Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica

 

 

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La tradición oral, es decir, el conjunto de relatos transmitidos de generación en generación sin soporte escrito, es una forma más de literatura.

 

Durante muchos siglos, los cuentos e historias populares fueron el principal entretenimiento de gentes y épocas sin  demasiados medios para llenar sus tiempos de ocio. Narrados una y otra vez al caer la tarde, finalizada la jornada de trabajo, sirvieron, además, para alejar a los oyentes de la cruda y dura realidad personal transportándolos a mundos diferentes, imaginarios o distantes.

Los relatos orales han encontrado campo especialmente fértil para su desarrollo en medios que soportaron unas condiciones de subsistencia particularmente duras.

Casi todos los relatos hoy conocidos, por razones nacidas de su condición oral y, en consecuencia, sometida a pequeños, o grandes, cambios, fueron fijados, es decir, adoptaron la forma definitiva que hoy conocemos, durante la Edad Media.

Habitualmente, cuando se habla de relatos de tradición oral, se clasifican éstos en tres grandes apartados: Mito, leyenda y cuento popular. Aquí trataremos las dos primeras categorías.

El MITO es una narración cargada de símbolos y metáforas que explica, justifica o aclara, los misterios de nuestros orígenes, del mundo desde el instante cero de su  creación divina. La palabra mito deriva del griego mythos, que significa palabra o historia.

El mito alude generalmente al nacimiento del universo, de los seres humanos, de los animales, de las creencias, de los ritos, de las formas de vida de un pueblo…

Los mitos, al narrar cómo han venido las cosas a la existencia, les da una explicación y  responde al por qué de su existencia. Pero narran también los acontecimientos que han llevado al hombre a ser lo que es hoy: un ser mortal, sexuado, organizado en sociedad, obligado a trabajar para vivir, y que trabaja según ciertas reglas. Pero, si el mundo existe, si el hombre existe, es porque los seres sobrenaturales (dioses o héroes culturales) han desplegado una actividad creadora en los comienzos

Para las viejas culturas donde el mito emerge, es vivido como verdadero. Es narración verdadera de lo real.

La LEYENDA es una narración tradicional, o una colección de narraciones relacionadas entre sí, que parte de situaciones, situaciones o hechos, históricamente verídicos a los que incorpora elementos fantásticos.

En la leyenda se combinan verdad y ficción. La palabra procede del latín legenda y significa “lo que ha de ser leído” y procede la costumbre la  iglesia primitiva de leer en voz alta legendas o vidas de santos.

Se justifica también la leyenda en la dificultad de la memoria popular para retener acontecimientos individuales y figuras auténticas. La leyenda no es un relato destinado a entretener a la audiencia, sino un área de conocimiento sobre la que el narrador ofrece información. El contador de leyendas “no inventa”, ha sido casi testigo de los acontecimientos. Las historias tienen interés general para una comunidad concreta.

 

 

Significación simbólica de las leyendas - Julio Caro Baroja

Localización, personificación y personalización de las leyendas - Julio Caro Baroja

 

TEXTOS DE LEYENDAS


Leyendas populares españolas

 

 

 

  • El cristo de la Vega - José Zorrilla

  • La torre de los encantados - Popular

  • Los Amantes de Teruel - Popular

  • La campana de Nájera y la Virgen de la terraza - Popular

  • El Monte de las Ánimas - Gustavo Adolfo Bécquer

El Cristo de la Vega

 

Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Habían mantenido relaciones prematrimoniales y ella, ante el conocimiento que de tal hecho tenía su padre, exige a su joven enamorado que reponga su honor contrayendo matrimonio. Él le contesta que debe partir para Flandes, pero que a su vuelta, dentro de un mes, la llevará a los altares.

Inés, no muy segura de las intenciones del mozo, le pide que se lo jure. Diego se resiste hasta que ella consigue llevarlo ante la imagen del Cristo de la Vega y que en voz alta y tocando sus pies jure que al volver de la guerra la desposará. «Pasó un día y otro día, un mes y otro mes y un año pasado había, mas de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió".

Mientras, Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperando sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta de¡ galán. Todos los días rezaba ante el Cristo, testigo de su juramento, pidiendo la vuelta de Diego, pues en nadie más encontraba apoyo y consuelo.

Dos años pasaron y las guerras en Flandes acabaron; pero Diego no volvía. Sin embargo, Inés nunca desesperó, siempre aguardaba con fe y paciencia la vuelta de su amado para que le devolviera la honra que con él se había llevado. Todos los días acudía al Miradero en espera de ver aparecer al que a Flandes partió. Uno de esos días, después de haber pasado tres años, vio a lo lejos un tropel de hombres que se acercaba a las murallas de la ciudad y se encaminaba hacia la puerta del Cambrón. El corazón le palpitaba con fuerza a causa de la zozobra que la embargaba mientras se iba acercando a la puerta.

Al tiempo que a ella llegó, la atravesaba el grupo de jinetes. Un vuelco le dio el corazón cuando reconoció a Diego, pues él era el caballero que, acompañado de siete lanceros y diez peones, encabezaba el grupo. Dio un grito, en el que se mezclaba el dolor y la alegría, llamándole; pero el joven la rechazó aparentando no conocerla y, mientras ella caía desmayada, él, con palabras y gesto despectivos, dio espuelas a su caballo y se perdió por las estrechas y oscuras callejuelas de Toledo.

¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encumbramiento, pues de simple soldado, fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había transformado y le había hecho olvidar su juramento de amor, negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer. "¡Tanto mudan a los hombres fortuna, poder y tiempo!».

Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas más con llanto; pero el corazón de¡ joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente la rechazaba. En su desesperación, sólo vio un camino para salir de la situación en que se encontraba, aunque podía ser un peligro, pues era dar a luz pública su conflicto y deshonor; pero en realidad las murmuraciones en la ciudad no cesaban y todo el mundo hablaba de su caso.

Tomada la decisión acudió al Gobernador de Toledo, que a la sazón lo era don Pedro Ruiz de Alarcón, y le pidió justicia. Después de escuchar sus quejas, el viejo dignatario le pidió algún testigo que corroborase su afirmación, mas ella ninguno tenía.

Don Pedro hizo acudir ante su tribunal a Diego Martínez y al preguntarle, éste negó haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de¡ uno contra la del otro.

En el momento en que Diego iba a marcharse con gesto altanero, satisfecho después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quién era ese testigo, todos quedaron paralizados por el asombro. El silencio se hizo profundo en el tribunal y, tras un momento de vacilación y de una breve consulta de don Pedro con los jueces que le acompañaban en la administración de justicia, decidió acudir al Cristo de la Vega a pedirle declaración.

Al caer el sol se acercaron todos a la vega donde se halla la ermita. Un confuso tropel de gente acompañaba al cortejo, pues la noticia de¡ suceso se había extendido como la pólvora por la ciudad. Delante iban don Pedro Ruiz de Alarcón, don lván de Vargas, su hija Inés, los escribanos, los corchetes, los guardias, monjes, hidalgos y el pueblo llano.

«Otra turba de curiosos en la vega aguarda", entre los que se encontraba Diego Martínez «en apostura bizarra". Entraron todos en el claustro, "encendieron ante el Cristo cuatro cirios y una lámpara" y se postraron de hinojos a rezar en voz baja.

A continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los dos jóvenes a ambos lados, en voz alta, después de leer "la acusación entablada” demandó a Jesucristo como testigo:

"¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?" Tras unos instantes de expectación y silencio, el Cristo bajó su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos, abrió los labios y exclamó:

 -Sí, juro». Ante este hecho prodigioso ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos.

José Zorrilla

 

La Torre de los Encantados

 Cataluña

 

En una colina, cerca del pueblo de Caldes de Estrach, se levanta una torre que llaman de Los Encantados, y de la que se cuentan diversas leyendas. Esta es una de ellas.

Una muchacha, hija de una de las familias más pobres del pueblo, desapareció sin dejar rastro. Durante muchos días todos los vecinos buscaron a la joven, sin obtener ni la mas pequeña pista de su paradero, y cuando ya todos la daban por perdida, una mañana apareció ante la puerta de su casa, llevando con ella gran cantidad de joyas y monedas de oro, suficientes para alejar la pobreza de la familia.

Contó la joven que, estando una tarde paseando cerca de los Encantados, un águila enorme se abatió sobre ella, y aprisionándola fuertemente en sus garras, pero sin causarle el menor daño, la llevo hasta el interior de la Torre.

Dejó a la joven en el suelo, y en el acto, el águila se convirtió en un apuesto joven que le pidió disculpas por la forma en que la había arrebatado, y le rogó que le ayudara a deshacer el encantamiento que sufrían él y su prometida, por las malas artes de un malvado mago, envidioso del amor que se profesaban. Sólo se podría deshacer el embrujo si una joven accedía a quedar encerrada en la Torre hasta que una paloma  viniera a posarse en sus manos.

La muchacha decidió quedarse y ayudar en lo posible a deshacer el terrible hechizo y el joven le prometió que de nada habría de preocuparse mientras allí estuviera.

Un ejército de duendecillos trabajaba afanosamente para mantenerlo todo perfectamente limpio y ordenado. Media docena de ellos le preparaban sabrosas comidas y otros tantos le confeccionaban suntuosos vestidos y elegantes  zapatos. Además de todo eso, cada  día, al despertar, encontraba sobre su almohada una espléndida joya o un puñado de monedas de oro.

Pasó mucho tiempo hasta que una mañana  la muchacha vio una paloma que volaba derecha a su ventana, seguida de cerca por el águila. La paloma se acercó a ella y suavemente se posó sobre sus manos. En el mismo momento, el águila volvió a recuperar su forma humana y la paloma se transformó en una preciosa joven de dorados cabellos.

