto en el palacio de los Capuleto.

Julieta aparece en una ventana)

 

Romeo:- ¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta, el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, la has aventajado en hermosura! ¡No la sirvas, que es envidiosa! Su tocado de vestal es enfermizo y amarillento, y no son sino bufones los que lo usan, ¡Deséchalo! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece!… Habla… más nada se escucha; pero, ¿qué importa? ¡Hablan sus ojos; les responderé!…Soy demasiado atrevido. No es a mi a quien habla. Do de las más resplandecientes estrellas de todo el cielo, teniendo algún quehacer ruegan a sus ojos que brillen en sus esferas hasta su retorno. ¿Y si los ojos de ella estuvieran en el firmamento y las estrellas en su rostro? ¡El fulgor de sus mejillas avergonzaría a esos astros, como la luz del día a la de una lámpara! ¡Sus ojos lanzarían desde la bóveda celestial unos rayos tan claros a través de la región etérea, que cantarían las aves creyendo llegada la aurora!… ¡Mirad cómo apoya en su mano la mejilla! ¡Oh! ¡Mirad cómo apoya en su mano la mejilla! ¡Oh! ¡Quién fuera guante de esa mano para poder tocar esa mejilla!

Julieta:- ¡Ay de mí!

Romeo:- Habla. ¡Oh! ¡Habla otra vez ángel resplandeciente!… Porque esta noche apareces tan esplendorosa sobre mi cabeza como un alado mensajero celeste ante los ojos extáticos y maravillados de los mortales, que se inclinan hacia atrás para verle, cuando él cabalga sobre las tardas perezosas nubes y navega en el seno del aire.

Julieta:- ¡Oh Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? Niega a tu padre y rehúsa tu nombre; o, si no quieres, júrame tan sólo que me amas, y dejaré yo de ser una Capuleto.

Romeo:- (Aparte) ¿Continuaré oyéndola, o le hablo ahora?

Julieta:- ¡Sólo tu nombre es mi enemigo! ¡Porque tú eres tú mismo, seas o no Montesco! ¿Qué es Montesco? No es ni mano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni parte alguna que pertenezca a un hombre. ¡Oh, sea otro nombre! ¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! De igual modo Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atesora. ¡Romeo, rechaza tu nombre; y a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mi toda entera!

Romeo:- Te tomo la palabra. Llámame sólo "amor mío" y seré nuevamente bautizado. ¡Desde ahora mismo dejaré de ser Romeo!

Julieta:- ¿Quién eres tú, que así, envuelto en la noche, sorprendes de tal modo mis secretos?

Romeo:- ¡No sé cómo expresarte con un nombre quien soy! Mi nombre, santa adorada, me es odioso, por ser para ti un enemigo. De tenerla escrita, rasgaría esa palabra.

Julieta:- Todavía no he escuchado cien palabras de esa lengua, y conozco ya el acento. ¿No eres tú Romeo y Montesco?

Romeo:- Ni uno ni otro, hermosa doncella, si los dos te desagradan.

Julieta:- Y dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y para qué? Las tapias del jardín son altas y difíciles de escalar, y el sitio, de muerte, considerando quién eres, si alguno de mis parientes te descubriera.

Romero:- Con ligeras alas de amor franquee estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar. Por tanto, tus parientes no me importan.

Julieta:- ¡Te asesinarán si te encuentran!

Romeo:- ¡Ay! ¡Más peligro hallo en tus ojos que en veinte espadas de ellos! Mírame tan sólo con agrado, y quedo a prueba de su enemistad.

Julieta:- ¡Por cuánto vale el mundo, no quisiera que te viesen aquí!

Romeo:- El manto de la noche me oculta a sus miradas; pero, si no me quieres, déjalos que me hallen aquí. ¡Es mejor que termine mi vida víctima de su odio, que se retrase mi muerte falto de tu amor.

Julieta:- ¿Quién fue tu guía para descubrir este sitio?

Romeo:- Amor, que fue el primero que me incitó a indagar; él me prestó consejo y yo le presté mis ojos. No soy piloto; sin embargo, aunque te hallaras tan lejos como la más extensa ribera que baña el más lejano mar, me aventuraría por mercancía semejante.

Julieta:- Tú sabes que el velo de la noche cubre mi rostro; si así lo fuera, un rubor virginal verías teñir mis mejillas por lo que me oíste pronunciar esta noche. Gustosa quisiera guardar las formas, gustosa negar cuanto he hablado; pero, ¡adiós cumplimientos! ¿Me amas? Sé que dirás: sí, yo te creeré bajo tu palabra. Con todo, si lo jurases, podría resultar falso, y de los perjurios de los amantes dicen que se ríe Júpiter. ¡Oh gentil Romeo! Si de veras me quieres, decláralo con sinceridad; o, si piensas que soy demasiado ligera, me pondré desdeñosa y esquiva, y tanto mayor será tu empeño en galantearme. En verdad, arrogante Montesco, soy demasiado apasionada, y por ello tal vez tildes de liviana mi conducta; pero, créeme, hidalgo, daré pruebas de ser más sincera que las que tienen más destreza en disimular. Yo hubiera sido más reservada, lo confieso, de no haber tú sorprendido, sin que yo me apercibiese, mi verdadera pasión amorosa. ¡Perdóname, por tanto, y no atribuyas a liviano amor esta flaqueza mía, que de tal modo ha descubierto la oscura noche!

Romeo:- Júrote, amada mía, por los rayos de la luna que platean la copa de los árboles…

Julieta:- No jures por la luna, que es su rápida movimiento cambia de aspecto cada mes. No vayas a imitar su inconstancia.

Romeo:- ¿Pues por quién juraré?

Julieta:- No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu persona que es el dios que adoro y en quien he de creer.

Romeo:- ¿Pues por quién juraré?

Julieta:- No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche oír tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como el rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando vuelvas haya llegado abrirse, animado por las brisas del estío, el capullo de esta flor. Adiós, ¡ojalá caliente tu pecho en tan dulce clama como el mío!

Romeo:- ¿Y no me das más consuelo que ése?

Julieta:- ¿Y qué otro puedo darte esta noche?

Romeo:- Tu fe por la mía.

Julieta:- Antes de la di que tú acertaras a pedírmela. Lo que siento es no poder dártela otra vez.

Romeo:- ¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?

