Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica

 

 

 

 

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LA LITERATURA: CONCEPTO

LOS ORÍGENES DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

 

 

 

A manera de prólogo

 

Literatura, de littera, letra, era el término latino empleado para referirse a «lo que está escrito», sin distinción de contenidos. Venía a denominarse así a  la instrucción o conjunto de saberes y habilidades de  escribir y  leer bien. Se relacionaba la disciplina con el arte de la  gramática, la  retórica y la  poética. El término, por extensión,  pasa a aplicarse a cualquier obra o texto escrito y, más específicamente, al arte u oficio de escribir. Todavía en el siglo XVIII se aplicaba el término literato indistintamente a poetas como Garcilaso y a científicos como Newton.

Modernamente se entiende por literatura  el intento, y la habilidad, para construir belleza que toma la palabra como instrumento. Es, por tanto, la forma de expresión lingüística convertida en arte, especialmente, en su modo escrito. También se denomina así al conjunto de composiciones literarias de un pueblo, época o género. 

Entre los más antiguos textos literarios conocidos se encuentra el Poema de Gilgamesh, una narración de origen sumerio grabada en tablas de arcilla, cuya versión más antigua data del año 2.000 a.C. Siempre existieron las narraciones, pero pasaban  de generación en generación por la vía del lenguaje oral y la memorización. El primer texto teórico importante que se ocupa de elaborar una definición de literatura es la Poética de Aristóteles,  allá por el siglo IV a.C.  

Aristóteles viene a decir que la literatura es una imitación, en griego mímesis, que utiliza las palabras y cuyo fin último es el deleite. Siglos después Horacio argumenta  que la literatura debe ser útil y a la vez agradable. Su objetivo: «instruir deleitando». Este precepto se ha mantenido con el paso del tiempo y ha llegado hasta nuestros días avivando una controversia   que ha orientado los movimientos literarios en dos direcciones con base filosófica: el arte por el arte o el arte por la idea.

La literatura interrelaciona a un emisor, el autor, con un receptor, el lector, por medio de un texto. Para entender su devenir histórico es imprescindible, por tanto, conocer el contexto sociopolítico y cultural en que se desenvuelve y produce en cada momento.

Durante toda la Edad Media, en España, el latín fue la única lengua para la transmisión del conocimiento. El origen de la literatura en español se remonta a los siglos x y xi, con las Glosas Emilianenses y las jarchas.

Las primeras manifestaciones en lengua romance tienen, por tanto, un carácter popular y oral, ya sean de género lírico o épico. La poesía culta y la prosa literaria no aparecerán hasta el final de este periodo. Las manifestaciones literarias en castellano más antiguas que se conocen pertenecen al género lírico, lo que sustenta la tesis que defiende que la canción lírica popular nace al mismo tiempo que las lenguas romances.

 

Esquema de manifestaciones líricas populares

Estrofa

Época

Lengua

Zona geográfica

Jarchas.

Primeros testimonios escritos  del siglo XI.

Mezcla de árabe vulgar y romance mozárabe.

El Sur, la zona de Al-Ándalus.

Cantigas de amigo.

Las más antiguas  del siglo XII. Son utilizadas hasta el XV.

Gallego-portugués.

El Noroeste, la zona de Galicia, Castilla y Portugal.

Villancicos.

Finales del siglo XV.

Castellano.

La zona castellana.

Danzas, baladas y albas.

Danzas, baladas y albas.

Provenzal y catalán.

El Nordeste, la zona de Cataluña.

 

 El género épico es del que más restos se conservan. Se diferencian en él dos corrientes o movimientos: el mester de juglaría, de carácter oral y popular, que desarrolla una literatura heroica, y el mester de clerecía, propio de los clérigos que habitan los monasterios, con finalidad claramente didáctica. Los principales transmisores de la poesía oral en la Edad Media son los juglares que recorren  pueblos y castillos con espectáculos y representaciones semiteatrales en los que se baila, se recita y cantar todo tipo de poesía.

 

El contexto

 

La literatura medieval, asentada sobre un entorno feudal,  está íntimamente relacionada con las creencias religiosas y la evolución social que experimenta este sistema político. Esa dualidad de religiosidad y laicismo determina la aparición de dos formas de literatura diferentes. [Img] Una ofrece un camino de esperanza en el universo de miseria y opresión por el que transita el hombre medieval, la  otra canta y ensalza las virtudes, hazañas y heroicidades de reyes y nobles. La primera será culta y versada en sus fuentes y formas, trabajo de clérigos, la segunda, popular y cercana, será cantada por juglares y trovadores en plazas y castillos.

Las circunstancias históricas de la Península Ibérica dotan a nuestras letras de unas características propias que las diferencian de las europeas. [Img] Solo aquí entran en contacto dos culturas diferentes a lo largo de ochocientos años. Los mundos árabe y cristiano conviven, o luchan, entre los siglos viii y xv. A lo largo de ese tiempo se  alternan en su dominio, pero su influencia mutua es innegable. El punto de inflexión se encuentra en torno al siglo x. Hasta ese momento el predominio político y territorial musulmán impone a la población cristiana, la mayoría mozárabe, su impronta cultural. Con la consolidación de los reinos cristianos se invierte la tendencia.

El siglo xii contempla la existencia de tres grandes reinos en la España cristiana que poco tienen que ver con aquellos que iniciaron la reconquista. [Img] Castilla, Aragón y Portugal, dominan el panorama. Navarra ha quedado arrinconada por los dos primeros y alejada de cualquier aspiración territorial y el antiguo Condado de Cataluña, que ha conseguido la independencia del Reino Franco al que pertenecía, se funde con Aragón. Los musulmanes andan fracturados en numerosos Reinos de Taifas.

 

El autor y su público

 

El poeta o narrador  de la Alta Edad Media crea en condiciones difíciles. [Img] Se dirige a un público inculto, crédulo y, en determinados aspectos, primitivo. Y lo hace en una lengua que aun no ha fijado ni su sintaxis, ni su morfología.

El poeta o narrador de la Alta Edad Media no compone para lectores. Su público no posee tal destreza. Se comunica con su auditorio mediante la recitación o el canto en medio de plazas de aldeas o patios de armas de castillos de condiciones acústicas deplorables. [Img]

El poeta o narrador de la Alta Edad Media no tiene conciencia de la propiedad intelectual. Lo que él hace, y lo que han hecho otros, pertenecen al dominio común y es susceptible, por tanto de copia, adaptación y repetición sin traba ni impedimento.

El poeta o narrador de la Alta Edad Media, por último, no pretende la gloria artística, solo sustento, aunque produzca arte. Y si, además, consigue transmitir  consuelo para las cuitas de quienes le escuchan y ánimo para continuar la lucha contra el moro, se siente doblemente satisfecho.

Las consecuencias de estas premisas se manifiestan dentro de la producción literaria de la época en composiciones de trasmisión oral, llenas de variaciones, frases hechas,  estructuras calcadas e inseguridades, construidas a partir de versos irregulares, sin medida, rima  ni reglas fijas. Solo a partir del siglo xiii hacen su tímida aparición las artes de componer, que empiezan a imponer ciertas regularidades en la versificación. Es llegado el tiempo de una literatura más culta favorecida por el mester de clerecía. 

 

El Mester de Juglaría

 

El gusto por la narración es común a todas las épocas. La épica medieval narra hechos heroicos en verso. La guerra forma parte de la realidad diaria debido a la reconquista y a los enfrentamientos entre los diversos reinos que conviven en la península. La curiosidad por conocer los hechos gloriosos de la historia colectiva explica el nacimiento de las epopeyas o relatos épicos. Los cantares de gesta son el resultado de dicho interés. Son recitados o cantados por juglares con acompañamiento musical. Exaltan las hazañas de un héroe que representa el conjunto de virtudes de un pueblo y de una época.

 

El oficio de juglar

 

Merecen esa denominación, según Menéndez Pidal, “todos los que se ganan la vida actuando ante un público”. Con el tiempo pasa a significar poeta en lengua romance. A ellos se debe, sin duda, la difusión y recreación de obras literarias no latinas. El juglar actúa para todas las casta sociales.

 

Los Cantares de Gesta

 

El cantar de gesta es un relato heroico, en verso, que exalta las hazañas de seres superiores que se esfuerzan por alcanzar el honor a través del riesgo y el esfuerzo. Un tema recurrente dentro de la épica castellana muestra el enfrentamiento entre el rey y un vasallo que lucha por su honra, pero siempre se respeta la figura y el poder real y el héroe jamás trasgrede los principios cristianos.

