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Antonio García Megía
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Fuente Ovejuna Lope de Vega |
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LAURENCIA
ESTEBAN
JUAN ROJO
LAURENCIA
ESTEBAN
LAURENCIA
ESTEBAN
LAURENCIA
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ESTEBAN
REGIDOR
BARRILDO
JUAN ROJO
MENGO
ESTEBAN
MENGO
TODOS
MENGO
TODOS
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¡Ay mísero de mí...! Soliloquio Fragmento de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca |
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¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así qué delito cometí contra vosotros naciendo; aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido. Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor; pues el delito mayor del hombre es haber nacido. Sólo quisiera saber para apurar mis desvelos (dejando a una parte, cielos, el delito de nacer), qué más os pude ofender para castigarme más. ¿No nacieron los demás? Pues si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron qué yo no gocé jamás? Nace el ave, y con las galas que le dan belleza suma, apenas es flor de pluma o ramillete con alas, cuando las etéreas salas corta con velocidad, negándose a la piedad del nido que deja en calma; ¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad? Nace el bruto, y con la piel que dibujan manchas bellas, apenas signo es de estrellas (gracias al docto pincel), cuando, atrevida y cruel
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la humana necesidad le enseña a tener crueldad, monstruo de su laberinto; ¿y yo, con mejor instinto, tengo menos libertad? Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas, y apenas, bajel de escamas, sobre las ondas se mira, cuando a todas partes gira, midiendo la inmensidad de tanta capacidad como le da el centro frío; ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? Nace el arroyo, culebra que entre flores se desata, y apenas, sierpe de plata, entre las flores se quiebra, cuando músico celebra de las flores la piedad que le dan la majestad del campo abierto a su huida; ¿y teniendo yo más vida tengo menos libertad? En llegando a esta pasión, un volcán, un Etna hecho, quisiera sacar del pecho pedazos del corazón. ¿Qué ley, justicia o razón, negar a los hombres sabe privilegio tan suave, excepción tan principal, que Dios le ha dado a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave? |
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Los intereses creados Jacinto Benavente Presentación y principio primer acto |
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Las siete y media La venganza de Don Mendo Muñoz Seca |
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MAGDALENA Ha rato que te espero‚ Mendo amado; ¿por qué estás tan callado?
MENDO No resto‚ no; es que lucho Pero ya mi mutismo ha terminado; vine a desembuchar y desembucho Voy a contarte‚ amor mío‚ una historia infortunada: la historia de una velada en el castillo sombrío del Marqués de la Moncada Ayer… ¡triste día el de ayer! antes del anochecer‚ y en mi alazán caballero‚ iba yo con mi escudero por el parque de Alcover cuando‚ cerca de la cerca que pone fin a la alberca de los predios de Albornoz‚ me llamó en alto una voz‚ una voz que insistió terca. Hice en seco una parada‚ volví el rostro‚ y la voz era del Marqués de la Moncada‚ que con otro camarada estaba al pie de una higuera
MAGDALENA ¿Quién era el otro?
MENDO El Barón de Vedia‚ un aragonés antipático y zumbón que está en casa del Marqués de huésped o de gorrón· Hablamos … “Y vos‚ ¿qué hacéis?…‚" "Aburrirme.” Y el de Vedia dijo: “No os aburriréis; os propongo‚ si queréis‚ jugar a las siete y media."
MAGDALENA ¿Y por qué marcó una hora tan rara? Pudo ser luego…
MENDO Es que tu inocencia ignora que‚ a más de una hora‚ señora‚ las siete y media es un juego·
MAGDALENA ¿Un juego?
MENDO Y un juego vil que no hay que jugarlo a ciegas‚ pues juegas cien veces‚ mil‚ y de las mil‚ ves febril que o te pasas o no llegas· Y el no llegar da dolor‚ pues indica que mal tasas y eres del otro deudor· Mas ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!
MAGDALENA ¿Y tú… don Mendo?