Locos de alegría por haber logrado deshacer el encantamiento, añadieron joyas y regalos a los muchos que ya tenía la joven campesina, le agradecieron mil veces su paciencia y desaparecieron, quedando la joven en libertad para volver con su familia.

 

Los Amantes de Teruel

 Aragón

 

En la ciudad de Teruel vivían Diego Marcilla e Isabel de Segura. Se conocieron desde muy niños, él era de pobre ascendencia y ella pertenecía a una de las familias más ricas de la localidad, con el paso de los años, la amistad se convirtió en amor... Un día Diego tuvo que partir a la guerra, se alistó como soldado en los tercios del emperador. Pero el destino les estaba tejiendo una telaraña de desdichas. Isabel tenía una prima con la que había hecho vida familiar, Elena. Un día vio a Diego y al instante quedó prendada de él, aún sabiendo los lazos que unían al mancebo con su prima, llena de pesadumbre, urdió un medio para que el muchacho quedase libre y pudiera ser suyo.

Había en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa que, si bien amaba a Isabel, no se sentía muy seguro de ser correspondido. Un día Elena contrahizo la escritura de Isabel en una misiva y, llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Éste, sorprendido, vio una luz de esperanza y en lugar de partir de la ciudad como tenía previsto, pensó quedarse. Durante varios días rondó la casa de Isabel. De nuevo Elena envió recado en nombre de Isabel, que ignoraba los turbios manejos de su prima.

Así fue pasando el tiempo y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija. Sabían del cariño que existía entre la joven y Diego, pero considerando lo humilde de su origen, vacilaron. Don Fernando de Gamboa había manifestado al padre el amor que sentía por su hija y, en cierta ocasión se presentaron al mismo tiempo Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella. Hablaron los dos, exponiendo don Fernando lo noble de su apellido y las riquezas de su hacienda. Diego habló así:

- "No tengo riquezas ni noblezas; más desde niño me habéis tenido en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde". Respondiéndole el padre de la doncella:

- "No puedo concederte la mano de Isabel pues sería cambiar lo dudoso por lo cierto, la buena casa y la estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna"

- "No es justo, noble Segura, respondió Diego, que neguéis a quien os ama como un hijo una oportunidad para ganar con el brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. Dadme un plazo, aunque sea corto, y yo os demostraré lo que valgo"

El padre de Isabel quedó pensativo y le respondió:

- "Bien, de acuerdo, esperaré un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan solo, Isabel será tuya. Pero ni una hora más esperaré"

Diego aceptó lleno de alegría. Cuando Isabel y Diego se encontraron, anunció Diego

- "Sé que antes de que haya transcurrido el plazo he de volver, y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer"

Y Diego partió a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en uno de los Tercios y embarcó hacia Cartagena. Allí salió con su compañía para las tierras de África, demostrando prontamente el valor que le animaba. Viaje tras viaje, logró que el César le otorgase la banda de alférez y una Orden que ennoblecía su nombre.

Entretanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Un día comunicó al padre de ésta que le habían llegado noticias de la muerte de Diego. Mucho dolor sintió el anciano y, tomando precauciones, se lo comunicó a Isabel, quien no podía creer la noticia de esa muerte, algo en su interior le decía que no era cierto. Y le pidió a su padre que aplazara la boda hasta el último momento, lo cual le concedió.

El día que expiraba el plazo y se celebraron las bodas, Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando. Dos horas después del vencimiento del plazo, entraba en Teruel a todo galope Diego Marcilla... había llegado a toda prisa, reventando caballos, pero demasiado tarde. Esperaba que el noble Segura no hubiera sido rígido en el cumplimiento del pacto, y cuando llegó y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha estaba consumada. Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel, ya preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que llegara el matrimonio, que una vez despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse. Cuando lo hubieron hecho, Diego, para impedir que se consumara la unión, tomó una mano de Isabel, la cual sintió un gran sobresalto, dando un grito. El marido preguntó si le ocurría algo y ella, turbadísima y reconociendo la mano de Diego, pidió al marido que bajase a buscar un frasco de sales.

Cuando ella quedó a solas con Diego, el cual, cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor, reprochándole su poca constancia, ya que debía haber esperado a su vuelta. Ella, aún sintiendo gran alegría de verle, le dijo:

- "Ha sido la voluntad de Dios y no la fortuna la que ha hecho que te retrasaras en la llegada. Te he esperado hasta el último momento, ahora, desgraciadamente ya nada puedes obtener de mi. Casada estoy ante el Señor y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo.

Él insistió, y al levantarse para marchar, se desplomó como herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su amado y más fuerte todavía la sorpresa de don Fernando al encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse. Ella le explicó lo sucedido, jurándole por lo más sagrado su inocencia. Entonces él, creyéndola, determinó sacar de allí el cuerpo del infeliz Diego y, aprovechando las horas de la noche, dejarlo en la puerta de su casa. Así lo hizo, siendo ayudado por la propia Isabel. Al día siguiente, horrible fue la sorpresa de los padres del infortunado joven. Por la ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora siendo los comentarios numerosos y diversos.

Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó Isabel y un rumor acogió su llegada. Venía pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la misa permaneció arrodillada con el rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al catafalco y, ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado beso en sus labios.

Cuando don Fernando y sus criados acudieron, advirtieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el difunto y, queriéndola levantar, advirtieron con espanto que también había muerto de repente. Todos los asistentes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando, transido de dolor, dijo:

- "Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierre juntos a los esposos que lo fueron en la condición hasta que yo me atravesé en su camino."

Y así, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel de Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces "Los amantes de Teruel".

 

La Campana de Nájera y la Virgen de la Terraza

  Navarra

 

 Un día, el rey don García de Navarra había salido de caza. Si bien sentía gran afición por el noble ejercicio, su espíritu estaba demasiado inquieto por la política y por la guerra para disfrutar de las bellezas naturales y de la animación de la partida.

Una perdiz voló de pronto y fue lanzado un ágil azor contra ella. La perdiz volaba y volaba sin ser alcanzada por la impetuosa ave de altanería. El rey y sus sirvientes picaron espuelas y fueron por los caminos, entre robles y hayedos, siguiendo el vuelo de la valiente perdiz que de tal manera burlaba a la mejor de las aves cetreras del monarca.

La perdiz, sintiendo cerca el ave enemiga, atravesó el río Najerilla y se metió por el profundo y umbrío boscaje que en la orilla occidental de ese río había, justo por donde está el Monasterio de Santa María de Nájera. El azor seguía como una flecha a su presa y se vio a uno y a otro perderse en el boscaje.

El rey, juzgando que ya habría caído la pobre perdiz bajo las garras agudas del azor, se internó entre la arboleda. Nada pudieron hallar. Habían desaparecido azor y perdiz, de tal manera que los rastreadores más sagaces se confesaron rendidos.

Al fin, el rey vio una oscura cueva y, creyendo que allí podía haberse refugiado la caza, penetró en ella. La cueva era profunda y oscura, el rey mandó encender unas teas para alumbrar el camino. Grande fue la sorpresa del monarca cuando, a la luz vacilante de las hachas traídas por sus servidores, pudo ver una imagen de nuestra señora que parecía haber sido ocultada en aquel recóndito lugar. Delante de la imagen había una pequeña vasija de porcelana humilde, de las que llaman terraza, y en el suelo una campana. Pero lo que causó el asombro de todos fue ver que a los pies de la virgen estaba el azor y la perdiz en amigable compañía.

Don García y sus acompañantes juzgaron prodigio sobrenatural todo lo sucedido y volvieron atrás. Más tarde, el rey ordenó que se erigiera allí un monasterio. La campana fue recogida y se vio que en ella había una inscripción en latín que decía:

 

Mente sana y espontánea: honor a Dios y libertad a la patria

 

Después se instituyó, en memoria de ese hallazgo, la orden de la Terraza, recordando la humilde vasija encontrada a los pies de la imagen.

 

El monte de las ánimas

 

     La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.   Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

     -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

     -¡Tan pronto!

     -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

     -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

     -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

     Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

     -“Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.  Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche”.

     La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

     Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.  Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

     -Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

     Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

     -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

     -No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

     El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

     -Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

     Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

     -Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

     -¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

     -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

     -Sí.

     -Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

     -¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

     -No sé.... en el monte acaso.

     -¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!

     Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

     -Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el  rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

     Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

     -¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

     Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

     -Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.

     -¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

     A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

     Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

     -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

     Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

     -Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

     Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad. Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

     -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

     Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

     Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

TEXTOS DE MITOS SOBRE LA CREACIÓN DEL MUNDO


Del caos al universo

Ovidio

Metamorfosis

 

 

 

Antes de existir el mar, la tierra y el cielo, continentes de todo, existía el Caos. El sol no iluminaba aún el mundo. Todavía la luna no estaba sujeta a sus vicisitudes. La tierra no se encontraba todavía suspensa en el vacío, o tal vez quieta por su propio peso. No se conocían las riberas de los mares. El aire y el agua se confundían con la tierra, que todavía no había conseguido solidez.

Todo era informe. Al frío se oponía el calor. Lo seco a lo húmedo. El cuerpo duro se hincaba en el blando. Lo pesado era ligero a la vez.

Los dioses, o la naturaleza, pusieron fin a estos despropósitos, y separaron al cielo de la tierra, a ésta de las aguas y al aire pesado del cielo purísimo.

Y, así, el caos dejó de ser. Los dioses pusieron a cada cuerpo en el lugar que les correspondía y estableció las leyes que había de regirlos. El fuego, que es el más ligero de los elementos, ocupó la región más elevada. Más abajo, el aire. La tierra, encontraba su equilibrio, la más profunda.