La narración épica suma historia y creatividad poética. La exageración y ennoblecimiento de los hechos se justifica por el deseo de atraer a la audiencia y adaptar la obra a las circunstancias e intereses del tiempo y el lugar. 

La gesta se transmite de forma oral. El texto que llega a nosotros es la fijación escrita de una versión determinada. El juglar castellano reproduce historias conocidas, de propiedad colectiva, cuya forma mantiene en su memoria y recrea, o refunde, consciente o inconscientemente, pero  manteniendo siempre la esencia y estructura del poema.

El cantar se construye con versos cuya medida oscila entre catorce y dieciséis sílabas con una gran pausa central, la cesura. La rima, asonante, se repite un número variable de veces constituyendo tiradas que pueden alcanzar los doscientos versos. El recurso a formulas y expresiones hechas es una nota característica de su lenguaje, como lo son también los arcaicismos y el uso de la –e paragógica ya eliminada en las formas habladas.

La crítica clasifica los cantares de gesta en ciclos de acuerdo con su temática y distinguen tres periodos en su evolución: el inicial, o de formación, desde los orígenes hasta 1140, fecha atribuida del Cantar de Mío Cid, el periodo de plenitud, hasta mediado el siglo XIII, y la decadencia a partir de dicha fecha.

 

Ciclo

Características

Cantares conservados

Condes de Castilla

Rinde culto a personajes trascendentes de la historia castellana.

Figuras femeninas muy activas.

Los siete infantes de Lara

Fernán González

La condesa traidora

El Cid

Centrado en Rodrigo Díaz de Vivar

Mocedades de Rodrigo

Mío Cid

Carolíngio

Fuerte inspiración francesa. Imita la Chanson de Roland

Roncesvalles

 

Son escasos los restos que se conservan. Lo más representativo será un fragmento de unos mil versos del Cantar de Roncesvalles conservado en un códice del siglo XIII, un poema tardío sobre las Mocedades de Rodrigo y el Cantar de mío Cid,  en un manuscrito copiado por un tal Per Abat.

 

Los Romanceros

 

En torno al siglo XIV aparecen los romanceros o colecciones de romances. El romance es un poema de extensión variable compuesto de versos octosilábicos en el que riman de manera asonante los que ocupan lugar par, quedando sueltos los impares.  Una clasificación básica los agrupa en noticieros, que cuentan hechos históricos cercanos a la composición del romance, épicos o heroicos, que hablan de episodios relacionados con el Cid y otros héroes procedentes de la épica española y extranjera, novelescos o juglarescos, que cuentan historias de amor con la  mujer como protagonista fundamental, y fronterizos, que relatan sucesos ocurridos en los límites territoriales con los reinos musulmanes. En estos últimos, los musulmanes suelen aparecer como seres sensibles y caballerosos.

 

 

La poesía culta de la Edad Media. El Mester de Clerecía

 

Castilla vive durante los siglos XIII y XIV una extraordinaria expansión militar, cultural y económica. Con una centuria de retraso con relación a Europa se produce un incremento notable de rutas comerciales, florecen las ciudades y se fundan las primeras universidades. La clave de la deriva histórica hay que situarla en la victoria de las Navas de Tolosa, clave para los avances de la reconquista de los años posteriores.

El Mester de Clerecía es la corriente de poesía culta con que los monjes pretenden divulgar los conocimientos adquiridos a través de los textos latinos. Se encuadran dentro de esta apartado  los poemas narrativos, de intención didáctica y carácter culto, escritos en cuaderna vía,  que son recitados por los monjes ante los peregrinos que acogen en sus monasterios. La denominación procede del exordio del Libro de Alexandre que dice:

 

Mester traigo fermoso: non es de joglaría,

mester es sen pecado, ca es de clerecía

fablar curso rimado por la cuaderna vía

a síllavas cuntadas, ca es grant maestría.

 

A pesar del subrayado non es de joglaría, el mester de clerecía utiliza a menudo fórmulas propias de los juglares, apelaciones, solicitud de benevolencia o fraseología épica. Sí aporta la regularidad métrica  de las sílabas contadas. El verso utilizado es el alejandrino dividido en dos hemistiquios de siete sílabas, que agrupa en series de cuatro versos de rima consonante.  Otra novedad a resaltar es la constante alusión a fuentes escritas, generalmente la Biblia, pero también otros textos latinos o medievales. Entre las obras que se conservan de este tipo están Los milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo, y el Libro de buen amor, del arcipreste de Hita.  No obstante, los temas tratados no siempre son marianos. También abundan las composiciones de tipo histórico, moral o novelesco, incluso cercanas a la gesta, como el Poema de Fernán González. Corresponde a esta época otra tipo de producción que mezcla rasgos juglarescos y clericales, Vida de Santa María Egipciaca o ¡Ay Iherusalem!, son ejemplo de ellos. No se puede olvidar tampoco el género del debate que contempla en el siglo XIII la aparición de tres textos fundamentales: Disputa del alma y el cuerpo, Razón de amor con los denuestos del agua y el vino y Elena y María.

 

La prosa medieval

 

No es posible hablar en sentido estricto de prosa literaria en castellano hasta el siglo XIII. El romance, apropiado para la comunicación oral y el verso, no es útil para la composición de obras científicas, filosóficas y literarias que se escribirán en latín o en árabe. Es Alfonso X quien decide convertir dar al castellano la condición de lengua oficial de la corte y ordena traducir textos latinos y árabes esta lengua. La prosa de ficción no aparecerá hasta el siglo XIV con don Juan Manuel.

 

Tipos de prosa

Sermones

Utilizados por la Iglesia con intención evangelizadora. La inclusión, a partir de finales del siglo XII de cuentos breves aleccionadores  y  refranes, los convierte en antecedente de la literatura cuentística y de exempla.

Prosa sentenciosa

Didáctica. Propone guías de comportamiento para el creyente. Se construye a partir de máximas, pensamientos y citas de autoridades de la Antigüedad. Se agrupan  en summas.

Proverbios y refranes

Oraciones breves que aportan una experiencia y un consejo. Son  referencia de muchos autores del siglo XIV.

Prosa histórica y legislativa

No tiene intención literaria  pero su calidad irradia la norma del idioma.

Ficción

Exempla

Primer género de ficción medieval. Relato breve de carácter moral que se cita como apoyo de una doctrina. Se introducen en el siglo XII por vía árabe, aunque  tienen su origen en  Cicerón y Quintiliano, y decaen a finales del XV.

Fábula

Relato no realista con animales personificados como protagonistas .

Cuento

Relatos de extensión media con un narrador que sirve de referente moral, religioso y filosófico, lo que reduce los diálogos a la mínima expresión.

Tabla basada en la clasificación de López Estrada

 

Desde el siglo XIII se traducen colecciones de cuentos de procedencia oriental con el propósito de ilustrar actitudes convenientes, comportamientos o reglas. Por eso reciben el nombre de «ejemplos» o, en castellano medieval, «exemplos». En ellos es maestro Don Juan Manuel, primer escritor que muestra una clara conciencia de autor y se preocupa porque sus obras sean correctamente transmitidas. Tal vez su producción más destacada sea El conde Lucanor  que contiene cincuenta y un ejemplos con los que un conde, Lucanor, expone a su tutor, Petronio, diversas dudas a las que éste responde  contándole un ejemplo con enseñanza. Se estructuran siempre a partir de un diálogo en el que Lucanor expone su problema, al que siguen el ejemplo con que responde Petronio y una intervención final don Juan Manuel que incluye una moraleja.

 

 

 

El Siglo XV

 

 

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El siglo XV supone la descomposición del mundo medieval. La rígida sociedad estamental deriva gradualmente hacia nuevos modos y maneras de pensar y vivir que generan una sociedad menos estática a la vez que aparecen los primeros indicios del espíritu renovador y burgués que derivará hacia el Renacimiento. En literatura, por ejemplo, hacen su aparición los cancioneros, obras de poetas cortesanos para consumo de lectores alejados del mundo de los monasterios y la religión que han dominado hasta ahora la poesía culta. La Iglesia pierde peso en la cultura y surge un nuevo tipo de lector noble interesado en una literatura sin propósito doctrinal. La corte se convierte en lugar de debate poéticos y el conocimiento, la cultura y en arte pasa a formar parte de imprescindible de la educación de la clase aristocrática. Es una etapa, por tanto, de profundos cambios e inestabilidad. 

