FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

SIMBIOSIS ENTRE MISIONEROS Y TEÓLOGOS ANTE LOS PROBLEMAS DE INDIAS (I)

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

 

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Ramón Hernández

 

 


 

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Una simbiosis muy notable se capta fácilmente entre misioneros y teólogos en la evangelización americana del siglo XVI. Los misioneros buscan el asesoramiento de los teólogos en los graves y nuevos problemas que surgen en su apostolado, y los teólogos desean de los misioneros informes, cartas y experiencias, que los orienten en las altas cuestiones que les plantea la conquista de América y las tensiones sociales y políticas creadas. Esa fusión de pareceres, de celo o entusiasmo apostólico por la evangelización y unión también de preocupaciones por las relaciones de convivencia entre las dos razas, es lo que explica en gran parte la eficacia indudable de la cristianización del Nuevo Mundo, de la pronta y exitosa implantación de la Iglesia, y de la unión vital y cultural de los pueblos indios con el pueblo hispano. Nuestro estudio va a fijar su atención sobre esa fusión y sintonía entre misioneros y teólogos en las primeras décadas del siglo XVI, que son la base de la misionología y de la cristianización americana.

1.     Análisis de ambos extremos: misioneros, teólogos

1.1  Espíritu de los primeros misioneros de América

   ¿Qué formación y qué espíritu animaba a los misioneros y a los teólogos del Nuevo Mundo en la primera mitad del siglo XVI? Fijemos nuestra atención ahora en el primero de los extremos: los evangelizadores. Las tres primeras órdenes en acudir de modo regular y organizado en grupos apostólicos a la evangelización de los naturales de aquel mundo recién descubierto fueron los franciscanos, los dominicos y los agustinos. Estas tres órdenes habían hecho triunfar el espíritu reformista de conversión y vivencia de la estricta observancia y de su verdadero carisma a principios del siglo XVI. Todas ellas habían desarrollado un esfuerzo grande por reformarse desde el interior, en conformidad al espíritu de sus fundadores y de aquellas primeras generaciones que encarnaron en toda su pureza y vivieron en el grado más elevado el ideal o carisma de la propia Orden.

   Con la famosa peste negra de mediados del siglo XIV y la muerte consiguiente de la mitad de los frailes, la relajación de la disciplina y la escasa ilusión por mantener el ideal fundacional llevó a las comunidades de las diversas órdenes a una vida religosa superficial, que era arrastrada con pesada languidez por la Iglesia entera. La restauración de la disciplina conventual, de la vida ascética, de la oración litúrgica, y personal y contemplativa, fue venciendo aquellas anteriores meras apariencias de religiosidad.

   Para intensificar ese espíritu interior de oración, de humildad evangélica, y de ascesis del cuerpo y de los sentidos, algunas reformas habían desconsiderado el estudio. Los dominicos en cambio lo continuaron y lo constituyeron en elemento ascético de primer orden y en auxiliar primario de la oración y del apostolado. Los jóvenes misioneros que fueron enviados a las Indias se fraguaron en este ambiente de rigurosa disciplina y de exigente vida religiosa.

 Bien formados en su voluntad en cuanto al espíritu de oración y amor ferviente a Dios y a los hombres, y bien formados  en su entendimiento en cuanto al conocimiento profundo de la ciencia teológica y de las exigencias de la pastoral sacramental, salieron de los conventos y se embarcaron hacia las Indias. Partían, pues, fogueados en el mejor ambiente conventual de la reforma y templados en los yunques de las mayores exigencias ascéticas consigo mismos, y preparados por lo tanto para desplegar el más ardiente celo apostólico.

1.2  Formación de los teólogos

   ¿Y el segundo extremo, los Maestros, y particularmente los teólogos? Los teólogos de la Escuela de Salamanca, que tienen como figura central a Francisco de Vitoria, son hombres abiertos a todos los problemas de su tiempo. Sus primeros grandes maestros se formaron en la universidad de París, emporio tradicional del saber cristiano y palestra en la que bullen y proclaman sus doctrinas los representantes de los más diversos movimientos intelectuales de la época.