Hecha aquella primera división, los dioses redondearon la superficie de la tierra y puso límites al airado mar. En seguida, añadió las fuentes, los estanques, los lagos, los ríos, corrientes por la tierra y devorados por el océano.

Él mandó extenderse a los campos, cubrirse de hoja a los árboles, elevarse a los montes y a los valles hundirse. Y así como el cielo estaba dividido en cinco zonas- dos a la derecha, dos a la izquierda y una en el centro, que es la más ardiente-, así mismo quedó dividido el universo.

De las cinco zonas la del medio quedó inhabitable por el fuego; las dos de los extremos quedaron envueltas en nieves; únicamente las centrales ofrecieron templanza a la vida. Sobre éstas se elevó el aire, más pesado que el fuego, pero menos que el agua y la tierra; y en él se dieron las nubes, la niebla espesa, los truenos que espantan a los hombres, los vientos que forman vorágines y los granizos.

El autor del mundo estableció la armonía en esta región: sin ella se hubieran desecho entre sí los elementos. Al euro e hizo soplar hacia Oriente. Hacia el Occidente al céfiro. Al bóreas le empujó hacia el Septentrión, y al austro hacia el Mediodía. Y por fin, dejo que el Éter, sin peso y sin escoria, formase ese color azul que llamamos firmamento.

 

La creacíón - Mito escandinavo

Tradición

 

 

 

En los tiempos en que nada existía, se abría en el espacio un vasto y vacío golfo llamado Ginnunga. Tenía una longitud y anchura inconmensurable y su profundidad estaba más allá de toda comprensión. No había costa, ni tampoco olas; porque aún no había mar y la tierra no estaba formada ni tampoco los cielos. Allí en el golfo estuvo el principio de las cosas. Allí por primera vez amaneció. Y en el perpetuo crepúsculo estaba el Padre, que gobierna todos los reinos y se mueve entre todas las cosas grandes y pequeñas.

Primero se formó, hacia el norte del golfo, Nifelheim, la inmensa casa de oscuridad nebulosa y frío helador, y en el Sur, Muspelheim, la casa luminosa del calor y de la luz. En medio de Nifelheim estalló la gran fuente de donde todas las aguas fluyen y adonde todas las aguas vuelven. Se llama Hvergelmer, la “caldera rugiente”, y de allí surgieron, al comienzo, doce tremendos ríos llamados Elivagar, que fluyen hacia el Sur, hacia el Golfo.

Una vasta distancia atravesaron desde su nacimiento y, entonces, el veneno que arrastraban con ellos empezó a endurecerse como lo hace la escoria que corre por una superficie, hasta que se congelaron y se convirtieron en hielo. Allí los ríos crecieron en silencio y dejaron de moverse, y los gigantescos bloques de hielo permanecieron juntos. El vapor se elevó del hielo envenenado y se congeló en forma de escarcha; capa tras capa se fueron amontonando en formas fantásticas una sobre otras. Esa parte del golfo que se extiende hacia el Norte era la región del horror y de la lucha. Fuertes masas de vapor negro rodearon el hielo, y dentro estaban chirriantes torbellinos que nunca cesaban, y bancos de huidiza niebla. Pero hacia el Sur Muspelheim brillaba con radiación intensa, y mandaba bellas llamas y chispas de fuego brillante. El espacio que había en medio de la región de las tempestades y de la oscuridad y de la región del calor y de la luz era un crepúsculo pacífico, sereno y tranquilo como el aire sin viento.

Ahora, cuando las chispas de Muspelheim cayeron a través del vapor congelado, y el calor llegó hasta allí por el poder del Padre, las gotas de las mezclas empezaron a caer del cielo. Y fue allí y entonces cuando la vida comenzó a existir. Las gotas se hicieron más rápidas y una masa informe tomó forma humana. Así vino a existir el grande y pesado gigante de arcilla que se llamó Ymer.

Tosco y desgarbado era Ymer y cuando se estiró y comenzó a moverse fue torturado por los dolores producidos por un hambre feroz. Así que salió ansioso en busca de comida, pero no había sustancia de la que él pudiera comer. Los torbellinos le pasaban encima y las oscuras nieblas le rodeaban como un sudario.

Más gotas cayeron de los lóbregos vapores, y luego se formó una vaca gigante que se llamó Audhumala, “la vacía oscuridad”. Ymer la contempló permaneciendo allí en la oscuridad junto a los bloques de hielo y avanzó débilmente hacia ella. Maravillándose, descubrió que de sus ubres salían cuatro regueros blancos de leche, y con ansía bebió y bebió hasta que se llenó con las semillas de la vida y se vio satisfecho. Entonces una gran pesadez se vino sobre Ymer y se tumbó, cayendo en un profundo sueño libre de pesadillas. El calor y la fuerza le poseyeron, y el sudor se concentró en el sobaco de su brazo izquierdo del cual, por el poder del Padre, se formó un hijo llamado Mimer y una hija llamada Bestla. De Mimer descendieron los dioses Vana. Bajo los pies de Ymer salió un hijo monstruoso de seis cabezas, que fue el antecesor de los gigantes malignos del hielo, el temido Hrimthusar. Entonces Ymer despertó. En cuanto a Audhumala, la gran vaca, no tenía verdor del que alimentarse y permaneciendo en el borde de la oscuridad encontró sustento chupando constantemente los enormes cantos rodados que tenían incrustados sal y escarcha. Durante el espacio de un día se alimentó de esa manera, hasta que apareció el pelo de una gran cabeza.

Al segundo día la vaca volvió a los cantos rodados y, antes de que hubiera dejado de chupar, una cabeza humana quedó al descubierto. Al tercer día una noble forma salto. Estada dotada de gran belleza y era ligera y poderosa. Recibió el nombre de Bure, y fue el primero de los dioses Asa. Con el tiempo surgieron más seres gigantes, nobles y malvados dioses. Mimer, que es Mente y Memoria, tuvo hijas, cuyo jefe fue Urd, la diosa de la fortuna y la reina de la vida y de la muerte. Bure tuvo un hijo llamado Bor, que tomó por esposa a Bestla, la hermana del prudente Mimer. Tres hijos nacieron de ellos: el primero se llamó Odin (espíritu), el segundo Ve, cuyo otro nombre es Honer, y el tercero Vile, también conocido como Lodur y Loke. Odin se convirtió en el principal jefe de los dioses Asa, y Honer fue jefe de los Vans que Loke, el usurpador, se convirtió en su gobernante.

Ymer y su maligno hijo desataron su ira y enemistad contra la familia de los dioses y pronto estalló la guerra entre ellos. En ninguno de los lados hubo una pronta victoria, y fieros conflictos se libraron durante largos años antes de que la Tierra se formara. Pero, al fin, los hijos de Bor vencieron sobre los enemigos y les hicieron retroceder. Con el tiempo se sucedieron grandes asesinatos, que disminuyeron el ejército de los gigantes malignos hasta que solamente quedo uno. Fue entonces cuando los dioses consiguieron su triunfo. Ymer cayó al suelo y los victoriosos saltaron sobre él y le reventaron las latientes venas de su cuello. Un gran diluvio de sangre salió de allí y toda la raza de los gigantes se ahogó excepto Bergelmer, el anciano de la montaña, que con su mujer se refugió en los bosques del gran molino del mundo. De éstos descienden los Jotuns, que por siempre guardaron enemistad contra los dioses.

El gran molino del mundo de los dioses estaba al cuidado de Mundilfore. Nueve doncellas gigantes lo movían con gran violencia, y el rechinar de las piedras hacía un clamor tan temible que no se podían oír ni las más altas tempestades. El gran remolino es más grande que el mundo entero, porque de él se hizo el gran molde de la Tierra. Cuando Ymer murió los dioses se reunieron en consejo y se dispusieron a dar forma al mundo. Colocaron el cuerpo del gigante de arcilla sobre el molino y las doncellas lo ataron a él. Las piedras estaban manchadas de sangre, y la carne oscura salió como molde. Así se formó la Tierra y los dioses le dieron forma a su antojo.

De los huesos de Ymer se formaron las rocas y las montañas; sus dientes y mandíbula se dividieron en dos, y cuando iban girando alrededor las doncellas del gigante tiraron los fragmentos aquí y allí, y éstas formaron las piedras y los cantos rodados. La sangre helada del gigante se convirtió en las aguas del vasto mar. Pero las doncellas del gigante no cesaron su labor cuando el cuerpo de Ymer estaba completamente machacado y la Tierra estaba formada y puesta en orden por los dioses. Cuerpos de gigante tras gigante se fueron colocando en el molino, que está situado tras el suelo del océano, y los restos de la carne son la arena que siempre está lavada alrededor de las orillas del mundo. Cuando las aguas son lamidas por el rotante ojo de la piedra del molino se forma un temeroso remolino y se producen los flujos y reflujos del mar cuando se dirige a Hvergelmer, ‘la rugiente caldera’, en Nifel-heim y es arrojado de nuevo hacia delante. Los mismos cielos están formados para tambalearse por el gran molino del mundo alrededor de Veraldar Nagli, ‘la punta del mundo’, que es la estrella Polar.