Julieta:- Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que tengo ya. Pero mi afán de dártelo todo es tan profundo y tan sin límite como los abismos de la mar. ¡Cuando más te doy, más quisiera date!… Pero oigo ruido dentro. ¡Adiós no engañes mi esperanza… Ama, allá voy… Guárdame fidelidad, Montesco mío. Espera un instante, que vuelvo en seguida.

Romeo:- ¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo esto de un delicioso sueño

Julieta:- (Asomada otra vez a la ventana) Sólo te diré dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuando quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te sacrificaré mi vida e iré en pos de ti por el mundo.

Ama:- (Llamando dentro) ¡Julieta!

Julieta:- Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que…

Ama:- ¡Julieta!

Julieta:- Ya corro… Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes a solas con mi dolor. Mañana irá el mensajero…

Romeo:- Por la gloria…

Julieta:- Buenas noches.

Romeo:- No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.

Julieta:- (Otra vez a la ventana) ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones¡ Si yo pudiera hablar a gritos, penetraría mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.

Romeo:- ¡Cuán grado suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que la música en oído atento.

Julieta:- ¡Romeo!

Romeo:- ¡Alma mía!

Julieta:- ¿A qué hora irá mi criado mañana?

Romeo:- A las nueve.

Julieta:- No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que llegue. No sé para qué te he llamado.

Romeo:- ¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!

Julieta:- Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que pensaba, recordando tu dulce compañía.

Romeo:- Para que siga tu olvido no he de irme.

Julieta:- Ya es de día. Vete… Pero no quisiera que te alejaras más que el breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una cuerda de seda, y que a veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le vuelve a soltar…

Romeo:- ¡Ojalá fuera yo ese pajarillo!

Julieta:- ¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? Aunque recelo que mis caricias habían de matarte. ¡Adiós, adiós! Triste es la ausencia y tan dulce la despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.

Romeo:- ¡Qué el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza! De aquí voy a la celda donde mora mi piadoso confesor, para pedirle ayuda y consejo en este trance.

 

 

La Tierra de Jauja

Lope de Rueda

 
 

 

(Camino apartado con árboles al fondo, al atardecer.) ( Al levantarse el telón, la escena sola. Unos segundos después entra por el lateral derecho Honzigera, ladrón, y tras él, andando trabajosamente, su compinche Panarizo.)

 

HONZIGERA: Anda, anda, hermano Panarizo; no te quedes rezagado, que ahora es tiempo de tender nuestras redes.

PANARIZO: ¿Y cómo quieres que ande, hermano Honzigera, si no puedo con mis huesos? Tres leguas llevamos dándole a los pies. ¡Ay, yo no aguanto más!

(Se sienta, se saca una bota y se acaricia el pie con gesto dolorido.)

HONZIGERA: ¡Ea!, no te dejes amilanar, hermano Panarizo. Di, ¿tienes hambre?

PANARIZO: ¿Que si tengo hambre? Un pollo me comería con plumas y todo.

HONZIGERA: Pues aguarda y podrás engullirte una buena cena.

PANARIZO: ¿Qué dices, Honzigera? ¿He oído bien?

HONZIGERA: Has oído perfectamente. ¿Sabes por qué te he traído aquí?

PANARIZO: ¿Y cómo quieres que lo sepa?

HONZIGERA: Escucha. (Se sienta a su lado y sigue diciendo:) A estas horas suele pasar por aquí un labrador, un tal Mendrugo, con una cazuela de comida para su mujer, que está en la cárcel. Este Mendrugo es bastante simple, y no nos será difícil, sin que él se dé cuenta, comemos lo que lleva en la cazuela.

PANARIZO: ¿Y cómo nos arreglaremos para ello?

HONZIGERA: ¿Cómo? Aguzando el ingenio, amigo Panarizo. Le contaremos aquel cuento de Jauja, ya sabes; y como él estará embobado escuchándonos, nos embaularemos bonitamente algunos bocados, por lo menos. (Escuchando.) Espera... Parece que se oyen pasos. Voy a ver. (Se levanta y se asoma al lateral opuesto.) ¡Sí, es él! Levántate y estate preparado, que ahí llega nuestro hombre.

 

(Aparece Mendrugo con una cazuela en la mano, atada con un pañuelo.)

 

MENDRUGO: ¡Diablos, esta mujer va a acabar conmigo! Le da por empinar el codo más de la cuenta, luego arma una trifulca y a la cárcel. Y después ¡hala!, Mendrugo que sude y que se afane para darle de comer.

HONZIGERA: (Acercándose.) ¿Adónde vas, buen hombre?

MENDRUGO: ¿Adónde voy a ir? A la cárcel, a llevarle el pienso a la Tomasa.

HONZIGERA: ¿Y quién es la Tomasa?

MENDRUGO: La Tomasa, señor, es la esposa de Mendrugo. Y Mendrugo soy yo, para servirle.

HONZIGERA: ¡Vaya, vaya! ¿Y qué llevas en ese recipiente?

MENDRUGO: Ah, ¿esto? No es ningún recipiente; es una cazuela. Llevo unas albóndigas para la Tomasa, que se pirra por ellas. Las he hecho yo mismo, con carne de la mejor, huevos y especias, todo bien rebozado con harina blanca.

HONZIGERA: Estarán buenas.

MENDRUGO: Como para chuparse los dedos.

HONZIGERA: ¿Y le llevas todos los días la comida a la cárcel?

MENDRUGO: Todos, sin faltar ni uno solo. ¡Y menudos trabajos me paso para poderla mantener! Trabajo como un burro desde la mañana hasta la noche, y encima esta caminata, cuando ya apenas puedo tenerme en pie.

HONZIGERA: ¡Qué pena! ¡Pensar que te ahorrarías todos esos trabajos si vivieras en la tierra de Jauja!

MENDRUGO: Y eso ¿con qué se come?

HONZIGERA: ¡Cómo! ¿No sabes lo que es la tierra de Jauja? Ven, siéntate un momento con nosotros y te describiremos todas sus maravillas con pelos y señales.

MENDRUGO: Bueno, pensándolo bien, un ratito de descanso no me vendrá mal. (Se sienta entre Honzigera y Panarizo y se dispone a escuchar, luego de poner la cazuela sobre las rodillas.) A ver, ¿qué tierra es ésa? (Durante el diálogo que sigue, Honzigera y Panarizo se las arreglarán, de la manera más cómica posible, para irse engullendo las albóndigas de la cazuela, procurando cada uno distraer a su víctima para dar tiempo a que el otro coma.)

