FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

OTRO TRIÁLOGO: ERASMO – VITORIA – LUTERO (i)

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

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Ramón Hernández

 

 

En un artículo de esta página web hablé un día de un fascinante triálogo. Consistía en poner al frente de una mesa redonda tres altas personalidades dominicanas de resonancia universal. El tema substancial era los indios del recién descubierto Nuevo Mundo y los problemas que fueron apareciendo en el contacto entre los naturales y los extranjeros. Los problemas afectaron de modo especial a España, pero repercutirán muy pronto en toda Europa. Para España los dos fines primordiales fueron la colonización y la conversión a la fe cristiana de los naturales. La colonización encontró desde el principio muy graves obstáculos: la encomienda, los excesivos trabajos pedidos a los indios, los malos tratos por parte de los encomenderos, incluso la esclavitud. La evangelización no llevaba consigo la obligación forzosa de la conversión, pero suponía para los misioneros un esfuerzo muy notable para aprender las lengua aborígenes y hallar un método adecuado para anunciar un mensaje, que era  muy extraño para los habitantes de aquel mundo.

   Las Casas, Vitoria y Soto trataron de dar soluciones a toda esta problemática. Se hacía manifiesta en Bartolomé de las Casas la experiencia viva de muchos años de contacto con la situación de los indios, su cultura, sus sentimientos, por una parte, y con la actitud, los comportamientos y los intereses de los españoles por otra, que el “Defensor de los Indios”, que era Bartolomé de Las Casas. resaltaba de continuo con particular viveza, defendiendo la colonización y la evangelización sin el uso ni la presencia de las armas.

Se observaba igualmente la actitud serena del sabio catedrático de Salamanca, Francisco de Vitoria, que procuraba sopesar las noticias muy diversas que lograba conseguir del Nuevo Mundo: los informes que le llegaban de los misioneros, siempre en pro de la causa de los indios, pero no siempre claros en el comportamiento de los encomenderos y en la conveniencia de la presencia y uso de las armas. Estableció las bases del Nuevo Derecho Internacional, que aboga por los derechos de las personas y de los pueblos, que era necesario colocar en el comienzo de todo diálogo sobre esta materia.

Veíamos la actitud más retraída de Domingo de Soto, enemigo con Las Casas del sistema de las encomiendas de los indios y sus pueblos a conquistadores y encomenderos, y que eran la raíz de tantos desastres para los naturales del Nuevo mundo, pero no veía con claridad la eliminación de la presencia del ejército armado en la evangelización, pues era frecuente la actitud violenta de los indios con la matanza de misioneros y colonizadores.  

Todo esto lo hemos visto en la página web indicada, completándola con la exposición de los derechos de los hombres y de los pueblos en Vitoria y en las Casas, verdadero complemento de sus doctrinas y logro definitivo con valor para todo tiempo y lugar.

 

I. Presentación de los personajes y sus principios

 

     El trío que ahora contemplamos también en pública mesa redonda está formado por tres grandes personajes plenamente contemporáneos, aunque de nacionalidades diversas: Erasmo de Rotterdam (holandés), Francisco de Vitoria (español) y Martín Lutero (alemán). Si el tema del primer triálogo había sido los indios del Nuevo Mundo con toda la problemática arriba indicada, el tema central de este otro triálogo es la libertad, tan exaltada por los humanistas y tan desconsiderada por los llamados “reformistas”.

   Hay en efecto en el siglo XVI grandes movimientos religiosos, filosóficos, literarios y políticos que condicionan fuertemente el problema de la libertad de conciencia y de expresión en ese tiempo.

   Un movimiento de gran fuerza en el siglo XVI es el humanismo renacentista. El pensamiento humanístico tiene como centro de su visión del mundo al hombre, y, dentro del hombre, su libertad como máximo bien, después de la vida. Dentro de la libertad figura en primer término la libertad de conciencia, como principio y raíz de todas las expresiones o manifestaciones externas de esa libertad de conciencia. Así tenemos la libertad religiosa, la libertad moral, la libertad política, y la libertad de expresión y de imprenta. Este movimiento va a encontrar sus grandes oposiciones en cada uno de esos campos. Por eso sólo logrará a medias, o en grado bastante reducido, sus objetivos. Pero la siembra estaba echada e iría invadiendo poco a poco las mentes de los individuos más representativos, y llenando los distintos estamentos sociales.

