FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

DERECHOS HUMANOS E INCULTURACIÓN EN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.

Catedrático


 

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Ramón Hernández

 

 

 

 

I.- Fundamentos de los derechos humanos individuales, civiles y sociales

         Bartolomé de las Casas fue uno de los inspiradores e impulsores de las llamadas “Leyes Nuevas de Indias”, promulgadas en Barcelona en 1542, y completadas en Valladolid en 1543. Estaban redactadas con mucha dosis de humanismo, suprimían muchas encomiendas a los particulares  y se aspiraba a supresión de todas. Era uno de los objetivos de la lucha de las Casas a favor de los indios.

         En marzo de 1544 fue ordenado Bartolomé de Las Casas de Obispo de Chiapa en Sevilla. Había en la capital andaluza muchos indios esclavos o siervos de particulares. El nuevo obispo de Chiapa comienza a urgir en la misma Sevilla la aplicación de las Leyes Nuevas. Luego con un grupo de más de  cuarenta misioneros se embarca para su sede. Ya en América predica a los cuatro vientos la reciente legislación indiana. Pide que se ponga en práctica totalmente y de inmediato.

       La morosidad de unos y la oposición manifiesta de otros le crean un ambiente muy hostil en connivencia con las autoridades que gobiernan el Nuevo Mundo. La imposibilidad de vencer tantos intereses creados allá, en América, le hace pensar en la mayor eficacia de su lucha en España ante la corte y los consejos reales.

         En junio de 1547 se encuentra otra vez en la metrópoli, acosando al Emperador con sus memoriales. Deposición de los oficiales de Indias que no urgen las Leyes Nuevas, mayores avances en la plena liberación del indio americano, es lo que pide sin cansarse este implacable luchador por las libertades.

         Mantiene disputas públicas, de las que son famosas las habidas en Valladolid con el gran humanista y filósofo Juan Ginés de Sepúlveda en los años 1550 y 1551[1]. Publica en el bienio siguiente  nueve de sus tratados menores, que dan a conocer la realidad del comportamiento de conquistadores y colonizadores, la necesidad de la eliminación de la encomienda y los remedios para una verdadera y pronta colonización y cristianización.

         En los últimos años de su vida, ya octogenario, sigue ofreciéndonos grandes obras, como Sobre los tesoros del Perú y el Tratado de las doce dudas. Finalmente, ya a unos pasos de la muerte, como broche de oro de su extensa obra literaria y como fruto sazonado de tantas experiencias, nos ofrece un tratado doctrinal de mayores amplitudes conceptuales.

          Si hasta este momento su vida y sus escritos habían girado en torno a la defensa de los indios, ahora va a tratar  de defender a todos los hombres contra las opresiones de los gobernantes y de los poderosos. Este era el lema de su estandarte al final de sus días: los derechos humanos en toda su extensión frente a los abusos de la autoridad y del poder.

         Quizás pensara, como último recurso, que, defendiendo la libertad de todos, se respetarían definitivamente las libertades de los indios. El libro de que hablamos  se titula Sobre la imperial o regia potestad. Esta obra fue editada por Luciano Pereña Vicente  en 1969 con este epígrafe: De regia potestate, o Derecho de autodeterminación[2].

         Vamos a dar solamente de este tratado los puntos clave, que hacen referencia a la libertad de los ciudadanos frente a los poderes establecidos. Digamos primeramente que la cuestión, que trata de resolver en la obra, es ésta: ¿tiene derecho el rey a enajenar parte de su reino o de sus súbditos? La respuesta será negativa, porque, como dice repetidamente, el rey no es propietario de su reino, sino sólo administrador. Es rey porque el pueblo ha confiado en él el gobierno de la sociedad, y, para las cosas importantes debe consultar siempre al pueblo, que es en absoluto el que tiene el poder.