   Hemos escogido tres maestros como modelos en esta exposición de simbiosis con las inquietudes de los misioneros del Nuevo Orbe: uno antes de Francisco de Vitoria, y que en cierta forma le prepara el camino, Matías de Paz; en segundo lugar el propio Francisco de Vitoria, y finalmente su primer gran discípulo, que comparte con él el ardor por los grandes temas americanistas y mantiene viva su antorcha después de la muerte de Vitoria, es a saber Domingo de Soto. Estos tres maestros, que nos van a servir de guía, se formaron en París.

   A finales del siglo XV y principios del XVI en la ciudad del Sena eran tres las corrientes más importantes en el mundo intelectual, y en esas tres corrientes bebieron, cada uno a su modo y en su grado, estos tres pensadores. Esas tres corrientes o movimientos intelectuales  eran el nominalismo, el humanismo renacentista y el tomismo.

   La primera de esas tres corrientes de pensamiento –el nominalismo- desde hacía bastante tiempo venía propendiendo en muchos de sus autores hacia las ciencias empíricas, como las matemáticas, la física y la astrología. Otra de las predilecciones del nominalismo la constituían los problemas del hombre en los campos de la moral y del derecho.

   El segundo gran movimiento intelectual parisino era el humanismo renacentista, que contaba entonces para el mundo cristiano un representante máximo indiscutible en la figura de Erasmo de Rotterdam. Con él el renacimiento paganizante había perdido el cetro del humanismo, para conseguir claramente la hegemonía  el humanismo cristiano, inspirado, en cuanto a la doctrina religiosa y en cuanto a la moral y las costumbres, no en las fuentes paganas greco-romanas, sino en las fuentes de la Biblia y de los primeros siglos del cristianismo. De esta forma el renacimiento cristiano, representado por Erasmo, aspiraba a reformar la espiritualidad de la Iglesia de su tiempo y la teología.

   El tercer movimiento intelectual importante del París de aquellas décadas era el Tomismo. Esta corriente filosófico-teológica renacía con fuerza, después de un sopor de decenios, y pretendía renovarse, volviendo a las fuentes fundacionales e incorporando a las doctrinas de los grandes maestros del pasado los elementos vivos preconizados y que hemos visto en las dos corrientes poco ha mencionadas.

   Debido a esta formación y a esta atmófera cultural y reformista, la Escuela Teológica de Salamanca forma un conjunto de hombres sabios integrales, especulativo-prácticos, que tienen su mirada inquieta dirigida hacia los problemas de la sociedad humana contemporánea y se interesan celosamente por resolverlos.

   Empezando por los más cercanos, está la promoción de la Universidad de Salamanca a la que sirven y comunican sus conocimientos, y para la que procuran una biblioteca bien surtida de los mejores libros y de las más recientes publicaciones, de cuya adquisición encarga la misma universidad a nuestros teólogos. Otro tanto debemos decir de la introducción incluso de la imprenta en el ámbito universitario, para divulgar más fácilmente los saberes de sus maestros, y no se quedaran encerrados en el recinto de las clases o en sus cartapacios o en los meros apuntes de los alumnos más o menos numerosos, sino que se extendieran de modo  ilimitado con la imprenta, irradiando al mundo entero sus doctrinas. Francisco de Vitoria y Domingo de Soto trabajaron  decidida y eficazmente en esos empeños.

   Extendiendo más su mirada, no sólo al mundo universitario, sino a la sociedad entera de España, sienten en sí mismos los problemas del hambre, de la pobreza y de la mendicidad, particularmente en los años de pésimas cosechas o de recolecciones insuficientes. Los ricos tenían llenos sus graneros, y sólo a precios excesivos vendían sus granos. Los pobres no podían comprarlo y se morían de hambre.

   Francisco de Vitoria clamaba contra los poderosos almacenistas, que especulaban con el hambre de los pobres. En 1539, en que la necesidad fue apremiante, Domingo de Soto marchó por encargo de la Universidad de Salamanca a Toledo, de donde consiguió 5.000 fanegas de trigo; Francisco de Vitoria se encargaba de pagar a los transportistas. Este trigo, ofrecido a precios más baratos, obligaba a los ricos a abrir a precios asequibles sus graneros, si no querían venirse a la ruina.