Después, cuando los dioses habían dado forma a la Tierra, colocaron la calavera de Ymer para que fuera al cielo. En cada uno de los cuatro puntos colocaron como centinelas a fuertes enanos del Este, Oeste, Norte y Sur. La calavera de Ymer descansa sobre su anchos hombros. Pero todavía el Sol no conocía su casa ni la Luna su poder, y las estrellas no tenían lugar donde morar. Las estrellas son brillantes chispas de fuego colocadas desde el Muspel-heim por el gran golfo y están fijadas en el cielo por los dioses para dar luz al mundo y brillo sobre el mar. A cada uno de estos copos de fuego errante se asignaron un orden y movimiento, de forma que cada uno tiene su lugar, tiempo y estación. El Sol y La luna también vieron sus cursos regulados, porque son los mayores discos de fuego y salieron de Muspelheim, y para que los caminos de los cielos pudieran soportarlos los dioses hicieron que los herreros elfos, los hijos de Ivalde y los parientes de Sindre, construyeran carros de oro fino. Mundilfore, que cuida del molino del mundo, envidiaba a su rival Odin. Tenía dos bellos hijos, uno llamado Mani (luna) y el otro Sol. Los dioses se llenaron de ira por la presunción de Mundilfore, y para castigarle le quitaron sus dos hijos de los que él presumía sobradamente, para conducir los carros del cielo y contar los años para los hombres. Al bello Sol mandaron para conducir el carro del Sol. Sus corceles son Arvak, que es “el pronto amanecer”, y Aldsvid, que significa “calor abrasador”.

Bajo su cruz estaban colocadas pieles de aire helado para enfriarlo y refrescarle. Entran en el cielo del Este por la puerta de Hela, a través de la cual pasan las almas de los hombres muertos al mundo del más allá. Entonces los dioses colocan a Mani, el apuesto joven, para conducir el carro de la Luna. Con él están dos bellos niños a los que él se llevó lejos de la Tierra, un muchacho llamado Hyuki y una muchacha llamada Bil. Han sido enviados a la oscuridad de la noche por Vidfimer, su padre, para sacar canciones de hidromiel del arroyo de la montaña Byrger, “él escondido”, que salía del cauce de la fuente de Mimer, y llenaron su cubo Saegr hasta el borde de forma que el preciado hidromiel se derramó cuando lo levantaban sobre el polo Simul. Cuando comenzaron a descender la montaña, Mani los capturó y se los llevó. Los agujeros que siempre se ven por la noche en la cara de la Luna son Huyki y Bil, y los poetas invocan a la bella Bil, de forma que al oírles ella puede derramar sobre la Luna el mágico hidromiel de las canciones sobre sus labios. Bajo la custodia de Mani están un montón de cuernos que se usan para perforar a los malhechores entre los hombres para que éstos así sufran el castigo por sus males.

El sol está en constante movimiento, y también lo está la Luna. Son perseguidos por enemigos sedientos de sangre, que buscan conseguir su destrucción antes de que alcancen los bosques de Varns que les dan cobijo, tras los horizontes del Oeste. Estos son dos fieros lobos gigantes. El que tiene por nombre Skoll, “el seguidor”, persigue al Sol, al que un día devorará; el otro es Hati, “el odiador”, que corre delante de “la brillante doncella del cielo”, en incesante persecución de la Luna. Skoll y Hati son gigantes en forma de lobos. Fueron enviados por la Madre del Mal, la oscura y temible bruja, Gulveig-Hoder, y ellos son sus hijos. Vive en Iarnid, el negro bosque de árboles de acero, en el norte del mundo, que es el lugar donde habita una familia de brujos temidas por dioses y hombres. De los lobos de la bruja el más terrible es Hati, que también se llama Managarm, “el devorador de la luna”. Se alimenta de la sangre de hombres muertos. Los adivinos han predicho que cuando venga a devorar al mundo, los cielos y la tierra se volverán rojos de sangre. Luego, también, deben los asientos de los poderosos dioses enrojecerse con la sangre y el brillo del sol del verano palidecerá, mientras grandes tormentas estallarán con furia para asolar todo el mundo. Una y otra vez, en temidos eclipses, habrían tragado el Sol y la Luna estos lobos gigantes, de no haber sido porque sus malignos designios han sido frustrados por los hechizos que han sido forjados contra ellos, y el clamor de hombres aterrorizados. Nat, que es la Noche, es la morena hija del vana gigante Narve, “el Obligador”, cuyo otro nombres es Mimer. Oscuro su pelo como el de toda su raza, y sus ojos son suaves y benevolentes. Trae descanso al trabajador y refresco al cansado, y descanso y sueños a todos. Al guerrero da fuerza para que pueda obtener victoria, y le encanta llevarse las preocupaciones y los cuidados. Nat es la benefactora madre de los dioses. Tres veces se casó. Su primer marido fue Nagelfare de las estrellas, y su hijo fue Aud, el de las riquezas sin límite. Su segundo marido fue Annar, “Agua”, y su hija Jord, la diosa de la Tierra, fue esposa de Odin y madre de Thor. Su tercer marido fue Delling, el elfo rojo del amanecer, y su hijo fue Dagr, que es Día. A la madre Nat y su hijo Dagr se les dieron carros engalanados con piedras preciosas para que conduzcan alrededor de la Tierra, uno detrás del otro, en el espacio de doce horas. Nat es la que va delante. Su corcel se llama Hrim-faxin, “crin helada”. Rápido galopa por los cielos, y cada mañana la dulce espuma cae como gotas de rocío sobre la Tierra debajo de ella. El buen corcel de Dagr se llama Skin-Faxin, “crin brillante”.De su cuello dorado se emite una radiación y belleza sobre los cielos y sobre todo el mundo. De todos los caballos que existen, es el más alabado por los hombres.

Hay dos estaciones, que son invierno y verano. Vindsvall, hijo del lúgubre Vasud, “el viento helador”, fue el padre del hosco invierno, y el dulce y benefactor Svasusd fue padre del buen verano, queridos por todos. Los hombres se preguntan de dónde viene el viento que azota al océano temerosamente, que convierte a la baja chispa en llama brillante y que ningún ojo puede contemplar. En el cenit del norte del cielo se encuentra en forma de águila un gigante llamado Hraesvelgur, “el devorador de la carne de los hombres muertos”. Cuando sus anchas alas se extienden para iniciar el vuelo los vientos se agitan bajo él y se vienen rápidamente sobre la Tierra. Cuando va o viene, o viaja aquí y allá a través de los cielos, los vientos salen de sus alas. No había todavía un hombre que morara sobre la Tierra, aunque el Sol y la Luna estaban fijados en sus cursos, y los días y las estaciones estaban marcados en el orden debido.

Llegó, sin embargo, un tiempo, cuando los hijos de Bor estaban caminando por las costas del mundo, y vieron dos troncos de madera. Habían crecido del pelo de Ymer, que se había extendido como espesos bosques y abundante verdor del molde de su cuerpo, que es la Tierra. Un tronco era de un fresno, y de él los dioses formaron un hombre; y el otro, que era un aliso, lo convirtieron en una bella mujer. Tenían vida como la de un árbol hasta que los dioses les dieron mente, voluntad y deseo. Luego al hombre se le llamó Ask y a la mujer Embla, y de ellos desciende toda la raza humana, cuya morada se llama Midgard, “la sala del medio”, y Mana-heim, “casa de los hombres”. Alrededor de Midgard está el mar, y más allá, en las costas exteriores, está Jotun-heim, “la casa de los gigantes”. Contra estos los dioses se levantaron una gran masa de hielo de las cejas del turbulento Ymer, cuyo cerebro esparcieron alto en el cielo, donde se convirtieron en espesa masa de nubes esparcidas, agitándose aquí y allí.

 

Teutones. Mitos y leyendas, Donald Mackenzie, ed. Studio

 

El huevo cósmico

Mito polinesio

 

 

 

Al principio, el Universo tenía la forma de un huevo que contenía solo dos elementos: Te Tumu, un macho, y Te Papa, una hembra.

Pero no seguiría así por siempre. Durante la primera aurora, el Universo estalló y produjo tres capas superpuestas. Te Tumu y Te Papa, quienes permanecieron en la capa más baja, crearon a todos los seres vivientes que hoy conocemos: los hombres, las plantas y los animales.

Pero Te Tumu y Te Papa no eran infalibles. Primero crearon a Matata, un hombre sin brazos que murió al poco tiempo de ser creado. Después idearon a Aitu, quien carecía de piernas; también murió. El tercer hombre era perfecto. Lo llamaron Hoatea que significa “espacio del cielo”.

Hoatea recibió de manos de sus creadores todo el Universo. No tardó en darse cuenta de que en esa inmensidad no existía otro ser como él. Entonces le enviaron a una mujer. Se llamaba Hoatu que significa “fructuosidad de la tierra”.

Hoatu se convirtió en la mujer de Hoatea y de ellos descendió la raza humana. Cuando la capa más baja de la Tierra se llenó de creación, algunas personas hicieron una abertura en medio de la capa superior para poder subir. Allí se establecieron y llevaron con ellos las plantas y los animales.

La vida se multiplicaba vertiginosamente. Tampoco quedaba espacio en la segunda capa. Entonces levantaron la tercera capa de modo que formara un techo a la segunda y se establecieron allí también. Así los seres humanos pudieron disponer de tres superficies.

Por encima de la Tierra estaban los cielos, también superpuestos. Llegaban hasta abajo y estaban sostenidos por sus respectivos horizontes. Algunos de ellos se mezclaban con las capas de la Tierra, por lo que la vida de los hombres era confusa e incómoda. Por eso la gente siguió trabajando, expandiendo un cielo por encima del otro, hasta que todo estuvo en orden.

Cosmologías y paladines. Antología de mitos universales

 

El ordenador del mundo

Mito chino

 

 

 

Al principio había un huevo cuya gestación duró dieciocho millones de años. De ese huevo brotaron el cielo y la tierra. Y de la unión de estos se formó Pan-Ku, llamado también Hoen-Tun que significa “caos primordial”. Al morir, Pan-Ku se extendió sobre la Tierra y la naturaleza emanó de su organismo.

El vello de Pan-Ku se desplegó y de ellos salieron los árboles y las plantas.

De sus dientes y huesos brotaron los metales.