         Con esta argumentación de fondo, Bartolomé de Las Casas va exponiendo los derechos del hombre y defendiéndolos, como hizo en las obras anteriores, con argumentos abundantes y de todo orden: escriturísticos, filosóficos, jurídicos, teológicos, históricos…

        Presentamos ahora un breve elenco de derechos humanos, que aparecen en esta obra, remitiendo en las notas al lugar preciso en que se encuentran, es decir el número y las páginas; la página entre paréntesis se refiere a la edición citada en segundo lugar (Alianza Editorial)[3]:

  1. Desde el principio todos los hombres son libres y todas las cosas son alodiales o libres de impuestos por derecho natural o de gentes[4].

  2. La libertad es un derecho inherente al hombre y existe idéntica en todos los hombres desde el principio de la naturaleza racional[5].

  3. La esclavitud es un fenómeno accidental: no obedece a causas naturales, sino accidentales, inventadas por el hombre[6]

  4. Todo hombre es libre, mientras no se demuestre lo contrario[7].

  5. Ningún hombre es vasallo o siervo de otro, si no se demuestra, pues la naturaleza no hace a unos vasallos de otros[8].

  6. Hombre libre es el que es dueño de sí mismo; el que dispone de sí y de sus cosas  según la propia voluntad[9]

  7. Toda prohibición, sea temporal sea perpetua, se opone a la libertad[10].

  8. Al principio todas las cosas eran comunes; por concesión divina los hombres tuvieron derecho a apropiarse las cosas por ocupación; las cosas son alodiales mientras no se pruebe lo contrario[11].

  9. La libertad nunca prescribe; por eso la prescripción va siempre a favor de la libertad y nunca en su contra[12].

  10. El emperador es señor de todo el orbe y el rey en su reino, pero sólo en lo relativo a la jurisdicción y a la protección del reino[13].

  11. Los reyes y demás soberanos no tienen dominio directo sobre las propiedades particulares, sino que son sus protectores y defensores[14].

  12. Ninguna sumisión, ni servidumbre, ni ninguna carga puede imponerse al pueblo, sin que éste dé su libre consentimiento[15].

  13. El poder de soberanía de los reyes procede inmediatamente del pueblo; el pueblo fue la causa eficiente de los reyes y es también su causa final; su origen del pueblo se hizo a través de elecciones libres[16].

  14. Como en un principio, los reyes deben nombrarse por elección popular, aunque por costumbre no se haga así[17]

  15. Toda ciudad es una comunidad perfecta; es autosuficiente y debe consultarse con ella antes de llevarla a la guerra[18].

  16. El hombre en sí mismo es imperfecto o incompleto; necesita de su ciudad o patria, que debe ser más importante para él que la misma monarquía[19].

  17. Ningún rey puede ordenar nada en perjuicio del pueblo o de los súbditos sin haber obtenido antes el consentimiento de los ciudadanos[20].

  18. El fin de la formación de los pueblos es su propio bienestar y prosperidad: que los hombres sean buenos ciudadanos y tengan paz, prosperidad y defensa contra los enemigos[21].

  19.  La libertad vale más que las riquezas; el gobernante que actúa contra la libertad del pueblo, obra contra la justicia[22]

  20.  El rey sólo puede mandar conforme a las leyes, y las leyes son para el bienestar de los ciudadanos, no para su perjuicio. Para este último caso debería obtenerse el consentimiento general[23].

  21.  Toda actitud de coacción o miedo sobre los súbditos quebranta el derecho natural[24].

  22.  El rey no puede vender los cargos públicos, pues no tiene propiedad sobre ellos, y deberá indemnizar los daños que de ello se sigan[25].

  23.  Para que una enajenación de una parte del reino sea válida, es necesario el consentimiento de todos los interesados[26]

  24. Los colonos de la gleba, si permanecen vinculados a la tierra que labran, es porque se adscribieron a ella voluntariamente, mediante un documento inicial en que hicieron constar su compromiso[27].      

