Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica

 

 

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Antologías imprimibles

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¡Ay mísero de mí...!

Soliloquio

Fragmento de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca

 
 
 
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!  
Apurar, cielos, pretendo, 
ya que me tratáis así 
qué delito cometí 
contra vosotros naciendo; 
aunque si nací, ya entiendo 
qué delito he cometido. 
Bastante causa ha tenido 
vuestra justicia y rigor; 
pues el delito mayor 
del hombre es haber nacido. 

Sólo quisiera saber 
para apurar mis desvelos 
(dejando a una parte, cielos, 
el delito de nacer), 
qué más os pude ofender 
para castigarme más. 
¿No nacieron los demás? 
Pues si los demás nacieron, 
¿qué privilegios tuvieron 
qué yo no gocé jamás? 

Nace el ave, y con las galas 
que le dan belleza suma, 
apenas es flor de pluma 
o ramillete con alas, 
cuando las etéreas salas 
corta con velocidad, 
negándose a la piedad 
del nido que deja en calma; 
¿y teniendo yo más alma, 
tengo menos libertad? 

Nace el bruto, y con la piel 
que dibujan manchas bellas, 
apenas signo es de estrellas 
(gracias al docto pincel), 
cuando, atrevida y cruel 

 

 
la humana necesidad 
le enseña a tener crueldad, 
monstruo de su laberinto; 
¿y yo, con mejor instinto, 
tengo menos libertad? 
Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad? 

Nace el arroyo, culebra 
que entre flores se desata, 
y apenas, sierpe de plata, 
entre las flores se quiebra, 
cuando músico celebra 
de las flores la piedad 
que le dan la majestad 
del campo abierto a su huida; 
¿y teniendo yo más vida 
tengo menos libertad? 

En llegando a esta pasión, 
un volcán, un Etna hecho, 
quisiera sacar del pecho 
pedazos del corazón. 
¿Qué ley, justicia o razón, 
negar a los hombres sabe 
privilegio tan suave, 
excepción tan principal, 
que Dios le ha dado a un cristal, 
a un pez, a un bruto y a un ave? 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

Canción del pirata

José de Espronceda

 

 
Escuchar musicalizado (mp3)
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:
Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

 

 
A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar. 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 

El Canto del Cosaco

José de Espronceda

 
 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín:
Sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.

¡Hurra, a caballo hijos de la niebla!
Suelta la rienda a combatir volad:
¿Veis esas tierras fértiles? las puebla
gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,
todo es hermoso y refulgente allí,
son sus hembras celestes, serafines,
su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Nuestros sean su oro y sus placeres,
gocemos de ese campo y ese sol;
son sus soldados menos que mujeres,
sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,
vedlos cobardes lágrimas verter...
¡Hurra! volad, sus cuerpos, su tesoro
huellen nuestros caballos con sus pies.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Dictará allí nuestro capricho leyes,
nuestras casas alcázares serán,
los cetros y coronas de los reyes
cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! Volad a hartar nuestros deseos,
las más hermosas nos darán su amor,
y no hallarán nuestros semblantes feos,
que siempre brilla hermoso el vencedor.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa,
cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando
regias habitaciones morarán;
cien esclavos, sus frentes inclinando,
al mover nuestros ojos temblarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Venid, volad, guerreros del desierto,
como nubes en negra confusión,
todos suelto el bridón, el ojo incierto,
todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,
cual tromba que arrebata el huracán,
cual témpanos de hielo endurecidos
por entre rocas despeñados van.

¡Hurra, cosacos del desierto...

 


Nuestros padres un tiempo caminaron
hasta llegar a una imperial ciudad;
un sol más puro es fama que encontraron,
y palacios de oro y de cristal.

Vadearon el Tíber sus bridones;
yerta a sus pies la tierra enmudeció;
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló.

¡Hurra, cosacos del desierto...

¡Qué! ¿no sentís la lanza estremecerse
hambrienta en vuestras manos de matar?
¿No veis entre la niebla aparecerse
visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones
era ese muro que abatido fue;
la gloria de Polonia y sus blasones
en humo y sangre convertidos ved.
 

¡Hurra, cosacos del desierto...

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
¿Quién en su propia sangre los ahogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
Esos hombres de Europa nos verán:
¡Hurra! nuestros caballos en su frente
hondas sus herraduras marcarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de sangre cruda
bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntuosos,
sirviéndonos de mesa algún altar,
nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
hartará nuestra hambre blanco pan.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Y nuestras madres nos verán triunfantes,
y a esa caduca Europa a nuestros pies,
y acudirán de gozo palpitantes,
en cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
las coronas de Europa heredarán,
y a conquistar también otras regiones
el caballo y la lanza aprestarán.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín,
sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

La desesperación

José de Espronceda

 

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
 


 

moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.


Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!


 

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La higuera

Juana de Ibarborou

 
Porque es áspera y fea, 
porque todas sus ramas son grises, 
yo le tengo piedad a la higuera. 

En mi quinta hay cien árboles bellos, 
ciruelos redondos, 
limoneros rectos 
y naranjos de brotes lustrosos. 

En las primaveras, 
todos ellos se cubren de flores 
en torno a la higuera. 

Y la pobre parece tan triste 
con sus gajos torcidos que nunca 
de apretados capullos se viste... 

 
 

Por eso, 
cada vez que yo paso a su lado, 
digo, procurando 
hacer dulce y alegre mi acento: 
«Es la higuera el más bello 
de los árboles todos del huerto». 

Si ella escucha, 
si comprende el idioma en que hablo, 
¡qué dulzura tan honda hará nido 
en su alma sensible de árbol! 

Y tal vez, a la noche, 
cuando el viento abanique su copa, 
embriagada de gozo le cuente: 

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

 

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A Margarita Debayle

Rubén Darío

 
 
 
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
 
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: -"¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
-"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."

Y el rey clama: -"¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: -"No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté."

Y el papá dice enojado:
-"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: -"En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

***

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Lo fatal

Rubén Darío

 
 
Escuchar musicalizado (mp3)
 
 

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!...

 

 

Los motivos del lobo

Rubén Darío

 

 

 

 

El varón que tiene corazón de lis,

alma de querube, lengua celestial,

el mínimo y dulce Francisco de Asís,

está con un rudo y torvo animal,

bestia temerosa, de sangre y de robo,

las fauces de furia, los ojos de mal:

¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!

Rabioso, ha asolado los alrededores;

cruel, ha deshecho todos los rebaños;

devoró corderos, devoró pastores,

y son incontables sus muertos y daños.           