Los temas en torno a los cuales gira la literatura son tres, fortuna,  amor y muerte, tratados desde un doble punto de vista: el reflexivo, serio y trascendental, para el que la vida de soledad, corta y fugaz del ser humano termina en desengaño y frustración, junto al vitalista que, a partir de los mismos supuestos, y precisamente por ello, promueve  el disfrute máximo de lo presente.

 

La poesía – Los Cancioneros

Son recopilaciones colectivas o individuales de poemas escritos, casi siempre, por ciertos  personajes de la corte que dejan en ellos evidencia de su ingenio. Son importantes los de Estúñiga, Baena, el Cancionero musical de Palacio y el Cancionero general  de Hernando del Castillo. Los contenidos de los Cancioneros se encuadran en dos tipos de literatura: la poesía amorosa y la didáctico-moral.

 

Poesía amorosa.

 

Sigue una línea de pensamiento que proclama la idea del amor cortés y transforma radicalmente el modo de concebir y vivir el sentimiento amoroso y se encuentra en la base de lo que hoy se conoce por amor absoluto  o amor romántico. Tiene su origen en los trovadores franceses. Los elementos y principios que caracterizan esta concepción amorosa son la cortesía, la idealización, el servicio y su desvinculación del matrimonio.  

  • ·    Para vivir el amor cortés es necesaria la cortesía. Quien mantiene malas formas, quien es maleducado en sus comportamientos cotidianos (al sentarse, al comer, al saludar, al conversar…), no es capaz de experimentar el verdadero amor. Tampoco quien pega a su mujer. Actuaciones de este tipo son propias de villanos, que se juntan como bestias.

  • ·    La dama no es una mujer real, sino ideal. Es un estereotipo de belleza. En términos morales se la considera superior al hombre porque consigue que éste mejore en sus actitudes.

  • ·    El amor implica servicio, de subordinación. El caballero debe ser casto y fiel siempre, y servir a la dama en lo que desee a costa, incluso, de su propia identidad. Debe vivir solo por y para ella. El amor cortés excluye, para muchos poetas, el matrimonio. Un mortal no puede unirse a una diosa.

El amor natural es el de los padres a la esposa o a los hijos. El amor cortés es libre y generoso. Es una poesía abstracta, de difícil comprensión.

Poesía didáctico-moral

 

Se caracteriza por su tono elevado y solemne en el que las alusiones eruditas y el lenguaje latinizante, reflejan el interés por el mundo clásico derivado de la influencia de los tres grandes autores italianos: Dante, Petrarca y Boccaccio. Sus mensajes están muy influenciados por las corrientes filosóficas y de pensamiento que originan los fenómenos medievales denominados  danza de la muerte y ubi sunt?

Las danzas de la muerte son espectáculos parateatrales propios del folklore europeo muy repetidos en la última etapa de la Edad Media. En ellos la muerte invita a bailar a importantes personajes recordando así el final ineludible e igualitario para todos los hombres independientemente de su condición social. Simbolizan la finitud de la vida, la desilusión y el arrepentimiento. 

La danza de la muerte se entremezcla con otra corriente de la literatura cristiana que hace  hincapié en la fugacidad de la vida a través del tópico del ubi sunt?, ¿dónde están? Consiste en  una serie de preguntas retóricas sobre el destino de las personas, y de todo lo que vivieron un día (amores, riqueza, ciudades…). Su mensaje es simple: la muerte llega y todo lo iguala, sólo el recuerdo del pasado permanece. El paradigma de este tipo de literatura son las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.

  

Figuras importantes del periodo

Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana

Noble. Reúne en su palacio de Guadalajara la mejor biblioteca del momento. Hace traducir obras latinas e italianas. Autor de poemas  de temática amorosa. Sus obras más importantes son La Comedieta de Ponza y Bías contra Fortuna, pero es especialmente conocido por sus  serranillas, de inspiración popular.

Juan de Mena

Juan de Mena, al servicio de Juan II de Castilla, cultiva la poesía amatoria y la alegoría moral. Su estilo es erudito y recargado. Escribe Laberinto de Fortuna, también llamado Las trescientas.

Jorge Manrique

Jorge Manrique, noble y culto, aunque es autor de composiciones de asunto amoroso del género cancioneril, es universalmente conocido por las Coplas escritas a la muerte de su padre en las que expresa el poder irremisible de la muerte, siendo el ejemplo recurrente de la poesía didáctico-doctrinal.  La estrofa utilizada en las Coplas de Manrique es la llamada copla de pie quebrado o manriqueña, que está formada por dos sextillas y sigue el siguiente esquema métrico: 8a 8b 4c 8a 8b 4c - 8d 8e 4f 8d 8e 4f

La prosa

 

La prosa imita a los clásicos latinos y a la literatura italiana de la época. Es una suma de  latinismos y alusiones culturales mezclados en un lenguaje popular. Tiene una triple orientación:

·    La prosa didáctica. Continua el  objetivo medieval de educar y modificar comportamientos. Destaca el Corbacho, de Alfonso Martínez de Toledo, arcipreste de Talavera, que combina la intención didáctica con cierta crítica satírica.

·    La prosa histórica. Imita a los historiadores de la antigüedad y se centra en nobles y reyes. Aparecen así muchas crónicas de reinados, libros de linajes y biografías.

·    La prosa de ficción. Se desarrolla a través de dos géneros diferentes:

  • La novela de caballerías. Narra las aventuras del caballero andante cuyo heroísmo, animado y dirigido por el amor a una dama le hacen triunfar sobre cualquier obstáculo real o mágico. Las obras maestras de géneros son  Amadís de Gaula y  Tirant lo Blanc. Alcanza su máxima popularidad en el siglo XVI.

  • La novela sentimental. Nace atendiendo a los nuevos gustos e ideales de la burguesía. Está marcada por el intimismo, es decir, apenas hay acción. Describe detenidamente la pasión amorosa de los protagonistas. Sobresale Cárcel de amor, de Diego de San Pedro

 

El teatro

En Castilla, la producción teatral medieval fue muy reducida y limitada a escenas religiosas. El primer escritor que se puede considerar dramático es Gómez Manrique con su Representación del Nacimiento de Nuestro Señor, cercano todavía a la tradición medieval. El auténtico despertar del teatro se debe a Juan del Encina, terminado ya el siglo XV, que inicia la tradición de piezas profanas alejadas de los antiguos temas religiosos. En sus obras hablan pastores que se cuentan sus problemas amorosos.

La obra más representativa del siglo XV es la Celestina. Con ella se pone fin a la literatura medieval y se anuncia el Renacimiento.

 

La Celestina

 

La Celestina o Tragicomedia de Calixto y Melibea, de Fernando de Rojas,  reúne el idealismo amoroso procedente del mundo cortesano medieval y el ambiente burgués de las nuevas ciudades. Mezcla personajes nobles y criados. Narra los amores de Calisto y Melibea que se conocen por la intervención de Celestina, quien usando sus artes de alcahueta cambia la voluntad de Melibea a favor del galán.

No es teatro para ser representado, sino para ser leído en voz alta. Fernando de Rojas afirma en la dedicatoria que encontró el primer acto escrito y que terminó la obra en sólo dos semanas. En la Celestina aparecen los tres temas que obsesionan el final de la Edad Media:

·         El amor: lo representa Calisto. No es un amante cortés, aunque lo intenta, sino un egoísta.

·         La fortuna: gobierna los sucesos que acontecen aunque nunca es un azar caprichoso.

·         La muerte: es el final de todos los protagonistas, incluida Celestina. La obra termina con las lamentaciones del padre de Melibea.

 

 

La prosa en la Edad Media - Alfonso X El Sabio

 

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Los orígenes

 

La irrupción de la prosa en lengua castellana dentro del ámbito de la literatura se produce con posterioridad a su uso en el verso. Los textos  más tempranos conocidos se fechan a finales del siglo XII y en los primeros años del siglo XIII. Para la consolidación del género, habrá de llegar el  reinado de Alfonso X “El Sabio”, entre 1252 y 1284.

Las primeras manifestaciones escritas en la nueva lengua vulgar se documentan en el siglo X. Son las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses que no pasan de ser  meras anotaciones realizadas al margen de textos en latín para aclarar o resumir su contenido con la intención de facilitar su comprensión al lector o estudiante. No obstante, parece ser que su uso está generalizado en Castilla por esa fecha, pero carece de reglas fijas y es, por tanto, sumamente irregular.

