FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

 

 

LOS DOS PODERES EN JUAN DE TORQUEMADA (1)

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

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Parte II

Parte III

 

            Aunque la vida de Juan de Torquemada transcurre en los albores del renacimiento, cuando se avanza hacia la formación de los poderosos estados modernos, la mentalidad del medievo cristiano es la que predomina en nuestro personaje. Torquemada en sus actuaciones y en sus escritos vive inmerso en la realidad y en la doctrina de lo que llamamos Cristiandad Medieval: unión estrecha, al menos como teoría y como ideal, entre los dos poderes, el civil y el eclesiástico, que tienen que dirigir la sociedad entera según los principios cristianos, pues su función principal es conducir a los hombres por el camino que les lleva a la felicidad completa y duradera, es decir, a la bienaventuranza eterna.

                Entre las numerosas obras de Juan de Torquemada destacan para nuestro propósito sus dos grandes tratados doctrinales: los Comentarios al Decreto de Graciano y la Suma sobre la Iglesia. En el presente estudio nos fijamos particularmente en estas dos obras, porque son elaboraciones científicas, están escritas con espíritu sereno, fuera de toda polémica, en la madurez de los últimos veinte años de su vida, y porque integra en ellas lo substancial de los tratados menores, en los que se hace referencia a nuestro tema

 

1. EL DERECHO Y LA JUSTICIA

1.1 Una suma teológica del derecho canónico

 

                Así podemos titular a sus Comentarios al Decreto de Graciano, cuyos manuscritos y ediciones dimos a conocer en el estudio sobre su vida y escritos. La primera edición, que es la que aquí usamos y cuya estructura editorial siguen las otras, fue llevada a cabo en Francia en los años 1519 y 1520. Fue preparada la edición por el consejero del Rey de Francia, Nicolás Bobier, con permiso real, y con la real licencia para hacer acomodaciones y adiciones. Tiene la siguiente portada, en el fol. 1r:

                JOANNES DE TURRE CREMATA, Super toto Decreto Commentaria Reverendi in Christo Patris Domini Joannis de Turre Cremata, O. P., Sabinensis episcopi ac Sacrosante Romane Ecclesie Presbyteri Cardinalis meritissimi tituli Sancte Marie trans Tyberim, vulgo dicti Sancti Sixti, Juris Pontificii ac Sacre Theologie interpretis acutissimi, Super toto Decreto, et primo super distinctionibus, haud sine exactissimo labore recognita per iuris utriusque famosissimum professorem Dominum Nicolaum Boberium, regium consiliarium, et Senatus Burdegalensis presidens, qui additiones edidit et summaria ante capitula et paragraphos apponi curavit cum repertorio examussim concinnato.

                [La portada está encuadrada en una cenefa renacentista. Debajo del texto transcrito hay dos viñetas; una de ellas alude a los dos poderes con las llaves de san Pedro y la espada del emperador, y la otra viñeta contiene el signo y el lema del editor. Y sigue el texto de la portada:]

                Habes lector amice commentaria Joannis de Turrecremata super toto Decreto, que in quinque dividimus volumina; Distinctiones uno complexi volumine; Causis, duobus; Tractatum de Penitentia, uno; et alio De Consecratione; addito Repertorio, quod sextum faciet.

                [Termina la portada con estas palabras:] Cum gratia et privilegio.

                [La portada del volumen que yo he utilizado, que pertenece a la biblioteca del convento dominicano de San Esteban de Salamanca tiene la firma del historiador dominico del siglo XVI "Fr. Hernando de Castillo"].

                [En el colofón del primer volumen, en el fol. 299v., leemos los datos de su impresión:] "Lugduni apud Joannem de Jonuelle dictum Piston, mense septembris anno millesimo quingentesimo decimo nono".

                [Según los colofones de los otros cinco volúmenes, el segundo, tercero y cuarto se imprimieron también en el mismo año, y el quinto y el sexto se imprimieron a principios del año siguiente de 1520, y todos en la misma imprenta].