HONZIGERA: Verás... Es un lugar en donde pagan a los hombres por dormir.

MENDRUGO: ¿Es verdad eso?

HONZIGERA: La verdad pura.

PANARIZO: Una tierra en donde azotan a los hombres que se empeñan en trabajar

MENDRUGO: (Con la boca abierta.) ¡Qué me dice!

PANARIZO: Como lo oyes.

MENDRUGO: ¡Oh, qué buena tierra! Cuénteme las maravillas de ese 1ugar por su vida.

HONZIGERA: (Volviendo, con un rápido movimiento de mano, la cara de Mendrugo hacia él.) Escucha.

MENDRUGO: Ya escucho, señor.

HONZIGERA: Mira: en la tierra de Jauja hay un río de miel y otro de leche, y entre río y río hay una fuente de mantequilla y requesones, y caen en el río de la miel, que no parece sino que están diciendo: «cómeme, cómeme».

MENDRUGO: ¡Pardiez!, no hacía falta que me lo dijeran a mí dos veces.

PANARIZO: (Repitiendo el ademán de Honzigera.) Oye, amigo.

MENDRUGO: Ya oigo, ya.

PANARIZO: Mira: en la tierra de Jauja hay unos árboles que son de tocino.

MENDRUGO: ¡Oh, benditos árboles! Dios los bendiga, amén.

PANARIZO: Y las hojas son de pan fino, y los frutos de estos árboles son de buñuelos, y caen en el río de la miel, y ellos mismos están diciendo: «máscame, máscame». (Mendrugo se pone a mascar, como si los tuviera en la boca.)

HONZIGERA: Vuélvete acá.

MENDRUGO: Ya me vuelvo.

HONZIGERA: Mira: en la tierra de Jauja las calles están empedradas con yemas de huevo, y entre yema y yema, un pastel con lonjas de tocino.

MENDRUGO: ¿Asadas?

HONZIGERA: Asadas, fritas y de todo, de modo que ellas mismas están diciendo: «trágame, trágame».

MENDRUGO: Ya parece que las trago.

PANARIZO: Escucha, bobazo.

MENDRUGO: Diga, diga.

PANARIZO: Mira: en la tierra de Jauja hay unos asadores de trescientos pasos de largo, con muchas gallinas, capones, perdices...

MENDRUGO: (Relamiéndose.) ¡Huuum! ¡Con lo que a mí me gustan!

PANARIZO: Y junto a cada ave un cuchillo, de modo que no es necesario más que cortar, pues ellos mismo lo dicen: «engúlleme, engúlleme».

MENDRUGO: (Pasmado.) ¡Cómo! ¿Las aves hablan?

HONZIGERA: Óyeme.

MENDRUGO: Ya le oigo, señor. Me estaría todo el día oyendo cosas de comer.

HONZIGERA: Mira: en la tierra de Jauja hay muchas cajas de confituras mazapanes, merengues, arroz con leche, natillas...

MENDRUGO: Por favor, señor, más despacio, que así no puedo gustarlo como quisiera.

HONZIGERA: Y hay unos barriles de vino dulce junto a las confituras, y unas y otras están diciendo: «cómeme, bébeme, cómeme, bébeme.. .»

MENDRUGO: ¡Ay, ya parece que las como y las bebo!

PANARIZO: Mira: en la tierra de Jauja hay muchas cazuelas con huevos y queso.

MENDRUGO: ¿ Cómo ésta que yo traigo? (Mira la cazuela) ¡ Anda, si está vacía! (Honzigera y Panarizo hacen mutis corriendo. Mendrugo, dando voces tras ellos) ¡Ladrones! ¡Ladrones! (Se detiene de pronto y mira la cazuela tristemente) Me han dejado sin un buñuelo. ¡Pobre de mí! ¿ Y qué hago yo ahora? (Pausa) Pobrecillos, a lo mejor es que tenían hambre...¡ Que Dios les perdone el daño que me han hecho! La culpa la he tenido yo, por creer que hay tierras en donde se puede vivir sin trabajar. Esto me servirá de lección (Vase tristemente por donde vino).

 

 

 

La Celestina

Fernando de Rojas

 

 

 

 

 

Muerte de Calisto

En la primera escena, Melibea se encuentra en el jardín de su casa acompañada por su criada Lucrecia. Mientras espera la visita de Calisto, la joven enamorada canta canciones de amor. Aparece Calisto que elogia el canto de su amada y a continuación se establece entre ellos un bello diálogo amoroso. Abajo se oye la voz de Sosia, criado de Calisto, que riñe con unos rufianes. Al acudir en su ayuda, Calisto cae desde lo alto de la escalera que le ha servido para franquear la tapia del jardín. La escena final está constituida por las lamentaciones de Tristán, otro de los criados de Calisto, y de la desgraciada Melibea. Conviene observar el tipo de lenguaje utilizado por unos y por otros. Los enamorados se expresan en una lengua culta, elevada, como corresponde a su condición de personas de clase social alta. Los criados se expresan de acuerdo con un nivel de lengua popular, que se corresponde con la lengua hablada en la época.

 

MELIBEA.- Óyeme tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola. Papagayos, ruiseñores, que cantáis al alborada llevad nueva a mis amores cómo espero aquí asentada. La media noche es pasada, y no viene; sabed si hay otra amada que lo detiene.

CALISTO.- Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puede más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Cuál mujer podía haber nacida que desprivase tu gran merecimiento? ¡Oh interrumpida melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo y cumplir el deseo de entrambos?

MELIBEA.- ¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi señor y mi alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Hacía rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al aire, con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna, cuán clara se nos muestra; mira las nubes, cómo huyen; oye la corriente agua de esta fontecica, cuánto más suave murmullo y húmedo lleva por entre las frescas hierbas. Escucha los altos cipreses, cómo se dan paz unos ramos con otros, por intercesión de un templadico viento que los mece. Mira sus quietas sombras cuán oscuras están, y aparejadas para encubrir nuestro deleite. Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tornaste loca de placer? Déjamelo, no me lo despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados brazos. Déjame gozar de lo que es mío, no me ocupes mi placer.

CALISTO.- Pues, señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cese tu suave canto. No sea de peor condición mi presencia, con que te alegras, que mi ausencia, que te fatiga.

SOSIA.- ¿Así, bellacos, rufianes, veníais a aterrorizar a los que no os temen? Pues yo os juro que si esperáis, que yo os hiciera ir como merecíais.