El acontecimiento que cambiará radicalmente esta situación hay que buscarlo en año 1212, fecha en que la coalición cristiana alcanza la victoria de las Navas de Tolosa frente al poderoso ejército almohade. La derrota musulmana invierte el signo de la reconquista y marca el principio de la hegemonía castellana que llega a su cénit con Fernando III, “El Santo”, quien fusiona en su persona las coronas de Castilla y León, y domina amplios territorios de Andalucía y Murcia.  La supremacía castellana obliga a virar hacia el Mediterráneo las aspiraciones expansionistas del Reino de Aragón y encierra definitivamente al de Navarra.

A la supremacía política de Castilla se suman otras circunstancias que ayudan a la consolidación de la lengua castellana.

Hacia el siglo XII es la Iglesia católica quien se interesa por el mundo cultural en Europa. Sólo nobles y clérigos tienen acceso a la educación y a los textos. La enseñanza se circunscribe de manera casi exclusiva a claustros y catedrales. Para universalizar la cultura, grupos de profesores de París y de Bolonia se agrupan en escuelas libres. Pero carecen de reglas y de estabilidad, por lo que  solicitan reconocimiento eclesiástico. Nace así el Studium Generale en París, y las universidades de Oxford y Bolonia. Ahora se hace necesaria una autorización pontificia o feudal para acceder al  privilegio de instituir nuevas comunidades y facultades.

En 1214, Alfonso VIII crea la primera universidad española, el Centro de Estudios Generales de Palencia, y al año siguiente Alfonso IX, de León, crea la Universidad de Salamanca. Tiene por objeto evitar que súbditos leoneses estrechen lazos con Castilla. Es Fernando III quien fusiona ambas instituciones en 1239. Solo permanece Salamanca. Su objetivo es castellanizar el reino leonés.

Por otra parte, los ciudadanos comunes asentados en las ciudades recientemente conquistadas a los musulmanes han perdido el contacto con la lengua latina. Por eso cuando Fernando III quiere dotar de leyes a la recién conquistada Córdoba, ordena su redacción en  lengua vulgar. El Fuero Juzgo (1241), es la primera muestra de prosa legal en castellano, aunque será bajo la protección de Alfonso X el Sabio cuando se establece como lengua oficial del reino y, con ello, la obligación de utilizarla en todos los documentos oficiales. En esta decisión hay que buscar las autenticas bases para el desarrollo de la prosa en los universos literario y científico.

 

Alfonso x y la Escuela de Traductores de Toledo

 

El principal acierto del rey “Sabio” es conservar, por encima de cualquier prejuicio relativo a raza o religión, la Escuela de Traductores de Toledo que amplía con centros de investigación en Murcia y Sevilla. Su propósito es doble: convertir el castellano en lengua de cultura, con la misma dignidad del latín, y reunir todo el saber de su época. Alfonso X reunió y organizó equipos de sabios especialistas de distintas áreas de conocimiento y pertenecientes a las tres culturas que entonces convivían en España: cristianos, árabes y judíos. La labor realizada por la institución resultó determinante para la fijación del castellano.

Las escuelas de traductores surgen en el siglo X centrando su actuación en pasar al latín estudios sobre  la Biblia y otras  obras procedentes  del mundo oriental que llegan a España a través de los árabes. Esto hace que la España de la Edad Media se eriga en modelo  a imitar por la sociedad ilustrada de la Europa de entonces.  Toledo, entre otras, era escuelas es, dice Mariano Brasa,  "la ciudad que había abierto las puertas a todos y a la que iban llegando los estudiosos del Occidente cristiano en busca del saber desconocido". Simultáneamente, más al sur, en la Córdoba califal florecen también en alto grado todas las artes, la literatura y la filosofía. En el renacimiento filosófico, artístico y científico europeo durante los siglos XII y XIII, ambas ciudades influyen de manera determinante. Son pocos los países del orbe occidental que pueden competir con España en la difusión del conocimiento por medio de la traducción.

Este desarrollo viene justificado el antagonismo entre dos mundos culturales, el latino-cristiano y el arábigo-musulmán que, pese a todo, mantienen la permeabilidad de las fronteras que separan ambos mundos y que acepta la estrecha colaboración entre seguidores de las dos confesiones. Incluso las más beligerantes Órdenes Militares, como las de  Calatrava,  Santiago, Alcántara o Montesa, disponían en sus organizaciones de traductores musulmanes, generalmente presos o esclavos, y judíos.

Hasta el siglo XII el referente de esta actividad es el monasterio de Ripoll desplazado  en su importancia por la Escuela toledana que reúne a un importante colectivo de científicos cristianos, árabes y judíos.  Las obras traducidas lo son, generalmente, del árabe, lengua a la que ya se había vertido una buena parte del saber griego y oriental durante el califato de Córdoba. La Escuela de Traductores de Toledo da conocer obras muy relevantes de Aristóteles, Tolomeo, Galeno, Arquímedes, Averroes, Avicena, Alfarabí… En cualquier caso, no existirán traducciones al castellano hasta el siglo XIII. Muchas de las realizaciones de la Escuela lo son a propuesta directa del rey, cuyos intereses trascienden de los límites temáticos impuestos, hasta ahora, desde la perspectiva cultural cristiana.

La Escuela de Traductores de Toledo nace alrededor de la persona de Don Raimundo, arzobispo de esta ciudad y gran canciller de Castilla desde 1130 a 1150, quien convoca en torno suyo a un colegio de traductores a la cabeza del cual se halla el arcediano Domingo Gundisalvo. Varios judíos, entre los que se encuentra Juan Avendeath, trabajaban también bajo sus órdenes.

El método de trabajo seguido huye de los personalismos y deja en manos de un equipo de expertos la búsqueda, recopilación, traducción y redacción final de la obra. Es la razón por la que solo se menciona al traductor cuando el texto traducido pertenece a una autoridad científica. En este caso  se hace constar la identidad de jefe del equipo junto al autor del original.

Cualquier tarea  reclama la intervención de diferentes colaboradores conocedores de distintas lenguas.  La traducción primera la realiza el experto en forma oral mientras otros sabios las trascriben al latín o, directamente, al castellano.

 

La historia

 

Los primeros textos originales en prosa romance tienen una orientación culta y se relacionan con la ciencia, la historia y la didáctica. La historia es una obsesión de la época. El español medieval está orgulloso de sus realizaciones presentes y pasadas. Todos los reinos, todas las comarcas, todas las villas tienen su crónica. Con anterioridad a la crónica en lengua romance, se escribieron en latín. Las primeras crónicas latinas de las que se tiene conocimiento aparecieron en el reino astur-leonés.

Dos son los grandes proyectos historiográficos realizados bajo la protección de Alfonso X, la Crónica General y la Grande e General Estoria.

La redacción de la Primera Crónica General o Estoria de España comienza hacia 1270. Es la primera gran historia de España en lengua vulgar. Recorre todo el pasado ibérico hasta el reinado de Alfonso VIII de Castilla. Conserva en prosa muchos cantares de gesta, que, de no ser por ella, se hubieran perdido. Consta de mil ciento treinta y cinco capítulos documentados a partir de fuentes históricas y literarias, especialmente importante es la aportación de los cantares de gesta. No  limita su narración a subrayar hechos y hazañas de reyes y nobles, sino que presta igual atención a reseñar detalles de la vida cotidiana del pueblo.

La Grande e General Estoria se inicia dos años después y pretende recoger la historia del mundo hasta la época contemporánea, pero la muerte del rey detiene la obra en el  siglo I a.C.

La modernidad de ambos proyectos queda de manifiesto en sus planos formal, superando la redacción cronística de ordenación de datos por fechas, y conceptual, al entender  los hechos narrados como obra directa de la actuación de los hombres al margen de cualquier intervención divina. Es de resaltar, además, la concepción de España como patria, al margen de  las ideas de dinastía, reino o religión, constituida como un todo unitario que  tiene en Castilla la legítima sucesora del antiguo reino visigodo.

 

El derecho

 

La obra jurídica que promueve Alfonso X  y que supone la renovación del panorama legislativo de los fueros peninsulares está constituida por el Fuero real, Especulo  y las El Código de las Siete Partidas. En ellas  paso a un «derecho territorial basado en lo mejor del derecho tradicional y, sobre todo, en el derecho común romano-canónico que por entonces estaba imponiéndose en Italia, Francia y en otras partes de Europa». Justifican y potencian el monopolio legislativo regio donde sólo el rey, y los alcaldes por él designados, tienen la potestad de administrar justicia, la existencia de una unidad jurídica aplicable a todos los territorios del reino. El Fuero real, redactado en 1254, responde a este último principio. En su prólogo manifiesta:

 

"Se otorga para que todos los pueblos sepan vivir en paz y con arreglo a unas leyes. Leyes que castiguen a quien hiciera daño y que los buenos vivan seguros."