Fuertes cazadores armados de hierros

fueron destrozados. Los duros colmillos

dieron cuenta de los más bravos perros,

como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:

al lobo buscó

en su madriguera.

Cerca de la cueva encontró a la fiera

enorme, que al verle se lanzó feroz

contra él. Francisco, con su dulce voz,

alzando la mano,

al lobo furioso dijo: «¡Paz, hermano

lobo!» El animal

contempló al varón de tosco sayal;

dejó su aire arisco,

cerró las abiertas fauces agresivas,

y dijo: «!Está bien, hermano Francisco!»

«¡Cómo!» exclamó el santo. «¿Es ley que tú vivas

de horror y de muerte?

¿La sangre que vierte

tu hocico diabólico, el duelo y espanto

que esparces, el llanto

de los campesinos, el grito, el dolor

de tanta criatura de Nuestro Señor,

no han de contener tu encono infernal?

¿Vienes del infierno?

¿Te ha infundido acaso su rencor eterno

Luzbel o Belial?»

Y el gran lobo, humilde: «¡Es duro el invierno,

y es horrible el hambre! En el bosque helado

no hallé qué comer; y busqué el ganado,

y en veces... comí ganado y pastor.

¿La sangre? Yo vi más de un cazador

sobre su caballo, llevando el azor

al puño; o correr tras el jabalí,

el oso o el ciervo; y a más de uno vi

mancharse de sangre, herir, torturar,

de las roncas trompas al sordo clamor,

a los animales de Nuestro Señor.

¡Y no era por hambre, que iban a cazar!»

Francisco responde: "En el hombre existe

mala levadura.

Cuando nace, viene con pecado. Es triste.

Mas el alma simple de la bestia es pura.

Tú vas a tener

desde hoy qué comer.

Dejarás en paz

rebaños y gente en este país.

¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"           

«Esta bien, hermano Francisco de Asís.»

«Ante el Señor, que toda ata y desata,

en fe de promesa tiéndeme la pata.»

El lobo tendió la pata al hermano

de Asís, que a su vez le alargó la mano.          

Fueron a la aldea. La gente veía

y lo que miraba casi no creía.

Tras el religioso iba el lobo fiero,

y, bajo la testa, quieto le seguía

como un can de casa, o como un cordero.         

Francisco llamó la gente a la plaza

y allí predicó.

Y dijo: «He aquí una amable caza.

El hermano lobo se viene conmigo;

me juró no ser ya vuestro enemigo,

y no repetir su ataque sangriento.

Vosotros, en cambio, daréis su alimento

a la pobre bestia de Dios.» «¡Así sea!»,

Contestó la gente toda de la aldea.

 

Y luego, en señal

de contentamiento,

movió la testa y cola el buen animal,

y entró con Francisco de Asís al convento.            

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo

en el santo asilo.

Sus bastas orejas los salmos oían

y los claros ojos se le humedecían.

Aprendió mil gracias y hacía mil juegos

cuando a la cocina iba con los legos.

Y cuando Francisco su oración hacía,

el lobo las pobres sandalias lamía.

Salía a la calle,

iba por el monte, descendía al valle,

entraba a las casas y le daban algo

de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo

dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,

desapareció, tornó a la montaña,

y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintiose el temor, la alarma,

entre los vecinos y entre los pastores;

colmaba el espanto en los alrededores,

de nada servían el valor y el arma,

pues la bestia fiera

no dio treguas a su furor jamás,

como si estuviera

fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,

todos los buscaron con quejas y llanto,

y con mil querellas dieron testimonio

de lo que sufrían y perdían tanto

por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.

Se fue a la montaña

a buscar al falso lobo carnicero.

Y junto a su cueva halló a la alimaña.

«En nombre del Padre del sacro universo,

conjúrote» dijo, «¡oh lobo perverso!,

a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?

Contesta. Te escucho.»

Como en sorda lucha, habló el animal,

la boca espumosa y el ojo fatal:

«Hermano Francisco, no te acerques mucho...

Yo estaba tranquilo allá en el convento;

al pueblo salía,              

y si algo me daban estaba contento

y manso comía.

Mas empecé a ver que en todas las casas

estaban la Envidia, la Saña, la Ira,

y en todos los rostros ardían las brasas

de odio, de lujuria, de infamia y mentira.

Hermanos a hermanos hacían la guerra,

perdían los débiles, ganaban los malos,

hembra y macho eran como perro y perra,

y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos

y los pies. Seguía tus sagradas leyes,

todas las criaturas eran mis hermanos:

los hermanos hombres, los hermanos bueyes,

hermanas estrellas y hermanos gusanos.

Y así, me apalearon y me echaron fuera.

Y su risa fue como un agua hirviente,

y entre mis entrañas revivió la fiera,

y me sentí lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente.

Y recomencé a luchar aquí,

a me defender y a me alimentar.

Como el oso hace, como el jabalí,

que para vivir tienen que matar.

Déjame en el monte, déjame en el risco,

déjame existir en mi libertad,

vete a tu convento, hermano Francisco,

sigue tu camino y tu santidad.»

El santo de Asís no le dijo nada.

Le miró con una profunda mirada,

y partió con lágrimas y con desconsuelos,

y habló al Dios eterno con su corazón.

El viento del bosque llevó su oración,

que era: «Padre nuestro, que estás en los cielos…

 

Canción de otoño en primavera

Rubén Darío

 

 

 

 

Canción de otoño en primavera

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste

historia de mi corazón.

Era una dulce niña, en este

mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;

sonreía como una flor.

Era su cabellera obscura

hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.

Ella, naturalmente, fue,

para mi amor hecho de armiño,

Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más

halagadora y expresiva,

la otra fue más sensitiva

cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura

una pasión violenta unía.

En un peplo de gasa pura

una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño

y lo arrulló como a un bebé...

Y te mató, triste y pequeño,

falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,

¡te fuiste para no volver!

 

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca

el estuche de su pasión;

y que me roería, loca,

con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso

la mira de su voluntad,

mientras eran abrazo y beso

síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera

imaginar siempre un Edén,

sin pensar que la Primavera

y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,

en tantas tierras siempre son,

si no pretextos de mis rimas

fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura. Amarga y pesa.

¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,

mi sed de amor no tiene fin;

con el cabello gris, me acerco

a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!