MENDO ¡Serena escúchame Magdalena‚ porque no fui yo… ¡no fui! Fue el maldito cariñena que se apoderó de mí. Entre un vaso y otro vaso el Barón las cartas dio; yo vi un cinco‚ y dije “paso"‚ el Marqués creyó otro caso‚ pidió carta… y se pasó. El Barón dijo “plantado"; el corazón me dio un brinco; descubrió el naipe tapado‚ y era un seis‚ el mío era un cinco; el Barón había ganado. Otra y otra vez jugué‚ pero nada conseguí; quince veces me pasé‚ y una vez que me planté‚ Volví mi naipe… y perdí. Ya mi peculio en un brete‚ al fin me da Vedia un siete‚ le pido naipe al de Vedia y Vedia pone una media sobre el mugriento tapete. Mas otro siete él tenía y también naipe pidió… y negra suerte la mía‚ que siete y media cantó. Y me ganó en porfía… Mil dineros se llevó‚ ¡Por vida de Satanás! Y más tarde… ¡qué sé yo! de boquilla se jugó y me ganó diez mil más. ¿Te haces cargo‚ di‚ amor mío? ¿Te haces cargo de mis males? ¿Ves ya por qué no sonrío? ¿Comprendes por qué este río brota de mis lagrimales? Yo mal no quedo‚ ¡no quedo! ¡Quien diga que yo un borrón‚ eché a mi grey‚ que alce el dedo!… Y como pagar no puedo los dineros al Barón‚ para acabar de sufrir he decidido… partir a otras tierras‚ a otro abrigo.
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Eloísa está debajo de un almendro Enrique Jardiel Poncela |
CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Sujetad los perros! LUISA.- (Dentro.) ¡Ya están! MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre sé lo que me digo! CLOTILDE.- (Dentro.) Y ayudadme... PRÁXEDES.- (Dentro.) ¿No le basto yo? ¡Ah! Bueno, por eso... MICAELA.- (Dentro.) ¡Yo siempre tengo razón! ¡Yo siempre tengo razón! CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Calla Micaela! MICAELA.- (Dentro.) ¡No quiero! ¡No quiero callar! (La primera que surge es Micaela, que viene en tal actitud de desvarío, que ni ve por dónde anda, ni a los que están en la escena.) ¡Todos habláis de mí como de una loca, como si yo no supiera lo que me digo! ¡Y sé lo que me digo! Ya lo estáis viendo. El lunes anuncié ladrones para hoy, ¡y ahí lo tenéis! ¡Ya ha caído uno! (Mientras tanto, por la escalera, ha entrado y avanza entre los muebles un grupo formado por Clotilde, que viste un traje de calle muy sencillo; Práxedes y Luisa [...], trayendo en medio a Ezequiel, el cual viene muy pálido [...].) FERNANDO.- (Asombrado.) ¡Tío Ezequiel! FERMÍN.- ¡El señor Ojeda! MICAELA.- (Yendo de un lado a otro.) ¡Ya ha caído uno! ¡Ya ha caído uno! CLOTILDE.- ¡Calla, Micaela, calla! (A Luisa.) Tú, trae árnica y algodón, que el señor debe de tener mordeduras. LUISA.- Sí, señora. (Se va por la escalera.) EZEQUIEL.- ¡Y agua!... CLOTILDE.- ¡Y agua! ¡Un vaso de agua para el susto! PRÁXEDES.- Agua aquí hay. ¿Qué dice? ¿Qué no? ¡Ah! Bueno, por eso... (Le sirve un vaso de agua a Ezequiel.) EZEQUIEL.- Yo debo de estar malísimo, porque veo la habitación llena de muebles. FERNANDO.- Y lo está realmente, tío Ezequiel. EZEQUIEL.- ¡Vaya! Menos mal. Eso me tranquiliza. CLOTILDE.- ¡Qué cosa tan desagradable, Dios mío! Tiene usted mordeduras, ¿verdad? EZEQUIEL.- Sí, tengo de todo. CLOTILDE.- ¡Claro! Si Micaela les echó encima a "Caín" y "Abel". FERNANDO.- ¿Te han mordido los perros, tío? EZEQUIEL.- ¿Los perros? No. Aquella señora. (Señala a Micaela.) Los perros no hacían más que ladrar, los animalitos. Pero aquella señora... Sujetadla bien, que no vuelva. CLOTILDE.