                Siguiendo en el primer volumen, en el fol. 1v, además de la licencia de Francisco I de Francia, contiene algunas notas biobibliográficas de Juan Torquemada, tomadas de Juan Tritemio y de Rafael Volaterrano. Éste nos llama la atención sobre el testimonio del propio Torquemada sobre su toma de hábito dominicano en el convento de San Pablo de Valladolid; este dato se encuentra -nos dice- en este Comentario al Decreto, Tratado de la Penitencia, dist. 1, § Item in Lev., nº 78, ad 7, vol. cuarto, fol. 41v: [habla de la concesión de la indulgencia por el papa y dice que]

                "ad humilem supplicationem nostram Sanctus Dominus Noster Niccolaus pro sua clementia concessit conventui Predicatorum in Valle Oleti, in regno Castelle, unde nos sumus oriundi et Sacre Religionis habitum suscepimus, semel in anno pro festo Exaltationis Sancte Crucis usque ad decenium omnibus visitantibus conventum prefatum in predicta solemnitate, et ad eius fabricam manus porrigentes adiutrices secundum facultates eorum, indulgentiam plenariam".

                Muy importante para conocer el proceso de composición de esta voluminosa y valiosa obra, sobre la intención del autor y el enfoque teológico de su comentario, es la carta dedicatoria y de presentación con que encabeza el tratado. La dirige al Papa Calíxto III (antes Alfonso Borja).

                Deseando continuar -le dice- mis aficiones teológicas y escribir algo para el bien de los demás, observé que el temario, que nos ofrece Graciano en su Decreto, es oportunísimo y de gran utilidad. "Se trata en efecto en este libro de las altísimas y sumas cumbres de la teología": el misterio de la Trinidad de Personas en Dios; la infalibilidad, la presciencia y la predestinación divina; la creación; la nobleza del hombre; la Encarnación y la muerte de Jesucristo; los sacramentos; las virtudes teológicas; los dogmas católicos. Y va Torquemada señalando en su carta a Calixto III dónde encontramos algo de esos temas dentro del Decreto de Graciano.

                Por lo que se refiere a los temas más filosóficos añade: "además casi toda la filosofía moral se contiene en este libro, pues habla copiosamente de todas las virtudes, que son necesarias para orientar y fomentar las costumbres de los diversos estados de la religión". Con las sentencias y normas tomadas de los Santos Padres, de los concilios y de papas se nos enseña lo concerniente a la religión y a la disciplina, dando a cada uno según su condición y estado las reglas más apropiadas de vida personal y de convivencia social.

                "Habiendo contemplado todo este tesoro de doctrina y de vida, he decidido comentarlo, fijando principalmente mi atención en las cuestiones en que sobresale más la materia teológica que la jurídica. Por ello mis fuentes más principales para conseguir este fin han sido los más prestigiosos teólogos y filósofos". En efecto desde la misma carta-prólogo vemos con frecuencia en este comentario de Juan de Torquemada citas no sólo de la Biblia y escritores eclesiásticos, sino también de filósofos y pensadores antiguos paganos como Aristóteles, Cicerón, y Séneca, por el que siente el afecto de compatriota, añadiendo a veces al citarlo el posesivo "noster".

                Además de lo dicho y de la invitación de mis amigos, tres razones me han movido a emprender este trabajo, a pesar de mis limitaciones. La primera razón es la necesidad de dar a conocer la gran sabiduría que se encierra en esta áurea obra y que es como la luz "oculta bajo el celemín" por la falta de suficiente explanación de orden teológico y espiritual, para que "puesta sobre el candelero... alumbre a todos los que están en la casa de Dios". El segundo motivo es el deseo de ser útil a los demás, pues sé que "nadie nace para sí solo" (nemo nascitur sibi soli). Deseo, como manifiesta "nuestro Séneca en cierta epístola, quae scio in alium transfundere, et in hoc gaudio aliquid discere..."