Sonatina

Rubén Darío

 

 

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro;

y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar,

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo,

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte;

los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real,

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste. La princesa está pálida)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe

(La princesa está pálida. La princesa está triste)

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-,

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con su beso de amor!

 Galope

Rafael Alberti

 

 

 

 

Las tierras, las tierras, las tierras de España,

las grandes, las solas, desiertas llanuras.

Galopa, caballo cuatralbo,

jinete del pueblo,

al sol y a la luna.

¡A galopar,

a galopar,

hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan

las tierras de España, en las herraduras.

Galopa, jinete del pueblo,

caballo cuatralbo,

 

 

 

caballo de espuma.

¡A galopar,

a galopar,

hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;

que es nadie la muerte si va en tu montura.

Galopa, caballo cuatralbo,

jinete del pueblo,

que la tierra es tuya.

¡A galopar,

a galopar,

hasta enterrarlos en el mar!

 Se equivocó la paloma

Rafael Alberti

 

 

 

 

Se equivocó la paloma.

Se equivocaba.

Por ir al Norte, fue al Sur.

Creyó que el trigo era agua.

Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;

que la noche la mañana.

Se equivocaba.

 

 

 

Que las estrellas eran rocío;

que la calor, la nevada.

Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;

que tu corazón su casa.

Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.

Tú, en la cumbre de una rama.)

 Marinero en tierra (fragmentos)

Rafael Alberti

 

 

 

 

-¡Traje mío, traje mío,

nunca te podré vestir,

que al mar no dejan ir.

Nunca me verás, ciudad,

con mi traje marinero.

Guardado está en el ropero,

ni me lo dejan probar.

Mi madre me lo ha encerrado,

para que no vaya al mar.

Si yo nací campesino,

si yo nací marinero,

¿por qué me tenéis aquí,

si este aquí yo no lo quiero?

El mejor día, ciudad

a quien jamás he querido,

 

 

 

el mejor día -¡silencio!-

habré desaparecido.

Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un barco bajel de guerra.

¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!

 Nocturno

Rafael Alberti

 

 

 

 

 

Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre

se escucha que transita solamente la rabia,

que en los tuétanos tiembla despabilado el odio

y en las médulas arde continua la venganza,

las palabras entonces no sirven: son palabras.

Balas. Balas.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,

humaredas perdidas, neblinas estampadas.

¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,

qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

Balas. Balas.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,

lo desgraciado y muerto que tiene una garganta

cuando desde el abismo de su idioma quisiera

gritar lo que no puede por imposible, y calla.

Balas. Balas.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

 

Coplas a la muerte de su padre

Jorge Manrique

 
 
 
Recuerde el alma dormida, 
avive el seso e despierte 
  contemplando 
cómo se passa la vida, 
cómo se viene la muerte 
  tan callando; 
  cuán presto se va el plazer, 
cómo, después de acordado, 
  da dolor; 
cómo, a nuestro parescer, 
cualquiere tiempo passado 
  fue mejor.
  Pues si vemos lo presente 
cómo en un punto s'es ido 
  e acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo non venido 
  por passado. 
  Non se engañe nadi, no, 
pensando que ha de durar 
  lo que espera 
más que duró lo que vio, 
pues que todo ha de passar 
  por tal manera. 
  Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar, 
  qu'es el morir; 
allí van los señoríos 
derechos a se acabar 
  e consumir; 
  allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
  e más chicos, 
allegados, son iguales 
los que viven por sus manos 
  e los ricos. 
 
 
 
Dexo las invocaciones 
de los famosos poetas 
  y oradores; 
non curo de sus ficciones, 
que traen yerbas secretas 
  sus sabores. 
  Aquél sólo m'encomiendo, 
Aquél sólo invoco yo 
  de verdad, 
que en este mundo viviendo, 
el mundo non conoció 
  su deidad. 
  Este mundo es el camino 
para el otro, qu'es morada 
  sin pesar; 
mas cumple tener buen tino 
para andar esta jornada 
  sin errar. 
  Partimos cuando nascemos, 
andamos mientra vivimos, 
  e llegamos 
al tiempo que feneçemos; 
assí que cuando morimos, 
  descansamos.  
  Este mundo bueno fue 
si bien usásemos dél 
  como debemos, 
porque, segund nuestra fe, 
es para ganar aquél 
  que atendemos. 
  Aun aquel fijo de Dios 
para sobirnos al cielo 
  descendió 
a nescer acá entre nos, 
y a vivir en este suelo 
  do murió. 

 Serranilla

Marqués de Santillana

 

     [I]

Moça tan fermosa

non vi en la frontera,

como una vaquera

de la Finojosa.

        [II]

Faziendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vençido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera,

do vi la vaquera

de la Finojosa.

        [III]

En un verde prado

de rosas e flores,

guardando ganado

con otros pastores,

la vi tan graciosa,

que apenas creyera

que fuese vaquera

de la Finojosa.

     

 

 

   [IV]

Non creo las rosas

de la primavera

sean tan fermosas

nin de tal manera,

fablando sin glosa,

si antes supiera

de aquella vaquera

de la Finojosa.

        [V]

Non tanto mirara

su mucha beldad,

porque me dexara

en mi libertad.

Mas dixe: "Donosa

(por saber quién era),

¿aquella vaquera

de la Finojosa?..."

        [VI]

Bien como riendo,

dixo: "Bien vengades,

que ya bien entiendo

lo que demandades:

non es desseosa

de amar, nin lo espera,

aquessa vaquera

de la Finojosa".

 

 El sueño

Gerardo Diego

 
Apoya en mí la cabeza,
  si tienes sueño.
Apoya en mí la cabeza,
  aquí, en mi pecho.
Descansa, duérmete, sueña,
  no tengas miedo,
no tengas miedo al mundo,
  que yo te velo.
Levanta hacia mí los ojos,
  tus ojos lentos,
y ciérralos poco a poco
  conmigo dentro;
ciérralos, aunque no quieras,
  muertos de sueño.

Ya estás dormida. Ya sube,
  baja tu pecho,
y el mío al compás del tuyo
  mide el silencio,
almohada de tu cabeza,
  celeste peso.
Mi pecho de varón duro,
  tabla de esfuerzo,
por ti se vuelve de plumas,
  cojín de sueños.
Navega en dulce oleaje,
  ritmo sereno,
ritmo de olas perezosas
  el de tus pechos.
 