  25. Igualmente puede uno por libre contrato convertirse en siervo de otro para determinados oficios[28]

 

 II. Inculturación misional y pedagógica

         De Fray Bartolomé de las Casas dice el hispanista norteamericano Lewis Hanke: “es una de la figuras más grandes y más discutidas  de la conquista de América por los españoles”[29]. Lo escribe en la introducción que hace a la primera gran obra del Defensor de los Indios, titulada El único modo de atraer a todos los hombres a la verdadera religión. La obra fue compuesta entre los años 1522 y 1524; la inclusión de la bula Sublimis Deus de 1537, que ha movido a varios autores a retrasar de redacción de este tratado, es, como advierte M. Mª Martínez “una añadidura de tantas como Las Casas introducía en sus manuscritos”[30]. En ella se recoge una ideología que habrá de mantener con su tenacidad característica hasta el último momento de su larga vida.

         Sus actuaciones en la corte imperial de Carlos V y ante las altas personalidades de gobierno trasminan todas ellas la mentalidad de esta famosa obra. Por oposición a otros escritos menores, verdaderamente incendiarios algunos de ellos, está redactada esta obra en un lenguaje reposado y manteniéndose en un nivel alto de doctrina. A pesar de sus amplias proporciones, es un tratado incompleto, pues se conservan sólo tres capítulos: el 5º, 6º y 7º del libro primero. Faltan al menos los cuatro primeros capítulos del libro primero y todo el libro segundo, del que varias veces cita él su contenido.

         Descubierta recientemente una de las copias manuscritas del siglo XVI, fue impresa por primera vez  en 1942, en latín y en español, por Agustín Miralles Carlo, Lewis Hanke y Atenógenes Santamaría. Antes era sólo conocido su contenido por el óptimo resumen que nos dio de este escrito el historiador dominico de principios del siglo XVII Antonio de Remesal.

         Es un verdadero tratado de teología misional, teórico y práctico, el mejor del siglo XVI, y marca un hito perdurable en este género de obras. Su configuración es muy sencilla. Enuncia una tesis que va demostrando paso a paso, indicando al mismo tiempo las lógicas consecuencias prácticas de su doctrina o sistema misional. El supuesto general es el siguiente: todos los hombres son iguales ante Dios, y por lo tanto Cristo llama igualmente a formar parte de su Iglesia a los hombres de “todas las naciones, tribus y lenguas, y de los ángulos de todo el orbe de la tierra”. Y si hubiera que hablar de cierta capacidad humana para recibir el mensaje evangélico, la raza india no desdice de ninguna; él lo expresa con la mayor convicción:

         “aseveramos no solamente que es muy razonable admitir que nuestras naciones indígenas tengan diversos grados de inteligencia natural, como es el caso de los demás pueblos, sino que todas ellas están dotadas de verdadero ingenio; y más todavía, que en ellas hay individuos, y en mayor número que en los demás pueblos de la tierra, de entendimiento más avisado para la economía de la vida humana. Y que si alguna vez llega a  faltar esta penetración o sutileza de ingenio, tal cosa sucede sin duda alguna con el menor número de individuos o, mejor dicho, en un número insignificante”[31].

         Una vez sentada esa base, por lo que se refiere al método misional, que es el objeto del libro, nos presenta la siguiente tesis, que irá luego demostrando argumento tras argumento: “la Providencia divina estableció, para todo el mundo y para todos los tiempos un solo, mismo y único modo de enseñarles a los hombres la verdadera religión, a saber: la persuasión del entendimiento por medio de razones, y la invitación y suave moción de la voluntad. Se trata indudablemente de un modo que debe ser común a todos los hombres del mundo, sin ninguna distinción de sectas, errores o corrupción de costumbres”[32].

         Resalta de modo continuado, persistente, sin miedo al cansancio y con afán casi desmedido a través de todas las páginas de su voluminosa obra, que el método de evangelizar a los indios americanos tiene que ser “blando, suave, dulce y delicado”. Estas cuatro palabras y sus sinónimos aparecen conjugadas, combinadas, parafraseadas sin descanso, enfrentándolas también con sus contrarias (aspereza, dureza, severidad, crueldad), que son las practicadas de ordinario por los encomenderos españoles en aquellas tierras. Prefiere cuatro a tres sinónimos, para convencer más.