Me mueven en tercer los lugar los premios prometidos a los que trabajan en la viña del Señor.

                Al hablar de los premios que espera de estos trabajos de dar a conocer los contenidos teológicos del Decreto, los resume en las dos glorias, la de los sabios en este mundo y la de los santos en el otro. Por lo que se refiere a la fama ante los hombres se aplica las palabras de Sab 8, 10 y 13:"alcanzaré gloria ante las muchedumbres" y "gozaré de la inmortalidad y dejaré para los venideros una memoria eterna". Con respecto a la bienaventuranza celestial dice que ese es el principal y máximo premio que aspira a conseguir, y que lo otorga la divina Sabiduría a los que la dan a conocer, según se expone en todo el capítulo 24 del Eclco.

                Cuenta también en esta carta-dedicatoria algo del proceso de elaboración de este comentario. Llegué a la distinción 8 de la primera parte del Decreto y, sintiéndome enfermo y viejo, aconsejado para seguir escribiendo, dejé el orden primero, y escribí sobre la tercera parte, que trata Sobre la Consagración. Esto me era más fácil por su afinidad "a la ciencia teológica, que profeso". Terminado esto, por la misma causa, empecé lo concerniente a la penitencia en la segunda parte del Decreto. Casi terminados estos comentarios, los presenté al papa Nicolás V para su corrección. Al sentirme restablecido volví a la primera parte, comentando las distinciones que me faltaban.

                Con mi flojo ingenio procuré seguir las sentencias más probables de los doctores, pasando las cuestiones menos teológicas, o más propias de juristas que de teólogos. Terminé mi empeño y lo presenté para su corrección a Su Santidad el papa Calixto III, "que en nuestros tiempos es considerado como luz en los dos Derechos, y fuente de sabiduría"; cuyo nombre de bautismo es Alfonsus, que significa alta fuente ("quasi Altus Fons"). Dígnese Su Beatitud recibir benignamente los trabajos de mi ancianidad.

                Toda esta obra de Juan de Torquemada, como él lo indica en esta carta a Calixto III y a lo largo de todo el comentario es una exposición teológica. Si a su célebre tratado de eclesiología se le puede considerar como la Suma Teológica sobre la Iglesia, a estos comentarios al derecho eclesiástico se les pueden llamar también Suma Teológica sobre el Derecho Canónico.

                Además del temario teológico indicado en la carta-dedicatoria, que se puede fácilmente encontrar y estudiar, pues el mismo Torquemada nos indica los lugares en que se trata de ellos, podíamos señalar los temas siguientes con sus propios lugares: el derecho y sus clases, la ley y la costumbre, el plebiscito, la constitución, la jurisprudencia, el privilegio (Primera Parte, distinciones 1, 2, 8, y 9); misión social de la Iglesia y sus Pastores en pro de los pobres y desvalidos (Ib., dist. 87 y 88); relaciones entre el emperador y el papa, o entre el Estado y la Iglesia (Ib., dist. 116); buen trato con respecto a los subditos (Segunda Parte, causa 12, cuestión 2, cánones 68 y 69); sobre la restitución (Ib., causa 14, cuestiones 3 y 4); sobre la prescripción (Ib., causa 16, cuest. 3, cánones 7 y 8).

                Los primeros puntos de que trata en el proemio se parecen mucho en su planteamiento y en su desarrollo a los artículos de la cuestión primera de la Suma de Teología de santo Tomás de Aquino:

 

                1. Necesidad de esta sacra doctrina que se contiene en este libro de los Decretos.

                2. Si es ciencia.

                3. A qué parte de la filosofía pertenece.

                4. Si es ciencia especulativa o práctica.

                5. Cuál es el objeto de esta ciencia.

                6. Si es más excelente que las otras ciencias...

 

                Parece tener delante el texto de la cuestión citada de santo Tomás, cuando al comenzar el primer punto del proemio, escribe: "Ad primum sic proceditur. Et videtur quod preter philosophiam naturalem et Scripturam Sacram non sit neccesaria hec scientia que dicitur canonica"...