De cuando en cuando una grande,
  espuma al viento
suspiro que se te escapa
  volando al cielo,
y otra vez navegas lenta
  mares de sueño,
y soy yo quien te conduce,
  yo que te velo,
que para que te abandones
  te abrí mi pecho.
¿Qué sueñas? ¿Sueñas? ¿Qué buscan
  -palabras, besos-
tus labios que se te mueven,
  dormido rezo?

Si sueñas que estás conmigo,
  no es sólo sueño;
lo que te auna y te mece
  soy yo, es mi pecho.

Despacio, brisas, despacio,
  que tiene sueño.
Mundo sonoro que rondas,
  haste silencio,
que está durmiendo mi niña,
  que está durmiendo
al compás que de los suyos
  copia mi pecho.
Que cuando se me despierte
  buscando el cielo
encuentre arriba mis ojos
  limpios y abiertos.

 Romero sólo

León Felipe

 
 

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

 

 

 Muerte de Antoñito el Camborio

Federico García Lorca

 

 

 

 

 

Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.

  Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí.
 

 

 

Lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.

       Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado,
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.

 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 El lagarto viejo

Federico García Lorca

 
 

En la agostada senda
he visto al buen lagarto
(gota de cocodrilo)
meditando.
Con su verde levita
de abate del diablo,
su talante correcto
y su cuello planchado,
tiene un aire muy triste
de viejo catedrático.
¡Esos ojos marchitos
de artista fracasado,
cómo miran la tarde
desmayada!
¿Es éste su paseo
crepuscular, amigo?
Usad bastón, ya estáis
muy viejo. Don Lagarto,
y los niños del pueblo
pueden daros un susto.
¿Qué buscáis en la senda,
filósofo cegato,
si el fantasma indeciso
de la tarde agosteña
ha roto el horizonte?
¿Buscáis el azul limosna
del cielo moribundo?
¿Un céntimo de estrella?
¿O acaso
estudiasteis un libro
de Lamartine, y os gustan
los trinos platerescos
de los pájaros?
(Miras al sol poniente,
y tus ojos relucen,
¡oh dragón de las ranas!
con un fulgor humano.
Las góndolas sin remos
de las ideas, cruzan
el agua tenebrosa
de tus iris quemados.)
 

 

¿Venís quizá en la busca
de la bella lagarta,
verde como los trigos
de mayo,
como las cabelleras
de las fuentes dormidas,
que os despreciaba, y luego
se fue de vuestro campo?
¡Oh dulce idilio roto
sobre la fresca juncia!
¡Pero vivir!, ¡qué diantre!
me habéis sido simpático.
El lema de "me opongo
a la serpiente" triunfa
en esa gran papada
de arzobispo cristiano.
Ya se ha disuelto el sol
en la copa del monte,
y enturbian el camino
los rebaños.
Es hora de marcharse,
dejad la angosta senda
y no continuéis
meditando.
Que lugar tendréis luego
de mirar las estrellas
cuando os coman sin prisa
los gusanos.
¡Volved a vuestra casa
bajo el pueblo de grillos!
¡Buenas noches, amigo
Don Lagarto!
Ya está el campo sin gente,
los montes apagados
y el camino desierto;
sólo de cuando en cuando
canta un cuco en la umbría
de los álamos.
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 Una cena

Baltasar del Alcázar

 
 

En Jaén, donde resido, 
vive don Lope de Sosa, 
y diréte, Inés, la cosa 
más brava d'él que has oído. 

Tenía este caballero 
un criado portugués... 
Pero cenemos, Inés, 
si te parece, primero. 

La mesa tenemos puesta; 
lo que se ha de cenar, junto; 
las tazas y el vino, a punto; 
falta comenzar la fiesta. 

Rebana pan. Bueno está. 
La ensaladilla es del cielo; 
y el salpicón, con su ajuelo, 
¿no miras qué tufo da? 

Comienza el vinillo nuevo 
y échale la bendición: 
yo tengo por devoción 
de santiguar lo que bebo. 

Franco fue, Inés, ese toque; 
pero arrójame la bota; 
vale un florín cada gota 
d'este vinillo aloque. 

¿De qué taberna se trajo? 
Mas ya: de la del cantillo; 
diez y seis vale el cuartillo; 
no tiene vino más bajo. 

Por Nuestro Señor, que es mina 
la taberna de Alcocer: 
grande consuelo es tener 
la taberna por vecina. 

Si es o no invención moderna, 
vive Dios que no lo sé, 
pero delicada fue 
la invención de la taberna. 

Porque allí llego sediento, 
pido vino de lo nuevo, 
mídenlo, dánmelo, bebo, 
págolo y voyme contento. 

Esto, Inés, ello se alaba; 
no es menester alaballo; 
sola una falta le hallo: 
que con la priesa se acaba. 

La ensalada y salpicón 
hizo fin; ¿qué viene ahora? 
La morcilla. ¡Oh, gran señora, 
digna de veneración! 

¡Qué oronda viene y qué bella! 
¡Qué través y enjundias tiene! 
Paréceme, Inés, que viene 
para que demos en ella. 

Pues, ¡sus!, encójase y entre, 
que es algo estrecho el camino. 
No eches agua, Inés, al vino, 
no se escandalice el vientre. 

 

Echa de lo trasaniejo, 
porque con más gusto comas; 
Dios te salve, que así tomas, 
como sabia, mi consejo. 

Mas di: ¿no adoras y precias 
la morcilla ilustre y rica? 
¡Cómo la traidora pica! 
Tal debe tener especias. 

¡Qué llena está de piñones! 
Morcilla de cortesanos, 
y asada por esas manos 
hechas a cebar lechones. 

¡Vive Dios, que se podía 
poner al lado del Rey 
puerco, Inés, a toda ley, 
que hinche tripa vacía! 

El corazón me revienta 
de placer. No sé de ti 
cómo te va. Yo, por mí, 
sospecho que estás contenta. 

Alegre estoy, vive Dios. 
Mas oye un punto sutil: 
¿No pusiste allí un candil? 
¿Cómo remanecen dos? 

Pero son preguntas viles; 
ya sé lo que puede ser: 
con este negro beber 
se acrecientan los candiles. 

Probemos lo del pichel. 
¡Alto licor celestial! 
No es el aloquillo tal, 
ni tiene que ver con él. 

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza! 
¡Qué rancio gusto y olor! 
¡Qué paladar! ¡Qué color, 
todo con tanta fineza! 

Mas el queso sale a plaza, 
la moradilla va entrando, 
y ambos vienen preguntando 
por el pichel y la taza. 

Prueba el queso, que es extremo: 
el de Pinto no le iguala; 
pues la aceituna no es mala; 
bien puede bogar su remo. 

