FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

OPUESTOS POR EL VÉRTICE

LAS CASAS ><SEPÚLVEDA (I)

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

 

 

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Ramón Hernández

 

 

 


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La evangelización debe hacerse sin armas: nunca armas, ni antes ni durante ni después: Bartolomé de Las Casas.

   La evangelización exige primero el sometimiento, si no es voluntario, se hará con armas: Juan Ginés de Sepúlveda.

   Convicciones plenas, cada vez más plenas. Las Casas al principio permitía algún raro caso de rara excepción. Pronto eliminó toda excepción: sin armas en toda su radicalidad. La evangelización debe hacerse sólo con la palabra y con el ejemplo, y contando necesariamente con la aceptación voluntaria y libre de los evangelizandos.

   Sepúlveda, cada vez más convenido de su tesis, aduce más argumentos, agudiza más la fuerza de sus armas, para primero someter y después evangelizar, sin ceder nada a Las Casas, como éste tampoco le hace ninguna concesión a él.

   Surgirán posiciones intermedias, que de momento son las que prevalecen o las que más se usan de ordinario, con el peligro de no respetar las culturas y tradiciones buenas o indiferentes de los indígenas.

   Hoy todos se irían con Las Casas, por representar la más plena y perfecta inculturación, elemento primordial en la evangelización de nuestros días.

   Asistimos en este estudio al enfrentamiento en pública palestra, y promovido por la autoridad suprema, de los dos paladines de las dos doctrinas, que se oponen por el vértice ellos y ellas

 

 

I. PRESENTACIÓN DE LOS CONTENDIENTES

 

   Tenemos delante a dos púgiles seguros de sí mismos, pero conscientes también del fuerte golpe del adversario, y que por eso han preparado bien su combate. Cada uno es un coloso en su género. Juan Gines de Sepúlveda es un gran humanista y filósofo, discípulo de Pedro Pomponazzi y buen conocedor y admirador de Aristóteles, al que traduce y comenta. Tiene relaciones y se cartea con Erasmo de Rotterdam, Juan Martínez Silíceo, Fernando de Valdés, Hernán Núñez “El Pinciano”, Luis de Lucena, Reginaldo Pole, etc. Es muy elogiado por sus contemporáneos, que lo consideran como un pensador relevante y uno de los más pulidos estilistas en latinidad.

   Bartolomé procede de diferentes raíces. Su formación es eminentemente escolástica; abandona las formas estilísticas y lo sacrifica todo por la idea, que repite de modo incansable hasta obsesionar a sus oyentes o lectores. Le gusta ir al fondo más profundo del problema y no abandona nunca el hilo conductor del argumento, aunque gusta de excursus o digresiones, como también acostumbra a hacerlo su adversario.

   Las Casas es un consumado teólogo, que conoce muy bien las leyes y juzga siempre sapiencialmente por encima de ellas. Sepúlveda se comporta más aquí como jurista, que conoce también la filosofía y la teología, y busca en éstas  los argumentos que den consistencia a las leyes.

   El primero –Las Casas- representa el más avanzado liberalismo, que desde el pedestal inconmovible de la sabiduría divina considera la flexibilidad e incluso la caducidad en muchos casos de las leyes y tradiciones humanas; el segundo –Sepúlveda- representa la tradición inmoble, las leyes que señalan los cauces para los hombres y para las instituciones y que son un reflejo de la voluntad divina o ley eterna.

   Porque son no solamente distintos, sino también contrarios, no llegarán nunca a comprenderse, no buscarán un punto medio en el que puedan estar de acuerdo; ambos quieren para sí entera la victoria. Después de durísimos combates, en que uno y otro sacan a relucir sus armas, cada uno piensa haber aniquilado a su adversario. Los dos, sin embargo, siguen su camino, defendiendo acérrimamente sus primeras y permanentes posiciones.

   Sepúlveda nos ofrece juicios muy severos sobre Las Casas, y Las Casas recrimina con verdadera dureza a su adversario. Veamos primero algunos de los juicios que se merece Las Casas en la pluma de Sepúlveda. Ya su amigo Antonio de Honcala, doctor en teología y canónigo de Ávila, le advertía en una carta sobre esta acritud en la forma de tratar a su enemigo, y Sepúlveda se justifica en la respuesta de la siguiente manera:

   “me dices textualmente: no desapruebo tu defensa, pero se echa de menos en ella un poco de moderación en la expresión. Te responderé con San Jerónimo, diciéndote que nadie debe tolerar que recaiga sobre sí la más leve sospecha de herejía, y que, si esto ocurre, debe reaccionar con vigor en la propia defensa… Sobre todo ten presente que jamás he descendido al terreno personal y que, si alguna vez levanto mi voz, lo hago de manera general, sin aludir concretamente a nadie”[1].

