FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

EL REINO DE CRISTO, SEGÚN FRANCISCO DE VITORIA

Presenta y traduce fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


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Ramón Hernández

 

 


 

[El llamado “excursus”, o “digresión”, dentro de la relección

De potestate civili, según el manuscrito de la catedral de Palencia]

 

Presentación

 

 

   La dos primeras ediciones de las Relecciones de Francisco de Vitoria, que son la base única de las ediciones posteriores hasta el siglo XX, desconocen este fragmento de la relección Sobre el poder civil.  Este fragmento de la relección de Francisco de Vitoria se encuentra sólo en algunos manuscritos; el discípulo de Vitoria, Martín de Ledesma lo incorporó a su Comentario al Libro IV de las Sentencias[1]. Nosotros tomamos este fragmento del manuscrito de la catedral de Palencia, que contiene las relecciones del Maestro Francisco de Vitoria[2].

   El pensamiento de Francisco de Vitoria tiende a lo universal al bien común de todo el orbe. Desde esas alturas, de la familia universal humana, ve con claridad más grande el valor trascendente de lo particular, de lo que conviene al individuo. Para ofrecer una visión más metafísica y más teológica del poder, nos introduce un llamado “excursus” o digresión (capítulo especial, diría yo) acerca del reinado de Jesucristo sobre el universo. Lo llamo yo “capítulo especial”, porque no se trata de algo extraño, sobreañadido, sino que encaja como base teológico-sociológica de su intención programática de una sociedad universal de naciones, como garantía de la fraternidad, de la paz y del progreso abierto a todos los individuos, pueblos, naciones y razas.

   La autoridad de Jesucristo no se extiende sobre un pueblo determinado, sino sobre todos los pueblos, pues para todos ha sido enviado como Redentor y Salvador. Existe por consiguiente, de hecho, un poder y un reinado mundial, que abarca a la humanidad entera. Sin embargo ese reinado sociológico-universal de Cristo es muy distinto de las realezas humanas. La autoridad monárquica no la recibe el Señor por herencia a partir de David; era el error de muchos judíos, que esperaban un mesías, que restaurara materialmente el reinado davídico.

   La realeza de Jesucristo es de distinta especie de la de los príncipes de la tierra: no se funda en razones humanas, sino en la divinidad de la persona del Maestro; no tiene por objeto gobernar a los hombres en sus comportamientos como ciudadanos de este mundo terreno, sino como orientados a la vida eterna del cielo; es decir, no mira al orden de la naturaleza, sino al orden de la gracia. Por encontrarse en categoría diversa y más elevada, puede ser compatible con todos los otros reinos y con todos los sistemas de gobernar temporalmente a los hombres. Vitoria se enfrenta en esta llamada “digresión” (que no lo es) sobre el reinado de Cristo, con todas las teorías que hacen provenir y, por lo mismo, depender de Cristo y de su Iglesia los poderes humanos; se mueven en campos diversos.

   Descendiendo de ese reinado supremo de Jesucristo, y antes de establecernos en lo puramente humano, la unidad de fe entre los hombres podría dar origen a una monarquía especial, a un gobierno común, si éste fuera aceptado por la mayoría de los pueblos que gozan de una misma fe. Francisco de Vitoria se fija en particular en el mundo cristiano, y propugna, o al menos lo establece como posible, un gobierno pancristiano. Lo afirma con estas palabras: “la mayor parte de los cristianos podría crear un monarca”[3].

   Piensa sin duda Vitoria en algo muy distinto del Sacro Romano Imperio Germánico, que naciera con Carlomagno en la Navidad del año 800, y que padecía entonces una lamentable crisis. Los lazos que unían a los países cristianos  a través del emperador fueron siempre muy débiles. Su política se repartía de ordinario entre Alemania e Italia; sólo en tiempos de Carlos V jugó España un papel importante en la política imperial. El emperador apenas pasaba de ser un símbolo, para los demás reinos, de la unidad política de los cristianos y de la defensa de los verdaderos intereses de la Iglesia universal.