Pues haz, Inés, lo que sueles: 
daca de la bota llena 
seis tragos. Hecha es la cena; 
levántense los manteles. 

Ya que, Inés, hemos cenado 
tan bien y con tanto gusto, 
parece que será justo 
volver al cuento pasado. 

Pues sabrás, Inés hermana, 
que el portugués cayó enfermo... 
Las once dan; yo me duermo; 
quédese para mañana

 Romance en endechas

Juan de Salinas

 
 

La moza gallega
que está en la posada,
subiendo maletas
y dando cebada,

penosa se sienta
encima de un arca,
por ver ir un huésped
que tiene en el alma,

mocito espigado,
de trenza de plata,
que canta bonito
y tañe guitarra.

Con lágrimas vivas
que al suelo derrama,
con tristes suspiros,
con quejas amargas,

del pecho rabioso
descubre las ansias.
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

«Pensé que estuviera
dos meses de estancia,
y, cuando se fuera,
que allá me llevara.

»Pensé que el amor
y fe que cantaba,
supiera rezado
tenello y guardalla.

»¡Pensé que eran ciertas
sus falsas palabras!
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

»Diérale mi cuerpo,
mi cuerpo de grana,
para que sobre él
la mano probara

»y jurara a medias,
perdiera o ganara.
¡Ay Dios! si lo sabe,
¿qué dirá mi hermana?

 

 

»Dirame que soy
una perdularia,
pues di de mis prendas
la más estimada,

»y él va tan alegre
y más que una Pascua.
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!

»¿Qué pude hacer más
que darle polainas
con encaje y puntas
de muy fina holanda;

»cocerle su carne
y hacerle su salsa;
encenderle vela
de noche, si llama,

»y, en dándole gusto,
soplar y matalla?
¡Mal haya quien fía
de gente que pasa!»

En esto ya el huésped
la cuenta remata,
y, el pie en el estribo,
furioso cabalga,

y, antes de partirse,
para consolarla,
de ella se despide
con estas palabras:

«Isabel, no llores;
no llores, amores.
Si por dicha lloras
porque yo no lloro,

»sabrás que mi lloro
no es a todas horas,
y, aunque me desdoras,
otros hay peores.

»Isabel, no llores;
no llores, amores.»
 

 

 Romance de la pena negra

Federico García Lorca

 
 

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las sierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
 

 

 

¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, cama y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!
 

[Ver notas bio-bibliográficas de este autor]

 

 El Reino del Revés

María Elena Walsh

 

Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.

 


 

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.
 

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.
 

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

 

A la pereza

Manuel Bretón de los Herreros

 

¡Qué dulce es una cama regalada!

¡Qué necio, el que madruga con la aurora,

aunque las musas digan que enamora

oír cantar un ave la alborada!

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada

reposar una hora, y otra hora!

Comer, holgar..., ¡Qué vida encantadora,

sin ser de nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo

ya, tendido a la larga, me acomodo.

De tus graves alumnos el ejemplo

me arrastra bostezando; y,  de tal modo

tu estúpida modorra a entrarme empieza,

que no acabo el soneto... de per...

[Información sobre el autor]

El embargo

Gabriel y Galán

 

Señol jues, pasi usté más alanti

     y que entrin tos esos,

     no le dé a usté ansia

     no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila

sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,

     que aquí no hay dinero:

lo he gastao en comías pa ella

y en boticas que no le sirvieron;

     y eso que me quea,

porque no me dio tiempo a vendello,

     ya me está sobrando,

     ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,

y esas jocis clavás en el techo,

     y esa segureja

     y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!

    ¿Ya pa qué las quiero?

Si tuviá que ganalo pa ella,

¡cualisquiá me quitaba a mí eso!

Pero ya no quio vel esi sacho,

 

ni esas jocis clavás en el techo,

     ni esa segureja

     ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto

     si alguno de ésos

es osao de tocali a esa cama

     ondi ella s'ha muerto:

la camita ondi yo la he querío

cuando dambos estábamos güenos;

la camita ondi yo la he cuidiau,

la camita ondi estuvo su cuerpo

     cuatro mesis vivo

     y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao

de tocali a esa cama ni un pelo,

     porque aquí lo jinco

     delanti usté mesmo!

     Lleváisoslo todu,

     todu, menus eso,

     que esas mantas tienin

     suol de su cuerpo...

¡y me güelin, me güelin a ella

     ca ves que las güelo!.

 

 

[Información sobre el autor]

Oda V - De la avaricia

Fray Luis de León

 

En vano el mar fatiga

la vela portuguesa; que ni el seno

de Persia ni la amiga

Maluca da árbol bueno,

que pueda hacer un ánimo sereno.

No da reposo al pecho,

Felipe, ni la India, ni la rara

esmeralda provecho;

que más tuerce la cara

cuanto posee más el alma avara.

Al capitán romano

la vida, y no la sed, quitó el bebido

tesoro persiano;

y Tántalo, metido

en medio de las aguas, afligido

de sed está; y más dura

la suerte es del mezquino, que sin tasa

se cansa ansí, y endura

el oro, y la mar pasa

osado, y no osa abrir la mano escasa.

¿Qué vale el no tocado

tesoro, si corrompe el dulce sueño,

si estrecha el ñudo dado,

si más enturbia el ceño,

y deja en la riqueza pobre al dueño?

 

[Información sobre el autor]

Lo que puede el dinero

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

 

 
 
Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
Al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y mucho ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados,
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor. 

[Información sobre el autor]

 

 

 Volverán las oscuras golondrinas...

Gustavo Adolfo Becquer

 
 

Escuchar musicalizado (mp3)

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cstales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!


[Información sobre el autor]

 

 

 A un olmo seco

Antonio Machado

 
 

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Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

 

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El cuento de la lechera

Félix María de Samaniego

 
 

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Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
"¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!"
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz lechera,
diciéndose entre sí de esta manera:
"Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodearán cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.

 

 
Llevarélo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que corra y salte toda la campaña,
desde el monte cercano a la cabaña."
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
Adiós leche, adiós huevos,
adiós dinero, adiós lechón,
adiós vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.

 

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 Vientos del Pueblo

Miguel Hernandez

 
 

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Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos
los leones la levantan.
No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airoso como las alas;
andaluces de aceituna,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las ansias;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
 

 

catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habeís de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor a cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretado los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
 

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 Villancico

Gloria Fuertes

 

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Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera Maria.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.