 

1.2 Nociones sobre la costumbre y su obligatoriedad

 

                Entrando ya en el cuerpo del Decreto, sobre el tema de la costumbre, de que se habla en la dist. 1, canon 4, se plantea Torquemada, siempre al modo escolástico cuatro interrogantes, como si fueran cuatro artículos de una cuestión de un tratado medieval de teología:

 

                1. Si la palabra mos y consuetudo son lo mismo.

                2. Diferencia entre ius, mos y honestum.

                3. Si son necesarios varios actos para la introducción de la costumbre.

                4. En cuánto tiempo se consolida y se hace firme la costumbre.

 

                Una vez precisados los conceptos y examinadas sus modalidades de significado en los puntos primero y segundo, se pregunta en el punto tercero si se requieren varios actos para que se forme una costumbre. Digamos desde ahora, que Juan de Torquemada, en esta y en la mayoría de las cuestiones de talante filosófico-teológico recurre a una variada y amplia gama de autores, antiguos y recientes: Aristóteles, Cicerón, san Agustín, Hugo de San Víctor, san Bernardo, santo Tomás de Aquino, san Alberto Magno, etc. De la costumbre, termina diciendo Juan de Torquemada, se puede hablar de dos modos:

                Primero en cuanto que con la palabra costumbre queremos significar cierta disposición dejada en la mente del hombre por la frecuentación de los actos. De ella dice san Agustín que es como una "segunda naturaleza", y Marco Tulio Cicerón escribe que "consuetudinis magna vis est".

                Segundo en cuanto implica el derecho y la autoridad de la ley.

                Considerada la costumbre según el modo primero él establece su doctrina en dos conclusiones.

                Primera conclusión: no basta un solo acto para argüir o para presumir que tal hecho haya sido efecto de una disposición o costumbre.

                Segunda conclusión: algunas veces basta un segundo acto para argüir o presumir que ese hecho ha sido efecto de un hábito o costumbre.

                Pero es el segundo modo de considerar la costumbre el que es tratado de forma especial en el Decreto, a saber, en cuanto se ha establecido o puede establecer en ley con su correspondiente autoridad y exigencia. También aquí no basta un acto solo para que se considere nacida una costumbre y pueda instituirse como ley. En efecto para que una costumbre pueda tener valor de ley se requiere el consentimiento al menos implícito del pueblo y la determinación expresa de la autoridad pública aceptándolo. Ahora bien por un acto aislado no puede constar la existencia de ese consentimiento. Tratando de precisar el tiempo necesario para que una costumbre pueda adquirir el derecho y el valor de una ley, considera como suficiente diez años, pues con esa duración una costumbre se presume que ha conseguido firmeza.

 

1.3 En torno al concepto de derecho natural

 

                Comentando el can. 6 Ius autem, se pregunta Torquemada "si el derecho de gentes se distingue del derecho natural". Santiago Ramírez cree que Juan de Torquemada ha sabido recoger aquí la esencia del pensamiento de santo Tomás en esta materia y que se muestra más clarividente que grandes comentaristas posteriores, incluidos los de la Escuela Salmantina. El derecho de gentes bajo un aspecto es lo mismo que el derecho natural, y bajo otro aspecto no. En efecto derecho natural es lo que se adecua al hombre por su propia naturaleza. Esta adecuación o conmensuración puede darse de dos formas: una según la propia naturaleza considerada en sí misma, y otra según alguna circunstancia. En el primer caso tenemos el derecho natural estricto y en el segundo caso el derecho de gentes.