- No tenga cuidado, que estoy yo aquí. EZEQUIEL.- También estaba usted antes... ¡y ya ha visto! FERMÍN.- No tema señor. Ahora la vigilo yo. FERNANDO.- Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? Yo te hacía en el cine... EZEQUIEL.- Me marché aburrido, y me dio la idea de venir a buscarte... FERNANDO.- ¿A buscarme? ¿Y para qué tenías que venir a buscarme? EZEQUIEL.- Te habías ido del cine tan excitado... Y por si tenías algún otro disgusto con Mariana, para consolarte y hacerte compañía. FERNANDO.- ¡Ah! Sí, sí... EZEQUIEL.- Llegué; iba a llamar cuando vi. que se habían dejado la verja abierta, y entonces entre... CLOTILDE.- Yo, yo... Yo, que... había bajado... porque me dolía mucho la cabeza..., pues le encontré de manos a boca. EZEQUIEL.- Y estábamos hablando cuando surgió esa señora con los dos hijos de Adán. Se me echaron los tres encima, y... CLOTILDE.- Es Micaela, la hermana de Edgardo. FERNANDO.- La que no sale de su cuarto por el día. EZEQUIEL.- Y la que colecciona búhos. FERNANDO.- ¡Pobre señora! Voy a saludarla. EZEQUIEL.- Ten cuidado, que muerde.
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Los ladrones somos gente honrada Enrique Jardiel Poncela |
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Carlos Arniches |
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Antonio Gala |
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LORENZO.- Buenos días. (Consuelito responde con un sonido vago y asustado, y se deja caer sobre su silla. Lorenzo para tranquilizarla, inicia un gesto de apoyar la mano en la cabeza semiplateada de Consuelito. Ella se encoge de hombros, como quien espera un golpe. Lorenzo aparta la mano.) CONSUELITO.- No; no quite usted la mano todavía. (Pausita.) Ya puede. Gracias. LORENZO.- ¿Qué hace? CONSUELITO.- (Todavía nerviosa.) Estrellas... ¿O no parecen estrellas? LORENZO.- (Con la mano en la oreja derecha.) ¿Cómo? CONSUELITO.- De Navidad. LORENZO.- Pero si ya estamos en enero. CONSUELITO.- Son para la que viene. LORENZO.- ¿Qué? Yo soy un poco duro de este oído. CONSUELITO.- (Congraciándose.) Hace usted muy requetebién. Los lunes, miércoles y viernes, mi padre también oía fatal. (Busca la estrella que estaba haciendo.) LORENZO.- Su padre, ¿quién es? CONSUELITO.- Un sinvergüenza. LORENZO.- ¿Son para la parroquia? CONSUELITO.- No, señor. Para el público en general. Las más grandes, a doce. Las otras, a tres. LORENZO.- ¿Cuántas tiene ya? CONSUELITO.- Doscientas veinticinco. (Sacándose de debajo la extraviada.) Bueno, doscientas veinticuatro. LORENZO.- ¿Me vende una de las pequeñas? CONSUELITO.- ¿Al por menor? LORENZO.- Si compro dos, ¿criarán de aquí a diciembre? CONSUELITO.- No, señor; qué más quisiera yo. Las estrellas son como los mulos: estériles. Tome usted ésta que está muy terminadita... (Va tomando confianza en medio de su nerviosismo.) Antes hacía pelucas. Pero me salían así, un poco raras de este lado. Y doña Hortensia decía que estropeaba mucho pelo echándolo en la sopa.., pero el de la sopa era pelo de cliente. (Señala al sillón de barbero.) No de mis pelucas... Esto de la escarcha es más limpio. LORENZO.- Trabaja usted muy de prisa. CONSUELITO.- A ver, la costumbre. Tengo una gana de que llegue otra vez Navidad. En Navidad está la casa tan despejada, sin una estrella... Da gusto verla. LORENZO.