De su cabeza y tronco se elevaron los montes.

Sus venas se extendieron en ríos y el sudor de su cuerpo se dispersó en lluvia.

Los parásitos que cubrían su cuerpo se dilataron y de ellos se formaron el hombre y los animales. Pan-Ku vivió dos mil seiscientos treinta y siete años antes de nuestra era.

Después de su muerte empezaron tres reinados que duraron ciento veintinueve mil seiscientos años: primero, el reinado del cielo, siguió el de la tierra y, finalmente, el del hombre. Durante cada uno de esos reinados se formaron el cielo, la tierra y el hombre tal como los conocemos ahora.

Los soberanos del primer período tenían cuerpo de serpiente; los del segundo, rostro de muchacho, cabeza de dragón, cuerpo de serpiente y pies de caballo; los del tercero, rostro de hombre y cuerpo de dragón o serpiente.

Transcurrieron otros diez grandes períodos de tiempo durante los cuales los hombres sufrieron nuevas metamorfosis. Durante el imperio del hombre sobre la naturaleza, los seres humanos dejaron de habitar en cuevas y nidos, e iniciaron la construcción de viviendas de piedra, se aburrieron de montar ciervos alados y dragones, y comenzaron a utilizar carros tirados por seis unicornios, se cansaron de cubrir su desnudez con vestidos realizados con plantas y empezaron a matar a los animales.

Entonces, antes pacíficas, las fieras se rebelaron y, armadas con dientes poderosos, cuernos pronunciados, venenos mortíferos y garras afiladas, comenzaron a atacar a los hombres.

Así se inició la guerra y la naturaleza perdió su quietud. La lucha comenzó para siempre y el mundo perdió la tranquilidad y el reposo del tiempo primordial.

J. Repollés, Las mejores leyendas mitológicas, Barcelona, Óptima, 200

La creación del mundo

Mito maya

 

 

 

Antiguamente, no había sobre la tierra ningún hombre, ningún animal, ni árboles, ni piedras. No había nada. Esto no era más que una vasta extensión desolada y sin límites, recubierta por las aguas.

En el silencio de las tinieblas vivían los dioses Tepeu, Gucumats y Huracán. Hablaban entre ellos y se pusieron de acuerdo sobre lo que debían hacer.

Hicieron surgir la luz que iluminó por primera vez la tierra. Después el mar se retiró, dejando aparecer las tierras que podrían ser cultivadas, donde los árboles y las flores crecieron. Dulces perfumes se elevaron de las selvas nuevas creadas.

Los dioses se regocijaron de esta creación. Pero pensaron que los árboles no debían quedar sin guardianes ni servidores. Entonces ubicaron sobre las ramas y junto a los troncos toda suerte de animales. Pero éstos permanecieron inmóviles hasta que los dioses les dieron órdenes:

-Tú, tu irás a beber en los ríos. Tú, tu dormirás en las grutas. Tu marcharás en cuatro patas y un día tu espalda servirá para llevar cargas. Tú, pájaro, vivirás en los árboles y volarás por los aires sin tener miedo de caer.

Los animales hicieron lo que se les había ordenado. Los dioses pensaron que todos los seres vivientes debían ser sumisos en su entorno natural, pero no debían vivir en el silencio; porque el silencio es sinónimo de desolación y de muerte.

Entonces les dieron la voz. Pero los animales no supieron más que gritar, sin expresar ni una sola palabra inteligente.

Entristecidos, los dioses formaron consejo y después se dirigieron a los animales:

- Porque ustedes no han tenido conciencia de quiénes somos, serán condenados a vivir en el temor a los otros. Se devorarán los unos a los otros sin ninguna repugnancia. Escuchando eso, los animales intentaron hablar. Pero sólo gritos salieron de sus gargantas y sus hocicos.

Los animales se resignaron y aceptaron la sentencia: pronto serían perseguidos y sacrificados, sus carnes cocidas y devoradas por los seres más inteligentes que iban a nacer.

 

La creación por Ra

Papiro Bremner-Rhind

 

 

 

Para ser pronunciado:

 

Así habló el Señor de Todas las cosas, después de que hubiese venido a la existencia:

 

-Fui yo quien vino a la existencia como Jepri. Cuando vine a la existencia, “el Ser” vino a la existencia y todos los seres vinieron a la existencia después de que yo viniera a la existencia; numerosos fueron los seres que surgieron de mi boca antes de que el cielo hubiera venido a la existencia, antes de que la Tierra hubiera venido a la existencia, antes de que la tierra y los reptiles hubiesen sido creados en este lugar. Yo creé algunos de ellos en Nun, como Los Inertes, cuando aún no podía encontrar un lugar en el que permanecer. Encontré favor en mi corazón, examiné con mi vista, y, estando solo, hice todas las formas antes de que hubiera escupido a Shu, antes de expectorar a Tefnut, antes de que viniera a la existencia cualquier otro que pudiera actuar conmigo.

-Yo concebí con mi propio corazón y allí vinieron a la existencia multitud de formas de criaturas vivas, a saber, las formas de los hijos y las formas de sus hijos.

-Realmente yo me excite con mi mano, copulé con mi mano, escupí con mi propia boca; escupí a Shu, expectoré a Tefnut y mi padre Nun los educó, mi Ojo siguiéndoles desde los eones cuando estaban lejos de mí.

-Después de que yo hube venido a la existencia como único dios, hubo tres dioses además de mí. Yo vine a la existencia en esta tierra y Shu y Tefnut se alegraron en el Nun, en el que se encontraban.

-Fueron ellos quienes me devolvieron mi Ojo, después de que yo hube unido mis miembros; lloré sobre ellos, y así es como la Humanidad vino a la existencia, de las lágrimas que surgieron de mi Ojo, porque él estaba furioso conmigo cuando volvió y encontró que yo ya había colocado otro en su lugar, habiéndolo reemplazado con el Ojo Glorioso. Así, yo lo ascendí a mi frente, y cuando él ejerció gobierno sobre esta tierra entera, su ira se extinguió, porque yo había restituido lo que había sido tomado de él. (2

-Yo surgí de las raíces, creé a todos los reptiles y todo lo que existe entre ellos. Shu y Tefnut engendraron a Geb y Nut, y Geb y Nut engendraron a Osiris, Horus, Seth, Isis y Neftis de su útero, uno tras otro, y ellos dieron origen a las multitudes que habitan esta tierra.

 

Adaptación de A.García Megía  a partir de una traducción de Francisco López

 

OTROS TEXTOS MÍTICOS


Isis y Osiris

Tradición

 

 

 

Cuando Ra, dios del Sol y dador de la vida, gobierna el Mundo es advertido de que su hija Nut, diosa del Cielo, mantiene relaciones amorosas con Geb, dios de la Tierra. Si un  día diese a luz un niño, este gobernaría la humanidad. Ra, por eso,  maldijo a Nut. ¡No podría tener un hijo en ningún día y ninguna noche del año! 

Nut pidió consejo a Thot, el dios de la sabiduría,  quien encontró una fórmula para evitar la maldición. Acudió a Jonsu, dios de la Luna, que entonces brillaba tanto como el del Sol, y lo desafió a una partida de Senet, uno de los juegos de tablero más antiguos que se conocen. Jonsu apostaría su propia luz. Jugaron y  Jonsu fue derrotado.

Con la luz que perdió la luna, Thot creó cinco nuevos días en el calendario, hasta entonces con doce meses de treinta días cada uno, y los añadió al final del año. Esos días, en consecuencia, no pertenecían ni al año viejo ni al nuevo.

Así Nut pudo tener a sus cinco hijos. Primero nació Osiris, que fue anunciado como un dios bondadoso y benefactor del pueblo. Luego nacieron Seth, Isis y Neftis. Osiris, como primogénito, era el heredero del reino y representaba el lado bueno, la regeneración y la fertilidad, de la tierra, mientras que Seth representaba la aridez, el lado oscuro y las zonas desérticas. 

Pasó el tiempo y Osiris se casó con su hermana Isis y Seth con Neftis, ya que su condición de dioses les impone  contraer matrimonio sólo con mujeres de su mismo rango, es decir, con diosas. Osiris se convirtió en el rey de Egipto y  enseñó a su pueblo a  cultivar los campos aprovechando las inundaciones anuales del Nilo y a segar  y recoger la cosecha para alimentarse. También le dijo cómo sembrar vides y obtener vino. Además dictó leyes con las que vivir en paz.  Cuando hubo realizado estas funciones partió a proclamar sus enseñanzas hacia otras tierras dejando a Isis a cargo de Egipto, quien gobernó sabiamente en ausencia de su marido.

Pero Seth odiaba a su hermano y deseaba  su poder y  popularidad. En secreto obtuvo las medidas exactas del cuerpo de Osiris y fabricó un cofre de maderas nobles, ricamente adornado, como sólo un rey se merece, y en el que encajaría perfectamente el cuerpo de su hermano.  Tras el regreso de Osiris, Seth organiza un gran banquete en su honor. Pero Isis, enterada de la posible conspiración, advirtió a Osiris que, sin embargo, no vio peligro en acudir al banquete. La fiesta, llena de enemigos de Osiris, ofreció la mejor comida y bebida y divertidas atracciones. En un momento de la misma, cuando, gracias al vino,  los corazones de los invitados estaban alegres, Seth ordenó traer el cofre y dijo:

-Daré este cofre a aquel cuyo cuerpo encaje perfectamente en él.

Los invitados fueron probando  uno tras otro. Se introducían en el arcón, pero su cuerpo no encajaba. Para unos era largo o corto, y para otros demasiado ancho o estrecho. Osiris, maravillado por la grandeza del oro, maderas y las pinturas que lo adornaban, optó también al premio y se introdujo en el arcón.