   Vitoria, en cambio, habla ahora en este llamado “excursus” de un verdadero monarca con jurisdicción inmediata sobre todos los pueblos cristianos. No lo considera necesario absolutamente, sino como una posible solución, que los dirigentes eclesiásticos deberían favorecer cuando lo consideren oportuno. No en vano la Iglesia Católica, presidida por el Romano Pontífice, podría ser, aunque en otro orden, una buena referencia. La razón parece clara. La Iglesia, en efecto, no es otra cosa que el pueblo de Dios, como la define el concilio Vaticano II, tomándolo de la primera carta de San Pedro (I Pe 2, 10), una verdadera república. San Pablo, más intimista, enseña que todos los creyentes se encuentran formando un solo cuerpo (Rom 12, 5; I Cor 10, 17). Como todas las otras sociedades, la república de la Iglesia tiene en sí misma los poderes necesarios para defenderse, organizarse y conservarse según la forma que crea más conveniente.

   Nuestro teólogo implica la responsabilidad de los dirigentes eclesiásicos en la facilitación del ideal por él propuesto: “estando –dice- el fin temporal debajo del espiritual y ordenándose a él, como en otro lugar  con mayor extensión trataremos, si el tener un monarca fuese conveniente para la defensa y propagación de la religión cristiana, no veo por qué no puedan, aquéllos a quienes corresponde disponer de lo espiritual, obligar a los cristianos a erigir un monarca, así como en beneficio de la fe los príncipes eclesiásticos privan a los herejes de su principado, por otra parte, legítimo”[4].

   Desde este trampolín le es fácil a Francisco de Vitoria saltar muy cómodamente a su plan más universal de una sociedad absoluta de naciones, que yo he llamado en algún estudio la SuperONU Vitoriana.

 

 

Texto de Francisco de Vitoria sobre el reinado de Cristo

 

 

   [fol. 34r] Como hemos dicho tantas cosas sobre los reyes y los reinos, para que toda esta conferencia no parezca más filosófica que teológica, me pareció que venía muy al caso exponer algo sobre el reino de Cristo. No debo, sin embargo, tratar aquí y ahora sobre todas las cosas concernientes a este tema, sino sólo sobre con qué derecho es Rey Cristo, y si su reino es del mismo orden que el reino de los príncipes temporales.

   Hablando sobre el reino de Cristo, algunos autores dicen que Cristo nuestro Redentor y Señor fue rey de los judíos no sólo por la unión hipostática o porque era el Mesías, pues bajo estos aspectos era rey de todo el orbe, sino por derecho hereditario o por su natural origen.

   Acerca de esto ve el Armacano, Quaestiones Armenorum, lib. V, caps. 15 y 16, donde defiende que Cristo fue rey de los judíos por razón del origen y por su humanidad, y no por la unión hipostática. Por eso afirma que la dignidad real de Jesús fue por la sucesión que viene de la Virgen, según la ley promulgada en Núm 27, donde se establece que la herencia puede llegar a las hijas, y en cap. último (o 36), sobre las hijas de Salfad en estos términos: “si uno muere sin hijos, su herencia pasa a la hija; si no tuviere hija, pasará a sus hermanos; si no tiene hermanos, dejará su herencia a sus próximos. Así Cristo por parte de su madre y progenitores puede decirse en verdad rey de los judíos.

   Lo prueba el Armacano con múltiples argumentos.

   Primer argumento. Porque el Mesías es llamado Rey por los profetas. En el Salmo 20, 2 se dice: Señor, en tu poder se alegrará el Rey. En el Salmo 44, 2 leemos: cuento mis obras al Rey.  En el Salmo 71, 2 y 8 se pide: oh Dios, concede tu juicio al Rey, y sigue: y dominará de mar a mar. Isaías 9, 6: anuncia: será Príncipe de la paz y será multiplicado su imperio. Y lo aclama en el cap.33: Señor nuestro, nuestro Legislador y nuestro Rey. Y Daniel 7 y Zacarías 9 manifiestan que lo consideran Rey.

   Todas estas cosas las confirmó el ángel Gabriel cuando dijo a María: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por siempre. No basta decir que fue llamado Rey, porque debía regir espiritualmente y dar una ley espiritual. Pues por esa misma razón Moisés y Samuel deberían haber sido llamados Reyes, o el mismo Mesías haber sido llamado sacerdote o doctor más bien que Rey.