   Otro movimiento, en gran parte opuesto al primero, pero que llena también el siglo XVI y lo define de alguna manera es la Reforma Protestante. Digo que en gran manera se opone al movimiento humanístico del Renacimiento: 1º por la dependencia de los humanistas con respecto a la Grecia y Roma Clásicas o paganas; mientras que la única antigüedad que importa a los reformistas es la de las fuentes cristianas, es decir las Sagradas Escrituras. 2º Por la importancia que daban los humanistas a las obras, mientras que para los protestantes las obras no valen nada, y lo que únicamente vale y santifica es la divina gracia de Cristo. 3º Para los humanistas el valor supremo es la libertad, el libre albedrío, mientras que los protestantes viven un claro determinismo, que es el determinismo de la predestinación y de la gracia; de este modo hacen a la voluntad humana esclava o sierva, contra la voluntad libre, con la libertad de conciencia y con libre albedrío, piezas substanciales en el pensamiento renacentista; los humanistas en este punto de la libertad miran al futuro, un futuro cada vez más libre; los protestantes miran al pasado, a un pasado que determina más el futuro.

   Un tercer movimiento es el representado por la escuela teológica católica más importante del siglo XVI, que es la Escuela Teológico-Jurídica de Salamanca. Cree en la libertad de conciencia, pero no cree en la necesidad de destronar a Dios como el centro de su sistema filosófico-teológico. El hombre no es el centro, pues la máxima dignidad del hombre es ser imagen de Dios; el centro no es la imagen, sino su causa efectiva y modelo, o causa eficiente y ejemplar, que es Dios. Propugna, como uno de los temas más importantes, el de los derechos del hombre y de las sociedades humanas, pero piensa que por encima de todas las libertades está la verdad y el bien común. Mira ciertamente hacia el futuro como un desarrollo cada vez mayor de la libertad y sus derechos, pero no olvida el pasado, es decir el riquísimo legado que ha recibido de los siglos precedentes, y gusta de vivir el presente con los problemas más fuertes y de más transcendencia que tiene planteados la sociedad en que vive.

   Tres nombres de tres personajes muy significativos de la primera mitad del siglo XVI pueden colocarse como los más emblemáticos para representar estos tres movimientos en la historia de la Iglesia y de la teología para todo ese siglo. Los tres son por otra parte plenamente contemporáneos. Francisco de Vitoria y Martín Lutero nacieron en el mismo año, esto es, en 1483, y murieron también en el mismo año, es decir, en 1546. Erasmo de Rotterdam nació algo antes, a saber, en 1467, y murió también algo antes, esto es, en 1436. Vitoria  conoció a Erasmo en París, y admiró su humanismo, y salió varias veces en su defensa. Erasmo escribió a Vitoria, buscando un apoyo a su causa en las controversias sobre el humanista de Rotterdam en España. Alguna referencia hacemos aquí sobre el modo de pensar  de ambos con respecto a Martín Lutero.

   Como representante máximo del movimiento reformista está Martín Lutero, que destruye de un plumazo casi todo el legado cultural de la Edad Media y de la época patrística, para quedarse sólo con la Sagrada Escritura, calificando todo lo posterior como mala interpretación, o incluso corrupción del espíritu de Cristo, que se revela con certeza absoluta en la sola Escritura. Es una reforma de la Iglesia y de la Teología, que no es verdadera reforma, sino una auténtica revolución. Algunos lo calificarán de movimiento reaccionario, pues el medievo fue un perfeccionamiento, una evolución superadora de las épocas anteriores. Erasmo echará bien en cara a Lutero y a sus seguidores su espíritu destructor.