CALISTO.- Señora, Sosia es aquel que da voces. Déjame ir a verlo, no lo maten; que no está sino un pajecico con él. Dame presto mi capa, que está debajo de ti.

MELIBEA.- ¡Oh triste de mi ventura! No vayas allá sin tus corazas; tórnate a armar.

CALISTO.- Señora, lo que no hace espada y capa y corazón, no lo hacen coraza y capacete y cobardía.

SOSIA.- ¿Aún tornáis? Esperad; quizá venís por lana.

CALISTO.- Déjame, por Dios, señora, que puesta está la escala.

MELIBEA.- ¡Oh, desdichada soy! ¡Y cómo vas, tan recio y con tanta prisa y desarmado, a meterte entre quien no conoces! Lucrecia, ven presto acá, que es ido Calisto a un ruido. Echémosle sus corazas por la pared, que se quedan acá.

TRISTÁN.- Tente, señor, no bajes. Idos son; que no eran sino Traso el cojo y otros bellacos, que pasaban voceando. Que ya se torna Sosia. Tente, tente, señor, con las manos a la escala.

CALISTO.- ¡Oh, válgame Santa María! ¡Muerto soy! ¡Confesión!

TRISTÁN.- Llégate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo es caído de la escala, y no habla ni se bulle.

SOSIA.- ¡Señor, señor, ¡A esa otra puerta...! ¡Tan muerto es como mi abuela! ¡Oh gran desventura!

LUCRECIA.- ¡Escucha, escucha! ¡Gran mal es éste!

MELIBEA.- ¿Qué es esto que oigo, amarga de mí?

TRISTÁN.- ¡Oh mi señor y mi bien muerto! ¡Oh mi señor despeñado! ¡Oh triste muerte sin confesión! Coge, Sosia, esos sesos de esos cantos, júntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro. ¡Oh día aciago! ¡Oh arrebatado fin!

MELIBEA.- ¡Oh desconsolada de mí! ¿Qué es esto? ¿Qué puede ser tan áspero acontecimiento como oigo? Ayúdame a subir, Lucrecia, por estas paredes, veré mi dolor; si no, hundiré con alaridos la casa de mi padre. ¡Mi bien y placer, todo es ido en humo! ¡Mi alegría es perdida! ¡Consumióse mi gloria!

LUCRECIA.- Tristán, ¿qué dices, mi amor? ¿Qué es eso que lloras tan sin mesura?

TRISTÁN.- ¡Lloro mi gran mal, lloro mis muchos dolores! Cayó mi señor Calisto de la escala y es muerto. Su cabeza está en tres partes. Sin confesión pereció. Díselo a la triste y nueva amiga, que no espere más su penado amador. Toma, tú, Sosia, de los pies. Llevemos el cuerpo de nuestro querido amo donde no padezca su honra detrimento, aunque sea muerto en este lugar. Vaya con nosotros llanto, acompáñenos soledad, síganos desconsuelo, vístanos tristeza, cúbranos luto y dolorosa jerga.

MELIBEA.- ¡Oh la más de las tristes triste! ¡Tan poco tiempo poseído el placer, tan presto venido el dolor!

LUCRECIA.- Señora, no rasgues tu cara ni meses tus cabellos. ¡Ahora en placer, ahora en tristeza! ¿Qué planeta hubo que tan presto contrarió su destino? ¡Qué poco corazón es éste! Levanta, por Dios, no seas hallada por tu padre en tan sospechoso lugar, que serás sentida. Señora, señora, ¿no me oyes? No te desmayes, por Dios. Ten esfuerzo para sufrir la pena, pues tuviste osadía para el placer.

MELIBEA.- ¿Oyes lo que aquellos mozos van hablando? ¿Oyes sus tristes cantares? ¡Rezando llevan con responso mi bien todo, muerta llevan mi alegría! No es tiempo de yo vivir. ¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve? ¡Oh ingratos mortales! Jamás conocéis vuestros bienes sino cuando de ellos carecéis.

 

 

Tres sombreros de copa

Miguel Mihura

 

 

 

Dionisio pasa su última noche de soltero en un hotel de provincias. Mañana se casa con Margarita. Pero en esa habitación y esa noche conoce a Paula, una bailarina libre e impredecible. Dionisio y Paula no son felices con sus respectivas parejas. Están con ellas por inercia, porque no se cuestionan las cosas. Ahora se han encontrado, y enamorado, pero sus mundos son diferentes. Ella  es  espectáculo y alegría. Él es convencional y burgués. La unión de los dos universos está simbolizada en los sombreros de copa. Para Paula representan el traje de etiqueta de los caballeros que acuden al teatro, el adorno provocador de las bailarinas del music-hall  o un artilugio de magia para el prestidigitador y de destreza para el malabarista. Desde el punto de vista de Dionisio solo es un elemento solemne de su traje de ceremonia. Por eso, previsor, ha comprado dos (el tercero es regalo de su suegro), pero ninguno le sirve, uno le queda grande, otro pequeño y, el tercero, “le hace cara de salamandra”. Al final tendrá que casarse con un cuarto, prestado por un miembro de la compañía de Paula. No podrá ser feliz, porque no ha sido capaz de ser libre.

 

Primer acto

 

Habitación de un hotel de segundo orden en una capital de provincia. En la lateral izquierda, primer término, puerta cerrada de una sola hoja, que comunica con otra habitación. Otra puerta al foro que da a un pasillo. La cama. El armario de luna. El biombo. Un sofá. Sobre la mesilla de noche, en la pared, un teléfono. Junto al armario, una mesita. Un lavabo. A los pies de la cama, en el suelo, dos maletas y dos sombrereras altas de sombreros de copa. Un balcón, con cortinas, y detrás el cielo. Pendiente del techo, una lámpara. Sobre la mesita de noche, otra lámpara pequeña.

 

Escena en la que DIONISIO conoce a PAULA

 

 

DON ROSARIO. Hasta mañana, carita de madreselva.

 

(Hace una reverencia. Sale. Cierra la puerta. DIONISIO cierra las maletas, mientras silba una fea canción pasada de moda. Después se tumba sobre la cama sin quitarse el sombrero. Mira el reloj.)