   No mejoró la situación al año siguiente, y esos dos grandes maestros debieron desempeñar misiones parecidas. Espantosa en extremo fue la miseria en 1544. Domingo de Soto en su convento de San Esteban de los Padres Dominicos de Salamanca daba de comer diariamente a centenares de pobres. Preparó entonces la publicación de un libro sobre esta materia, que él había expuesto ya en una relección o conferencia delante de todo el gremio universitario. Tituló esta obra Deliberación sobre la causa de los pobres, que editó con gran éxito primero en latín y luego en español en 1545. Francisco de Vitoria escribía por entonces horrorizado: no se concibe que “en un año, en que mueren nuestros prójimos y hermanos de hambre,  tenga uno intentos de hacerse rico”.

   Y en el ámbito europeo ¡las guerras! Era entonces la peste de Europa. Las naciones cristianas en incesantes guerras. Eran las guerras continuas entre Francia y España; eran la guerras en Italia y en Alemania y en Flandes y en Inglaterra. Francisco de Vitoria ve en peligro la cristiandad entera y toda la cultura cristiana.

   El imperio turco es dueño de toda la antigua Asia Cristiana, de la Europa del este y del norte de Africa. El Mediterráneo es casi un lago de aquel inmenso imperio islámico. La amenaza turca sobre el occidente cristiano constituye un peligro inminente, del que no parecen percatarse sus reyes.

   Francisco de Vitoria postula como solución única la paz entre las naciones cristianas. La paz y las buenas relaciones de colaboración mutua entre España, Francia y el Imperio Germánico harían a la Europa occidental inexpugnable. Formarían un valladar insalvable para aquella inmensa marea turca siempre amenazante, con las consecuencias conocidas de sus imposiciones tiránicas en religión, en costumbres y en cultura, que harían desaparecer en poco tiempo el riquísimo y antiquísimo acerbo cultural, artístico, intelectul y moral de la Europa cristiana.

   Con esa misma valentía y con esa misma perspectiva de la pacífica relación entre los pueblos, de la proyección de la doctrina del Evangelio y de la salvación de los derechos del hombre y de las sociedades, miran estos teólogos de la Escuela de Salamanca hacia América y se hacen cargo de toda la problemática humana, que plantea aquel nuevo orbe.

   En verdad acerca de aquel mundo recién descubierto las dificultades son mayores que las observadas en España o en Europa: las distancias enormes, que difuminan la verdad de los hechos; los informes muchas veces contrarios de los que llegaban de tan lejanas tierras; las urgencias de los misioneros, que necesitaban actuar con la mayor seguridad posible en su ministerio catequético y pastoral; la necesidad de unas relaciones pacíficas entre españoles e indios, no sólo para facilitar la predicación evangélica, sino incluso para hacerla posible con alguna garantía de que fuesen verdaderas o sinceras aquellas conversiones, muchas veces dudosas por la presión de las armas.

   La misma corte real, que sentía gravada su conciencia ante aquellos problemas de sus lejanos dominios, solicitaba la luz de los grandes maestros de la metrópoli, para llevar a cabo una política justa y elaborar una legislación adecuada, que consiguiera una convivencia pacífica, que respetara los derechos de aquellos pueblos.

2. Momentos cumbres de la simbiosis entre teólogos y misioneros

   Los informes de los misioneros eran frecuentes y el afán y la búsqueda de los teólogos por conseguirlos era muy grande por la necesidad de fundar su doctrina sobre las más seguras bases positivas. Hay dos momentos estelares, que coinciden con los dos conjuntos legislativos más importantes de la primera mitad del siglo XVI sobre las Indias: las circunstancias que preparan las ordenanzas de Burgos-Valladolid de 1512-1513, y las que propician la promulgación de las llamadas Leyes Nuevas de Indias de Barcelona-Valladolid de 1542-1543.

2.1 Circunstancias que propician las leyes de 1512

   Fue la raíz de las Ordenanzas de 1512 el famoso sermón del dominico Fray Antón Montesinos, reclamando la libertad y la justicia y los derechos de los indios. Tuvo lugar en la isla de La Española, en la ciudad de Santo Domingo, en presencia del gobernador D. Diego Colón, de las altas autoridades de su consejo de gobierno, de los conquistadores, encomenderos y gran público del mundo hispano establecido en la capital de la isla.