 

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 Ojos verdes

Rafael de León

 
 

Apoyá en er quisio de la mansebía

miraba ensenderse la noche de mayo;

pasaban los hombres y yo sonreía

hasta que a mi puerta paraste el caballo.

 «Serrana, ¿me das candela?»

Y yo te dije: «Gaché,

ven y tómala en mis labios

que yo fuego te daré».

Dejaste er caballo

y lumbre te di,

y fueron dos verdes luceros de mayo

tus ojos pa mí.

Ojos verdes, verdes como la albahaca.

Verdes como el trigo verde

y el verde, verde limón.

Ojos verdes, verdes, con brillo de faca,

que están clavaítos en mi corazón.

Pa mí ya no hay soles, luceros ni luna,

no hay más que unos ojos que mi vía son.

Ojos verdes, verdes como la albahaca.

Verdes como el trigo verde

y el verde, verde limón.

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 Canción de otoño en primavera

Rubén Darío

 
 

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Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

 

Plural ha sido la celeste

historia de mi corazón.

Era una dulce niña, en este

mundo de duelo y de aflicción.

 

Miraba como el alba pura;

sonreía como una flor.

Era su cabellera obscura

hecha de noche y de dolor.

 

Yo era tímido como un niño.

Ella, naturalmente, fue,

para mi amor hecho de armiño,

Herodías y Salomé...

 

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

 

Y más consoladora y más

halagadora y expresiva,

la otra fue más sensitiva

cual no pensé encontrar jamás.

 

Pues a su continua ternura

una pasión violenta unía.

En un peplo de gasa pura

una bacante se envolvía...

 

En sus brazos tomó mi ensueño

y lo arrulló como a un bebé...

Y te mató, triste y pequeño,

falto de luz, falto de fe...

 

Juventud, divino tesoro,

¡te fuiste para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca

el estuche de su pasión;

y que me roería, loca,

con sus dientes el corazón.

 

Poniendo en un amor de exceso

la mira de su voluntad,

mientras eran abrazo y beso

síntesis de la eternidad;

 

y de nuestra carne ligera

imaginar siempre un Edén,

sin pensar que la Primavera

y la carne acaban también...

 

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer.

 

¡Y las demás! En tantos climas,

en tantas tierras siempre son,

si no pretextos de mis rimas

fantasmas de mi corazón.

 

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura. Amarga y pesa.

¡Ya no hay princesa que cantar!

 

Mas a pesar del tiempo terco,

mi sed de amor no tiene fin;

con el cabello gris, me acerco

a los rosales del jardín...

 

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro...

y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!

Coplas del alma que pena por ver a Dios

San Juan de la Cruz

 

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero
que muero porque no muero.

I

En mí yo no vivo ya
y sin Dios vivir no puedo
pues sin él y sin mí quedo
éste vivir qué será?
Mil muertes se me hará
pues mi misma vida espero
muriendo porque no muero.

II

Esta vida que yo vivo
es privación de vivir
y assí es contino morir
hasta que viva contigo.
Oye mi Dios lo que digo
que esta vida no la quiero
que muero porque no muero.

III

Estando ausente de ti
qué vida puedo tener
sino muerte padescer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí
pues de suerte persevero
que muero porque no muero.

IV

El pez que del agua sale
aun de alivio no caresce
que en la muerte que padesce
al fin la muerte le vale.
Qué muerte habrá que se yguale
a mi vivir lastimero
pues si más vivo más muero?

 

V

Quando me pienso aliviar

de verte en el Sacramento

háceme más sentimiento

el no te poder gozar

todo es para más penar

por no verte como quiero

y muero porque no muero.

VI

Y si me gozo Señor

con esperança de verte

en ver que puedo perderte

se me dobla mi dolor

viviendo en tanto pavor

y esperando como espero

muérome porque no muero.

VII

Sácame de aquesta muerte

mi Dios y dame la vida

no me tengas impedida

en este lazo tan fuerte

mira que peno por verte,

y mi mal es tan entero

que muero porque no muero.

VIII

Lloraré mi muerte ya

y lamentaré mi vida

en tanto que detenida

por mis pecados está.

¡O mi Dios!, quándo será

quando yo diga de vero

vivo ya porque no muero?

 

 

El niño yuntero

Miguel Hernández

 

 

 

 

Carne de yugo, ha nacido

más humillado que bello,

con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,

 a los golpes destinado,

de una tierra descontenta

y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo

de vacas, trae a la vida

un alma color de olivo

vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza

a morir de punta a punta

levantando la corteza

de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente l

a vida como una guerra

 y a dar fatigosamente

en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,

y ya sabe que el sudor

es una corona grave

de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja

masculinamente serio,

se unge de lluvia y se alhaja

de carne de cementerio.

 

 

A fuerza de golpes, fuerte,

y a fuerza de sol, bruñido,

con una ambición de muerte

despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es más raíz,

menos criatura,

que escucha bajo sus pies

la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde

en la tierra lentamente

para que la tierra inunde

de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento

como una grandiosa espina,

y su vivir ceniciento

resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,

y devorar un mendrugo,

y declarar con los ojos

que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,

y su vida en la garganta,

y sufro viendo el barbecho

tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo

verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón

de los hombres jornaleros,

que antes de ser hombres

son y han sido niños yunteros.

 

 

Muerte del Camborio

Federico García Lorca

 
 

 

 

 

 

Voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.

Voces antiguas que cercan

voz de clavel varonil.

Les clavó sobre las botas

mordiscos de jabalí.

En la lucha daba saltos

jabonados de delfín.

Bañó con sangre enemiga

su corbata carmesí,

pero eran cuatro puñales

y tuvo que sucumbir.

Cuando las estrella clavan

rejones al agua gris,

cuando los erales sueñan

verónicas de alhelí,

voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.

 

Antonio Torres Heredia.

Camborio de dura crin,

moreno de verde luna,

voz de clavel varonil:

¿Quién te ha quitado la vida

cerca del Guadalquivir?

Mis cuatro primos Heredias

Hijos de Benamejí.

 

 


 

 

 

 

Lo que en otros no envidiaban,

ya lo envidiaban en mí.

Zapatos color corinto,

medallones de marfil,

y este cutis amasado

con aceituna y jazmín.

¡Ay, Antoñito el Camborio,

digno de una Emperatriz!

Acuérdate de la Virgen

porque te vas a morir.

¡Ay Federico García,

llama a la guardia civil!

Ya mi talle se ha quebrado

como caña de maíz.