                El ejemplo con que mejor lo clarifica es el de la propiedad privada. Las cosas en sí mismas son comunes, es decir, por derecho natural, son comunes, pero por razón de ciertas circunstancias, o por derecho de gentes, pueden hacerse propias. Entre esas circunstancias señala: la mayor facilidad de su uso, la pacífica explotación del campo. Asi lo enseña, termina diciendo, Aristóteles en el libro tercero de los Políticos.

                Una objeción contra el derecho de gentes es la inexistencia o no constancia de la existencia de un acuerdo común entre los hombres para determinar que por tales razones de utilidad o por tales circunstancias se establecen unas normas, que, debido a eso reciben el nombre de derecho de gentes. Esta convención -responde Torquemada- no es necesaria, pues las cosas de derecho de gentes se adecuan tan de cerca al derecho natural que no necesitan una institución expresa, sino que la misma razón natural implícita o virtualmente las establece.

                En el comentario al can. 7 Ius naturale est se plantea Torquemada la cuestión de si es buena definición de derecho natural la siguiente: "ius naturale est commune omnium nationum eo quod ubique instinctu naturae, non aliqua constitutione habetur" (derecho natural es el común a todas las naciones, por fundarse, no en alguna constitución o acuerdo, sino en el instinto de la naturaleza). Responde afirmativamente. La definición está tomada del Decreto, que la asume a su vez del capítulo cuarto del libro V de las Etimologías de San Isidoro. Se aducen además las autoridades de san Alberto Magno, santo Tomás, Aristóteles y Cicerón.

                Pone como ejemplos de derechos naturales: el matrimonio, la educación de los hijos, la propia defensa, la libertad y la comunidad de bienes. Acerca de esto último precisa los diversos sentidos en que la comunidad de bienes ha de considerarse como perteneciente al derecho natural. Y enseña que bajo cuatro puntos de vista puede decirse que la posesión de las cosas en común es de derecho natural.

                En primer lugar la comunidad de bienes se dice que es un derecho que pertenece a la naturaleza, no porque el derecho natural dicte que todas las cosas han de poseerse comúnmente y que nada debe poseerse como propio, sino porque por derecho natural no hay distinción de posesiones, sino que esta división se hizo por acuerdo entre los hombres, para evitar las discordias que suelen originarse de la comunidad de bienes.

                En segundo lugar pertenece al derecho natural la comunidad de bienes, referida ésta a los casos de extrema necesidad, pues todos los doctores reconocen que en caso de extrema necesidad todas las cosas son comunes. Y por consiguiente en semejantes situaciones no hay propiamente robo, pues esa necesidad extrema hace suyo propio todo lo que se necesita para sostener la propia vida.

                El tercer sentido en que la comunidad de bienes se puede decir de derecho natural es en cuanto al uso. Las posesiones deben hacerse privadas, porque cada uno está inclinado a mirar mejor por las cosas propias que por las comunes. El uso sin embargo, según enseñan Aristóteles y santo Tomás, debe ser común según el proverbio que dice que es de amigos gozar de las cosas en común. Esta comunidad de uso se funda en el amor natural que debe haber entre los hombres, de manera que fácilmente el hombre disponga de sus bienes teniendo en cuenta las necesidades de los otros. Esto lo enseña también san Pablo en I Tim 6, 17s: "a los ricos de este mundo ordénales que sean fáciles en comunicar sus bienes".

                El cuarto y último sentido en que dice Torquemada que se entiende la comunidad de bienes como de derecho natural es por lo que se refiere al estado de inocencia, pues en ese estado las voluntades de los hombres estaban tan ordenadas que sin peligro de discordia se usaban todas las cosas comúnmente, según a cada uno competía.

 

1.4 El derecho civil y su justicia

 

                Comentando el can. 8 Ius civile de la distinción primera de la primera parte, Torquemada propone la cuestión de si el derecho civil deriva del derecho natural. La respuesta que da es afirmativa, y trae a colación, como otras veces, a Cicerón, san Agustín y sobre todo a santo Tomás.