   La esclavitud, los trabajos forzosos y excesivos y los malos tratos, a los que los españoles tenían sometidos a los indios eran preocupación continua para los misioneros. Se imponía una respuesta pública a aquella opresión. El domingo 21 de diciembre de 1511 el citado fray Anton Montesinos con la designación y en nombre de toda la comunidad de frailes dominicos de la isla lanzó un grito de queja desde el púlpito de la iglesia ante todo aquel auditorio de gente hispana.    Tomando el argumento del evangelio de San Juan Bautista predicando en el desierto increpó al público en estos términos:

   “yo soy la voz de Cristo, predicando en el desierto de esta isla… Y esta voz os dice que estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿con qué derecho y con qué justicia reducís a esclavitud y servidumbre a los indios? ¿Con qué autoridad les habéis hecho tan detestables guerras? ¿Es que no son hombres? ¿Es que no tienen ánimas racionales? ¿Es que no estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? Tened por cierto que estáis en estado de condenación como los que no quieren la fe de Jesucristo”[1].

   El sermón fue un aldabonazo contundente en la conciencia de hombres y cristianos de todo aquel auditorio. Ante las recriminaciones tan duras las autoridades y señores de la Española se conmovieron, y prepararon testificaciones, memoriales y personas para acudir a la corte de España y encausar a aquella comunidad de frailes dominicos: o reducirlos al silencio o devolvérselos todos a sus superiores de la metrópoli; determinación dura, pero no parecía que hubiera otra solución, pues los frailes se mantenían en sus posiciones. El rey Fernando el Católico hizo llegar su amarga queja al Prior Provincial de la Provincia Dominicana de España, Fray Alonso de Loaísa. Y éste pidió al instante explicaciones a sus frailes de La Española.

   En este cruce de cartas entre el superior de España y sus misioneros de América merece destacar la actitud de los misioneros decididos por la defensa de los derechos de los indios, y la actitud del Padre Provincial, pidiendo una retractación para tener en calma los ánimos adversos y conservar las buenas disposiciones del Rey y de su Corte hacia la Orden.

   Así lo manifiesta en las tres cartas misivas que les dirige el P. Provincial a La Española en marzo de 1512. Otro punto común en esas cartas del Provincial es lo referente al alto aprecio de que habían gozado aquellos misioneros en España; su elevada formación; la ilusión con que los enviaron, seguros de que harían una labor brillante, misionera y pastoral en las Indias, y las grandes esperanzas que tenían cifradas en ellos, de haber quedado en la metrópoli en vez de embarcarse para el Nuevo Mundo.

   Veamos algunas de las expresiones  del prior Provincial Alonso de Loaísa en esas cartas misivas. En la primera les dice: “acá me han dado unas nuevas que me han apenado mucho… y maravillóme de vuestra prudencia consentir predicar tales cosas… Yo vos ruego y encargo y mando que lo pasado se remedie, y escribidme largo de todo con el primero que se os ofreciere”.

   De la segunda carta son estas palabras: “(es) muy grave la pena que nos habéis dado a todos, en ver que personas tan religiosas y de letras como vosotros, y que con tanto celo y fervor de dilatar nuestra santa fe católica…, diésedes en vuestra predicación motivo a que esto se pierda y todo se estorbe, y que toda la India por vuestra predicación esté para rebelar… Mucho soy maravillado de ello y no sé a qué lo atribuya…

   “En este caso, si bien miráis, (vuestra doctrina) no ha lugar, pues que estas islas las ha adquirido su Alteza jure belli y Su Santidad ha hecho al Rey nuestro señor donación de ello, por lo cual ha lugar y razón de alguna servidumbre…    Vos mando a todos e a cada uno de vos en particular in virtute Spiritus Sancti et sanctae obedientie… que ninguno sea osado predicar más en esta materia”.

   En la tercera carta misiva del Provincial a los misioneros de Santo Domingo leemos: “ruégoos sea larga vuestra carta, cuando me escribiéredes de todo lo que sentís allá… (En la corte) supe las nuevas de lo que allá habíades predicado, que infinita pena me dio, y habéis puesto en vuestra honrra y fama harta, según lo mucho que acá érades estimados… a ningún fraile daré licencia para pasar allá hasta que el señor gobernador me escriba de la enmienda que hubiéredes hecho en este escándalo, que por acá tanto ha sonado”[2].