- Tiene usted un pelo precioso. CONSUELITO.- ¡Huy, precioso! Pero qué dicharachero es usted... Como no me compran aguarrás me tengo que limpiar las manos en la cabeza. Pareceré una fulana a lo mejor. LORENZO.- ¿Cómo? CONSUELITO.- Una fulana, una zurriburri. LORENZO.- ¿Quién? CONSUELITO.- Yo. LORENZO.- ¿Que usted es una fulana? CONSUELITO.- Hijo, usted no tiene un poco duro el oído. LORENZO.- Si lo sabré yo... CONSUELITO.- A usted lo que le pasa es que está como una tapia... Y, a todo esto, ¿usted quién es? LORENZO.- El que ha tocado el ángelus. CONSUELITO.- Pero ¿por dónde ha llegado usted al campanario? Si no hay más escalera que ésta... LORENZO.- He bajado del cielo. CONSUELITO.- Pues ha hecho usted muy mal. Porque lo que es aquí... (Hace una pedorreta despectiva.) LORENZO.- (con la mano en el oído.) ¿Qué? CONSUELITO.- Que... (Vuelve a hacer la pedorreta.) Ay, que sordera más tonta... Ahora, hay que ver lo bien que toca usted. Claro que no será de oído porque... Cuánta compañía hacen las campanas, ¿verdad? Yo, de chica, quería ser cigüeña. Desde que llegué aquí lo tengo dicho: esta parroquia, sin campanero, no hace carrera... Las cosas necesitan... LORENZO.- (Interrumpiéndola.) ¿Usted no es de aquí? CONSUELITO.- Yo, no señor. Qué asco. (A lo suyo.) Las cosas necesitan su publicidad. Ya ve usted: es el circo que, ¿a quién no le gusta el circo?, y hace su cabalgata. Cuanto más esto de la iglesia, que siempre es menos divertido... ¿No será usted de un circo? A mí, donde se ponga un charivari. Un buen funeral tampoco es feo, pero donde se ponga un charivari, con su elefante, las mujeres medio en cueros, su malabarista... LORENZO.- ¿Usted de dónde es? CONSUELITO.- (Ofendida.) De ningún sitio. En mi familia todos hemos sido feriantes. Menos una tía abuela que salió monja... ¿Y usted? LORENZO.- Mi padre era farero. CONSUELITO.- ¡Huy, qué mascabrevas! Bueno, un faro y un campanario son casi iguales. Ya ve: ustedes a pararse; nosotros, a pendonear; de pipirijaina en pipirijaina... ¡La vida! (A lo suyo.) Al principio íbamos en una troupe. Mi madre era Zoraida. La partían en cuatro, dentro de una caja, con una sierra. Mi padre era el que la partía: un hipnotizador buenísimo. Pero un día quiso partirla de verdad y mi madre salió pegando gritos de la caja. A la mañana siguiente se había escapado con la domadora... LORENZO.- ¿Su madre? CONSUELITO.- ¡Mi padre! Tenía un cohete en el culo, por así decir. LORENZO.- ¿La domadora? CONSUELITO.- ¡Mi padre! Y lo seguirá teniendo, si no se lo han sacado. LORENZO.- Pero ¿quién le puso el cohete? CONSUELITO.- Hijo, es una manera de hablar. A ver qué se figura. Mi padre era muy hombre. Tan hombre, que hace quince años que llegamos aquí y aquí nos quedamos. Mi madre y yo, se entiende; más plantadas que un pino. Entonces, mi madre cogió y se estableció de vidente. Lo que ella decía: "Para adivinar el porvenir, lo mismo da un pueblo que otro."Lo que hay que saber es ponerse el turbante. Porque se ponía un turbante morado, mire usted, con un plumero aquí... Estaba de guapa... LORENZO.- Usted también es muy guapa. CONSUELITO.- ¡Qué disparate! A usted lo que le pasa es que es también artista. LORENZO.- Bueno... Yo la veo muy guapa. CONSUELITO.- Pues del oído, no sé. Pero lo que es de la vista, anda usted bueno.