-¡Debe ser mío!- exclamó.

Seth respondió:

-Tuyo es, hermano. ¡Y lo será para siempre!

Cerró la tapa, clavándola con ayuda de los invitados, y la selló con plomo fundido.

El cofre fue arrojado al Nilo. Hapi, el dios del río, lo arrastró hasta la costa fenicia, junto a la ciudad de Byblos, donde las olas lo lanzaron contra un arbusto en el que quedó incrustado. El arbusto creció y se convirtió en un grandioso árbol con el cofre incrustado en su tronco. Pronto se corrió la voz de la rareza de aquel  árbol  por todas las tierras del reino. El rey Malcandro acercó al lugar y  ordenó que  fuese talado para construir con él un pilar que sujetara el techo de su palacio.

Isis, mientras tanto, se había impuesto la tarea de encontrar el cadáver de su marido para darle una  digna sepultura. Partió en su busca y deambuló por toda la tierra preguntando, pero no había hombre ni mujer que conociese el paradero del cofre. Sólo unos niños que jugaban en la ribera del río le señalaron la rama del Nilo por la que había llegado el cofre al mar. Después averiguó, gracias a un viento divino,  que  había llegado hasta  Byblos.  Se dirigió a esta ciudad y trabó amistad con las doncellas de la reina Astarté, esposa de Malcandro, a las que  enseñó cómo peinar sus cabellos y perfumar sus cuerpos.

Astarté, al verlas, quedó maravillada por su nuevo aspecto y por las fragancias con las que habían sido ungidas. Ellas le relataron su encuentro con la mujer solitaria y triste que las había peinado y perfumado. La reina mandó  buscarla. Propuso a Isis que la sirviese en palacio cuidando de ella y de su pequeño hijo, débil y enfermizo. Isis aceptó y pasado un tiempo  retomó su forma de diosa. Los reyes, agradecidos y asombrados, le ofrecieron entonces los mejores regalos, pero Isis sólo pidió el gran pilar de tamarisco que sujetaba el palacio y todo lo que en él estuviese contenido.

Su ruego fue inmediatamente atendido. Isis retiró el cofre, que cargó en un barco, devolvió el pilar al Rey y regresó a Egipto.  A su llegada, lo escondió en los pantanos del Delta, pero una noche lo encontró Seth, mientras cazaba jabalíes. Encolerizado tomó el cuerpo de Osiris y lo despedazó en catorce trozos que esparció a lo largo del Nilo para que sirviese de alimento a los cocodrilos.

Isis debía empezar de nuevo su búsqueda, pero esta vez no marchaba, contaba con su hermana Neftis, esposa de Seth,  y con Anubis, hijo de Osiris y Neftis. Fueron  recuperando cada uno de los trozos. Solo les faltó por encontrar el miembro viril, comido por el lepidoto, el pagro y el oxirrinco, especies que quedaron malditas a partir de ese momento. Nunca más un egipcio tocaría o comería pez de esta clase.

Isis reconstruyó el cuerpo y, con su magia, asemejó el miembro perdido, y  quedó embarazada de Horus. Por eso los antiguos egipcios celebraban fiestas en honor del pene milagroso que permitió el nacimiento de quien será considerado el iniciador de la gran civilización egipcia. El cuerpo reconstruido de Osiris fue embalsamado por Anubis constituyéndose, supuestamente, en la primera momia de Egipto  y en gobernador del Reino de los Muertos.

 

El nombre secreto de Ra

Tradición

 

 

 

Ra, el poderoso dios que vino a la existencia por sí mismo, el que hizo los cielos, la tierra, las aguas, que creó la vida, el fuego, a los hombres y dioses, al ganado y los reptiles, a las aves y peces, el rey de los hombres y de los dioses, para quien los eónes son como años, tenía muchos nombres que ni siquiera los dioses conocían. Isis, la Gran Maga, era una mujer de palabra hábil, más hábil que los corazones de un millón de hombres. Sobresalía sobre millones de dioses, y era más astuta e inteligente que millones de aj. Conocía, como Ra, el demiurgo, todo lo que puede saberse sobre el Cielo y la Tierra. La diosa tramó en su corazón averiguar el nombre secreto del dios, el que le daba el poder sobre el resto de hombres y dioses.

Cada día Ra surgía, sobre su barca, del lado oriental del horizonte para realizar su travesía por los cielos y sumergirse en el lado occidental, al atardecer, realizando su viaje nocturno por las regiones de la Duat, a las que iluminaba con su luz. Pero eran ya muchos los viajes que el dios había realizado y día a día envejecía un poco más. Cuando atravesaba las tierras de Egipto su cabeza se balanceaba de lado a lado, su mandíbula temblaba y de su boca le caía la saliva que regaba la tierra.

Un día Isis recogió la saliva con su mano, mezclándola luego con la tierra y moldeando así una serpiente que dio origen a la primera cobra. No necesitó emplear su magia para llevar a cabo esta creación, porque en la criatura se encontraba la propia sustancia divina de Ra. Isis tomó la serpiente inerte y la situó en el camino que su padre recorría a diario de Oriente hacia Occidente atravesando las Dos Tierras, de acuerdo al deseo de su corazón.

Después de que Ra ascendiese por el horizonte Oriental, mientras avanzaba en su viaje junto con su comitiva de dioses pasó, como de costumbre, por el lugar en el que Isis había dejado la serpiente y ésta se irguió para, rápidamente, en un movimiento justo y certero, morder la carne del dios, transmitiéndole así todo el fuego de su poderoso veneno. Ra abrió su boca y la voz de su Majestad alcanzó los cielos. La Enéada de dioses gritó entonces: '¿Qué os ocurre señor?', y todos los dioses preguntaron: '¿Qué es lo que os ha sucedido?' Pero Ra, el creador, el poderoso dios que había dado origen a todas las cosas y seres del mundo, no pudo responderles, porque no encontró fuerzas suficientes para ello. Sus mandíbulas temblaban y todos sus miembros se estremecían a medida que el veneno avanzaba por su cuerpo, como el Nilo se apodera de todas las tierras a lo largo de su curso.

Después de que el gran dios hubo hecho firme su corazón, dijo a aquellos que le seguían: 'Venid a mí. ¡Oh, vosotros, que vinisteis a la existencia de mi cuerpo! ¡Vosotros, dioses que habeis surgido de mí! Que se os haga saber qué es lo que me ha sucedido. Una criatura mortal me ha herido. Mi corazón lo presiente, pero no sé de qué se trata, porque mis ojos no han podido verla, ni mis manos la han moldeado. Es desconocida entre todo lo que yo he creado. Nunca he sentido un dolor tal, no conozco nada tan mortal. Soy el Gobernador y el hijo de un Gobernante, el fluido producido por un dios. Soy un Grande, el hijo de un Grande. Fue mi padre quien pensó mi nombre. Tengo múltiples nombres y multitud de manifestaciones, y mi Ser está en cada uno de los dioses que existen. Soy proclamado como Atum y como Horus de la Alabanza. Mi padre y mi madre pronunciaron mi nombre, que estaba oculto en mi cuerpo incluso antes de nacer, de modo que nadie puede tener poder sobre mí mediante sus palabras. Cuando salí para ver mi obra y avanzaba por las Dos Tierras, algo me mordió, pero no sé qué es. No es fuego, ni tampoco agua, pero siento el fuego en mi corazón, mis miembros tiemblan y se estremecen. Venid, hijos míos, dioses, venid a mí, aquellos que conocen la gloria de las palabras y quienes conocen su mágica pronunciación, los de poderosa influencia que alcanza hasta los cielos'

Todos los dioses acudieron a la llamada de Ra, y también lo hizo Isis, la Gran Maga, con su glorioso poder y eficaz palabra. Isis dijo: '¿Qué es esto? ¿Qué es lo que te ha sucedido?, Padre Divino, ¿Ha sido, quizá, una serpiente la que te ha transmitido ese dolor? ¿Una de tus creaciones ha alzado su corazón en tu contra? Si así es yo expulsaré el dolor que te aflige y lo destruiré con mis hechizos.'

Ra abrió su boca para contestar: 'Cuando viajaba a lo largo de mi camino, cuando atravesaba Las Dos Tierras, y los países extranjeros, deseoso de que mi corazón percibiese mi obra, una serpiente a la que no pude ver me mordió. No es fuego, no es agua. Siento el frío en mi cuerpo como el agua, siento el calor del fuego, todos mis miembros tiemblan y el sudor corre por mi cuerpo. Me estremezco, mi ojo se encuentra inseguro y no puedo distinguir los cielos. La humedad me alcanza el rostro como los calurosos días del verano.'

Isis nuevamente habló y ahora su voz era cálida y reconfortante: 'Venid, decidme, oh Señor, vuestro nombre, oh divino padre, vuestro verdadero nombre, el nombre secreto que sólo vos conocéis, porque solamente vivirá aquel que es llamado por su verdadero nombre'.

Y Ra contestó con todos los nombres que poseía: 'Soy el creador del Cielo y la Tierra, quien puso las montañas y creó todo lo que existe. Soy el que dio origen a las Aguas, hizo que la Gran Inundación viniera a la existencia. Soy quien moldeó al 'Toro de su Madre', para que el deleite sexual viniera a la existencia. Soy quien labró el cielo y los huecos ocultos de los Dos Horizontes, dentro de los cuales situé las almas de los dioses. Soy aquel que cuando abre los ojos origina la luz y cuando los cierra provoca la oscuridad, a cuyas ordenes las aguas del Nilo ascienden y cuyo nombre los dioses no conocen. Soy quien creó las horas y así los días vinieron a la existencia. Soy el que abre los festivales del año, el creador del flujo de corriente de las aguas. Soy quien dio origen al fuego, para que los trabajos de los hombres pudiesen llevarse a cabo. Soy Jepri por la mañana, Ra al mediodía, y Atum por la tarde.'