 

DIONISIO. Las once y cuarto. Quedan apenas nueve horas. (Da cuerda al reloj.) Nos debíamos haber casado esta tarde y no habernos separado esta noche ya... Esta noche sobra... Es una noche vacía. (Cierra los ojos.) ¡Nena! ¡Nena! ¡Margarita! (Pausa. Y después, en la habitación de al lado, se oye un portazo y un rumor fuerte de conversación, que poco a poco va aumentando. DIONISIO se incorpora.) ¡Vamos, hombre! ¡Una bronca ahora! Vaya unas horas de reñir... (Su vista tropieza con el espejo, en donde se ve con el sombrero de copa en la cabeza y, sentado en la cama dice:) Sí, ahora parece que me hace cara de apisonadora...

 

(Se levanta. Va hacia la mesita, donde dejó los otros dos sombreros y, nuevamente, se los prueba. Y cuando tiene uno en la cabeza y los otros dos uno en cada mano, se abre rápidamente la puerta de la izquierda y entra PAULA, una maravillosa muchacha rubia, de dieciocho años que, sin reparar en DIONISIO, vuelve a cerrar de un golpe y, de cara a la puerta cerrada, habla con quien se supone ha quedado dentro. DIONISIO, que la ve reflejada en el espejo, muy azorado, no cambia de actitud.)

 

PAULA.   ¡Idiota!

BUBY.   (Dentro.) ¡Abre!

PAULA.   ¡No!

BUBY.   ¡Abre!

PAULA.   ¡No!

BUBY.   ¡Que abras!

PAULA.   ¡Que no!

BUBY.   (Todo muy rápido.) ¡Imbécil!

PAULA.   ¡Majadero!

BUBY.   ¡Estúpida!

PAULA.   ¡Cretino!

BUBY.   ¡Abre!

PAULA.   ¡No!

BUBY.   ¡Que abras!

PAULA.   ¡Que no!

BUBY.   ¿No?

PAULA.   ¡No!

BUBY.   Está bien.

PAULA. Pues está bien. (Y se vuelve. Y al volverse, ve a DIONISIO.) ¡Oh, perdón! Creí que no había nadie...

DIONISIO. (En su misma actitud frente al espejo.) Sí...

PAULA. Me apoyé en la puerta y se abrió... Debía estar sin encajar del todo... Y sin llave...

DIONISIO.   (Azoradísimo.) Sí...

PAULA.   Por eso entré...

DIONISIO.   Sí...

PAULA.   Yo no sabía...

DIONISIO.   No...

PAULA.   Estaba riñendo con mi novio.

DIONISIO.   Sí...

PAULA.   Es un idiota...

DIONISIO.   Sí...

PAULA.   ¿Acaso le han molestado nuestros gritos?

DIONISIO.   No...

PAULA.   Es un grosero...

BUBY.   (Dentro.) ¡Abre!

PAULA. ¡No! (A DIONISIO.) Es muy feo y muy tonto... Yo no le quiero... Le estoy haciendo rabiar... Me divierte mucho hacerle rabiar... Y no le pienso abrir... Que se fastidie ahí dentro... (Para la puerta.) Anda, anda, fastídiate...

BUBY.   (Golpeando.) ¡Abre!

PAULA. (El mismo juego.) ¡No!... Claro que, ahora que me fijo, le he asaltado a usted la habitación. Perdóneme. Me voy. Adiós.

DIONISIO. (Volviéndose y quedando ya frente a ella.) Adiós, buenas noches.

PAULA. (Al notar su extraña actitud con los sombreros, que le hacen parecer un malabarista.) ¿Es usted también artista?

DIONISIO.   Mucho.

PAULA. Como nosotros. Yo soy bailarina. Trabajo en el ballet de Buby Barton. Debutamos mañana en el Nuevo Music-Hall. ¿Acaso usted también debuta mañana en el Nuevo Music-Hall? Aún no he visto los programas. ¿Cómo se llama usted?

DIONISIO.   Dionisio Somoza Buscarini.

PAULA.   No. Digo su nombre en el teatro.

DIONISIO. ¡Ah! ¡Mi nombre en el teatro! ¡Pues como todo el mundo!...

PAULA.   ¿Cómo?

DIONISIO.   Antonini.

PAULA.   ¿Antonini?

DIONISIO. Sí. Antonini. Es muy fácil. Antonini. Con dos enes...

PAULA.   No recuerdo. ¿Hace usted malabares?

DIONISIO.   Sí. Claro. Hago malabares.

BUBY.   (Dentro.) ¡Abre!

PAULA. ¡No! (Se dirige a DIONISIO.) ¿Ensayaba usted?

DIONISIO.   Sí. Ensayaba.

PAULA.   ¿Hace usted solo el número?

DIONISIO. Sí. Claro. Yo hago solo el número. Como mis papás se murieron, pues claro...

PAULA.   ¿Sus padres también eran artistas?

DIONISIO. Sí. Claro. Mi padre era comandante de Infantería. Digo, no.

PAULA.   ¿Era militar?

DIONISIO. Sí. Era militar. Pero muy poco. Casi nada. Cuando se aburría solamente. Lo que más hacía era tragarse el sable. Le gustaba mucho tragarse su sable. Pero claro, eso les gusta a todos...

PAULA. Es verdad... Eso les gusta a todos... ¿Entonces, todos, en su familia, han sido artistas de circo?

DIONISIO. Sí. Todos. Menos la abuelita. Como estaba tan vieja, no servía. Se caía siempre del caballo... Y todo el día se pasaban los dos discutiendo...

PAULA.   ¿El caballo y la abuelita?

DIONISIO. Sí. Los dos tenían un genio terrible... Pero el caballo decía muchas más picardías...

PAULA. Nosotras somos cinco. Cinco girls. Vamos con Buby Barton hace ya un año. Y también con nosotros viene madame Olga, la mujer de las barbas. Su número gusta mucho. Hemos llegado esta tarde para debutar mañana. Los demás, después de cenar, se han quedado en el café que hay abajo... Esta población es tan triste... No hay adónde ir y llueve siempre... Y a mí el plan del café me aburre... Yo no soy una muchacha como las demás... Y me subí a mi cuarto para tocar un poco mi gramófono... Yo adoro la música de los gramófonos... Pero detrás subió mi novio, con una botella de licor, y me quiso hacer beber, porque él bebe siempre... Y he reñido por eso... y por otra cosa, ¿sabe? No me gusta que él beba tanto...

DIONISIO. Hace mucho daño para el hígado... Un señor que yo conocía...

BUBY.   (Dentro.) ¡Abre!