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Federico García Lorca |
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CUADRO TERCERO
CRIADA.- Pasen... (Muy afable, llena de hipocresía humilde. Entran el Novio y su Madre. La Madre viste de raso negro y lleva mantilla de encaje. El Novio, de pana negra con gran cadena de oro.) ¿Se quieren sentar? Ahora vienen. (Sale.)
MADRE.-¿Traes reloj? NOVIO.-Sí. (Lo saca y lo mira.) MADRE.-Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente! NOVIO.-Pero estas tierras son buenas. MADRE.-Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un árbol. NOVIO.- Éstos son los secanos. MADRE.-Tu padre los hubiera cubierto de árboles. NOVIO.-¿Sin agua? MADRE.-Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó (Pausa.) NOVIO.-(Por la novia.) Debe estar vistiéndose.
PADRE.- ¿Mucho tiempo de viaje? MADRE.-Cuatro horas. (Se sientan.) PADRE.-Habéis venido por el camino más largo. MADRE.-Yo estoy ya vieja para andar por las terreras del río. NOVIO.-Se marea. (Pausa.) PADRE.-Buena cosecha de esparto. NOVIO.-Buena de verdad PADRE.-En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y hasta llorarla, para que nos de algo provechoso. MADRE.-Pero ahora da. No te quejes. Yo no vengo a pedirte nada. PADRE.-(Sonriendo.) Tú eres más rica que yo. Las viñas valen un capital. Cada pámpano una moneda de plata. Lo que siento es que las tierras...¿entiendes?...estén separadas. A mí me gusta todo junto. Una espina tengo en el corazón, y es la huertecilla ésa metida entre mis tierras, que no me quieren vender por todo el oro del mundo. NOVIO.-Eso pasa siempre. PADRE.-Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en la ladera. ¡Qué alegría!... MADRE.-¿Para qué? PADRE.-Lo mío es de ella y lo tuyo de él. Por eso. Para verlo todo junto. ¡que junto es una hermosura! NOVIO.-Y sería menos trabajo. MADRE.- Cuando yo me muera, vendéis aquello y compráis aquí al lado. PADRE.- Vender, ¡vender!, ¡bah! Comprar, hija, comprarlo todo. Sí yo hubiera tenido hijos hubiera comprado todo este monte hasta la parte del arroyo. Porque no es buena tierra; pero con brazos se la hace buena, y como no pasa gente no te roban los frutos y puedes dormir tranquilo. (Pausa.) MADRE.-Tú sabes a lo que vengo. PADRE.-Sí. MADRE.-¿Y qué? PADRE.-Me parece bien. Ellos lo han hablado. MADRE.-Mi hijo tiene y puede. PADRE.-Mi hija también. MADRE.-Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol. PADRE.-Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes. MADRE.-Dios bendiga su casa PADRE.-Que Dios la bendiga.
MADRE.-(Al hijo.) ¿Cuándo queréis la boda? NOVIO.-El jueves próximo. PADRE.-Día en que ella cumple veintidós años justos. MADRE.-¡Veintidós años! Esa edad tendría mi hijo mayor si viviera. Que viviría caliente y macho como era, si los hombres no hubieran inventado las navajas. PADRE.-En eso no hay que pensar. MADRE.-Cada minuto. Métete la mano en el pecho. PADRE.-Entonces el jueves. ¿No es así? NOVIO.-Así es. PADRE.-Los novios y nosotros iremos en coche hasta la iglesia, que está muy lejos, y el acompañamiento en los carros y en las caballerías que traigan. MADRE.-Conformes.
PADRE.- Dile que ya puede entrar, (A la Madre.) Celebraré mucho que te guste.