 

Tres golpes de sangre tuvo

y se murió de perfil.

Viva moneda que nunca

se volverá a repetir.

Un ángel marchoso pone

su cabeza en un cojín.

Otros de rubor cansado

encendieron un candil.

Y cuando los cuatro primos

llegan a Benamejí,

voces de muerte cesaron

cerca del Guadalquivir.

 

 

 Puedo escribir los versos más tristes

Pablo Neruda

 

 

 

 

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

¡La besé tantas veces bajo el cielo infinito!

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

¡Como no haber amado sus grandes ojos fijos!

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido,

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.

 


 

 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise!

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta, la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

 

Elogio de la mujer chiquita

Juan Ruiz (Arcipreste de Hita)

Primera mitad del siglo XV

 

 

Quiero abreviar, señores, esta predicación

porque siempre gusté de pequeño sermón

y de mujer pequeña y de breve razón,

pues lo poco y bien dicho queda en el corazón.

De quien mucho habla, ríen; quien mucho ríe es loco;

hay en la mujer chica amor grande y no poco.

Cambié grandes por chicas, mas las chicas no troco.

Quien da chica por grande se arrepiente del troco.

De que alabe a las chicas el Amor me hizo ruego;

que cante sus noblezas, voy a decirlas luego.

Loaré a las chiquitas, y lo tendréis por juego,

¡Son frías como nieve y arden más que el fuego!

Son heladas por fuera pero, en amor, ardientes;

en la cama solaz, placenteras, rientes,

en la casa, hacendosas, cuerdas y complacientes;

veréis más cualidades tan pronto paréis mientes.

En pequeño jacinto yace gran resplandor,

en azúcar muy poco, yace mucho dulzor,

en la mujer pequeña yace muy gran amor,

pocas palabras bastan al buen entendedor.

Es muy pequeño el grano de la buena pimienta,

pero más que la nuez reconforta y calienta;

así, en mujer pequeña, cuando en amor consienta,

no hay placer en el mundo que en ella no se sienta.

Como en la chica rosa está mucho color,

como en oro muy poco, gran precio y gran valor,

como en poco perfume yace muy buen olor,

así, mujer pequeña guarda muy gran amor.

Como rubí pequeño tiene mucha bondad,

color, virtud y precio, nobleza y claridad,

así, la mujer pequeña tiene mucha beldad,

hermosura y donaire, amor y lealtad.

Chica es la calandria y chico el ruiseñor,

pero más dulce cantan que otra ave mayor;

la mujer, cuando es chica, por eso es aún mejor,

en amor es más dulce que azúcar y que flor.

Son aves pequeñuelas papagayo y orior,

pero cualquiera de ellas es dulce cantador;

gracioso pajarillo, preciado trinador,

como ellos es la dama pequeña con amor.

Para mujer pequeña no hay comparación:

terrenal paraíso y gran consolación,

recreo y alegría, placer y bendición,

mejor es en la prueba que en la salutación.

Siempre quise a la chica más que a grande o mayor;

¡escapar de un mal grande nunca ha sido un error!

Del mal tomar lo menos, dícelo el sabidor,

por ello, entre mujeres, ¡la menor es mejor!

 

Los huevos

Tomás de Iriarte

Siglo XVIII

 

 

Más allá de las islas Filipinas
hay una, que ni sé cómo se llama,
ni me importa saberlo; donde es fama
que jamás hubo casta de gallinas
hasta que allá un viajero
llevó por accidente un gallinero.
Al fin tal fue la cría, que ya el plato
más común y barato
era de huevos frescos; pero todos
los pasaban por agua (que el viajante
no enseñó a componerlos de otros modos).

Luego de aquella tierra un habitante
introdujo el comerlos estrellados.
¡Oh, qué elogios se oyeron a porfía
de su rara y fecunda fantasía!
Otro discurre hacerlos escalfados.
¡Pensamiento feliz! Otro rellenos...
¡Ahora sí que están los huevos buenos!
Uno después inventa la tortilla,
y todos claman ya: ¡qué maravilla!
No bien se pasó un año,
cuando otro dijo: «Sois unos petates:
yo los haré revueltos con tomates.»
Y aquel guiso de huevos tan extraño,
con que toda la isla se alborota,
hubiera estado largo tiempo en uso,
a no ser porque luego los compuso
un famoso extranjero a la Hugonota.
Esto hicieron diversos cocineros;
pero ¡qué condimentos delicados
no añadieron después los reposteros!
Moles, dobles, hilados,
en caramelo, en leche,
en sorbete, en compota, en escabeche.
Al cabo todos eran inventores,
y los últimos huevos los mejores.
Mas un prudente anciano
les dijo un día: «Presumís en vano
de esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!
Tantos autores nuevos
¿no se pudieran ir a guisar huevos
más allá de las islas Filipinas?

No falta quien quiera pasar por autor original cuando no hace más

que repetir, con corta diferencia, lo que otros muchos han dicho.

 

 

 

Romancero

Anónimos

 

 

 

 


EL ENAMORADO Y LA MUERTE


Un sueño soñaba anoche,  

soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,  

que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,  

muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor?

¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,  

ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante:  

la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,  

déjame vivir un día!
—Un día no puede ser,  

una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba,  

más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,  

en donde su amor vivía.

—¡Ábreme la puerta, blanca,  

ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir  

si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,  

mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,  

ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,  

junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana  

donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda  

para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,  

mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;  

la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,  

que la hora ya está cumplida.

EL INFANTE ARNALDOS


¡Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar

como hubo el infante Arnaldos

la mañana de San Juan!

Andando a buscar la caza

para su falcón cebar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar;

las velas trae de sedas,

la ejarcia de oro torzal,

áncoras tiene de plata,

tablas de fino coral.

Marinero que la guía,

diciendo viene un Cantar,

 

que la mar ponía en calma,

los vientos hace amainar;

los peces que andan al hondo,

arriba los hace andar;

las aves que van volando,

al mástil vienen posar.

Allí habló el infante Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

-Por tu vida, el marinero,

dígasme ora ese cantar.

Respondióle el marinero,

tal respuesta le fue a dar:

-Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va.

 


EL CONDE NIÑO


Conde Niño, por amores

es niño y pasó a la mar;

va a dar agua a su caballo

la mañana de San Juan.

Mientras el caballo bebe

él canta dulce cantar;

todas las aves del cielo

se paraban a escuchar;

caminante que camina

olvida su caminar,

navegante que navega

la nave vuelve hacia allá.