PAULA. ¡No! ¡Y no le abro! Ahora me voy a sentar para que se fastidie. (Se sienta en la cama.) ¿No le molestaré?

DIONISIO.   Yo creo que no.

PAULA. Ahora que sé que es usted un compañero, ya no me importa estar aquí... (BUBY golpea la puerta.) Debe de estar furioso... Debe de estar ciego de furor...

DIONISIO. (Miedoso.) Yo creo que le debíamos abrir, oiga...

PAULA.   No. No le abrimos.

DIONISIO.   Bueno.

PAULA.   Siempre estamos peleando.

DIONISIO. ¿Hace mucho tiempo que son ustedes novios?

PAULA. No. No sé. Dos días. Dos días o tres. A mí no me gusta. Pero se aburre una tanto en estos viajes por provincias... El caso que es simpático, pero cuando bebe o cuando se enfada se pone hecho una fiera... Da miedo verle.

DIONISIO. (Muy cobarde.) Le voy a abrir ya, oiga...

PAULA.   No. No le abrimos.

DIONISIO. Es que después va a estar muy enfadado y la va a tomar conmigo...

PAULA.   Que esté. No me importa.

DIONISIO. Pero es que a lo mejor, por hacer esto, le reñirá a usted su mamá.

PAULA.   ¿Qué mamá?

DIONISIO.   La suya.

PAULA.   ¿La mía?

DIONISIO.   Sí. Su papá o su mamá.

PAULA.   Yo no tengo papá ni mamá.

DIONISIO.   Pues sus hermanos.

PAULA.   No tengo hermanos.

DIONISIO. Entonces, ¿con quién viaja usted? ¿Va usted sola con su novio y con esos señores?

PAULA. Sí. Claro. Voy sola. ¿Es que yo no puedo ir sola?

DIONISIO.   A mí, allá cuentos...

BUBY.   (Dentro, ya rabioso.) ¡Abre, abre y abre!

PAULA. Le voy a abrir ya. Está demasiado enfadado.

DIONISIO. (Más cobarde aún.) Oiga. Yo creo que no le debía usted abrir...

PAULA. Sí. Le voy a abrir. (Abre la puerta y entra BUBY, un bailarín negro, con un ukelele en la mano.)

 

Tercer acto

Dionisio habla de su novia a Paula

 

(Sale D. SACRAMENTO por la puerta del foro. PAULA asoma la cabeza por detrás de la cama y mira a DIONISIO tristemente. DIONISIO, que ha ido a cerrar la puerta, al volverse, la ve.)

 

PAULA. ¡Oh! ¿Por qué me ocultaste esto? ¡Te casas, Dionisio!...

DIONISIO.   (Bajando la cabeza.) Sí...

PAULA.   No eras ni siquiera un malabarista...

DIONISIO.   No.

PAULA. (Se levanta. Va hacia la puerta de la izquierda.) Entonces yo debo irme a mi habitación...

DIONISIO. (Deteniéndola.) Pero tú estabas herida... ¿Qué te hizo Buby?

PAULA. Fue un golpe nada más... Me dejó K.O. ¡Debí de perder el conocimiento unos momentos. Es muy bruto Buby... Me puede siempre... (Después.) ¡Te casas, Dionisio!...

DIONISIO.   Sí.

PAULA. (Intentando nuevamente irse.) Yo me voy a mi habitación...

DIONISIO.   No.

PAULA.   ¿Por qué?

DIONISIO. Porque esta habitación es más bonita. Desde el balcón se ve el puerto...

PAULA.   ¡Te casas, Dionisio!

DIONISIO.   Sí. Me caso, pero poco...

PAULA.   ¿Por qué no me lo dijiste...?

DIONISIO. No sé. Tenía el presentimiento de que casarse era ridículo... ¡Que no me debía casar...! Ahora veo que no estaba equivocado... Pero yo me casaba, porque yo me he pasado la vida metido en un pueblo pequeñito y triste y pensaba que para estar alegre había que casarse con la primera muchacha que, al mirarnos, le palpitase el pecho de ternura... Yo adoraba a mi novia... Pero ahora veo que en mi novia no está la alegría que yo buscaba... A mi novia tampoco le gusta ir a comer cangrejos frente al mar, ni ella se divierte haciendo volcanes en la arena... Y ella no sabe nadar... Ella, en el agua, da gritos ridículos... Hace así: «¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!» Y ella sólo ama cantar junto al piano El pescador de perlas. Y El pescador de perlas es horroroso, Paula. Ella tiene voz de querubín, y hace así: (Canta.) Tralaralá... piri, piri, piri, piri... Y yo no había caído en que las voces de querubín están llenas de vanidad y que, en cambio, hay discos de gramófono que se titulan «Ámame en diciembre lo mismo que me amas en mayo», y que nos llenan el espíritu de sencillez y de ganas de dar saltos mortales... Yo no sabía tampoco que había mujeres como tú, que al hablarnos no les palpita el corazón, pero les palpitan los labios en un constante sonreír... Yo no sabía nada de nada. Yo sólo sabía pasear silbando junto al quiosco de la música... Yo me casaba porque todos se casan siempre a los veintisiete años... Pero ya no me caso, Paula... ¡Yo no puedo tomar huevos fritos a las seis y media de la mañana...!

PAULA. (Ya sentada en el sofá.) Ya te ha dicho ese señor del bigote que los harán pasados por agua...

DIONISIO. ¡Es que a mí no me gustan tampoco pasados por agua! ¡A mí sólo me gusta el café con leche, con pan y manteca! ¡Yo soy un terrible bohemio! Y lo más gracioso es que yo no lo he sabido hasta esta noche que viniste tú... y que vino el negro..., y que vino la mujer barbuda... Pero yo no me caso, Paula. Yo me marcharé contigo y aprenderé a hacer juegos malabares con tres sombreros de copa...

PAULA. Hacer juegos malabares con tres sombreros de copa es muy difícil... Se caen siempre al suelo...

DIONISIO. Yo aprenderé a bailar como bailas tú y como baila Buby...

PAULA. Bailar es más difícil todavía. Duelen mucho las piernas y apenas gana uno dinero para vivir...

DIONISIO. Yo tendré paciencia y lograré tener cabeza de vaca y cola de cocodrilo...

PAULA. Eso cuesta aún más trabajo... Y después, la cola molesta muchísimo cuando se viaja en el tren...

(DIONISIO va a sentarse junto a ella.)