                Una ley para que sea verdaderamente ley tiene que ser justa. Y es en la justicia en donde se encuentra la esencia de la verdadera ley. En las cosas humanas se dice de algo que es justo en cuanto es recto o adecuado a la regla de la razón. Ahora bien la primera regla de la razón es la ley natural. Luego la ley humana o civil en tanto tiene razón de la ley en cuanto deriva de la ley natural, o en cuanto se conforma a la ley o exigencias de la humana naturaleza.

                Hay normas que derivan de los principios comunes de la ley natural a modo de conclusiones. Así del principio de la razón natural de que no se debe hacer mal a nadie se deriva como conclusión la ley positiva que prohíbe el homicidio. Otras normas derivan del derecho o de la ley natural a modo de determinación o concreción. Así es ley natural que el pecado debe ser castigado, pero el que sea castigado con esta pena concreta es ya una determinación de la ley positiva. Ambas cosas, las conclusiones y las determinaciones, se encuentran en el derecho civil, pero el vigor de las primeras no sólo lo reciben de la ley humana, o positiva, sino también de la natural. En cambio las segundas o las determinaciones sólo tienen el vigor que les viene de la ley positiva o humana.

           

1.5 Concepto de derecho de gentes

 

                En el comentario al canon 9 Ius gentium Juan de Torquemada se pregunta si es buena la definición dada por san Isidoro en el cap. 6 del libro V de las Etimologías, y asumida por el Decreto, a saber: "es derecho de gentes la ocupación del domicilio, la edificación, la defensa, la servidumbre, el retorno a la patria, las alianzas, las treguas, las paces, la inviolabilidad de los legados, la prohibición del matrimonio con extranjeros. Todo esto recibe el nombre de derecho de gentes, porque de él usan casi toda clase de gentes".

                Torquemada advierte que no es una definición propiamente dicha la ofrecida por el Decreto, sino que es una descripción por los efectos. La definición verdadera es la que da el Digesto, De Iustitia et Iure, ley Omnes populi: "quod vera naturalis ratio inter omnes homines constituit id apud omnes gentes pereque custoditur vocaturque ius gentium, quasi quo iure omnes gentes utuntur. Itaque ius gentium dicitur id quod ratio naturalis apud omnes homines constituit".

                La cuestión que se plantea a este propósito Juan de Torquemada es cómo se distingue el derecho de gentes del derecho natural: ¿son dos derechos formalmente distintos? Expone en primer lugar la doctrina del dominico Durando de Saint Pourçain en su tratado De legibus y que se puede resumir en las siguientes tres conclusiones.

                Primera conclusión: el derecho natural y el derecho de gentes no se distinguen formalmente.

                Da la siguiente prueba. Aquellas conclusiones que se reducen a un mismo medio formal no se distinguen formalmente. En efecto la conclusión recibe su entidad del principio de donde procede y por consiguiente también su distinción formal. Ahora bien en las conclusiones del derecho natural y en las del derecho de gentes el fundamento es la naturaleza misma absolutamente considerada; luego sólo hay entre ellas diversidad accidental, y por consguiente no exite distinción formal entre los dos derechos, el natural y el de gentes.

                Las conclusiones del derecho natural y del derecho de gentes se distinguen en que las primeras son del derecho natural primario, para cuya observancia hay una inclinación común en todos los animales, mientras que para la observancia de las segundas hay una inclinación natural común en todos los hombres. Por eso dice Durando que a veces al derecho de gentes se le llama derecho natural, porque no hay más que distición accidental con el derecho natural. Así aparece en Institutiones, De eorum divisione, § Singulorum.

                Segunda conclusión de Durando: el derecho natural en cuanto es común al derecho natural primario y el derecho de gentes se distinguen formalmente del derecho civil.