   Segunda prueba del Armacano. En Juan 18, 37, al preguntar Pilato a Jesús ¿tú eres Rey?, respondió el Señor: tú lo dices; soy Rey; yo he nacido para esto, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Por estas palabras parece que Cristo que él era Rey en el sentido preciso en que hablaba Pilato.

   Tercer argumento. Si sólo se lo llamó Rey por su poder espiritual o por el  poder temporal concedido a Cristo por Dios, como ese poder se extiende a todo el orbe, más que Rey de Israel, se lo debió llamar Rey de los Egipcios o de los Romanos. Ni debió decirse que se sentaría sobre el trono de David que sobre el trono [fol. 34v] de César Augusto o sobre el Capitolio de los Romanos.

   Sin embargo dice el Salmo 2, 6: yo he sido constituido Rey por Dios sobre Sión etc. En Lucas 1, dice el ángel: reinará en la casa de David, su padre. En Mateo 2, 6: pues de ti saldrá el Jefe, que regirá a mi pueblo Israel. En Zacarías 9, 9: exultará de gozo la hija de Sion: alégrate, hija de Jerusalén, pues he ahí que tu Rey viene a ti. Y en Juan 12, 13 se aclama: bendito el Rey de Israel, que viene en el nombre del Señor.

   Cuarto. En Juan 19, 12 se cuenta que los judíos clamaban: si sueltas a éste, no eres amigo del César. Y añadían como indicando la causa: porque todo el que se hace Rey va en contra del César. Es manifiesto que hablaban del reino de los judíos. Y no parece que esto lo fingieran los judíos sin un motivo, a saber porque se lo oyeron a Jesús o a sus discípulos. Lo aclara lo que leemos en Juan 6: todos quisieron apoderarse de Él para hacerlo Rey. Y no parece que pensaban hacer esto, sino por la causa indicada, es decir porque se había llamado Rey.

   Quinto. Los Magos, buscando a Cristo, preguntaban: ¿dónde está el recién nacido Rey de los judíos (Mateo 2, 2).

   Sexto. Contribuye a esto lo que dijo Cristo en Mateo 17, 23, cuando preguntaron los que cobraban la didracma: vuestro Maestro ¿no paga la didracma? Luego Cristo, ya en casa, dijo a Pedro: ¿qué te parece, Simón: los reyes de a tierra a quiénes cobran la didracma, a los hijos o a los extraños? Pedro respondió: a los extraños, Y Cristo le dijo: luego los hijos son libres. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo, coge al primero que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda; tómala y dásela a los cobradores por mí y por ti. Con esto manifestaba Cristo que era Hijo del Rey, y, por consiguiente, libre de pagar tributo.

   No obstante estas cosas, parece completamente vano y próximo al error de los judíos decir que Cristo fue Rey según la sucesión de la carne. Los judíos esperaban que nacería en un gran palacio, que su reinado sería de este mundo temporal y que restablecería el reino de David, y todas estas cosas eran entendidas natural y carnalmente. Sin embargo según el Apóstol la letra mata, mas el espíritu vivifica. Cristo no vino a la tierra por causa de una república temporal, pues no vino a traer la paz, sino la guerra, lo cual, sin embargo, constituye el fin de la república temporal.

   Por lo tanto, dejada la vanidad de los judíos, que caminan a oscuras a pleno sol, digo que el reino de Cristo era más excelente que aquel que esperaban los judíos. Cristo era el monarca del orbe, no por sucesión, sino por donación del Padre a causa de la donación hipostática; no era de la misma naturaleza que el reino de que gozan los príncipes de la tierra. Y pienso que ésta es la opinión de santo Tomás en la Tercera Parte [de la Suma de Teología] y en el tercer libro de la obra De regimine principum.

   Por lo tanto el reino de Cristo difiere de los otros reinos en lo siguiente:

   Primero. El reino de Cristo se extiende a las almas; los otros reinos sólo se extienden a los cuerpos, es decir a las cosas terrenas, mientras que el de Cristo se extiende a las cosas celestiales. Por eso dijo Él mismo: me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra [Mateo 28, 18].