   Pese a las anteriores protestas, en carta a otro amigo, el inquisidor Martín de Oliva, doctor en ambos derechos, le dice a propósito de Las Casas: “me sería muy enojoso traer ahora a colación todos los chismes, artificios y maquinaciones de que se ha servido este hábil y astuto charlatán para quitarme la razón y oscurecer la verdad, dejando pequeñito al célebre Ulises. Para ello, como digo, se ha valido de toda clase de artimañas, y se ha rodeado de un grupo de amigos dispuestos a corearle”[2].

   Después de las célebres juntas, en su obra antilascasiana titulada Proposiciones temerarias… dice sobre su contrincante: “hasta aquí he respondido por la honra de Dios y de nuestros reyes y nación; ahora quiero volver por la mía en pocas palabras, porque bastará descubrir el arte y mañas que el obispo de Chiapa siempre ha usado contra mí. Y es que, viendo todas las raçones, que trae para contradezir la verdad que yo defiendo, son vanas y de muy poco peso, determinó de ponerlo todo en revuelta con calumnias y ficciones fuera de propósito, porque lo que yo afirmo y tengo escripto es en summa que la conquista de Indias, para subiectos aquellos bárbaros y quitarles la ydolatría y hazerles guardar las leyes de la naturaleza, aunque no quieran, y después de subiectos predicarles el Evangelio con las mansedumbres cristianas, sin fuerça ninguna, es justa y sancta […] y lo tomado por fuerza, fuera del derecho de la guerra, es robo y se ha de restituir”[3].

   A propósito del Confessionario de Las Casas, Sepúlveda se expresa en estos términos: “a lo que dice que quatro Maestros y dos Presentados, que nombra, de los más doctos y de más autoridad de su Orden, firmaron su Confessionario, dando también estos errores, digo que no es de creer que hombres tan doctos y tan graves firmasen tales disparates de tan mala doctrina, ó leyeron el libro con poca atención y lo firmaron por importunación y mañas, que no faltan al autor”[4].

   Las Casas no se queda atrás en sus juicios despectivos sobre su oponente. En el tratado que titula Aquí se contiene una disputa, al comenzar su duodécima réplica, escribe: “son tan enormes los errores y proposiciones escandalosas contra toda verdad evangélica y contra toda cristiandad, envueltas y pintadas con falso celo del servicio real, dignísimas de señalado castigo y durísima reprehensión, las que acumula el doctor Sepúlveda, que nadie que fuese prudente cristiano se debería maravillar, si contra él no sólo con larga escriptura, pero como a capital enemigo de la cristiana república, fautor de crueles tiranos, extirpador del linaje humano, sembrador de ceguedad mortalísima en estos reinos de España, lo quisiéramos impugnar”[5].

   Más adelante la emprende fuertemente contra su libro, al que considera a todas las luces infamatorio: “Item, anichilando la estima e opinión ante todo el mundo, infamando [a los Indios] de bestias e carecientes de razón de hombres, e que los pueden cazar o montear como animales brutos, incapaces de doctrina e llenos todos de nefandos pecados, a tan infinitas naciones, siendo, contra innumerables, testimonio falso este su libro (o libello digo). Con todas estas tan egregias y tantas cualidades quiere el muy reverendo doctor Sepúlveda que no sea infamatorio, sino que permanezca y sea como escriptura sagrada en cátedra”[6].

   En la Apología viene a acusar a Sepúlveda del mismo pecado que éste echa continuamente sobre las espaldas de Las Casas, es decir, la astucia o la artimaña: “no descansó Sepúlveda, más aún, despreciando el juicio de las universidades y de ambos consejos reales, envió en forma subrecticia la obra a Roma, para que allí fuera impresa, buen conocedor del ambiente liberal de aquella ciudad y sabiendo bien que no habría allí nadie que rechazase sus dardos venenosos, oponiéndolos su pecho”[7].

   Antagónicas son sus tesis, y antagónicas sus formas de argüir a propósito de unos mismos textos. Los dos son de plena actualidad, pues representan la eterna lucha del débil contra el poderoso, de los derechos de los de abajo contra las pretensiones dominadoras de los de arriba, de las aspiraciones legítimas del tercer mundo contra la fuerza avasalladora de los pueblos superdesarrollados bajo el punto de vista técnico y económico.