 

La obra experimenta un fuerte rechazo por parte de la nobleza castellana que entiende que disminuye de forma notable sus privilegios y los cabidos municipales que ven mermadas sus competencias.

Espéculo, el Espejo de todos los Derechos, no llegó a tener vigencia a no ser publicado oficialmente. Se conoce gracias a un manuscrito incompleto. Contiene muchas coincidencias, incluso textuales con el contenido de las Partidas. Su intención es recopilar los aspectos válidos  de fueros anteriores. Consta de cinco libros tratan sobre:

 

1.                 De la ley y el legislador y de materias religiosas

2.                 De la Constitución política del Reino

3.                 De la Constitución de Derecho Militar

4.                 De la organización de la Justicia

5.                 Del procedimiento

 

El Código de las Siete Partidas, nombre que alude a las siete partes en que se estructura la obra, fue redactado entre 1254-56 y 1265 y   reglamenta hasta los más nimios detalles de la sociedad de la época. Tiene, además de un innegable valor jurídico que atribuye la dignidad de monumento al derecho castellano, gran trascendencia lingüística al aclarar el significado de numerosos términos nuevos, arabismos y cultismos. Su propósito es dotar al reino de un código territorial de carácter general. Su título original fue Libro de las Leyes o Fuero de las Leyes. La temática de las partidas es la que sigue:

 

Partidas

Tema - Fuentes

I

Asuntos de fe católica. Se  inspira en el Derecho Canónico y las Decretales de Gregorio IX

II

Constitución Política y Militar del Reino. Se apoya en el derecho consuetudinario y los Fueros Municipales de Castilla

III

 

Administración de Justicia y el procedimiento jurídico. Se construye sobre los derechos romano y canónico.

IV

Matrimonio. Fuente: Derecho Canónico y Decretales

V

Contratos

VI

Sucesiones

VII

Penas y sanciones

 

El texto, rico en alegorías, comparaciones y  ejemplos, con abundancia de frases hechas, constituye un ejemplar de primer orden de la producción literaria de la época.

 

La obra científica

 

La inquietud científica del rey se materializa en iniciativas como Los Libros del Saber de Astronomía y El Lapidario. Los primeros nacen de preocupación real por la Astronomía que tanta influencia, según piensa la época, tiene en los comportamientos humanos. Se trabaja en ellos desde 1255. Llaman la atención sobre las maravillas creadas por Dios y contienen conocimientos de astronomía, astrología e, incluso, técnica adivinatoria. Llegan a describir aparatos de medición como relojes o astrolabios, e incluyen las Tablas astronómicas o Tablas Alfonsíes, que  revisan y amplían las realizadas dos siglos antes por el astrónomo Azarquiel. En ellas se distinguen las constelaciones siguiendo el orden establecido por Ptolomeo  y alcanzan una gran difusión gracias a las universidades siendo muy utilizadas por los navegantes europeos de los siglos XV y XVI.

El Lapidario, escrito entre 1276 y1279, es un conjunto de cuatro libros donde se describen alrededor de quinientos metales y piedras y asocia las piedras mágicas con los signos del zodiaco.

 

Textos de carácter lúdico

 

Preocupado por mejorar la exitencia ser humano en generál, y de sus súbditos en particular, Alfonso X,  que entiende que los juegos constituyen  “un descanso para las cuitas y trabajos de la vida”. Por ello difunde y enseña las reglas de  algunos de ellos para ocupar adecuadamente los tiempos de ocio.

El más interesante es el Libro del axedrez, dados et tablas, considerado el último libro publicado por su  taller,  hacia en año 1283, poco  antes de la muerte del monarca. Comienza clasificando los juegos en dos categorías, los que requieren esfuerzo físico, equitación, pelota…, y los de carácter sedentario, entre los que se encuentran los que ocupan este libro.

La obra consta de 200 folios y unas 150 miniaturas. Trata con especial esmero el juego del ajedrez, al cual confiere el rango de "juego de reyes y gente noble e inteligente".

 

 

 

La novela picaresca en España

 

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Previo: La novela española en los siglos xvi y xvii

 

 

No todas las obras aparecidas en estos siglos que se  catalogan hoy como novelas recibían esa consideración en la época. La denominación quedaba reservada para una reducida producción de carácter amatorio. La crítica literaria moderna generalmente agrupa bajo ese nombre cualquier forma redactada en prosa de carácter imaginario que se propone como fin principal, además del placer estético, la distracción de los lectores.

 

 

CLASIFICACIÓN HABITUAL

Modalidad

Caracterización

Caballería

Idealización de la vida guerrera

Pastoril

Idealización de la vida natural y campesina

Picaresca

Cuadros de costumbres del sector social menos favorecido por la fortuna

Cortesana

Retratos de la vida en la corte. Aventuras de damas y galanes. Breve.

Bizantina

Aventuras con final generalmente feliz.

Histórico-morisca

Reconstrucción en prosa de la poesía épica

No definidas

No encuadrable en las categorías anteriores

 

  

Comparativa entre géneros más destacados

Caballería

Pastoril

Picaresca

Personaje principal

Carácter universal

Héroe

Pulido y cortesano

Subsistencia fácil

Servidor  de una dama

Carácter universal

Dama y caballero disfrazados de pastores

Subsistencia fácil

Carácter local

Antihéroe cobarde

Baja cuna

Lucha contra el hambre

Servidor de muchos amos

Localización geográfica

Mundo ideal

Paisaje fantástico o imaginario

Centro: castillo

Ambiente pastoril

Paisaje natural embellecido o hermoseado

Topografía exacta

Mundo real con tendencia a lo grosero.

Centro: posada de mala nota

Sentimiento amoroso

Sublime.

Fiel a una sola mujer

Todas las acciones buscan merecer a la dama

Suave y afectuoso

Honestidad

Inexistente o fingido  Arma que atrapa incautos.

Matices misóginos

 

El género picaresco. El pícaro

 

Se inicia el género a raíz de la muerte de Felipe II, alcanza su apogeo en el primer tercio del siglo XVII y cae en declive después, convirtiéndose en una simple novela de pasatiempo o de advertimiento a los incautos, escrita por unos autores convencidos de la inevitable decadencia de la nación española.

 

La novela picaresca se puede interpretar como un cuadro de fondo costumbrista que muestra una parte importante de la sociedad del momento. Aunque retrata con cierta delectación un personaje de corte ladrón y chulesco extraído de la más cotidiana realidad, no puede atribuirse la condición de pícaro a todo ciudadano de la época que lucha denodadamente por su supervivencia.

 

Se ha definido psicológicamente al pícaro como “un tipo de persona descarada, traviesa y bufona, y de no muy cristiano vivir”. Desvergonzado y vagabundo, hurta, pero no roba. Nacido en los bajos fondos, dado al vagabundaje y sin oficio determinado, lleva a efecto pequeñas raterías a partir de ingeniosas tretas. Ve la vida fríamente, sin románticas exaltaciones y carece de ambición o codicia. Se vale de su astucia como arma defensiva y de su embrutecimiento como paliativo del dolor. El pícaro es fundamentalmente escéptico y contempla su vida como una suma de experiencias.

 

Las notas que más claramente definen al género son su carácter autobiográfico y la condición del protagonista de prestar servicio a muchos amos.  

 

Lo autobiográfico   parece una forma obligada cuando se trata de hacer social, moral o política, porque el autor permanece oculto detrás de su personaje que habla en primera persona  y que, en su continuo vagar, conoce, vive y narra, diversas aventuras que no tienen entre sí más conexión que su protagonista, el pícaro. La ausencia de estabilidad vital del antihéroe puede prolongar hasta el infinito la sucesión de historias, lo que facilita múltiples continuaciones.

 

 

El desarrollo de la  novela picaresca.

 

El Lazarillo de Tormes

 

Primera novela, en orden cronológico, del género. La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se publica de forma anónima el año 1554 en Burgos, Alcalá de Henares, Medina del Campo y Amberes. La forma “anónima”  de darse a conocer ha suscitado un largo debate acerca de su autoría y de las causas que le movieron a ocultar su identidad. Se ha sugerido es este sentido el temor a la Santa Inquisición o el deseo discreción para no perder el favor real, lo que supondría un responsable noble, dado que la novela está plagada de ideas erasmistas. El Lazarillo fue prohibido, ciertamente, pero cinco años después de su aparición.