   Segundo. En cuanto al fin. El fin principal e inmediato de los otros reinos es la felicidad humana y la paz en la república; la salud espiritual es atendida de modo secundario. El reino de Cristo es lo contrario, pues mira primeramente por la salud de las almas, y de modo secundario por la felicidad humana.

   Tercero. Los reinos de este mundo sólo se extienden al tiempo presente, mientras que el reino de Cristo se extiende también al reino futuro, porque su reino no tendrá fin [Lucas 1, 33].

   Cuarto. Porque los reinos de este mundo se dan por el consentimiento del pueblo o por sucesión; el reino de Cristo viene inmediatamente de Dios. A esto parece aludir lo que el ángel dijo a María: le dará el Señor Dios la sede de David, su padre [Lucas 1, 32]. Por esto se muestra claramente que el reino le compete a Cristo por donación de Dios, no por otro derecho. Lo confirma el Salmo 2, 6: he sido constituido Rey por Dios en Jerusalén, etc.

   Se confirma también porque si lo hubiera tenido por derecho hereditario, habría terminado con su muerte. Sin embargo fue dicho: y su reino no tendrá fin [Lucas 1, 32]. Igualmente porque, si lo hubiera obtenido por derecho hereditario, sea por la Madre, como dice el Armacano, sea por san José, no habría sido rey viviendo ellos, pues el hijo no es rey, mientras vive el padre [fol. 35r] o la madre, ya que el reino lo obtiene de ellos.

   En el  Deuteronomio 17 [,15] leemos: [Israel,] no debes hacer Rey tuyo a un extranjero, que no sea hermano tuyo. Sin embargo, si una mujer sucediera en el reino de los judíos, ella podría casarse con un extranjero, éste sería rey contra la misma ley. También podría casarse con un primogénito de la tribu de Benjamín o de Leví, y, cuando su hijo reinase, pasaría el reino de la tribu de Judá a la de Leví o Benjamín.

   Que el reino de Cristo era de distinto género al de los reinos emporales, es manifiesto:

   Porque, según Aristóteles en el libro I de los Políticos, las políticas se distinguen según los diversos fines y los distintos modos de regir. Como diferentes son las leyes y los fines en la política de Cristo y en las otras políticas, se sigue que aquélla es de distinta especie que éstas.

   El fin del reino de Cristo se declara bien en el Salmo 2, 6, donde, después de poner en su persona las palabras Yo he sido constituido Rey por Dios, añade y predico sus preceptos. Ahí parece declararse el fin del reino de Cristo, a saber, predicar y regir el género humano según los preceptos de Dios.

   Lo mismo se desprende  del sentido que dio Jesús a las palabras dirigidas  a  Pilato, que encontramos en Juan 18, 13: tú lo dices; que soy Rey. Yo he nacido en el mundo para esto, para dar testimonio de la Verdad. Es como si dijera: aunque soy Rey, como tú dices, no quieras considerarme que soy Rey para regir en los bienes temporales, sino que soy Rey para predicar la Verdad.

   Juan 18, 36 recoge estas palabras de Jesús: mi reino no es de este mundo. Con esto quiso mostrar el Señor en primer lugar que no había recibido su reino de este mundo, es decir de los padres, y, en segundo lugar, que su reino no  era ni en su esencia ni en su actuación al modo de los reinos humanos.

   A la prueba bíblica del Armacano es fácil responder. El texto tomado de Números 27 respecto a las hijas de Salfat decimos que esa ley  no se observaba en el reino de Israel, como enseña la Escritura, pues nunca sucedió en el reino una hija. Y la razón es clara, porque el pueblo de Israel había pedido un rey, y les fue dado para que saliera delante de ellos, para luchar en las guerras, como es patente en el Libro I de los Reyes, 8 y 9. Ahora bien, este oficio no podían ejercerlo las mujeres.

   Además no se prueba de ningún modo que la Virgen María fuese próxima, en cuanto a la sangre, a los reyes de Israel, como tampoco se prueba de José. Y, si con relación a éste se lograra probar, no por eso Cristo hubiera sido Rey.

   A los argumentos se responde:

   Al primero. No negamos a Cristo el poder, incluso en las cosas temporales, pero esto no le viene de los padres ni es Rey por razón sólo de un fin temporal. Le viene principalísimamente por razón de un fin espiritual.