   Como representante máximo del humanismo renacentista cristiano tenemos la figura de Erasmo de Rotterdam, que elimina como inútil y época bárbara e inculta casi toda la Edad Media, pero que respeta y venera toda la Patrística, a la que edita con gran esmero y elegancia en Basilea, y que promueve el amor y la dedicación a la Sagrada Escritura, de cuyo Nuevo Testamento hizo una buena edición con un modelo de traducción latina, muy reeditada por él y sus discípulos y muy tenida en cuenta por los biblistas del siglo XVI y siguientes. También para mí Erasmo es un revolucionario, más que un reformista. Vitoria, que le admiraba, le echará en cara su ambigüedad con respecto a la Iglesia en muchos de sus puntos doctrinales y en las prácticas de piedad, que necesariamente repercutiría en el escándalo o en la desorientación religiosa de los fieles.

   Con respecto al movimiento de renovación de la teología católica, encauzado y representado sobre todo por la Escuela Teológico-Jurídica de Salamanca, la figura más representativa es la del dominico Fray Francisco de Vitoria, considerado como el verdadero fundador de dicha escuela. Francisco de Vitoria no necesita eliminar ninguna de las conquistas anteriores. Considera la Sagrada Escritura como la fuente principal insustituible, siempre en la base y en la inspiración de toda argumentación teológica. Aprecia el gran valor de los Santos Padres como expresión viva y experiencial de los textos de las Sagradas Escrituras, y que nos han entregado un legado literario, que es un testimonio de la fuerza espiritual del contenido doctrinal, moral y espiritual de los libros sagrados, necesario para una argumentación teológica, que no sólo afecta a la inteligencia sino también a toda la vida afectiva y a toda la praxis cristiana. Vitoria no desprecia tampoco a los doctores medievales, que representan un progreso en la exposición de las verdades sagradas, utilizando como medio para la mayor inteligencia y vivencia de esas verdades la fuerza de la razón natural y de los logros de las argumentaciones racionales de los grandes filósofos de la historia, griegos, romanos y de otras procedencias. Todo este progreso intelectual expuesto con la dignidad humanística que se merece y proyectado hacia los problemas del hombre moderno fueron la verdadera reforma. Sólo este movimiento, entre los tres que hemos expuesto, merece el nombre de reforma, porque no destruye, sino que renueva, da nueva forma, o actualiza. 

   Thomas Chesterton concebirá el verdadero progreso, no como la destrucción de la tradición, sino como la misma tradición en marcha o caminando a un mayor perfeccionamiento. En su libro sobre santo Tomás de Aquino deja bien sentado este pensamiento, revalorizando la teología del medievo como más completa, mejor entramada y más profunda que la de sus despreciadores de los siglos XV y XVI; incluso la filosofía medieval en el siglo XIII aprovechó los filósofos clásicos, griegos y latinos, mucho mejor que lo hicieron los filósofos del Renacimiento; y en algunos casos, como en santo Tomás de Aquino, se da incluso una superación de los modelos greco-romanos[1].

   Erasmo terminará por recriminar a Lutero: tú has destruido los sacramentos ¿qué has construido para sustituirlos? Tú has destruido el episcopado y el papado ¿qué has puesto en su lugar? No has salvado nada de lo que ha ido construyendo la Iglesia a través de los siglos, como si nadie antes de ti hubiera actuado rectamente. Tu labor sólo ha sido destructora. Has destruido hasta la misma libertad.

   No debemos ser tan duros. El determinismo de Lutero no ha cerrado todas las puertas a la libertad de conciencia para el futuro. El libre examen como medio ordinario de la interpretación de la Biblia, sin la necesidad de ninguna autoridad, permitirá a los fieles las más variadas líneas de conducta moral.

 


[1]  Ni Pedro Pomponazzi, ni Marsilio Ficino, ni Juan Pico de la Mirándola, por citar a los máximos representantes de las escuelas aristotélica, platónica y neoplatónica  del Renacimiento crearon sistemas de pensamiento como los grandes maestros del siglo XIII y primeros decenios del XIV; aquellos pensadores renacentistas fueron más bien filósofos eruditos que filósofos creadores, como lo fueron los grandes maestros medievales. Francisco de Vitoria al enfrentarse con muchos de los pensadores y críticos del Renacimiento, que se ocupan de temas teológicos, no los llama “teólogos”, sino más bien “gramáticos metidos a teólogos”, pues erróneamente reducen la teología a una crítica del lenguaje o de los términos.

 

 


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