Pero Isis conocía ya todos esos nombres, al igual que el resto de la Humanidad, en tanto Ra seguía guardando dentro de sí su nombre secreto. Mientras, el dolor se acrecentaba y el veneno corría a través de sus venas como el fuego. Entonces Isis se dirigió nuevamente a Ra diciéndole: 'No son esos los nombres que necesito para curaros, es necesario que me digáis vuestro nombre secreto, aquel que sólo vos conocéis, y el veneno será expulsado. Sólo vivirá aquel que manifiesta su verdadero nombre’.

Ra estremecido por el dolor que le quemaba con ferocidad, más poderoso que las llamas de fuego dijo:' Acércate Isis, ven aquí y deja que mi nombre, pase de mi cuerpo al tuyo. Yo, el más divino entre los dioses, lo he mantenido oculto, para que mi asiento en la Barca Divina, de millones de años, pudiera ser extenso. Cuando salga de mi corazón, díselo a tu hijo Horus, después de que le hayas jurado por la vida del dios, y hayas puesto el dios en sus ojos.’ Tras esto el gran dios reveló su nombre a la diosa.

Entonces Isis, la Grande de hechizos, dijo: '¡Arrójate fuera, veneno! ¡Sal fuera de Ra! ¡Oh, Ojo de Horus, sal fuera del dios que ha dado origen a la vida por medio de sus palabras! Soy yo quien realiza este hechizo, soy yo quien envía fuera el poderoso veneno, para que caiga sobre la tierra. El gran dios me ha entregado su nombre. ¡Ra vivirá y el veneno morirá!, ¡el veneno muere y Ra vivirá! Así fue como habló Isis la Grande, Señora de los Dioses, que conoce a Ra en su propio nombre.

Estas palabras deben ser recitadas sobre una imagen de Atum, junto con una de Horus de la Alabanza, una figura de Isis y una imagen de Horus. Escribe este hechizo y haz que la persona lo trague. También podrá hacerse en una pieza de lino, colocándolo sobre su garganta. Puede ser mezclado con cerveza o vino y bebido por el paciente. Es una destrucción completa del veneno, comprobada un millón de veces.

Las cuatro figuras, a las que se hace referencia al final del relato, aparecen representadas en el Papiro 1993 de Turín, como modelo a copiar en hechizos contra las picaduras de serpiente. Atum aparece sentado, portando la doble corona y la barba del dios. Detrás de él, también sentado y con la doble corona, Horus de la Alabanza, con cabeza de halcón. Isis se sienta detrás de él, con cabeza humana y por último, tras la diosa, está nuevamente Horus con cabeza de halcón, la doble corona y el cetro uas.

 

 

Indra y Visnu

Mito hindú

 
 

 

 

Indra mató al dragón, titán gigantesco que se ocultaba en las montañas en forma de nube y serpiente y retenía cautivas en su vientre las aguas del cielo. El dios arrojó un rayo al centro de sus pesados anillos, y el monstruo saltó en pedazos como un montón de juncos secos. Se liberaron las aguas, y se desparramaron en franjas sobre la tierra para correr de nuevo por el cuerpo del mundo. Este diluvio es el diluvio de la vida y pertenece a todos. Es la savia del campo y el bosque, la sangre que circula por las venas.

El monstruo se había apropiado del bien común, hinchado su cuerpo egoísta y codicioso entre el cielo y la tierra; pero ahora ha muerto. Han vuelto a manar los jugos. Los titanes se han retirado al submundo; los dioses han vuelto a la cima de la montaña central de la tierra para reinar desde las alturas.

Durante el periodo de supremacía del dragón, se habían ido agrietando y desmoronando las mansiones de la excelsa ciudad de los dioses. Lo primero que hizo Indra fue reconstruirla.

Todas las divinidades del cielo lo aclamaron como su salvador. Llevado de su triunfo, y consciente de su fuerza, llamó a Visvakarman, dios de los oficios y de las artes, y le ordenó que erigiese un palacio digno del inigualable esplendor del rey de los dioses.

Visvakarman, genio milagroso, logró construir en un solo año una espléndida residencia, con palacios y jardines, lagos y torres. Pero a medida que avanzaba su trabajo, las demandas de Indra se volvían más exigentes y las visiones que revelaba más vastas. Pedía terrazas y pabellones adicionales, más estanques, más arboledas y parques. Cada vez que Indra se acercaba a elogiar los trabajos, daba a conocer visiones tras visiones de maravillas que aún quedaban por realizar.

Así que el divino artesano, desesperado, decidió pedir auxilio arriba, y acudió a Brahma, creador demiurgo, encarnación primera del Espíritu Universal que habita muy arriba, lejos de la tumultuosa esfera olímpica de la ambición, la lucha y la gloria.

Cuando Visvakarman se presentó en secreto ante el altísimo trono y expuso su caso, Brahma consoló al solicitante.

-Pronto serás liberado de esa carga- dijo-. Vete en paz.

Acto seguido, mientras Visvakarman bajaba presuroso a la ciudad de Indra, subió Braham a una esfera aún más alta. Se presentó ante Visnu, el Ser Supremo, de quien él mismo era mero agente. Visnu escuchó con beatífico silencio, y con un mero gesto de cabeza le hizo saber que la petición de Visvakarman sería satisfecha.

A la mañana siguiente apareció antes las puertas de Indra un jovencísimo brahman con el bastón de peregrino, y pidió al guardián que anunciase su visita al rey. El centinela corrió a avisar a su señor, y éste acudió en persona a recibir al auspicioso huésped.

Era un niño delgado, de unos diez años, resplandeciente de sabiduría. Indra lo descubrió entre la multitud de chicos que miraban embelesados. El niño saludó al anfitrión con una mirada dulce de sus ojos negros y brillantes. El rey inclinó la cabeza ante el niño; le dio alegre su bendición. Se retiraron los dos al gran salón de Indra, y allí le dio ceremoniosamente la bienvenida a su invitado, con ofrendas de miel, leche y frutos. Y dijo a continuación:

-¡Oh, venerable niño, dime el objeto de tu visita!

El hermoso niño contestó con una voz que era profunda y suave como el trueno lento de las nubes prometedoras de lluvia:

-¡Oh, Rey de los dioses, he oído hablar del poderoso palacio que estás construyendo, y he venido a exponerte las preguntas que me vienen a la cabeza! ¿Cuántos años harán falta para completar esa rica e inmensa residencia? ¿Qué nuevas proezas de ingeniería se prevé que lleve a cabo Visvakarman? ¡Oh, el más Alto de los Dioses- el semblante del niño luminoso esbozó una sonrisa bondadosa, apenas perceptible-, ningún Indra anterior ha conseguido completar un palacio como el que va ser el tuyo!

Embriagado de triunfo, al rey de los dioses le divirtió la pretensión de este niño de saber sobre los Indras anteriores a él. Con una sonrisa paternal, le preguntó:

-Dime, criatura, ¿has visto tú muchos Indras y Visvakarmans...o has oído hablar siquiera de ellos?

El maravilloso huésped asintió con aplomo.

-Desde luego; he visto muchos-su voz era cálida y dulce como la leche de vaca recién ordeñada-. Hijo mío- prosiguió el niño -, yo he conocido a tu padre Kasyapa, el Anciano Tortuga, señor y progenitor de todos los seres de la Tierra. Y he conocido a tu abuelo, Marici, Rayo de Luz Celestial, hijo de Brahma. Marici fue engendrado por el espíritu puro del dios Brahma; su riqueza y su gloria fueron su santidad y su devoción. Y también conozco a Brahma, al que Visnu hace salir del cáliz del loto nacido de su ombligo. Y al propio Visnu, el Ser supremo que sostiene a Brahma en su labor creadora, lo conozco también.

-Oh, Rey de los Dioses, yo he conocido la disolución espantosa del universo. He visto perecer a todos una y otra vez, al final de cada ciclo, momento terrible en que cada átomo se disuelve en las aguas puras y primordiales de la eternidad de donde habían salido originalmente. Así, pues, todo regresa a la infinitud insondable y turbulenta del océano cubierto de absoluta negrura y vacío de todo vestigio de seres animados.

-Ah, ¿quién puede calcular los universos que han desaparecido y las creaciones que han surgido, una y otra vez, del abismo informe de las aguas inmensas? ¿Quién puede contar los siglos efímeros del mundo según se van sucediendo interminablemente? ¿Y quién enumerar los universos que hay en la infinita inmensidad del espacio, cada uno con su Brahma, su Visnu y su Siva? ¿Qué decir de los Indras que hay en ellos, los Indras que reinan a la vez en los innumerables mundos, los que desaparecieron antes de que éstos surgieran, y los que se suceden en cada línea, remontándose a la divina realeza, uno tras otro, y, uno tras otro despareciendo?

-Oh, Rey de los Dioses, hay entre tus siervos quien sostiene que es posible contar los granos de la arena que hay en la tierra y las gotas de lluvia que caen del cielo, pero que jamás pondrá nadie número a todos esos Indras. Eso es lo que saben los Sabios.

-La vida y reinado de un Indra dura setenta y un eones; y cuando han expirado veintiocho Indras, ha transcurrido un Día y una Noche de Brahma. Pero la existencia de un Brahma, medida en Días o Noches de Brahma, es sólo de ciento ocho años. Brahma sucede a Brahma; desaparece uno y surge el siguiente; no se pueden contar sus series interminables.