   Al segundo. Es manifiesto por las palabras de Cristo, respondiendo a Pilato, pues no negó el reino, sino que negó la clase y el fin del reino, a que se refería Pilato.

   Al tercero. Decimos que Cristo vino por todos los hombres y es el Monarca de todos, como haremos constar ampliamente más tarde. Sin embargo vino especialmente por las ovejas de Israel.

   Al cuarto. Es evidente por todo lo dicho. No negamos que fue Rey de los judíos. A las palabras de Juan 6, que no quiso ser Rey, protestamos que no quiso usar de los poderes temporales, porque no hacían relación al fin de su reino.

   Al quinto. Es claro que los Magos entendieron la profecía en su sentido auténtico y verdadero, mejor que los judíos y los demás, porque ellos encontraron al Niño reclinado en un pesebre y dentro de una casa paupérrima, y no se aterraron por ello, sino que lo adoraron como Rey, como lo enseña el Crisóstomo en su Comentario sobre Mateo.

   Al sexto. Son varias las exposiciones en torno a esto, pero al presente basta decir o bien que Cristo quiso mostrar la libertad de la Iglesia y la inmunidad para los eclesiásticos, o bien quiso enseñarnos que Él no estaba obligado, y esto segundo es lo que nosotros defendemos. Pero esto no lo tuvo Él por sucesión, sino por donación de Dios, a causa de la unión hipostática.

   Sobre el reino de Cristo debemos notar con santo Tomás en el libro tercero de su tratado Sobre el régimen de los príncipes, cap. primero, que Cristo tuvo poder también según la humanidad. Consta por las palabras: me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mateo, cap. último). San Jerónimo, Rabano Mauro y Remigio dicen que esto se entiende también según la humanidad, conforme a lo dicho por el profeta: Lo constituyó sobre las obras de sus manos. Lo mismo enseña san Agustín, y el Apóstol  en I Corintios aplica a Cristo las palabras sometiste todas las cosas bajo sus pies [Salmo 8, 8].

   ¿Qué cosas eran las propias de este reino? Lo dice santo Tomás en ese lugar en el cap. 12: “está bastante claro que el dominio de Cristo estaba ordenado a la salvación de las almas y a los bienes espirituales, aunque no se excluyan las cosas temporales en cuanto se ordenan a las del espíritu. Ahí en efecto dice santo Tomás que César Augusto hizo las veces de Cristo, que era el verdadero Monarca.

   En el artículo 14 dice que la Monarquía de Cristo comenzó en su nacimiento. Señal de esto fue que los ángeles le servían, y que los pastores y magos vinieron a adorarlo. En el artículo 15 dice: “aunque era Señor del orbe, sin embargo ordenó su principado a la vida espiritual, conforme a aquello que dice en Juan: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundantemente.

   En el artículo 16 dice que Constantino por inspiración divina fue solícito en dar y ceder el dominio a san Silvestre papa al que por derecho propiamente correspondía el reino o dominio temporal, no al modo como se les debe y lo tienen en algunas tierras, sino al modo como lo tienen en todo el mundo, a saber en cuanto lo requiere el reino espiritual de las almas. Santo Tomás nunca soñó que Cristo tuviera el reino por vía sucesiva ni del modo como los otros reyes reinan.

   En la Tercera Parte de la Suma de Teología, cuestión 59, donde trata de la potestad de Cristo, en el artículo 4 prueba que Cristo tuvo poder sobre las cosas humanas. La razón es que a quien se encomienda lo principal, se le encomienda también lo accesorio. Ahora bien todas las cosas humanas se ordenan al fin de la felicidad, que es la salvación eterna. Con respecto a ésta los hombres o son admitidos o son rechazados por el juicio de Jesucristo, según Mateo 25. Por consiguiente es manifiesto que todas las cosas humanas pertenecen a la potestad judiciaria del Señor.

   Sobre esta potestad dice Daniel 7 que Dios le dio poder y honor y reino. Santo Tomás en la Terceda Parte nunca habla de otra potestad temporal de Cristo, siendo así que en toda ella se habla expresamente sobre Él. Deben ser, por consiguiente abandonados todos los sueños.