   Para la comprensión de esta contienda es necesario ante todo estudiar las obras que uno y otro nos han dejado sobre ella. De Juan Ginés de Sepúlveda nos han quedado las siguientes: Democrates alter; Epistolarum libri septem; Apología pro libro De iustis belli causis; propositiones temerarias[8]. Las Casas también nos dejó principalmente dos buenos escritos sobre esta disputa: Apología; Aquí se contiene una disputa o controversia[9].

 

 

II. BREVE HISTORIA DE LA CUESTIÓN

 

   Entre 1544 y 1545 Juan Ginés de Sepúlveda compone su obra Democrates alter [o Secundus], sive de iustis belli causis apud indos. Las dos tesis más importantes del libro eran éstas: primera, que las guerras hechas por los españoles contra los indios de América eran justas, para que abandonen sus costumbres contra la naturaleza, y vivan sometidos a los reyes de España; segunda, que sólo después de sometidos, es cuando los indios deben ser evangelizados por los misioneros según la mansedumbre evangélica.

   Sepúlveda quiso obtener del Consejo Real de las Indias licencia para publicar su obra, pero no lo consiguió. Sus amigos obtienen del Emperador una cédula, por la que el libro pasa al Consejo Real de Castilla. Llega de Las Indias a España el P. Las Casas en junio de 1547 y, al enterarse de la obra de Sepúlveda y sus esfuerzos por llevarla a la imprenta, hace campaña contra la impresión de ese libro. El Consejo Real de Castilla envía en 1548 el tratado de Sepúlveda a las universidades de Salamanca y Alcalá, para que lo examinasen y vieran si convenía proceder a su impresión.

   La guerra y la colonización de Indias eran el tema del momento en los ambientes intelectuales. Francisco de Vitoria había llevado su discusión a las aulas universitarias, y sus orientaciones magisteriales ofrecían abundante pábulo a las controversias privadas y públicas, y de modo especial a las disputas escolásticas.

   En la correspondencia epistolar de Sepúlveda de 1548 se acusa la actualidad de estas discusiones a propósito de un Capítulo Provincial de los dominicos de Andalucía. Le da la noticia Martín de Oliva desde Córdoba, cuando Sepúlveda se encontraba apartado del mundanal ruido en su retiro de Pozoblanco:

   “días pasados los dominicos del convento de San Pablo, entre los que se cuentan muchos doctos y santos varones, han celebrado lo que ellos llaman “Capítulo Provincial”, dedicado a discusiones teológicas. Las disputas con tal ocasión mantenidas entre ellos y con religiosos de otras órdenes han sido muy vivas, pues cada cual se aferraba firmemente a su posición.

   “Dos han sido los temas principales allí tratados: el primero, el asunto que tú tan escrupulosamente tratas en tu Demócrates Segundo, a saber: la licitud o ilicitud de la guerra contra los bárbaros del Nuevo Mundo, llamados comúnmente indios en España, y demás cuestiones afines que tú tan elegantemente expones en tu obra; y el segundo, si el Papa tiene o no autoridad sobre el Concilio Ecuménico, o éste puede por sí mismo tomar decisiones contra la voluntad del sumo pontífice”[10].

   En la contestación de Sepúlveda se hace referencia a otras discusiones, en las que aparece, sin ser nombrado, el espectro atemorizante de Fray Bartolomé de Las Casas:

   “me dices que los frailes Dominicos han celebrado en esos días uno de sus Capítulos Provinciales; con tal ocasión habrá habido en Córdoba una enorme afluencia de religiosos. Por lo que veo, con tal certamen, has disfrutado de un verdadero espectáculo. Feliz tú que has podido presenciar tal simulacro de batalla sin exposición por tu parte.

   “En cambio yo he tenido que soportar, no una discusión intranscendente, sino lo que se dice una verdadera batalla campal contra ciertos teólogos muy sabios, eso sí, pero testarudos como ellos solos.

   “Yo he tenido que luchar desde posiciones más desfavorables que mi adversario. Si nuestras fuerzas hubieran sido iguales, muy otro bubiera sido el resultado, y no me hubiera visto acosado, como me vi, por el astuto promotor de la contienda. Daba éste la impresión de un general que agotaba todos los recursos de la táctica y de la emboscada para derrotar a su enemigo. Si yo hubiera tenido tropas y recursos bélicos numéricamente iguales a los suyos, su derrota hubiera sido segura. Así no se puede hablar de una derrota en campo abierto; más bien lo que destacó en aquel simulacro de juicio fue el fraude y el engaño”[11].