 

La novela recoge, de forma autobiográfica, las andanzas de un muchacho, listo, pero carente de estudios,  al que la pobreza obliga a ponerse al servicio de varios amos y a agudizar su ingenio para no morir de hambre. Un ciego, un clérigo, un escudero pobre, un fraile de la Merced, un buldero y un aguador son sus sucesivos amos antes de convertirse en pregonero de Toledo y casarse con una criada del arcipreste de San Salvador. Es una sátira sencilla, sin hieles ni sombras, con un estilo popular, llano, conciso, carente de retoricismos y extravagancias lingüísticas.

 

La obra marca el comienzo del género y establece las pautas para las que seguirán este camino hasta su prohibición en 1559. Cuando se reinicie,  a raíz de la muerte de Felipe II, pero los tiempos han cambiado y la sociedad retratada es profundamente diferente. Por eso en el Guzmán de Alfarache o el Buscón los matices descritos son más agrios y descarnados.   

 

Un año después, en 1555, se publica en Amberes una segunda parte con carga erasmista más acentuada, y en 1620 Juan de Luna saca a la luz Segunda parte del Lazarillo de Tormes sacada de las Crónicas antiguas de Toledo, obra desvergonzada y cínica.

 

 

El Pícaro Guzmán de Alfarache

 

En 1559 aparece en Madrid la Primera parte del pícaro Guzmán de Alfarache, original de Mateo Alemán y, cinco años después, la Segunda parte de la obra  con el subtítulo Atalaya de la vida humana.

 

Considerada la obra arquetípica del género, su autor pretende construir una obra de entretenimiento y sana moral. Guzmán es hijo de un genovés establecido en Sevilla y de una “gallarda moza”. A los quince años se ve en la obligación de buscarse la vida por lo que viaja, por España y Europa, estafa, se finge hidalgo…, pero también es engañado. Intentando sentar la cabeza contrae matrimonio con la hija de un mercader, que fallece al poco tiempo. Casa de nuevo con Gracia, moza de mesón, que le abandona y él retorna a su antigua vida de ladrón, siendo condenado a azotes y a seis de galeras, lugar donde escribe el libro.

 

De la lectura de la obra se desprenden cinco premisa y actitudes de Mateo Alemán ante la vida:

·         La maldad es natural en el hombre como consecuencia del pecado original. Los pícaros también han sido redimidos por la Sangre de Cristo.

·         Existe el libre albedrío, por lo que se puede elegir entre el bien y el mal. Somos, por tanto, responsables de las consecuencias de nuestros actos.

·         La providencia lo rige todo, el tiempo y las cosas son finitas y los actos son sancionables al final de la vida. 

·         Para alcanzar la salvación es necesaria la gracia. La primera es gratuita. Después hemos de buscarla según nuestro albedrío.

·         Para aumentar la gracia se precisa de la fe y las buenas acciones, la devoción y la penitencia.

 El relato de Guzmán intercala varias aventuras episódicas, como la “Historia de dos enamorados, Ozmin y Daraja” o “Bonifacio y Dorotea”, junto a multitud de anécdotas, máximas didáctico-morales extraídas del refranero popular o el Evangelio  

 

El escudero Marcos de Obregón

 

En Madrid, en el año 1618, ve la luz La vida del escudero Marcos de Obregón  firmada por Vicente Espinel. Se dice de esta novela que es la menos picaresca de las catalogadas en el género. La razón: los matices introducidos por elementos propios de otras categorías. El protagonista no es un pícaro, sino un viejo escudero. La acción se desarrolla en un ambiente social mucho más culto y escogido de lo habitual.

 

Como es característico, el texto incluye historias, anécdotas y reflexiones, y toma la forma autobiográfica, pero Obregón es más espectador que actor de los sucesos que cuenta.

 

Más didáctica que satírica su enseñanza se extiende a múltiples materias: pedagogía, crítica literaria, higiene, normas sociales, juego, amor… La obra está llena de  recuerdos personales y es menos realista que las anteriores, pero es altamente descriptiva en lo referente a paisajes y olores.

 

 

 El Buscón Don Pablos

 

Impresa en Zaragoza en 1626, aunque escrita con bastante anterioridad a esa fecha, La historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos, de Francisco de Quevedo, es una de las muestras cumbres del género.

 

Narra la vida del hijo de un barbero de Segovia, ladrón,  y una “zurcidora de gustos” de pésima reputación, que será criado en Segovia y Alcalá. En Madrid es habitual de garitos y malas compañías, por lo que da con sus huesos en la cárcel. Escritor de comedias y actor en Toledo, tras una estancia en Sevilla, busca fortuna en las Indias. La obra termina con la frase: “Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”, en la que promete una segunda parte que nunca llegó.

 

Aquello que en el Lazarillo o Guzmán es copia real, en el Buscón se convierte en caricatura. La sátira es despiadada e inmisericorde y no deja espacio para la emoción o el sentimiento. Todo está cubierto de estoicismo y pesimismo, y está contado por Don Pablos con un cinismo penetrante mostrando unos personaje que se mueven por lo más bajo de sus instintos.

 

Su ritmo vertiginoso, carente de interpolaciones ni digresiones morales con el antihéroe siempre en primer plano, la elevan a la consideración de tipo puro de picaresca.  

 

 

El diablo cojuelo

 

Luis Vélez de Guevara  publica en 1641 en la Imprenta Real de Madrid El diablo cojuelo, con el subtítulo Verdades soñadas y novelas de la otra vida traducidas a ésta. Su argumento, sencillo, cuenta  como un estudiante, don Cleofás Pérez Zambullo, huye de la justicia por los tejados. Cae en la buhardilla de un nigromante que guarda cautivo en una redoma al diablo cojuelo. Don Cleofás lo libera, y el diablo, agradecido, le muestra la parte oculta de la vida, transportándolo por los aires de un lugar a otro y levantando los tejados para ver lo que sucede debajo. Pasa revista así, a una gran colección de  pícaros, maleantes, comerciantes… La novela termina con el retorno de cada cual al lugar al que pertenecen: el diablo al infierno y el estudiante a Alcalá.

 

La prosa de Vélez de Guevara se posiciona a caballo entre Quevedo y Góngora. Es rica en juegos de palabras y revela con gracia  el lado ridículo de las cosas y las gentes, sin realizar apunte moralizador alguno. Sus personajes no se pierden en profundas digresiones éticas o didácticas, solo  gesticulan exagerando sus flaquezas.

 

Muy popular en su momento, El diablo cojuelo tuvo una versión francesa, parte imitación, parte traducción, de Lesage, en 1707: Diable boiteux.

 

 

Estebanillo González

 

Con el titulo de Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesto por él mismo, aparece en Amberes, en 1646, una de las últimas manifestaciones de la picaresca, de autoría incierta, aunque parece confirmada la existencia de un Esteban González en el entorno del duque de Amalfi a quien va dedicada la obra.

 

El autor narra sus correrías como barbero, soldado, ladrón, criado…, por diversos lugares italianos y españoles hasta acabar, enfermo, en Nápoles donde, supuestamente, compone el libro con el propósito de “hacerse memorable”,  y que cierra con un romance al duque de Amalfi que compone con ausencia de la letra “o”.

 

Estebanillo tiene interés para el conocimiento del lenguaje de determinadas clases sociales.

 

 

 

La picaresca femenina

 

 

Sin apartarse de los elementos básicos comunes al género, autobiografía, realismo descriptivo…, la novela picaresca de protagonista femenina difiere, no obstante en algo fundamental: sus heroínas no están al servicio de varios amos. Se trata de atractivas e inteligentes mozas de baja extracción social que utilizan sus encantos y habilidades para embaucar a los incautos tendiendo sobre ellos ingeniosas redes de tramas hábilmente urdidas. Constituyen, en general, narraciones amenas en las que el amor juega un escaso papel y solo sirve para dar cobertura a las andanzas de la protagonista

 

La pícara Justina

 

Muy celebrada, pero, según determinada crítica, de escaso mérito literario. La pícara Justina constituye un importante documento para el estudio del dialecto leonés, con profusión de refranes y dichos de ese entorno. Consta de cuatro partes:

·         La pícara montañesa

·         La pícara romera

·         La pícara pleitista

·         La pícara novia

Termina con el matrimonio, viudedad y nuevas nupcias de Justina con Guzmán de Alfarache.

 

La novela aparece en Medina del Campo en 1605 firmada por Francisco López de Úbeda, médico de Toledo, pero el asunto no parece claro. Se piensa que López de Úbeda es solo el seudónimo del dominico fray Andrés Pérez dado que en los sermones

que se conservan del religioso abundan giros léxicos análogos a los de Justina.  