   El Rey Fernando el Católico convocó una junta extraordinaria de teólogos y juristas en Burgos en 1512, que juntamente con los miembros del Consejo Real discutieran los problemas surgidos en la Indias. De La Española vinieron el superior de los dominicos Fray Pedro de Córdoba y el predicador Fray Antón Montesinos, como también vinieron personas muy representativas de la parte contraria.

   El resultado fue un importante cuerpo legislativo, principalmente de carácter laboral, que pretendía suavizar en gran manera las relaciones entre indios y españoles, y regular de un modo más humanitario los trabajos o servicios de los naturales y las exigencias laborales de los encomenderos. Los dominicos no quedaron satisfechos, pues aspiraban a anular las encomiendas, como fuentes que eran, difícilmente salvables, de todos los abusos y malos tratos de los españoles para con los indios. No obstante, lo conseguido en las leyes era un gran paso, si se lograba llevarlo a la práctica, y por lo mismo su labor de protesta había producido en el escaso tiempo de unos diez meses espléndidos frutos3].

   Varios son los autores que vienen dudando desde algunos decenios de la historicidad del discurso de Antón Montesinos tal como lo hemos reproducido, tomado, como decimos en la nota a pie de página, del P. Bartolomé de Las Casas. Éste –arguyen- ha cometido errores y mentiras en otras ocasiones, y también las pudo cometer en ésta.

   Debemos responder que los errores lascasianos son sólo de cálculos de números y distancias, no fáciles de medir entonces: número de indios, número de ríos, extensión de los territorios, distancias. Peligroso es negarle la verdad de los acontecimientos por él narrados. Sólo él nos ofrece la joya del diario del primer viaje de Cristóbal Colón; lo ha tomado del original de Colón; este original ha desaparecido y ¿quién se ha atrevido jamás a negar su verdad por la simple razón de que lo transmite el mentiroso Las Casas? Sólo por él sabemos con plena certeza el día y la hora del descubrimiento de América.

   Sabemos que el discurso de Montesinos estaba escrito, y contenía la firma de los frailes de su comunidad. Las Casas, celoso registrador de documentos, que tuvo acceso a la documentación colombina, también lo tuvo al archivo del convento, que le proporcionaron el sermón entero de Montesinos, y del que él extrajo los citados párrafos.

Una segunda objeción es que nadie podía negar o poner en dudas en esos años la total jurisdicción de los Reyes de España sobre las Indias, pues daban pleno valor jurídico a la concesión pontificia de Alejandro VI en la bula Inter Caetera. Las dudas de Las Casas debieron tener origen más tarde, después de hacerse dominico, terminar su priorato en Puerto Plata y comenzar de nuevo y con más ardor su campaña contra las guerras de conquista y las encomiendas.

   Debemos reconocer que el valor de la concesión del Papa Alejandro VI fue tenida en cuenta en casi todo el siglo XVI por los Reyes de España y sus mandatarios legistas y militares. Sin embargo el teólogo Francisco de Vitoria negó repetidamente valor alguno a la concesión del papa, y lo mismo defendieron sus discípulos de la Escuela de Salamanca que él fundara. Las razones definitivas para Vitori eran la plenamente voluntaria y libre aceptación de esa jurisdicción española o la guerra verdaderamente justa.

   Es más, yendo a esos años 1511-1512 de la protesta de los misioneros dominicos encontramos argumentos, aparte del sermón de Montesinos, que nos muestran que esos dominicos pudieron dudar o poner en tela de juicio, y que de hecho lo hicieron de modo explícito, ese dominio o una plena jurisdicción sobre las Indias.

   Citamos en primer lugar una real cédula del rey Fernando el Católico dirigida al gobernador de Las Indias, el Almirante D. Diego Colón. Está datada en Burgos el 20 de marzo de 1512, en la que se cita a fray Antonio Montesinos y su osadía de ir contra los derechos del rey de España sobre el Nuevo Mundo. Es una respuesta a la que antes dirigiera el gobernador al rey con las acusaciones contra los dominicos de La Española. Citemos algunos párrafos:

   “Vi ansimismo el sermón que dezís que hizo un flaire dominico que se llama frey Antonio Montesino, y… me ha mucho maravillado en gran manera de dezir lo que dixo, porque para dezirlo ningún buen fundamento de theología ni de cánones ni de leyes tenía, según dicen todos los letrados y yo ansí lo creo.