   El libro de Juan Ginés de Sepúlveda fue rechazado por las universidades de Salamanca y Alcalá por motivos que a él no le convencieron, sospechoso siempre de las artimañas de su contrario, y él está dispuesto a recurrir aún más arriba hasta lograr su aprobación. Veamos cómo se expresa en su carta a Martín de Oliva:

   “las universidades de buena fe confiaron la decisión del conflicto a un selecto grupo de personalidades, entre las cuales mi adversario llevó previamente a cabo una labor de captación o de zapa contra mí, con lo que resultó que la mayoría de los jueces eran precisamente los que antes ya se destacaban contra mi tesis.

   “He hecho caso omiso de todo eso y he apelado a un tribunal de más autoridad. Estoy dispuesto a ganar para mi causa cuantas posiciones sean precisas, aunque para ello tenga que atacar el campo enemigo.

   “La culpa de todo esto la tienen unos cuantos; apurando un poco, diría que la tiene uno sólo. Lo que ocurre es que son muchos los que sin reflexionar y ciegamente se unen a su causa”[12].

   Sepúlveda envía su Democrates alter a un antiindiano a Roma, divulgándose su manuscrito en copias y sumarios por Italia y España. Él por su parte sigue sus intentos de conseguir la licencia para editarlo. Las Casas nos habla de cuatro o cinco inútiles conatos:

   “e su libro, que se lo han condenado las dos universidades de Salamanca y Alcalá por doctrina perniciosa e no sana, e los Consejos Reales negado la impresión dél, cuatro o cinco veces que lo ha intentado, por el cual infama la fe de Jesucristo e toda la religión cristiana, trabajando e porfiando que se introduzcan guerras y robos y matanzas, como la ley de Mahoma, soltando las riendas a toda España, para que sin pensar, ni curar ni estimar que robar y matar, y echar a los infiernos inmensas gentes, no tengan por pecado”[13].

   El obispo de Segovia, Antonio Ramírez, presentó un alegato contra la obra de Sepúlveda, y éste sale en su defensa con la Apologia pro libro de iustis belli causis. En carta desde Valladolid del 26 de agosto de 1549 al auditor de la Rota Romana, Antonio Agustin, le pide su opinión y la de otros letrados sobre su obra,  al paso que le manda la citada Apología.

   “He publicado –le dice- un libro en el que expongo mi tesis. Me agradaría conocer tu juicio sobre esta obra y saber si merece o no tu aprobación y la de tus colegas en la profesión. Se trata de un asunto sumamente importante. Por ello las personas llamadas a emitir su dictamen deben destacar en sabiduría y en cargos de altísima responsabilidad […]

   “He hecho un resumen de mi libro a la manera escolástica, que te envío. A este respecto te encargo lo siguiente, que estoy seguro que me harás:

   “En primer lugar, te ruego que, aprovechando tu profunda erudición, hagas por tu cuenta un estudio detallado de la obra y cotejes las razones, que pesan a favor de mi tesis, con las de mis adversarios.

   “En segundo lugar, desearía consultases a las personas, que, tanto por su sabiduría como por su honorabilidad, consideres llamadas a emitir un dictamen sobre este asunto.

   “En tercer lugar, mucho me interesaría que procurases elegir tales personas entre los más eminentes teólogos y canonistas, sobre todo entre los que, como tú, pertenecen al colegiado tribunal de la Rota, cuyas decisiones tanto pesan en el mundo cristiano.

   “Reúne el parecer de todos, tanto sus motivos de aprobación como de condenación de la obra, y finalmente dame tu opinión última sobre si es o no procedente la edición del libro.

   “Seguiré en todo tu dictamen, y, si consideras que la obra es condenable por todos los conceptos, me abstendré de publicarla. Pero si, como espero, merece tu aprobación y la consideras como una pieza utilísima para el esclarecimiento de la verdad en asunto de tanta trascendencia para el pueblo fiel, me apresuraré a darla a la imprenta”[14].

   La Apología de Sepúlveda fue finalmente impresa por iniciativa de Antonio Agustín, como se lo manifiesta en una carta laudatoria, que aprueba incluso la edición con letras de molde del Democrates Secundus [o Alter]. Éstas son sus palabras:

   “Recibí el resumen de tu obra Sobre las justas causas de la guerra contra los indios y en el que expones tu tesis, extensa, profunda y elegantemente.