   Es más; creo que cuando escribió la Tercera Parte de la Suma de Teología  [no][5] estaba santo Tomás por esa fantasía de que los emperadores eran vicarios de Cristo en cuanto a las cosas temporales, aunque hubiera defendido esto en el opúsculo Sobre el régimen de los príncipes, donde dice que todos los que no tuvieron el imperio con el consentimiento de la Iglesia Romana fueron tiranos.

   Pienso que esto no es verdadero en cuanto a la potestad propiamente temporal. Ciertamente que el pueblo cristiano no está de acuerdo con esto, tal vez porque al papa, por razón de su régimen espiritual, le pertenece también alguna vez el dominio temporal de modo extraordinario.

   Sin embargo, o bien se dice que los emperadores eran vicarios de Cristo y de sus sucesores, o bien que estaban bajo Él, porque a Cristo en cuanto Mesías y  al papa en cuanto su vicario les ha sido dado todo poder para usar de las cosas temporales y de los reinos en cuanto a lo necesario para fin y su oficio, es decir, para el gobierno de la Iglesia. De esta manera tienen algún poder sobre los reyes y emperadores. Pero pienso que no tienen del papa la potestad temporal.

   Que el reino de Cristo no fue sólo por sucesión lo defienden Nicolás de Lira y Gorran en el libro primero. El que sostiene que los padres de Cristo fueron verdaderos reyes tiene que decir que los Macabeos fueron tiranos, porque ocuparon el mando, viviendo todavía los reyes.

   Santo Tomás en cambio en el libro tercero Sobre el régimen de los príncipes dice que los Macabeos tuvieron un verdadero principado y dominio, aunque fuesen de estirpe sacerdotal, porque merecieron el mando por el celo de la patria y de la ley. Favorece esta doctrina lo que el Señor dijo al joven que le pedía: Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. El Señor le respondió: hombre ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros? De esto parece deducirse que Jesús niega que tenga poder temporal de juzgar.

   Ve sobre este particular: San Antonino, Primera Parte [de la Teología Moral], títulos 3, 4, 5, y 6; Enrique de Gante, Quodlibeto 6, cuestión 22; Glosas sobre Daniel caps. 2 y 7; el Burgense, El Escrutinio, Primera Parte, distinción 7, cap. 1, donde en todo el cap. sobre Daniel habla del reino espiritual de Cristo, y dice que trituró todos los reinos, no con guerras ni quitando el poder temporal, sino excluyendo la idolatría, que imperaba en esos cuatro reinos y ejercía sobre ellos la tiranía. Así lo declara Bautista Mantuano, respondiendo a una carta de cierto judío. Mucho mayor poder se manifiesta en que los hombres cambien los dioses que los reyes.


 

[1]  Ve Vicente Beltrán de Heredia, O. P.,  Francisco de Vitoria, O. P., Comentarios a la Secunda Secundae…, tomo VI, Salamanca, Biblioteca de Teólogos Españoles, 1952, págs. 494-500.

[2]  La descripción detallada de estos manuscritos la puedes hallar en:

V.  Beltrán de Heredia, O.P.,  Los manuscritos del Maestro Fray Francisco de Vitoria, O. P…., Madrid-Valencia, Biblioteca de Tomistas Españoles, 1928.

Teófilo Urdánoz, O. P., Obras de Francisco de Vitoria. Relecciones Teológicas…, por el padre…, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1960, que toma ese fragmento –como lo dice él mismo- de la obra citada en la nota 1.

[3]  T. Urdánoz, O.P., Obras de Francisco de Vitoria…, Madrid, BAC, 1960: De la potestad civil, pág. 180.

[4] Ib.

[5]  No siempre aparece aquí el estilo de Vitoria tan cortado, definido y claro como de ordinario. El copista comete algunas veces sus fallos, y me permito pensar que en este preciso lugar se le pasó por alto un no; de lo contraio la expresión quedaría confusa y contradiría lo afirmado inmediatamente antes: que santo Tomás en la Tercera Parte, a pesar de tratar explícitamente y siempre de Cristo “nunca habla de otra potestad temporal” que de la indirecta o por orden a la espiritual. El poder temporal de Cristo al modo de los reyes de la sociedad queda excluido en esa parte de la Suma de Teología.


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