MADRE.- Acércate. ¿Estás contenta? NOVIA.-Sí, señora. PADRE.-No debes estar seria. Al fin y al cabo ella va a ser tu madre. NOVIA.-Estoy contenta. Cuando he dado el sí es porque quiero darlo. MADRE.-Naturalmente. (Le coge la barbilla.) Mírame. PADRE.-Se parece en todo a mi mujer. MADRE.-¿Sí?¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura? NOVIA.-(Seria.) Lo sé. MADRE.-Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás. NOVIO.-¿Es que falta otra cosa? MADRE.-No. Que vivan todos, ¡eso! ¡Que vivan! NOVIA.-Yo sabré cumplir. MADRE.-Aquí tienes unos regalos. NOVIA.-Gracias. PADRE.-¿No tomamos algo? MADRE.- Yo no quiero. (Al Novio.) ¿Y tú? NOVIO.- Tomaré. (Toma un dulce. La Novia toma otro.) PADRE.-(Al Novio.) ¿Vino? MADRE.-No lo prueba. PADRE.-¡Mejor! (Pausa. Todos están de pie.) NOVIO.- (A la Novia.) Mañana vendré. NOVIA.-¿A qué hora? NOVIO.-A las cinco. NOVIA.-Yo te espero. NOVIO.-Cuando me voy de tu lado siento un despego grande y así como un nudo en la garganta. NOVIA.-Cuando seas mi marido ya no lo tendrás. NOVIO.-Eso digo yo. MADRE.-Vamos. El sol no espera. (Al Padre.): ¿Conformes en todo? PADRE.-Conformes. MADRE. -(A la Criada.) Adiós, mujer. CRIADA.-Vayan ustedes con Dios.
Final Segundo Acto
TELÓN |
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William Shakespeare |
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Enterrador. Entra HAMLET. HORACIO a distancia.
ENTERRADOR.- No te devanes los sesos, que, por más que le pegues, tu burro no irá más rápido. Cuando te vengan con esa pregunta, tú di que el sepulturero, porque las casas que hace duran hasta el Día del Juicio. Vamos, corre a la taberna y tráeme una jarra de aguardiente. (Canta) De joven yo amé, amé; me pareció muy grato menguar mis anos con placer; igual no lo había probado HAMLET.- ¿Es que este hombre no tiene sentido de su oficio, que cava tumbas cantando? HORACIO.- Con la costumbre se vuelve una cuestión de indiferencia. HAMLET.- Cierto. La mano que poco labra tiene el sentido más fino. ENTERRADOR [canta] Mas con sigilo la vejez ha hecho presa en mí y me transporta a la región como al que no ha gozado así. (Arroja una calavera) HAMLET.- Esa calavera tenía lengua y podía cantar. Este bribón la estrella contra el suelo como si fuera la quijada de Caín, que cometió el primer crimen. Tal vez fuese la cabeza de un político, ahora avasallado por un asno, capaz de engañar a Dios, ¿no crees? HORACIO.- Tal vez, señor. HAMLET.- O la de un cortesano, que diría: «Buenos días, mi señor. ¿Cómo estáis, mi buen señor?» Sería el señor don Tal, que elogiaba el caballo del señor don Cual cuando pensaba pedírselo, ¿verdad? HORACIO.- Sí, mi señor. HAMLET.- Pues claro, y ahora es de don Gusano, sin mandíbulas y con la crisma sacudida por el sepulturero. Bonita transmutación, si supiéramos verla. ¿Tan fácil ha sido crear estos huesos que ahora sólo sirven para jugar a los bolos? Los míos me duelen de pensarlo. ENTERRADOR [canta] Un pico y una pala, pal, envuelto en un sudario, y un hoyo para huésped tal será lo necesario (Arroja otra calavera) HAMLET.- Otra más. ¿No podría ser la de un abogado? ¿Dónde están ahora sus argucias, sus distingos, sus pleitos, sus títulos, sus mañas? ¿Cómo deja que este bruto le sacuda el cráneo con una pala sucia sin denunciarle por agresión? ¡Mmm ...! Tal vez fuese en vida un gran comprador de tierras, con sus gravámenes, conocimientos, transmisiones, fianzas dobles, demandas. ¿Transmitió sus transmisiones y demandó sus demandas para acabar con esta tierra en la cabeza? ¿Le negarán garantía sus garantes, aun siendo dos, para una compra que no excede el tamaño de un contrato? Todas sus escrituras apenas caben en este hueco. ¿No tiene derecho a más el hacendado? HORACIO.- Ni a una pizca más, señor. HAMLET.- Los pergaminos, ¿no son de piel de carnero? HORACIO.- Sí, Alteza, y de becerro. HAMLET.- Carnero y becerro ha de ser quien crea que aseguran algo. Hablaré con este hombre. Tú, ¿de quién es esta fosa? ENTERRADOR.