   “Porque quando yo e la Sra. Reyna mi muger, que gloria aya, dimos una posta para que los indios sirviesen a los christianos, como agora los sirven, mandamos ajuntar para ello todos los del nuestro Consejo y muchos otros letrados theólogos y canonistas, y, vista la gracia e donación que nuestro muy santo Padre Alejandro sesto nos hizo de todas las islas e tierras firmes descubiertas e por descubrir en esas partes, cuyo traslado autorizado yrá con la presente y las otras causas escritas en derecho y conforme a razón que para ello avía, acordaron en presencia y con parescer del arzobispo de Sevilla, que agora es, que se devían de dar, y que era conforme a derecho humano e divino”.

   El Rey se vio obligado a aducir en su favor los documentos, como la bula Alejandrina, que avalaban su dominio sobre las nuevas tierras. La razón no era otra, sino porque  en el sermón de “Frey Antonio Montesino” se ponía en tela de juicio esa jurisdicción. Por lo demás hemos trascrito algunos párrafos de las cartas del Provincial de los dominicos a los misioneros de La Española. En la segunda de esas cartas se dice:

         “Y dado que vuestras proposiciones se pudieran ver y fiar en otra materia, pero en ese caso, si bien miráys, no a lugar, pues que estas yslas las ha adquirido su Alteza jure belli y su Santidad ha hecho al rey nuestro señor donación dello… Y, porque el mal no proceda adelante, y tan gran escándalo cese vos mando a todos e a cada uno de vos en particular in virtute Spiritus Sancti et sanctae obedientiae… que ninguno sea osado predicar más  en esta materia… So la misma pena no hablen en la materia a los que confesardes. Vester  Pater et servus frater Alonso de Loaysa, Prior Provincialis”.

   Si el P. Provincial recurre a los argumentos de dominio (jure belli y donación papal), es porque los frailes dominicos de La Española se permitieron dudar de ese dominio.

   Otra prueba de que la duda de los misioneros dominicos afectaba también a la jurisdicción de nuestros reyes sobre las Indias fue el encargo de Fernando el Católico al teólogo dominico Matías de Paz, de escribir una obra sobre ese tema. Matías escribió entonces, en 1513, su obra Acerca de la jurisdicción de los reyes de España sobre los indios. Este teólogo dominico había asistido a las citadas juntas.

   En el colofón de su obra dice Matías de Paz que escribió este tratado a petición del Rey Fernando. Pese a las leyes de Burgos-Valladolid de 1512-1513, la conciencia real no había quedado completamente tranquila. Los sabios de aquellas juntas, al final de sus resoluciones, después de componer aquel célebre código indiano, advierten al Rey que con el cumplimiento de esas ordenanzas “su real conciencia será enteramente descargada”. No debió sentir esto el Rey en su plenitud, y por eso pide a Matías de Paz la justicia de su dominio sobre  aquellas tierras y sus habitantes.

   Nos interesa destacar el hecho de que había personas que dudaban de esa jurisdicción y dominio, y entre esas personas estaban los dominicos de La Española que lo hicieron público en el famoso sermón de Montesinos. Dice Matías de Paz, al principio de su tratado:

   “En lo tocante al dominio del Católico e Invíctisimo Rey de España sobre los indios, maravillosamente sometidos a su imperio por el Dios Altísimo, hanse suscitado por parte de algunos propagadores de la fe y varones religiosos algunas dudas”.

   La tesis de este teólogo es que el Rey Fernando el Católico tiene absolutamente hablando todos los derechos sobre los indios y sus territorios, pues venció a esos indios en guerra justa. Afirma el derecho real sobre aquellas tierras y los indios. Y da la prueba demostrativa: pues venció a esos indios en guerra justa. La justicia de esos castigos y de esas guerras son las dudas lanzadas en su sermón por Montesinos: ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel servidumbre a los indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras? Las dudas existieron y se plantearon. Esa la cuestión.


 

[1]  Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias…, lib. III, cap. 4 (BAE, Biblioteca de Autores Españoles, 96, Madrid, 1961, pág. 176b.

[2]  Colección de Documentos Inéditos para la Historia de Ibero-América… vol. VI, Madrid, S. A, págs. 443s, 425s y 445-447.

[3]  Rafael Altamira, El texto de las leyes de Burgos de 1512, en “Revista de Historia de América”, 4 (1938), págs. 6-79.

 


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