   “Conmigo lo han analizado el muy honorable obispo Fray Felipe de Archinto y el Maestro de Sacro Palacio, Gil Foscario. Asimismo he consultado el caso con los teólogos y canonistas más eximios, como en tu carta me encargabas. Todos sin excepción admiran la agudeza de tu talento, la solidez de tu razonamiento y tus méritos literarios.

   “Tu libro merece, pues, nuestra aprobación y lo consideramos digno de que se edite y que sea conocido de todo el mundo.

   “En cuanto al resumen, hemos tomado la iniciativa de propagarlo y editarlo. Sé que no lo escribiste con ese fin. No obstante, estoy seguro que no te parecerá mal, ya que me lo enviaste, para que lo diera a conocer”[15].

   Por una cédula del 19 de octubre de 1550 el Emperador Carlos V mandaba recoger la Apología, aunque esto no impidió que se extendieran, dentro del mundo de las letras, ejemplares impresos y manuscritos de esta obra, como también copias y, sobre todo, sumarios del libro Democrates alter.

   Las Casas conoció la Apología de Sepúlveda , y quizás también algunos de los sumarios del Democrates alter, y se decidió a refutar su doctrina en una magna obra, su Apología, que se encuentra manustrita en la Biblioteca Nacional de París, Nuevos Fondos Latinos, Ms. 12.926, que ha recibido ya dos ediciones impresas con traducción, fotocopia del manuscrito y notas por Ángel Losada[16]


 

[1]  Ángel Losada, Epistolario de Juan Ginés de Sepúlveda (selección), Madrid, 1966, págs. 167ss.

[2]  Ib., pág. 156.

[3]  Proposiciones temerarias, escandalosas y heréticas que notó el doctor Sepúlveda en el libro de la conquista de Indias, que fray Bartolomé de Las Casas, obispo que fue de Chiapa, hizo imprimir “sin licencias” en Sevilla, año de 1552, cuyo titulo comienza:Aquí se contiene una disputa ó controversia, en A. M. Fabié, Vida y escritos de Fray Bartolomé de Las Casas, obispo de Chiapa, t. II, Madrid 1870, pág, 559.

[4]  Ib., pág. 558.

[5]  Bartolomé de Las Casas, Tratados, t. I, México-Buenos Aires 1965, pág. 415; Obras Completas.10. Tratados de 1552… Edición de Ramón Hernández, O. P. y Lorenzo Galmés, O. P., Alianza Editorial, Madrid, 1992, pág.180.

[6]  Ib., pág. 445; Obras Completas…, pág. 189.

[7]  Bartolomé de Las casas, Obras Completas,9 Apología. Edición de Ángel Losada, Alianza Editorial, Madrid, 1988, pág. 631.

[8]  Para la primera obra, Democrates alter, seguimos la edición Juan Ginés de Sepúlveda, Demócrates Segundo, o De las justas causas de la guerra contra los Indios… por Ángel Losada, Madrid, 1951. Para Epistolarm libri septem seguimos la edición de Ángel Losada, Epistolario de Juan Ginés de Sepúlveda (selección)…, Madrid, 1966. La Apologia pro libro… puede verse en Joannis Genesii Sepulvedae Cordubensis, Opera cum edita tum inedita… IV, Madrid, 1780, págs. 329-355. Para Proposiciones temerarias seguimos la edición citada en la nota 3.

[9] Puede verse la primera en la edición de Obras completas de Las Casas, Madrid, Alianza Editorial, t.9, 1988; la segunda puede verse en el tomo10, 1992, de esa misma edición.

[10]  A. Losada, Epistolario de Juan Ginés de Sepúlveda…, Madrid 1966, pág. 148.

[11]  Ib., pág. 151.

[12]  Ib., págs 151ss.

[13]  Bartolomé de Las Casas, Tratados, I, México-Buenos Aires, 1965, 443-445; Obras Completas.10. Tratados 1552…, pág. 189

[14]  Ángel Losada, Epistolario de Juan Ginés de Sepúlveda… , Madrid, 1966, págs. 164ss.

[15]  Ib., pág. 166.

[16]  A. Losada, La “Apología”, obra inédita de fray Bartolomé de Las Casas…, en “Boletín de la Real Academia de la Hitoria” 162 (ener-junio 1968) págs. 201-204; Juan Ginés de Sepúlveda-Fray Bartolomé de Las Casas, Apología. Traducción… por Ángel Losada, Editora Nacional, Madrid, 1975; B. De Las Casas, Obras Completas. 9. Edición de Á. Losada, Alianza Ed., 1988.


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