La reina estaba labrando,

la hija durmiendo está:

-Levantaos, Albaniña,

de vuestro dulce folgar,

sentiréis cantar hermoso

la sirenita del mar.

-No es la sirenita, madre,

la de tan bello cantar,

si no es el Conde Niño

que por mí quiere finar.

¡Quién le pudiese valer

en su tan triste penar!

-Si por tus amores pena,

 

¡oh, malhaya su cantar!,

y porque nunca los goce

yo le mandaré matar a la par.

-Si le manda matar, madre

juntos nos han de enterrar.

Él murió a la media noche,

ella a los gallos cantar;

a ella como hija de reyes

la entierran en el altar,

a él como hijo de conde

unos pasos más atrás.

De ella nació un rosal blanco,

de él nació un espino albar;

crece el uno, crece el otro,

los dos se van a juntar;

las ramitas que se alcanzan

fuertes abrazos se dan,

y las que no se alcanzaban

no dejan de suspirar.

La reina, llena de envidia,

ambos los mandó cortar;

el galán que los cortaba

no cesaba de llorar;

della naciera una garza,

dél un fuerte gavilán

juntos vuelan por el cielo,


El Conde olinos


Madrugaba el Conde Olinos

mañanita de San Juan

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.

Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar

las aves que iban volando,

se paraban a escuchar:

Bebe, mi caballo, bebe.

Dios te me libre de mal

de los vientos de la tierra

y de las furias del mar.

La reina desde la torre

escuchaba este cantar

- Mira, hija como canta

la sirena de la mar.

- No es la sirenita madre

que esa tiene otro cantar

es la voz del Conde Olinos

que me canta a mí un cantar.

- Si es la voz del Conde Olinos,

yo lo mandaré matar

que para casar contigo

le falta la sangre real.

- No le mande matar madre

no le mande usted matar

que si mata al Conde Olinos

a mí la muerte me da.

Guardias mandaba la reina

al Conde Olinos buscar

que le maten a lanzadas

y echen su cuerpo a la mar.

La infantina con gran pena

no dejaba de llorar,

él murió a la medianoche

y ella a los gallos cantar.

A ella como hija de reyes

la entierran en el altar

y a él como hijo de condes

cuatro pasos más atrás.

De ella nació un rosal blanco,

de él nació un espino alvar

crece el uno crece el otro

los dos se van a juntar.

La reina llena de envidia

ambos los mandó cortar

el galán que los cortaba

no dejaba de llorar.

De ella naciera una garza,

de él un fuerte gavilán,

juntos vuelan por el cielo,

juntos se van a posar.


Romance del prisionero


Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba el albor.

Matómela un ballestero;

déle Dios mal galardón.


Romance de GERINELDO  


-Gerineldo, Gerineldo,

paje del rey mas querido,

quien te tuviera esta noche

en mi jardín florido.

Valgame Dios, Gerineldo,

cuerpo que tienes tan lindo.

-Como soy vuestro criado,

Señora, burláis conmigo.

-No me burlo, Gerineldo,

que de veras te lo digo.

-Y ¿cuando, señora mía,

cumpliréis lo prometido?

-Entre las doce y la una,

que el rey estará dormido.

Media noche ya es pasada.

Gerineldo no ha venido.

­Oh, malhaya, Gerineldo,

quien amor puso contigo!

-Abraisme, la mi señora,

abraisme, cuerpo garrido.

-¿Quién a mi estancia se atreve,

quién llama así a mi postigo?

-No os turbéis, señora mía,

que soy vuestro dulce amigo.

Tomaralo por la mano

y en el lecho lo ha metido;

entre juegos y deleites

la noche se les ha ido,

y allá hacia el amanecer

los dos se duermen vencidos.

 Despertado había el rey

de un sueño despavorido.

O me roban a la infanta

o traicionan el castillo.

Aprisa llama a su paje

pidiéndole los vestidos:

­Gerineldo, Gerineldo,

el mi paje mas querido!

Tres veces la había llamado,

ninguna le había respondido.

Puso la espada en la cinta,

a donde la infanta, ha ido;

vio a su hija, vio a su paje

como mujer y marido.

¿Matar‚ yo a Gerineldo,

a quien crié desde niño?

Pues si matare a la infanta,

mi reino queda perdido.

Pondré mi espada por medio,

que me sirva de testigo.

Y saliose hacia el jardín

sin ser de nadie sentido.

Rebulliase la infanta

tres horas ya el sol salido;

con el frior de la espada

la dama se ha estremecido.

 -Levantate, Gerineldo,

levántate, dueño mío,

la espada del rey padre

entre los dos ha dormido.

-¿Y adónde iré, mi señora,

que del rey no sea visto?

-Vete por ese jardín

cogiendo rosas y lirios;

pesares que te vinieren

yo los partiré contigo.

-¿Dónde vienes, Gerineldo,

tan mustio y descolorido?

-Vengo del jardín, buen rey,

por ver como ha florecido,

y la fragancia de una rosa

la color me ha desvaído.

-De esa rosa que has cortado

mi espada era testigo.

-Matadme, señor, matadme,

bien lo tengo merecido.

Ellos en estas razones,

la infanta a su padre vino:

-Rey y señor, no le mates,

mas dámelo por marido.

O si lo quieres matar

la muerte será conmigo

van a servir al amor;

¿Matar‚ yo a Gerineldo,

a quien crié desde niño?

Pues si matare a la infanta,

mi reino queda perdido.

Pondré mi espada por medio,

que me sirva de testigo.

Y saliose hacia el jardín

sin ser de nadie sentido.

Rebulliase la infanta

tres horas ya el sol salido;

con el frior de la espada

la dama se ha estremecido.

 -Levantate, Gerineldo,

levántate, dueño mío,

la espada del rey padre

entre los dos ha dormido.

-¿Y adónde iré, mi señora,

que del rey no sea visto?

-Vete por ese jardín

cogiendo rosas y lirios;

pesares que te vinieren

yo los partiré contigo.

-¿Dónde vienes, Gerineldo,

tan mustio y descolorido?

-Vengo del jardín, buen rey,

por ver como ha florecido,

y la fragancia de una rosa

la color me ha desvaído.

-De esa rosa que has cortado

mi espada era testigo.

-Matadme, señor, matadme,

bien lo tengo merecido.

Ellos en estas razones,

la infanta a su padre vino:

-Rey y señor, no le mates,

mas dámelo por marido.

O si lo quieres matar

la muerte será conmigo

 

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