 

 

La hija de Celestina

 

Se trata de la obra maestra de Alonso de Salas Barbadillo cuya producción combina en ocasiones picaresca con novela cortesana. La hija de Celestina o la Ingeniosa Elena, aparece en 1612 y cuenta las andanzas de una hermosa joven maestra en la utilización de sus encantos. Así, recorre Toledo, Sevilla y Madrid hasta casar con Montufar, a quien envenena, siendo ajusticiada en las orillas del río Manzanares.

 

 

 

Las “pícaras” de  Castillo y Solórzano

 

Don Alonso del Castillo y Solórzano llega a la picaresca tras ejercitarse en la novela cortesana, lo que justifica su concepción distinta del género. Desarrolla las narraciones en forma de novelas breves, independientes y susceptibles de continuar indefinidamente. A destacar entre ellas:

 

Las harpías de Madrid y coche de las estafas. Publicada en Barcelona en 1631. Cuenta las estafas cometidas en la corte por cuatro desenvueltas mujeres.

 

La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas. Publicada en Madrid en 1642. Continuación de Las aventuras del Bachiller Trapaza (Zaragoza, 1617), cuenta las aventuras de Rufina, hija de Trapaza y de su celosa esposa doña Estefanía, por diversas ciudades españolas. Inserta tres novelas cortas de fino humor.

 

La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632). Historia de Teresa de Manzanares, desde sus orígenes familiares y concepción en el río de Madrid, hasta su presente de mujer madura, casada y con hijos cuyo deseo de medrar la convierte en peluquera, cómica y alcahueta.

 

La Literatura Española en el siglo XVIII

 

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Contexto  sociocultural

 

 

La personalidad del siglo XVIII está fuertemente condicionada por el pensamiento  ilustrado. La ilustración  es un movimiento del mundo occidental impregna todos los ámbito vitales: política,  filosofía,  cultura… Su materialización más paradigmática se encuentra en la Enciclopedia francesa. Proclama la prevalencia de la razón y la experiencia frente a los prejuicios, las supersticiones y la autoridad intelectual propias del barroco. Su objetivo: alcanzar la felicidad del ser humano, que sitúa por encima de los intereses del estado; su metodología: la enseñanza, el didactismo.

 

El XVIII es un siglo de reformas y de progreso alentados desde las ideas y valores de las clases dirigentes que intenta  mejorar la vida de los ciudadanos, pero sin que estos tengan intervención política. Es el Despotismo Ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. No obstante sus valores e ideas sustentan las bases de la Revolución Francesa (1879).

 

El devenir de la ilustración es diferente según los países en cuanto a cronología y desarrollo. En España, por ejemplo,  se suele situar entre 1701, con el cambio dinástico entre Austrias y Borbones, y 1833, fecha del fallecimiento de Fernando VII.  Realmente, su implantación fue complicada porque siempre contó con la oposición de amplios sectores de la aristocracia, la iglesia e, incluso, parte del pueblo llano. La lucha contra la herencia del antiguo régimen se extiende hasta mediados del siglo XVIII.

 

Desde el punto de vista artístico, al periodo Barroco en auge en el siglo anterior, siguen los movimientos Neoclásico y Prerromántico que en muchos momentos conviven o se superponen.  

 

La estética neoclásica supone un cierto amaneramiento elegante de sabor helenístico con una excesiva preocupación por la forma, en un intento exagerado por acercarse a los grandes modelos de la antigüedad. En cierto modo un resurgir del Renacimiento,    pero mientras éste aspira a actualizar la antigüedad manteniendo al hombre en sus propias pasiones de época, el Neoclasicismo intenta sustituir las pasiones y sentimientos de la época por las de aquel universo ya desaparecido. No pone nada de su parte, solo copia y reproduce, y controla, y regula mediante normas. La regla del decoro, comprendido como el buen gusto, por ejemplo, establece cómo un personaje debe hablar y comportarse de acuerdo a su posición social, sexo, edad..., y qué medidas ha de tener un determinado edificio. El buen gusto supone la capacidad para identificar y aceptar lo bello y rechazar lo feo; así como de separar lo verosímil de lo imposible. El renacentista piensa en Grecia y Roma, pero observa y admira su entorno, el neoclásico cierra cualquier ventana al mundo exterior.

 

En este contexto no es extraño que se desarrollen y proliferen las academias.de todo tipo, tanto oficiales como privadas, de historia, ciencias, lengua…, y las bibliotecas.

 

 En España, el Marqués de Villena, D. Juan Manuel Fernández Pacheco crea la Real Academia Española (de la Lengua) a partir de una tertulia de eruditos en 1713, y Felipe V funda la Biblioteca Nacional de España en 1712 con los fondos procedentes de una antigua librería denominada “de la Reina Madre” y los que él mismo trajo de Francia. Contando, además, con el privilegio desde entonces, de recibir un ejemplar de todos los libros que se impriman en el Reino.    

 

 De forma casi paralela, desde principios de siglo en algunos países de Europa,  como Inglaterra o Alemania, se mantiene una fuerte presencia de sentimiento e irracionalidad más cercana a la estética del barroco. La percepción de lo bello no se juzga por su adecuación a determinadas normas o preceptos, sino que viene determinada por la sensibilidad y subjetividad de quien crea el arte y del individuo que lo contempla, Lo sublime es aquello que emociona y deleita y no tiene por qué ser necesariamente bueno. Se trata del Prerromanticismo que se extenderá de forma a lo largo del siglo un cierto sentimiento depresivo, el tedium vitae ampliamente desarrollado en España.

 

Aunque persiste un férreo control civil y religioso sobre las publicaciones, durante el siglo XVIII mejora la industria editorial. El libro se contempla como objeto comercial asequible y proliferan los de pequeño formato. Importantes serán para el mundo literario la aparición de revistas periódicas. En España hay que citar al Diario de los literatos de España, de carácter trimestral. Fundado a imitación del francés Journal des Savants, tiene espíritu academicista, aunque no normativo, ofrece a sus lectores reseñas y comentarios de las obras más interesantes de todos los ámbitos del saber.

 

 El siglo xviii en la Literatura Española – Notas generales

 

 

Sigue, en principio,  la influencia barroco a lo largo de la primera mitad del siglo, más concretamente las líneas marcadas por Lope de Vega y Baltasar Gracián. La aparición de La poética de Ignacio de Luzán establece el cambio de rumbo hacia el neoclasicismo. Luego serán Gregorio Mayans y Siscar y Fray Benito Jerónimo Feijoo quienes consoliden la nueva vía.

Se pueden, en consecuencia, diferenciar en lo que a España se refiere tres tendencias:

 

TRADICIONAL

 

Continúa las preferencias del siglo anterior en todas en todos los géneros, aunque es especialmente patente en la lírica y el teatro. Perdura a lo largo del reinado de Felipe V. Más tarde, reinados de Fernando VI y Carlos III, se librará de influencias culterano-conceptistas. Sus máximos exponentes son Nicolás Fernández de Moratín en ciertos poemas como Las naves de Cortés destruidas o Fiesta de toros en Madrid, Ramón de la Cruz y González del Castillo.

 

NEOCLÁSICA

 

De fuerte influencia francesa, se hace patente en torno a 1750. De tono didáctico y moralizante alcanza, incluso a géneros tan alejados de la estética neoclásica con es el sainete. 

 

PRERROMÁNTICA

 

Posee las características comunes a otras literaturas de  sentimentalismo, individualismo, exotismo y búsqueda de la libertad y la felicidad, impregnadas de un acusado cansancio de vivir

 

Las notas características de la literatura española del siglo se pueden concretar en:

 

·         Predominio de la razón sobre el sentimiento, de lo intelectivo sobre lo imaginativo, de la disciplina sobre la libertad creadora, de la norma sobre la individualidad.

·         Estricta separación de géneros y subgéneros.

·         Aplicación tajante de las unidades dramáticas.

·         Prohibición rigurosa de los autos sacramentales

·         Finalidad ético-docente

 

 

La erudición y la crítica

 

El criticismo está en la esencia del carácter del siglo.  Criticismo que impulsa a los escritores, a veces hacia zonas inéditas del pensamiento,  a veces hacia regiones ya conocidas, pero que ahora precisan nueva exploración. Su nota sobresaliente es la universalidad: ningún tema le es ajeno. Cargados de buena intención, los autores se constituyen en mentores de la sociedad pensando que pueden llevarla a su perfección y a la felicidad.