                Lo prueba de este modo. Para que unas conclusiones se distingan formalmente de otras tienen que tener unos principios formalmente distintos. Ahora bien las conclusiones del derecho natural y las del derecho civil se reducen a principios formalmente distintos. En efecto las conclusiones del derecho natural miran a la naturaleza absolutamente considerada, y las conclusiones del derecho civil miran a la conveniencia pública. Por lo tanto ambos derechos se distinguen formalmente.

                Tercera conclusión de Durando: no puede haber más que dos derechos formalmente distintos, el derecho natural y el derecho positivo.

                La razón es que sólo hay dos principios que fundan las conclusiones políticas, pues todo lo que es necesario hacer lo dicta o la naturaleza de las cosas absolutamente hablando o la conveniencia pública.

                Juan de Torquemada no está de acuerdo con la doctrina tan sencilla de Durando de Sain Pourçain. Siguiendo a santo Tomás enseña que, aunque el derecho de gentes, como había dicho antes, sea natural en cuanto viene postulado por la naturaleza del hombre, no todo lo que es natural en este sentido debe decirse derecho de gentes.

                Efectivamente hay cosas que son naturales de una manera completa o absoluta, como son los primeros principios universales del derecho, que no han sido establecidos por la mera razón, sino que están por naturaleza ínsitos en la razón misma. Por eso Tulio Cicerón, definiendo el derecho natural, dice: derecho natural es lo que no engendra la opinión, etc. A este género pertenecen aquellas normas que son justas considerando absolutamente su naturaleza, como el principio: no harás a otro lo que no quieres que te hagan a ti mismo.

                En cambio el derecho de gentes, como dice santo Tomás en la Secunda Secundae, no mira a lo que por su naturaleza absolutamente considerada es justo, sino a lo que es justo según alguna circunstancia, y pone el ejemplo de la propiedad privada. Por eso santo Tomás en la Prima Secundae, cuest. 95, art. 4, dice que el derecho positivo se divide en derecho de gentes y derecho civil según el doble modo de derivar uno y otro de la ley natural.

                Al derecho de gentes pertenecen las cosas que derivan de la ley natural como las conclusiones de los principios primeros; así las compras y ventas justas, sin las cuales el hombre no puede vivir. Todo esto pertenece a la ley natural, porque el hombre es un "animal social", como dice Aristóteles en el libro primero de los Políticos. Las cosas en cambio que derivan de la ley natural por una particular  determinación o circunstancia pertenecen al derecho civil; según este derecho la sociedad o los que la gobiernan determinan un conjunto de normas para su bien o utilidad.

                Por eso, según dijimos, el derecho de gentes en alguna manera se distingue del derecho natural, y en alguna manera no. Se distingue del derecho natural en cuanto el derecho natural se toma de la naturaleza común a hombres y animales. Se comprende bajo el derecho natural en cuanto se toma por la naturaleza propia de los hombres.

                También se distingue el derecho de gentes del derecho consuetudinario por razones fundamentales. La primera es que el derecho de gentes se extiende a todos los hombres, mientras que el derecho consuetudinario afecta a cierto territorio o a cierta asociación de hombres. La segunda razón es que del derecho de gentes usan todos los hombres por el instinto de la naturaleza racional, mas el derecho consuetudinario procede no del instinto de la naturaleza racional, sino de las costumbres de los hombres. Por eso el derecho de gentes es uno para todas las gentes, y el derecho consuetudinario varía según la clase de gentes.

               

 1.6 Derecho privado y derecho público

 

                Sobre el can. 11 Ius publicum Juan de Torquemada estudia, entre otros los siguientes tres puntos:

 

                1º Qué es derecho privado y qué es derecho público.

                2º Qué misión social tiene el sacerdote.         

                3º Qué es y representa el magistrado en la sociedad.

 

                Con respecto al primer tema, Torquemada establece claramente las dos clases de derechos, el privado y el público, y la razón de su distinción. El privado -dice- es el que mira el bien o utilidad de los individuos. El público es el que atiende al bien común o a la utilidad de toda la república; mira por su bienestar y por su dignidad. Entre todo lo que contribuye a la utilidad y al bienestar de la república se encuetran las cosas sagradas, los sacerdotes y los magistrados. Por eso el Decreto en el canon que comentamos considera estas tres instituciones como partes del derecho público.

