FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

Meditaciones

PROTOPREHISTORIA PRIOR

Protopreprólogo a la historia que pretendo escribir

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


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Ramón Hernández

 

 

 


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Averroes: El mundo es eterno. En efecto, Dios es eterno y pudo crear el mundo desde la eternidad y no en el tiempo.

Tomás de Aquino: Tienes razón. Cabe muy bien la posibilidad de que el mundo haya sido creado por Dios desde la eternidad. La Sagrada Escritura, en cambio, afirma que Dios creó el mundo en el tiempo. La Sagrada Escritura tiene la verdad.

   A.: Si fue creado en el tiempo ¿cuándo? ¿cuántos años tiene el mundo?

   T.: Deja riendas sueltas a tu imaginación.

   A.: No basta. La norma es la razón, si no lo expresa el Libro.

   T.: La norma es la historia; las huellas. Si no existen huellas, lanza una hipótesis, que nos sirva de pista en el farragoso trabajo de esta investigación.

   Unos cuatro cuatrillones de años tiene el cosmos actual. Fue al principio un cosmos vacío, oscuro, que juzgó conveniente el Todopoderoso iluminar y colmar. Lo iluminó, y creó dentro de él un astro grande, casi como la tierra en la que ahora estamos. Era un astro resplandeciente, dinámico, que alegraba con sus movimientos variados en uno y otro sentido el mundo entero.

   Encerraba dentro de sí aquel astro un potencial enérgico sin límites conocidos, que originaba un dinamismo interno incalculable e incontenible. Esto se manifestaba en explosiones continuas, que lo agrandaban y que plagaban la superficie del astro solitario de múltiples géneros de seres con vida o sin ella, siguiendo los capricho del Todopoderoso, que parecía recrearse como un químico en su laboratorio. Era su juego el constante hacer brotar las vidas y apagarlas y hacerlas rebrotar de nuevo en combinaciones sin fin.

   Y creó la vida específica del hombre, después de otras muchas. A este hombre protopreprimigenio, similar al actual, dotado de inteligencia racional, de voluntad libre y responsable, puso el Todopoderoso al frente de ese astro único, que alegraba el cosmos. El hombre llamó al Todopoderoso Señor, reconociendo al principio su entera dependencia, y al cosmos llamó pléroma, porque encerraba en su seno todo cuanto de sensible había creado el Señor. Al Cosmos dio el nombre de mónada, por su unicidad y porque daba armonía al conjunto múltiple de los seres creados. Dios en cambio llamó al hombre subprior, como lugarteniente suyo ante los habitantes del pleroma: gobernador plenipotenciario, pero dependiente de su Señor. Como única muestra de esa dependencia una oración al día de acción de gracias y de alabanzas.

   Pronto se cansó el hombre de considerarse subprior o dependiente y de la oración diaria de acción de gracias y de alabanzas. ¿No soy yo inteligente y libre y dueño de toda la energía del universo procedente del pléroma? Dios le había dado compañera con que alegrarse, comunicarse y multiplicarse, sin necesidad de recurrir al creador? Lo tengo todo en mis manos. Soy tan Señor y Prior como Él. Dios lo castigó. Entraron los males en el pléroma. El peor de esos males fue la rebeldía y el egoísmo. El siguió sus pretensiones de independencia de Dios, y los hombres y los pueblos crecían en independencias y enemistades cada vez más sangrientas entre unos y otros. La guerras se hacían más violentas con el pasar del tiempo y se multiplicaban sobre el pléroma casi sin descanso. La energía subyacente parecía inagotable, manteniendo de día en día armas cada vez más poderosas. Conforme se explotaban las menas energéticas el pléroma se tornaba más incandescente, amenazando un bimbam ultra destructor.

   Millones de millones de años se sucedían sin que se llegara nunca a la verdadera paz. Los pueblos antes divididos se agrupaban ahora entre los más cercanos y unificaban un mínimo de intereses para actuar unidos con un único fin: destruir a las otras agrupaciones bien armadas y no fáciles de vencer. Era la guerra absoluta, en todo tiempo y lugar. Armas de efectos destructores nunca oídos se lanzaban unos ejes de pueblos contra otros. Proliferan las interesadas paces y los elementales acuerdos para lograr la aplastadora victoria contra el común enemigo. Al final sólo dos ejes de pueblos con armas de inconmensurable alcance se enfrentaban sin posibilidad de un mínimo acuerdo para conseguir la paz entre los dos grupos. Guerra total, victoria absoluta o vuelta a la nada.

   Era el final del primer tercio del primer cuatrimillón de años de la creación. Llegó el bimbam del pléroma. La suma concentración energética del interior y del exterior de pléroma hizo que estallara éste en multitud de desiguales partes, llenando el espacio del cosmos con desiguales astros, que fueron creciendo según la energía que se encerraba en ellos. Aquella humanidad primera, que había logrado llenar y dominar el primer pleroma, despareció de aquel astro único de la creación primera. Cuatrocientos mil cuatrocientos nuevos  astros comenzaron a brillar en el cosmos, buscando cada uno su órbita, para no chocar con los otros. Sólo uno conservó el núcleo de la vida, que a lo largo del segundo cuarto del primer cuatrillón de años iría apareciendo a la superficie. Y de nuevo tenemos al hombre, con ese primer pecado de concentrada soberbia y egoísmo y división ardiendo en su seno. El segundo cuarto del primer cuatrillón de millones de año fue tan desgraciado como el primero. Los bimbanes se sucedieron cada cuarto de cuatrillón de años más o menos y  con parecidos resultados.

   La historia de nuestro mundo siguió ese ritmo, como repitiéndose siempre, sin que el hombre consiguiera aprenderlo ni enmendarse; el envenado núcleo, invadido por la soberbia no parecía tener una absoluta cura. “Siempre tendréis pobres con vosotros”, porque el egoísmo no parece desarraigarse de nuestro pléroma. Sólo los humildes, comprensidos y generosos lo vencen sea individualmente sea en sociedad con otras personas de parecidos sentimientos. ¿Estamos al final del último cuarto del cuarto cuatrillón de años del comienzo del cosmos? ¿Y dentro de ese último cuarto en qué billón de años nos hallamos hasta llegar a un nuevo bimbam destructor-renovador?

   Difumina, difumina en tu loca imaginación el discurso; yo voy a comenzar mi historia, dejando estas  consideraciones protoprehistóricas, sean prior, secunda…  … o posterior. Mi historia, la que hoy comienzo a escribir, se limita a un trozo importante de espacio y tiempo en este cosmos, que nos parece inconmensurable y que es el nuestro. Sirva lo que antecede de protopreprólogo.   


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