DIONISIO. ¡Yo haré algo extraordinario para poder ir contigo!... ¡Siempre me has dicho que soy un muchacho muy maravilloso!...

PAULA. Y lo eres. Eres tan maravilloso, que dentro de un rato te vas a casar, y yo no lo sabía...

DIONISIO. Aún es tiempo. Dejaremos todo esto y nos iremos a Londres...

PAULA.   ¿Tú sabes hablar inglés?

DIONISIO. No. Pero nos iremos a un pueblo de Londres. La gente de Londres habla inglés porque todos son riquísimos y tienen mucho dinero para aprender esas tonterías. Pero la gente de los pueblos de Londres, como son más pobres y no tienen dinero para aprender esas cosas, hablan como tú y como yo... ¡Hablan como en todos los pueblos del mundo!... ¡Y son felices!...

PAULA. ¡Pero en Inglaterra hay demasiados detectives!...

DIONISIO.   ¡Nos iremos a La Habana!

PAULA. En La Habana hay demasiados plátanos...

DIONISIO.   ¡Nos iremos al desierto!

PAULA. Allí se van todos los que se disgustan, y ya los desiertos están llenos de gente y de piscinas.

DIONISIO. (Triste.) Entonces es que tú no quieres venir conmigo.

PAULA. No. Realmente yo no quisiera irme contigo, Dionisio...

DIONISIO.   ¿Por qué? (Pausa. Ella no quiere hablar. Se levanta y va hacia el balcón.)

PAULA. Voy a descorrer las cortinas del balcón. (Lo hace.) Ya debe de estar amaneciendo... Y aún llueve... ¡Dionisio, ya han apagado las lucecitas del puerto! ¿Quién será el que las apaga?

DIONISIO.   El farolero.

PAULA.   Sí, debe de ser el farolero.

DIONISIO.   Paula..., ¿no me quieres?

PAULA.   (Aún desde el balcón.) Y hace frío...

DIONISIO. (Cogiendo una manta de la cama.) Ven junto a mí... Nos abrigaremos los dos con esta manta... (Ella va y se sientan los dos juntos, cubriéndose las piernas con la manta.) ¿Quieres a Buby?

PAULA. Buby es mi amigo. Buby es malo. Pero el pobre Buby no se casa nunca... Y los demás se casan siempre... Esto no es justo, Dionisio...

DIONISIO.   ¿Has tenido muchos novios?

PAULA. ¡Un novio en cada provincia y un amor en cada pueblo! En todas partes hay caballeros que nos hacen el amor... ¡Lo mismo es que sea noviembre o que sea en el mes de abril! ¡Lo mismo que haya epidemias o que haya revoluciones...! ¡Un novio en cada provincia...! ¡Realmente es muy divertido...! Lo malo es, Dionisio, lo malo es que todos los caballeros estaban casados ya, y los que aún no lo estaban escondían ya en la cartera el retrato de una novia con quien se iban a casar... Dionisio, ¿por qué se casan todos los caballeros...? ¿Y por qué, si se casan, lo ocultan a las chicas como yo...? ¡Tú también tendrás ya en la cartera el retrato de una novia...! ¡Yo aborrezco las novias de mis amigos...! Así no es posible ir con ellos junto al mar... Así no es posible nada... ¿Por qué se casan todos los caballeros...?

DIONISIO. Porque ir al fútbol siempre, también aburre.

PAULA.   Dionisio, enséñame el retrato de tu novia.

DIONISIO.   No.

PAULA. ¡Qué más da! ¡Enséñamelo! Al final lo enseñan todos...

DIONISIO. (Saca una cartera. La abre. PAULA curiosea.) Mira...

PAULA. (Señalando algo.) ¿Y esto? ¿También un rizo de pelo...?

DIONISIO. No es de ella. Me lo dio madame Olga... Se lo cortó de la barba, como un pequeño recuerdo... (Le enseña una fotografía.) Este es su retrato, mira...

PAULA. (Lo mira despacio. Después.) ¡Es horrorosa, Dionisio...!

DIONISIO.   Sí.

PAULA.   Tiene demasiados lunares...

DIONISIO. Doce. (Señalando con el dedo.) Esto de aquí es otro...

PAULA. Y los ojos son muy tristes... No es nada guapa, Dionisio...

DIONISIO. Es que en este retrato está muy mal... Pero tiene otro, con un vestido de portuguesa, que si lo vieras... (Poniéndose de perfil con un gesto forzado.) Está así...

PAULA.   ¿De perfil?

DIONISIO.   Sí. De perfil. Así. (Lo repite.)

PAULA.   ¿Y está mejor?

DIONISIO. Sí. Porque no se le ven más que seis lunares...

PAULA.   Además, yo soy más joven...

DIONISIO.   Sí. Ella tiene veinticinco años...

PAULA. Yo, en cambio... ¡Bueno! Yo debo de ser muy joven, pero no sé con certeza la edad mía... Nadie me lo ha dicho nunca... Es gracioso, ¿no? En la ciudad vive una amiga que se casó... Ella también bailaba con nosotros. Cuando voy a la ciudad siempre voy a su casa. Y en la pared del comedor señalo con una raya mi estatura. ¡Y cada vez señalo más alta la raya...! ¡Dionisio, aún estoy creciendo...! ¡Es encantador estar creciendo todavía...! Pero cuando ya la raya no suba más alta, esto indicará que he dejado de crecer y que soy vieja... Qué tristeza entonces, ¿verdad? ¿Qué hacen las chicas como yo cuando son viejas...? (Mira otra vez el retrato.) ¡Yo soy más guapa que ella...!

DIONISIO. ¡Tú eres mucho más bonita! ¡Tú eres más bonita que ninguna! Paula, yo no me quiero casar. Tendré unos niños horribles... ¡y criaré el ácido úrico...!

PAULA. ¡Ya es de día, Dionisio! ¡Tengo ganas de dormir...!

DIONISIO. Echa tu cabeza sobre mi hombro... Duerme junto a mí...

PAULA. (Lo hace.) Bésame, Dionisio. (Se besan.) ¿Tu novia nunca te besa...?

DIONISIO.   No.

PAULA.   ¿Por qué?

DIONISIO.   No puede hasta que se case...

PAULA.   Pero ¿ni una vez siquiera?

DIONISIO. No, no. Ni una vez siquiera. Dice que no puede.