         Ese método, que él propugna, lo presenta como el exigido por la psicología racional del hombre y postulado por la dignidad de la persona humana, que es libre y está orientada en todos los individuos a la máxima perfección. Oigamos alguno de sus múltiples párrafos: “la criatura racional tiene una aptitud natural para que se lleve, dirija o atraiga de una manera blanda, dulce, delicada y suave, en virtud de su libre albedrío, para que voluntariamente escuche, voluntariamente obedezca y voluntariamente preste su adhesión y su obsequio a lo que se oye.

         Luego el modo de mover, dirigir, atraer o encaminar la criatura racional al bien, a la verdad, a la virtud, a la justicia, a la fe pura y a la verdadera religión, ha de ser de modo que esté de acuerdo con el modo, naturaleza y condición de la misma criatura racional, es decir, de un modo dulce, blando, delicado y suave; de manera que de su propio motivo, con voluntad de libre albedrío y con disposición y facultad naturales, escuche todo lo que se le proponga y notifique acerca de la fe, de la verdadera religión, de la verdad, de la virtud y de las demás cosas que se refieren a la fe y a la religión”[33].

         En otro pasaje observa primero que la evangelización debe impartirse “de un modo tranquilo, modesto, agradable, detenido y en intervalos sucesivos de tiempo, persuadiendo al entendimiento y halagando o atrayendo suavemente la voluntad, declarando suficiente y eficazmente la utilidad y el premio que los creyentes han de alcanzar; pues la fe proviene de oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Jesucristo[34].

         Frente a ese método que él propugna, coloca luego el método contrario, seguido por muchos misioneros, doctrineros y educadores de aquel entonces: “si tales verdades se propusieran con arrebato, y rapidez; con alborotos repentinos y tal vez con el estrépito de las armas que respiran terror; o con las amenazas o azotes, o con actitudes imperiosas y ásperas; o cualesquiera otros modos rigurosos o perturbadores, cosa manifiesta es que la mente del hombre se consternaría de terror; que con la grita, el miedo y la violencia de las palabras, se conturbaría, se llenaría de aflicción, y se rehusaría por consiguiente a escuchar y considerar; se confundirían, en fin, sus sentidos externos al mismo tiempo que sus sentidos internos, como la fantasía o la imaginación.

         Y el resultado vendría a ser que la razón se anublaría y que el entendimiento no podría percibir uniforma inteligible, o amable o deleitable, sino más bien lúgubre y odiosa, puesto que estimaría todos esos modos como malos y detestables; y no tendría por tanto ninguna afinidad o conveniencia con el acto de creer, sino por el contrario una disconformidad y una incongruencia de las más detestables”[35].

         Sigue, como en sus grandes obras, un método y un estilo de argumentación plenamente escolásticos, a pesar de que su fondo doctrinal es del más subido humanismo, ya que parte de la dignidad y de la libertad del individuo y de los pueblos. Aduce de una forma ordenada y lógica abundantes pruebas de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, de los doctores de la Iglesia, del derecho civil y eclesiástico, de la historia y de la razón natural. No deja nada en el tintero, para conseguir demostrar que la evangelización tiene que rehuir toda fuerza física para ir derechamente al entendimiento y a la voluntad, exponiendo las verdades con claridad meridiana, repitiendo incesantemente y sin cansarse los argumentos, atrayendo con suavidad, dulzura, bondad y mansedumbre la voluntad de los nativos.

         Los principios sentados en esta obra por Las Casas constituyen el mejor manual de pedagogía de la fe, digno de ser seguido a la letra en nuestros días. Si un principio clave de misionología es lo que se llama “inculturación”, Bartolomé de Las Casas con su defensa de los valores culturales de los indios ha llevado la inculturación a su grado más alto. Los recursos que nos muestra son muy numerosos. Vamos a recordar ahora dos pasajes en este bosque bien repleto y ordenado del P. Las Casas.