                Como resumiendo su pensamiento en torno a estos temas, se plantea dos cuestiones. La primera pregunta si para la utilidad de la república es necesario el sacerdocio. La segunda trata de si es pecado contra el derecho público no honrar a los sacerdotes y magistrados.

                Respecto de la primera pregunta establece esta primera conclusión: para la utilidad de la república fue necesaria la institución del sacerdocio y del magistrado. Aduce primero la autoridad de Aristóteles, que en el libro séptimo de los Políticos entre las cosas que considera necesarias para el buen gobierno de la ciudad juzga como máximamente pertinente el sacerdocio y lo califica, igualmente que al magistrado de los jueces, como los más dignos de los oficios que las ciudades o las repúblicas pueden tener.

                La razón de la institución del sacerdocio es porque sin el culto a Dios no puede haber una vida feliz, y por consiguiente tampoco una perfecta vida ciudadana, de modo que no haya nada que impida la verdadera felicidad, sino que todo contribuya a conseguirla. Por esa misma razón es necesario en la sociedad el magistrado, pues sin la autoridad de los jueces, que resuelvan las diferencias diarias entre los ciudadanos, la república no podría subsistir por mucho tiempo.

                Trae a propósito de ambas instituciones sendos textos bíblicos. El primero está tomado de Ex 28, 1, y nos habla de la fundación del sacerdocio, cuando dirigiéndose Dios a Moisés, le dijo: "y tú haz que se acerque Arón, tu hermano, con sus hijos, de en medio de los hijos de Israel, para que desempeñen el sacerdocio para conmigo". El segundo texto bíblico está tomado de Dt 16, 18, y nos habla de la creación del magistrado: "te constituirás jueces y magistrados en todas las ciudades que el Señor tu Dios te dará según tus tribus, para que juzguen al pueblo rectamente".

                Sobre la segunda cuestión que se había propuesto dilucidar establece la conclusión siguiente: el sacerdocio y el magisterio deben ser honrados en gran medida y los que no los honran  pecan contra la república.

                Ofrecemos dos de las razones que aduce. En la primera dice que los sacerdotes y magistrados hacen las veces o son vicarios de Dios en las cosas espirituales y temporales respectivamente. Por lo tanto el mismo Dios es honrado cuando son honrados aquéllos o es deshonrado cuando se deshonra a ésos, que le representan. Jesucristo lo expresó así, según Lc 10, 16: "el que a vosotros oye a mí me oye, y el que a vosotros desprecia, me desprecia a mí y al que me envió".

                La segunda de las razones es que los sacerdotes y magistrados son personas públicas y en ellas es honrada la misma sociedad. Por lo tanto van contra la sociedad los que deshonran a esas personas que la representan. Lo corrobora con un texto de la Sagrada Escritura, el de Dt 17, 12: "el que, dejándose llevar de la soberbia, no escuchare al sacerdote que está allí para servir al Señor tu Dios, o no escuchare al juez, será condenado a muerte".

                 Éstas son las nociones previas para pasar a tratar de las grandes cuestiones que hacen referencia al poder. Aquí las trata, como dijimos arriba, a propósito de las relaciones entre el emperador y el papa, o entre el Estado y la Iglesia (Decreto, Primera Parte, dist. 116); y cuando se ocupa del buen trato con respecto a los subditos (Ib., Segunda Parte, causa 12, cuestión 2, cánones 68 y 69).

                Mejor todavía que en el Comentario al Decreto de Graciano encontramos explicadas por Juan de Torquemada estas cuestiones en la Summa de Ecclesia. Y es en esta obra en la que vamos a fijarnos preferentemente para exponer el pensamiento de Torquemada sobre esta materia.

 


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