PAULA. Pobre muchacha, ¿verdad? Por eso tiene los ojos tan tristes... (Pausa.) ¡Bésame otra vez, Dionisio...!

DIONISIO. (La besa nuevamente.) ¡Paula! ¡Yo no me quiero casar! ¡Es una tontería! ¡Ya nunca sería feliz! Unas horas solamente todo me lo han cambiado... Pensé salir de aquí hacia el camino de la felicidad y voy a salir hacia el camino de la ñoñería y de la hiperclorhidria...

PAULA.   ¿Qué es la hiperclorhidria?

DIONISIO. No sé, pero debe de ser algo imponente... ¡Vamos a marcharnos juntos...! ¡Dime que me quieres, Paula!

PAULA. ¡Déjame dormir ahora! ¡Estamos tan bien así...! (Pausa. Los dos, con las cabezas juntas, tienen cerrados los ojos. Cada vez hay más luz en el balcón. De pronto, se oye el ruido de una trompeta que toca a diana y que va acercándose más cada vez. Luego se oyen unos golpes en la puerta del foro.)

 

 

Don Juan Tenorio

José Zorrilla

 


 

RELACIÓN DE HAZAÑAS DE Don Juan Tenorio


Como gustéis, igual es,

que nunca me hago esperar.

Pues, señor, yo desde aquí,

buscando mayor espacio

para mis hazañas, di

sobre Italia, porque allí

tiene el placer un palacio.

De la guerra y del amor

antigua y clásica tierra,

y en ella el emperador,

con ella y con Francia en guerra,

díjeme: «¿Dónde mejor?

Donde hay soldados hay juego,

hay pendencias y amoríos.»

Di, pues, sobre Italia luego,

buscando a sangre y a fuego

amores y desafíos.

En Roma, a mi apuesta fiel,

fijé, entre hostil y amatorio,

en mi puerta este cartel:

«Aquí está don Juan Tenorio

para quien quiera algo de él.»

De aquellos días la historia

a relataros renuncio:

remítome a la memoria

que dejé allí, y de mi gloria

podéis juzgar por mi anuncio.

Las romanas, caprichosas,

las costumbres, licenciosas,

yo, gallardo y calavera:

¿quién a cuento redujera

mis empresas amorosas?

Salí de Roma, por fin,

como os podéis figurar:

con un disfraz harto ruin,

y a lomos de un mal rocín,

pues me querían ahorcar.

Fui al ejército de España;

mas todos paisanos míos,

soldados y en tierra extraña,

dejé pronto su compaña

tras cinco o seis desafíos.

Nápoles, rico vergel

de amor, de placer emporio,

vio en mi segundo cartel:

«Aquí está don Juan Tenorio,

y no hay hombre para él .

Desde la princesa altiva

a la que pesca en ruin barca,

no hay hembra a quien no suscriba;

y a cualquier empresa abarca,

si en oro o valor estriba.

Búsquenle los reñidores;

cérquenle los jugadores;

quien se precie que le ataje,

a ver si hay quien le aventaje

en juego, en lid o en amores.»

Esto escribí; y en medio año

que mi presencia gozó

Nápoles, no hay lance extraño,

no hay escándalo ni engaño

en que no me hallara yo.

Por donde quiera que fui,

la razón atropellé,

la virtud escarnecí,

a la justicia burlé,

y a las mujeres vendí.

Yo a las cabañas bajé,

yo a los palacios subí,

yo los claustros escalé,

y en todas partes dejé

memoria amarga de mí.

Ni reconocí sagrado,

ni hubo ocasión ni lugar

por mi audacia respetado;

ni en distinguir me he parado

al clérigo del seglar.

A quien quise provoqué,

con quien quiso me batí,

y nunca consideré

que pudo matarme a mí

aquel a quien yo maté.

A esto don Juan se arrojó,

y escrito en este papel

está cuanto consiguió:

y lo que él aquí escribió,

mantenido está por él.

 


Declaración DE Don Juan (ESCENA DEL sofá)


¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?

Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esta orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando al día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?

Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita como manso aliento;

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día

¿No es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?

 

Y mis palabras que están

inflamando en tu interior

un fuego germinador

no encendido todavía

¿No es verdad, estrella mía,

que están respirando amor?

Y esas dos líquidas perlas

que se desprenden tranquilas

de tus radiantes pupilas;

y ese encendido color

que en tu semblante no había,

¿No es verdad, hermosa mía,

que están respirando amor?

Oh sí, bellísima Inés,

espejo y luz de mis ojos

escucharme, sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira quí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor

de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor.

 


Declaración DE Dª Inés  (Escena DEL sofá)


Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,

que no podré resistir

mucho tiempo sin morir

tan nunca sentido afán.

¡Ah! Callad por compasión,

que oyéndoos me parece

que mi cerebro enloquece

se arde mi corazón.

¡Ah! Me habéis dado a beber

un filtro infernal, sin duda,

que a rendiros os ayuda

la virtud de la mujer.

Tal vez poseéis, don Juan,

un misterioso amuleto

que a vos me atrae en secreto

como irresistible imán.

Tal vez Satán puso en vos:

su vista fascinadora,

su palabra seductora,

y el amor que negó a Dios.

¡Y qué he de hacer ¡ay de mí!

sino caer en vuestros brazos,

si el corazón en pedazos

me vais robando de aquí?

No, don Juan, en poder mío

resistirte no está ya:

yo voy a ti como va

sorbido al mar ese río.

Tu presencia me enajena,

tus palabras me alucinan,

y tus ojos me fascinan,

y tu aliento me envenena.

¡Don Juan! ¡Don Juan!,

yo lo imploro

de tu hidalga compasión:

o arráncame el corazón,

o ámame porque te adoro.


Conversión DE d. Juan (Escena DEL sofá)


Alma mía! Esa palab

¿Alma mía! Esa palabra

cambia de modo mi ser,

que alcanzo que puede hacer

hasta que el Edén se me abra.

No es, doña Inés, Satanás

quien pone este amor en mí;

es Dios, que quiere por ti

ganarme para Él quizás.

No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora;

no es esa chispa fugaz

que cualquier ráfaga apaga;

es incendio que se traga

cuanto ve, inmenso, voraz.

Desecha, pues, tu inquietud,

bellísima doña Inés,

porque me siento a tus pies

capaz aún de la virtud.

Sí, iré mi orgullo a postrar

ante el buen Comendador,

y o habrá de darme tu amor,

o me tendrá que matar.

 

 

 


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