         El primero de ellos hace referencia al arte. La buena y eficaz evangelización necesita del arte y de todas las habilidades humanas. Basado en el principio de que la costumbre engendra el hábito y forma en el hombre como una segunda naturaleza para obrar fácil, pronta y deleitablemente, escribe:

         “es necesario que quien se propone atraer a los hombres al conocimiento de la fe y de la religión verdaderas, que no pueden alcanzar con las fuerzas de la naturaleza, use de los recursos de este arte. Es decir, que frecuente y frecuentísimamente proponga, explique, distinga, determine y repita  las verdades que miran a la fe y a la religión; que induzca, persuada, ruegue, suplique, imite, atraiga y lleve de la mano a los individuos que han de abrazar la fe y la religión […]

         “Todo esto presupone que el ánimo de los oyentes se haya cautivado con la suavidad de la voz, con la alegría del semblante, con la manifestación de la mansedumbre, con la delicadeza apacible de las palabras. Con la amable inducción y con la benevolencia grata y deleitable”[36].

         Si Calderón de la Barca nos ofreció una visión de lo que es la vida del hombre en su auto sacramental El gran teatro del mundo, el P. Las Casas nos la presenta en esta obra como El gran juego de ajedrez, en el que todas las piezas, hasta las más insignificantes, son necesarias, porque a veces llega el momento en la jugada, en el que por un peón se gana o se pierde la partida.

         Cuenta a este propósito nuestro célebre catequista que un rey de Babilonia, llamado Evomelsadac, era tan cruel, tan maligno y tan tirano que llegó al extremo de hacer que se despedazara el cuerpo de su padre en mil fragmentos, mandando que se dieran a otros tantos buitres, temiendo que resucitara. Nunca podía oír de nadie, ni menos aceptar, ningún consejo o alguna reprensión por su vida perversa, antes por el contrario, maltrataba frecuentemente a quienes le aconsejaban o reprendían no escapando con vida ninguno de ellos.

         “Viendo esto un filósofo llamado Jerses, se propuso reducirlo a una vida racional con el juego de ajedrez que había inventado. Al efecto, comenzó por enseñar el juego a los camareros servidores, que sabía que eran más amados del rey y andaban más cerca de él atendiendo a su servicio, y jugaba a menudo con ellos en presencia del mismo rey. Mucho le agradó a éste aquel juego y quiso aprenderlo, diciéndole al filósofo que se lo enseñara”[37]. De la explicación de cada una de las piezas el sabio iba sacando sus altas doctrinas morales y políticas. También hacía las correspondientes aplicaciones prácticas a la situación calamitosa del reino. De esta forma logró temperar  el carácter iracundo del monarca y hacer de él un prudente gobernante.

         Las Casas observa que el cuento es válido para todas las personas.”Porque -dice- nuestra vida es como el juego de ajedrez, donde sucede a menudo que quien va a ganar, pierde el juego, porque voluntariamente deja que le quiten parte de su familia, e igualmente puede ser muerto por su adversario en cualquier ángulo del tablero”[38].

         El confuso y tiránico mundo de las nuevas tierras necesita un sabio que explique la función de cada pieza en este juego de ajedrez, que es la vida de los hombres. Ese sabio es el misionero, que, paciente y mansamente, va ganándoles a todos  a la buena convivencia.

         Así llegamos a la última conclusión que hace Las Casas de este largo pero gráfico ejemplo: “por donde el rey, esto es, la razón del hombre indisciplinado y la de aquel que yace en las tinieblas de la infidelidad, creyendo que va a ganar el juego, es decir, que va a persistir en su mala vida o en la ceguedad de sus errores, verá que el adversario de su sensualidad y de sus demás defectos, que sinceramente buscan su salvación, es el que ha triunfado al fin, ganándolo todo para Dios”[39].