-Pero ¿quién puede calcular el número de universos que hay en un momento dado, cada uno albergando un Brahma y un Indra? Más allá de la visión más lejana, apretujándose en el espacio exterior, los universos vienen y se van, formando una hueste interminable. Como naves delicadas, flotan en las aguas insondables y puras que son el cuerpo de Visnu. De cada poro de ese cuerpo borbotea e irrumpe un universo. ¿Puedes tú presumir de contarlos? ¿Puedes contar los dioses de todos esos mundos, de los mundos presentes y pasados?

Una procesión de hormigas había hecho su aparición en la sala durante el discurso del niño. En orden militar, formando una columna de cuatro metros de anchura, la tribu avanzaba por el suelo. El niño reparó en ellas; calló y se quedó observándolas; luego soltó una asombrosa carcajada, pero acto seguido se abismó en mudo y pensativo silencio.

-¿De qué te ríes?- tartamudeó Indra-. ¿Quién eres tú, ser misterioso, bajo esa engañosa apariencia de niño?- el orgulloso rey se sentía secos los labios y la garganta; su voz siguió repitiendo entrecortada-: ¿Quién eres tú, Océano de Virtudes, envuelto en bruma ilusoria?

El asombroso niño prosiguió:

-Me han hecho reír las hormigas. No puedo decir el motivo. No me pidas que lo desvele. Ese secreto encierra la semilla del dolor y el fruto de la sabiduría. Es el secreto que abate con una hacha el árbol de la vanidad mundana, y corta sus raíces y desmocha su copa. Ese secreto es una lámpara para los que andan a tientas a causa de la ignorancia. Ese secreto se halla enterrado en la sabiduría de los siglos y rara vez se revela siquiera a los santos. Ese secreto es el aire vital de los ascetas que renuncian a la existencia mortal y la trascienden; pero a las personas mundanas, engañadas por el deseo y el orgullo, las destruye.

El niño sonrió y se quedó callado. Indra le miró, incapaz de moverse.

-¡Oh, hijo de brahman- suplicó el rey a continuación, con nueva y visible humildad-, no sé quién eres! Pareces la encarnación de la Sabiduría. Revélame ese secreto de los tiempos, esa luz que disipa las tinieblas.

Requerido de este modo, el niño enseñó al dios la oculta sabiduría:

-He visto, oh Indra, cómo desfilan las hormigas en larga procesión. Cada una fue un Indra en otro tiempo. Al igual que tú, cada uno, en virtud de piadosas acciones pasadas, ascendió al rango de rey de los dioses. Pero ahora, tras multitud de renacimientos, cada uno se ha convertido otra vez en hormiga. Ese ejército es un ejército de antiguos Indras.

La piedad y las acciones sublimes elevan a los habitantes del mundo al reino glorioso de las mansiones celestiales, o a los dominios superiores de Brahma y de Siva, y a la esfera más alta de Visnu; pero las acciones reprobables los hunden en mundos inferiores, en abismos de sufrimiento y dolor que implican la reencarnación en pájaros o sabandijas, y se convierte en esclavo o en señor. Por sus acciones alcanza uno el rango de rey o de brahman, o de algún dios, o de un Indra o un Brahma. Y merced a sus acciones, además contrae enfermedades, adquiere belleza o deformidad, o vuelve a nacer en la condición de monstruo.

-Esa es la sustancia del secreto. Esa es la sabiduría que, surcando el océano del infierno, conduce a la beatitud.

La vida en el ciclo de los innumerables renacimientos es como la visión de un sueño. Los dioses de las alturas, los árboles mudos y las piedras, son otras tantas apariciones de esta fantasía. Pero la Muerte administra la ley del tiempo. A las órdenes del tiempo, la Muerte es señora de todos. Perecederos como burbujas son los seres buenos y los seres malos de ese sueño. El bien y el mal se alternan en ciclos interminables. De ahí que los sabios no se aten al bien ni al mal. Los sabios no se atan a nada en absoluto.

El niño concluyó la lección sobrecogedora y miró a su anfitrión en silencio. El rey de los dioses, a pesar de su esplendor celestial, se había reducido ante sí mismo a la insignificancia. Entretanto, otra asombrosa aparición había entrado en el salón.

El recién llegado tenía aspecto de ermitaño. Un moño espeso le coronaba la cabeza; llevaba una gamuza negra atada a la cintura; en la frente tenía pintada una marca blanca; se protegía la cabeza con un mísero quitasol de hierba, y en el pecho le nacía un extraño y espeso mechón: estaba intacto en la circunferencia, pero del centro le habían desaparecido muchos pelos al parecer.

Este personaje santo fue directamente a Indra, y el niño se sentó entro los dos, donde permaneció inmóvil como una roca.

El majestuoso Indra, recobrando de algún modo su papel de anfitrión, le saludó con una inclinación de cabeza, le rindió homenaje, y le ofreció leche agria y miel como refrigerio; luego titubeante, aunque reverente, preguntó a su austero huésped por su salud. Tras lo cual el niño se dirigió al hombre santo, haciéndose las mismas preguntas que el propio Indra le había formulado.

-¿De dónde vienes, oh, Hombre Santo? ¿Cómo te llamas y qué te trae a este lugar? ¿Dónde está tu actual hogar y cuál es el significado de este quitasol de hierba? ¿Qué prodigio es ése del mechón circular que tienes en el pecho: por qué es tan espeso en la circunferencia pero en el centro está casi pelado? Ten la bondad, oh Hombre Santo, de responder brevemente a estas preguntas. Estoy deseoso de comprender.

El santo anciano sonrió con paciencia; y empezó lentamente:

-Soy brahman. Me llamo Velleso. Y he venido aquí a advertir a Indra. Como sé que mi vida es breve, he decidido no tener hogar, ni construirme casa ninguna, ni casarme, ni procurarme sustento. Vivo de las limosnas. Para protegerme del sol y de la lluvia llevo sobre mi cabeza este quitasol de hierba.

-En cuanto al rodal de pelo que tengo en el pecho, es fuente de aflicción para los hijos del mundo. Sin embargo, enseña sabiduría. Por cada Indra que muere se me cae un pelo. Por eso en el centro me ha desaparecido todo el vello. Cuando expire la otra mitad del periodo asignado al Brahma actual, yo mismo moriré. Oh, niño brahman, se suponen que mis días son escasos; así que, ¿para qué tener esposas, hijo ni casa?

-Cada parpadeo del gran Visnu señala el paso de un Brahma. Todo cuanto hay por debajo de esa esfera de Brahma es inconsistente como la nube que adopta una forma y se deshace a continuación. Por eso me dedico sólo a meditar sobre los incomparables pies de loto del altísimo Visnu. La fe en Visnu es más que la dicha de la redención; porque toda alegría, incluso la celestial, es frágil como un sueño, y no hace sino estorbar la concentración de nuestra fe en el Ser Supremo.

-Siva, dador de paz, altísimo guía espiritual, me ha enseñado esta sabiduría maravillosa. No ansío experimentar las diversas formas de redención, ni compartir las mansiones excelsas del altísimo y gozar de su eterna presencia, o ser como él en cuerpo y atavío, o convertirme en parte de su augusta sustancia, o incluso diluirme enteramente en su esencia inefable.

-De repente, el hombre santo calló y desapareció. Había sido el propio dios Siva; ahora había regresado a su morada supramundana. Simultáneamente, el niño brahman, que era Visnu, desapareció también. El rey se quedó solo, desconcertado y perplejo.

Indra, el rey, reflexionó; y le pareció que estos sucesos habían sido un sueño. Pero ya no sintió deseo ninguno de aumentar su esplendor celestial ni de continuar la construcción de su palacio. Llamó a Visvakarman. Y acogiendo amablemente al artífice con palabras halagadoras, lo cubrió de joyas y regalos preciosos, y lo mandó a su casa tras una suntuosa despedida.

Indra, el rey deseó ahora alcanzar la redención. Había adquirido sabiduría, y sólo quería ser libre. Confió la pompa y el peso de su oficio a su hijo, y se dispuso a retirarse al desierto y abrazar la vida de ermitaño. Al enterarse su hermosa y apasionada reina, Saci, se sintió traspasada de dolor.

Llorando de pena y de absoluta desesperación, Saci acudió a Brhaspati, ingenioso sacerdote  y Señor de la Sabiduría Mágica. Postrándose a sus pies, Saci le suplicó que apartase del ánimo a su esposo tan severa resolución. El hábil consejero de los dioses, que con sus ardides y encantos había ayudado a los poderes celestiales a arrancar el gobierno del universo de las manos de sus rivales los titanes, escuchó meditabundo la queja de la voluptuosa y desconsolada diosa, y asintió con sagacidad. Con sonrisa de mago, la cogió de la mano y la condujo a la presencia de su esposo. Allí, en su papel de maestro espiritual, disertó sabiamente sobre las virtudes de la vida espiritual pero también de las virtudes de la secular. De una y otra dijo lo que era de justicia. Desarrolló muy hábilmente su discurso; convenció al rey discípulo para que moderase su extrema resolución, y devolvió a la reina su radiante alegría.

Este Señor de la Sabiduría Mágica había compuesto en otro tiempo un tratado sobre el gobierno, a fin de enseñar a Indra a gobernar el mundo. Ahora escribió una segunda obra, un tratado sobre política y ardides del amor conyugal. Demostrando el dulce arte siempre nuevo del galanteo, y encadenado al amado con lazos duraderos, su inestimable libro proporcionó sólidos cimientos a la vida conyugal de la pareja reunida.

Así concluye la maravillosa historia de cómo el rey de los dioses fue humillado por su orgullo desmedido, curado de una ambición excesiva y, por medio de la sabiduría espiritual y secular, devuelto a la conciencia de su propia función en el juego transitorio de la vida interminable.

 

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

 

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