- Mía, señor [Canta] ... y un hoyo para huésped tal será lo necesario. HAMLET.- Será tuya porque te has metido dentro. ENTERRADOR.- Y como vos estáis fuera, no es vuestra. Yo en esto no me he metido, pero es mía. HAMLET.- Te has metido y has mentido diciendo que es tuya. Es para un muerto, no para un vivo; así que has mentido. ENTERRADOR.- Señor, es una mentira viva y ahora vuelve con vos. HAMLET.- ¿Para qué hombre la cavas? ENTERRADOR.- Para ningún hombre, señor. HAMLET.- ¿Para qué mujer? ENTERRADOR.- Para ninguna, tampoco. HAMLET.- Pues, ¿a quién van a enterrar? ENTERRADOR.- A una que fue mujer, pero, que en paz descanse, está muerta. HAMLET.- ¡Qué rotundo es el granuja! Como no hilemos delgado nos matarán los equívocos. De veras, Horacio; lo he notado en los últimos tres años: nos hemos vuelto tan finos que hasta el más palurdo le pisa el talón al cortesano y le roza el sabañón. ¿Desde cuándo eres sepulturero? ENTERRADOR.- De todos los días del año, desde aquel en que nuestro difunto rey Hamlet venció a Fortinbrás. HAMLET.- Y de eso, ¿cuánto hace? ENTERRADOR.- ¿No lo sabéis? ¡Si hasta los tontos lo saben! Fue el día en que nació el joven Hamlet, el que estaba loco y mandaron a Inglaterra. HAMLET.- Sí, claro. ¿Y por qué le mandaron a Inglaterra? ENTERRADOR.- Pues porque estaba loco. Allí recobrará el juicio y, si no, poco importa. HAMLET.- ¿Por qué? ENTERRADOR.- No se lo notarán: allí todos están igual de locos. HAMLET.- ¿Cómo se volvió loco? ENTERRADOR.- De un modo extraño. HAMLET.- ¿Cómo «extraño»? ENTERRADOR.- Vaya, pues perdiendo el juicio. HAMLET.- ¿De dónde salió su locura? ENTERRADOR.- Pues de aquí, de Dinamarca. Mozo y hombre, yo llevo aquí de sepulturero treinta años. HAMLET.- ¿Cuánto tarda en pudrirse un muerto enterrado? ENTERRADOR.- Bueno, si no se ha podrido antes de morir (pues hoy en día nos traen muchos venéreos que apenas se pueden enterrar), os puede durar unos ocho o nueve años. Un curtidor os dura nueve años. HAMLET.- ¿Y él por qué más que otros? ENTERRADOR.- Pues, señor, porque tiene la piel tan curtida que el agua no la atraviesa en mucho tiempo, y el agua descompone bien a todo puto cadáver. Aquí hay una calavera; lleva enterrada veintitrés años. HAMLET.- ¿De quién es? ENTERRADOR.- De un puto chiflado. ¿Quién creéis que era? HAMLET.- No lo sé. ENTERRADOR.- ¡Mala peste de loco! Un día me vació en la cabeza una jarra de vino del Rin. Esta calavera, señor, es la de Yorick, el bufón del rey. HAMLET.- ¿Ésta? ENTERRADOR.- La misma. HAMLET.- Deja que la vea. ¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocía, Horacio: tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa. Me llevó a cuestas mil veces. Y ahora, ¡cómo me repugna imaginarlo! Me revuelve el estómago. Aquí colgaban los labios que besé infinitas veces. Y ahora, ¿dónde están tus pullas, tus brincos, tus canciones, esas ocurrencias que hacían estallar de risa a toda la mesa? ¿Ya no tienes quien se ría de tus muecas? ¿Estás encogido? Vete a la estancia de tu señora y dile que, por más que se embadurne, acabará con esta cara. Hazla reír con esto. Horacio, dime una cosa. HORACIO.- Sí, mi señor. HAMLET.- ¿Tú crees que Alejandro tenía este aspecto bajo tierra? HORACIO.- El mismo. HAMLET.- ¿Y olía así? ¡Uf! HORACIO.- Igual, señor. HAMLET.- ¡En qué bajos usos podemos caer, Horacio! ¿No podría la imaginación rastrear el noble polvo de Alejandro y encontrarlo taponando un barril? HORACIO.- Sería una busca demasiado rebuscada. HAMLET.- No, nada de eso; habría que seguirle con mesura llevados de lo probable. Es decir: Alejandro murió, Alejandro fue enterrado, Alejandro se convirtió en polvo. El polvo es tierra, con la tierra se hace el barro, y con el barro en que se convirtió, ¿por qué no se puede tapar un barril de cerveza? Muerto y hecho barro, el imperial César rellena un boquete y el aire intercepta. ¡Ah, que aquella tierra que al mundo arredró tape una pared y corte un ventarrón!