         En el parágrafo vigésimo cuarto del capítulo quinto nos expone un resumen de todo lo anterior, siempre dispuesto, conforme a sus principios pedagógicos, a repetir, aunque con formulaciones nuevas lo fundamental de su doctrina. Advierte en ese lugar que hay “cinco partes integrales o esenciales que componen o constituyen la forma de predicar el Evangelio, de acuerdo con la intención y el mandato de Cristo”. Recojamos solamente el enunciado de esos puntos, pasando por alto el nuevo desarrollo que hace de los mismos:

         “la primera [de esas partes esenciales] es que los oyentes, y muy especialmente los infieles, comprendan que los predicadores de la fe no tienen ninguna intención de adquirir dominio sobre ellos […] La segunda parte consiste en que los oyentes, y sobre todos los infieles, entiendan que no los mueve a predicar la ambición de riquezas […] Consiste la tercera en que los predicadores se muestren de tal manera dulces y humildes, afables y apacibles, amables y benévolos al hablar y conversar con sus oyentes, y principalmente con los infieles, que hagan nacer en ellos la voluntad de oírles gustosamente y de tener su doctrina en mayor reverencia […]

         “La cuarta parte constitutiva de la forma de predicar, y más necesaria que las anteriores, es que la predicación les sea provechosa por lo menos a los predicadores; esto es, que tengan el mismo amor de caridad, con que san Pablo amaba a todos los hombres del mundo a fin de que se salvaran. Y notemos que son hermanas de esa caridad la mansedumbre, la paciencia y la benignidad […] La quinta parte constitutiva de la forma de predicar está contenida en las palabras de san Pablo citadas en el parágrafo 3º, a sabe: testigos sois vosotros, y también Dios, de cuán santa y justa y sin querella alguna fue nuestra mansión entre vosotros, que habéis abrazado la  fe[40].

         Vamos a poner fin a este breve resumen de tan magna obra. Para ello bien merece nuestro catecólogo que terminemos con un símil muy empleado en estos casos, y que él también procuró recordarnos: así como las gotas de agua, cayendo incesantemente acaban por taladrar las piedras, la pacientísima labor del pedagogo y del misionero reducirá sin duda a los más indispuestos a recibir la enseñanza o la fe. La vida de Bartolomé de Las Casas es la puesta en práctica de este símil.


[1]  Sobre este apasionante tema con sus diversas interpretaciones escribí hace casi treinta años Las Casas y Sepúlveda frente a frente, en “Ciencia Tomista” 102 (1975) págs. 209-247. Algunos investigadores me dijeron que no tanto frente a frente, pero que lo vean con calma. Sigo pensando que fue un verdadero choque frontal.

[2]  Esta es la portada de la edición de Luciano Pereña Vicente: B. de las Casas, De Regia Potestate, o Derecho de Autodeterminación. Edición crítica bilingüe por Luciano Pereña, J. M. Prendes… Corpus Hispanorum De Pace, 8 (C.S.I.C.), Madrid 1969. Tenemos también en cuenta otra buena edición posterior: Fray Bartolomé de las Casas, Obras Completas, 12. De Regia Potestate. Edición bilingüe de Jaime González Rodríguez. Introducción de Antonio-Enrique Pérez Luño…, Alianza Editorial, Madrid 1990.

[3]  Un estudio amplio sobre el verdadero planteamiento de la cuestión de los derechos humanos, su ambientación histórica y su  desarrollo en el tiempo lo ofrecimos hace algo más de veinte años en: Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas, primeros teorizantes de los Derechos Humanos, “Archivo Dominicano” 4 (1983) 199-266. En estos últimos días ha aparecido un artículo verdaderamente impactante por su aplicación a la situación política actual en el diario “El País”: Miguel León-Portilla (historiador y antropólogo mexicano), El perdurable alegato de fray Bartolomé, “El País”, martes 1 de junio del 2004, pág. 13.

[4]   Parte Primera (Cuestiones), Cuestión Primera, Sección I, pág. 16 (pág. 34).

[5]   Ib., nº 1, pág. 16 (pág. 34).

[6]   Ib., nº 2, pág. 17 (pág. 36).

[7]    Ib., nº 3, pág. 18 (pág. 36).

[8]   Ib., nº 3, págs. 18 y 19 (págs. 38 y 39).

[9]   Ib., nº 4, pág. 19 (pág. 38).

[10]  Ib., nº 5, pág. 19 (pág. 38).

[11]  Ib., Cuestión Primera, Sección II, nº 3, pág. 22 (págs. 42-44).

[12]  Ib., nº 4 y 5, pág. 22 (pág. 44).

[13]  Ib., Cuestión Primera, Sección III, nº 3, pág. 24 (pág. 48).

[14]  Ib., nº 8, pág. 27 (pág. 50).

[15]  Ib., Cuestión Segunda, Sección IV, nº 1, pág. 33 (pág. 60).

[16]  Ib., nº 3, pág. 34 (pág. 62).

[17]  Ib., Cuestión Tercera, Sección V, nº 3, pág. 39 (pág. 68).

[18]  Ib., Cuestión Cuarta, Sección VI, nº 1, pág. 40 (pág. 70).

[19]  Ib., nº 4, págs. 43-44 (págs. 74-77).

[20]  Ib., Parte Segunda (Conclusiones), Conclusión Primera, Sección VIII, nº 1, pág. 47 (pág. 80).

[21]  Ib., nº 2, págs. 48-49 (pág. 82).

[22]  Ib., nº 5, pág. 49 (pág. 82).

[23]  Ib., Conclusión Primera, Sección IX, nº 1-3, págs. 50-51 (pág. 84).

[24]  Ib., nº 5, págs. 51-52 (pág. 86).

[25]  Ib., Conclusión Tercera, Sección XV, nº 2, págs. 71-72 (págs. 118-120).

[26]  Ib., Conclusión Quinta, Sección XXIII, nº 1, pág. 90 (pág. 152).

[27]  Ib., Solución de Objeciones, Sección XXXIV, nº 1, pág. 111 (págs. 188-190).

[28]  Ib., Ib., nº 2, pág. 112 ( nº 1, pág. 190).

[29]  Bartolomé de las casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión. Advertencia preliminar y edición y anotación del texto latino por Agustín Miralles Carlo. Introducción por Lewis Hanke. Versión española por  Atenógenes Santamaría, México 1942, pág. XVIII.

[30]  Nota manuscrita de Manuel María Martínez, O. P. a su ejemplar de la obra citada en la nota precedente.

[31]  B. de Las Casas, Del único modo de atraer a todos los hombres a la verdadera religión…, México 1960) págs. 3s. En edición posterior: De unico vocationis modo… Edición de Paulino Casrtañeda Delgado y Antonio García del Moral , en Fray Bartolomé de Las Casas, Obras Completas, t. 2, Alianza Editorial, Madrid  1990, págs.12-13. Las páginas de esta edición las pondremos entre paréntesis  después de las páginas de la edición anterior.

[32]  Ib., pág.7 (págs. 16-17).

[33]  Ib.., pág. 15 (págs. 24-25)

[34]  Ib., pág. 41 (págs. 46-47); Rom 10, 17.

[35]  Ib., pág. 41, completando aquí la deficiente traducción (págs. 48-49).

[36]  Ib., pág. 95 (págs. 96-97).

[37]  Ib., pág. 103 (págs. 102-103)..

[38]  Ib., pág. 105 (págs. 102-103).

[39]  Ib., pág. 105 (págs. 104-105).

[40]  Ib., págs. 249-261 (págs. 246-259); el texto de san Pablo no es como dicen los editores 2 Tes 3, 7, sino 1 Tes 2, 10.


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