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Ser o no ser Hamlet William Shakespeare
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HAMLET
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Sófocles |
EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué estáis en actitud sedente ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplica y de gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso entre todos. Así que, oh anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde hablar, dime en nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estéis así ante mí? ¿El temor, o el ruego? Piensa que yo querría ayudaros en todo. Sería insensible, si no me compadeciera ante semejante actitud. SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad somos los que nos sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para volar lejos; otros, torpes por la vejez, somos Sacerdotes -yo lo soy de Zeus-, y otros, escogidos entre los aún jóvenes. El resto del pueblo con sus ramos permanece sentado en las plazas en actitud de súplica, junto a los dos templos de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno. La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida. Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque esta tierra ahora te celebra como su salvador por el favor de antaño. Que de ninguna manera recordemos de tu reinado que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos después; antes bien, levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos procuraste entonces la fortuna. Sénos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a gobernar esta tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que nada es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen. EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Venís a hablarme porque anheláis algo conocido y no ignorado por mí. Sé bien que todos estáis sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de vosotros que padezca tanto como yo. En efecto, vuestro dolor llega sólo a cada uno en sí mismo y a ningún otro, mientras que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti. De modo que no me despertáis de un sueño en el que estuviera sumido, sino que estad seguros de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he recorrido en el curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado, después de reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo, mi propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que tengo que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo calculo en comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo, pues, contra lo que es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste. SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me están indicando por señas que Creonte se acerca. EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante! SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En otro caso no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel. EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente cerca para que nos escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con qué respuesta del oráculo nos llegas?
CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a término, todas pueden resultar bien. EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado. CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro. EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida. CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable. EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia? CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad. EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha? CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad. EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi. CREONTE.- Él murió y ahora nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia, EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua culpa, difícil de investigar? CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto. EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro país? CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa. EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien, informándose, pudiera sacarse alguna ventaja? CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir con seguridad de lo que vio. EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza. CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas. EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si no se hubiera proyectado desde aquí con dinero? CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgía como su vengador en medio de las desgracias. EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía, averiguarlo? CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista. EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya que Febo, merecidamente, y tú, de manera digna, pusisteis tal solicitud en favor del muerto; de manera que veréis también en mí, con razón, a un aliado para vengar a esta tierra al mismo tiempo que al dios. Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo. Vosotros, hijos, levantaos de las gradas lo más pronto que podáis y recoged estos ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo de Cadmo sabiendo que yo voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado.
SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos promete hemos venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos, llegue como salvador y ponga fin a la epidemia!
* Uno de los dioses del vino [Enlace con bio-bibliografía de este autor]
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Henrik Ibsen |
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Juan Pablo Darmanin |
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William Shakespeare Escena II, Segundo Acto |
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La Tierra de Jauja Lope de Rueda |
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La Celestina Fernando de Rojas |
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Tres sombreros de copa Miguel Mihura |
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