 

Los escritos críticos del XVIII muestran más preocupación por el tema que tratan que por la forma como argumentan los puntos de vista propios. La España del siglo vive una feroz confrontación ideológica, reformistas ilustrados frente a conservadores absolutistas, que margina cualquier preocupación estilística. Obsesionan los problemas agrarios, la libertad de pensamiento, los privilegios de clero y nobleza y la educación. Otra cuestión de candente será la relación España-Europa para las que analiza una triple alternativa: aislamiento, integración o europeización con mantenimiento de las particularidades españolas. Las grandes figuras en orden al pensamiento son Feijoo, Jovellanos y Cadalso.

 

En la historia del criticismo en este siglo no se puede obviar la labor del numeroso grupo de jesuitas exiliados de España en virtud de la pragmática de Calos III, en 1767, no todos literatos, pero de enorme peso intelectual y científico, victimas de su afán por defender el pensamiento español y su aportación a la cultura europea, frente a quienes lo denigran de manera sistemática. Más de cuatro mil intelectuales, algunos de ellos eminentes entre los sabios,  se ven obligados a abandonar su patria en un solo día y sin juicio ni proceso. Asentados en Italia merecen las palabras pronunciadas en la apertura del curso de la Universidad de Bolonia, en 1781: “Apenas habría quedado en Italia vestigio de buenas letras y de los estudios, ni hubiéramos podido legar a los venideros monumento alguno digno de la inmortalidad, si por un hecho extraordinario no hubiera venido desterrado a Italia tanta copia de ingenio y sabiduría”. Por citar algunos de estos prohombres: Arteaga, Hervás y Panduro, Francisco Javier Lampillas…

 

 

La poesía

 

Con criterio de prioridad cronológica, hay que reseñar que los poetas tradicionales, inspirados en modelos de Quevedo y Góngora, perviven hasta la segunda mitad del siglo. En esta línea se encuentran, entre otros, Álvarez de Toledo o Villarroel. Posteriormente, la reimpresión de obras de Garcilaso y Fray Luís de León por impulso de Nicolás de Azara y Mayans y Siscar, hacen rebrotar, pasado la mediana de la centuria, las viejas escuelas Salmantina y Sevillana.

 

Es la aparición, en 1737, de la Poética de Luzán la que introduce la corriente neoclásica que sustituirá la inspiración por la norma y utilizará el término gusto como sinónimo de “criterio refinado y asesorado por la razón”. La poseía se hace ahora  racionalista, metódica y fríamente reglamentada. Los temas preferidos son la convivencia humana, la filantropía, el culto a la amistad y la vuelta a la naturaleza primigenia. El deseo de utilizar la lírica como instrumento de mejora social que se apodera de Jovellanos, Meléndez Valdés o Diego González. Junto a esta tendencia crece otra que muestra cierto sensualismo de corte anacreóntico. La moda neoclásica alcanza hasta el triunfo del romanticismo. Junto a los poetas citados, es preciso recordar a Nicolás Fernández de Moratín, incluso a su hijo Leandro, Cienfuegos, Trigueros o Iriarte, maestro, junto a Samaniego, del apólogo, o fábula, sencillas sátiras que suelen aparecer, según Entrambasaguas, en épocas faltas de creencias.  

 

Las primeras vibraciones románticas se perciben muy avanzada la centuria y en el comienzo de la siguiente. Los sonetos de José  Somoza caen de lleno dentro de la manera romántica pero el más típico precursor de romanticismo es Nicasio Álvarez de Cienfuegos con composiciones como La escuela del sepulcro, La rosa del desierto o Paseo solitario en primavera.    

 

 

El Teatro

 

Casi puede afirmarse que el siglo XVIII no posee teatro propio. La primera mitad de la centuria está  contaminada con los peores residuos de la escena calderoniana, y la segunda se colma con refundiciones e imitaciones de la dramaturgia extranjera. Sólo Leandro Fernández de Moratín aporta algo de originalidad a una escena que en el pasado fue muy vigorosa. La clasificación más sencilla que suele proponerse para este género es:

 

·         Teatro tradicional

·         Teatro popular

·         Teatro neoclásico

 

La Tendencia Tradicionalista intenta continuar temática y técnica del gran teatro del XVII, pero son pocos los que lo consiguen con cierta dignidad.

 

Bances y López Cándamo es un, muy fecundo, autor de entremeses, autos, comedias de todo corte y bailes.  La audiencia de los tres alcaldes, El español más amante y desgraciado, La piedra filosofal, El esclavo en grillos de oro, El sastre del campillo

 

Antonio de Zamora se especializa en comedias religiosas, históricas y de figurón. Judas Iscariote se basa en los Evangelios apócrifos. Quitar de España con honra el feudo de cien doncellas es una refundición de Las famosas asturianas de Lope de Vega. Su obra más valorada es No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra es una escenificación de las aventuras del Don Juan, célebre personaje creado por Tirso de Molina.

 

Con el fallecimiento en 1750 del madrileño José de Cañizares se suele dar por finalizada esta corriente. La obra de Cañizares es, en cuanto a temática y variedad, similar a la de Zamora. Entre sus producciones más valoradas se encuentran El picarillo en España, señor de la Gran Canaria, sobre la conquista de las islas por el francés Bracamont  y El dómine Lucas.

 

La pieza fundamental de la Tendencia Popular es el sainete, prolongación natural de los pasos de Lope de Rueda y los entremeses cervantinos con los que comparte temas, personajes y costumbrismo. Muy denostado por los neoclásicos, que lo califican de género ínfimo, tiene muy buena acogida entre el pueblo. Suele escribirse en romance e intercala canciones y coplas. El aprecio popular es consecuente con su ingeniosidad y gracia chispeante. Pero el sainete tiene un valor añadido, se erige en documento histórico social de los usos, costumbres, problemas y tragedias de la vida cotidiana de la época. Su más digno cultivador es Ramón de la Cruz.

 

Se calcula que Don Ramón de la Cruz escribió más de cuatrocientos sainetes. Entre los destacados se citan: La embarazada ridícula, La presumida burlada, El alcalde limosnero, El burlador burlado  y, especialmente, Manolo, “tragedia para reír o sainete para llorar”.

 

Sujeto a las unidades dramáticas y bajo influencia francesa, la Tendencia Neoclásica  constituye el teatro característico del siglo.

 

La tragedia neoclásica goza de escasa popularidad siendo, tal vez, La Raquel, de Vicente García de la Huerta, la obra más valorada dentro de este género, posiblemente por la carga nacional y romántica que la impregna. En el Alcázar de Toledo se preparan unas fiestas en honor de Alfonso VIII, esclavo de los caprichos de la judía Raquel. La circunstancia provoca una sublevación popular, el asesinato de la favorita y la posterior venganza del monarca.  

 

Otros nombres que se deben citar dentro de este apartado son los de Nicolás Fernández de Moratín, autor de un fracaso estrepitoso Hormesinda, o José Cadalso artífice de la, también poco exitosa, Sancho García.

 

Mayor aceptación tiene la comedia neoclásica. Dos nombres marcan la diferencia Tomás de Iriarte y Leandro  Fernández de Moratín.   

 

Tomás de Iriarte comienza traduciendo piezas para los teatros de los Reales Sitios. Su primera producción propia de interés verá la luz en 1783. Se trata de una sátira sobre la deficiente educación que reciben los jóvenes: El señorito mimado. Poco después, y con el mismo tema, representa La señorita malcriada. Pero su mejor obra, según la crítica especializada, va a ser El don de gentes, donde  construye con Rosalía un sólido personaje femenino.

 

 Con Leandro Fernández de Moratín la comedia dieciochesca alcanza la brillantez. Muestra en ella lo cotidiano, las pequeñas intrigas y problemas de unos personajes cargados de humanidad, madres ambiciosas, mozas hipócritas, galanes sin arrestos…

 

Un tema destaca por encima de todos: la elección matrimonial. Moratín otorga a los padres el derecho a aconsejar a los hijos, pero son estos los que han de tomar una decisión definitiva. Entre sus obras: El viejo y la niña, La mojigata, El sí de las niñas y La comedia nueva o el café.  

 

 

La Prosa Narrativa

 

La novela es un producto característico de la época y fiel reflejo de sus preocupaciones e ideas, lo que la carga de didactismo y propósito docente. El racionalismo y la incredulidad añaden más  notas características a este género literario. La educación del hombre abandonado a sus medios naturales como preconiza Emilio de Rousseau, imitado en Eusebio, de Montengón, de enorme éxito de publicación, y la sátira sobre la nobleza, la burocracia, la chabacanería y la retórica religiosa, dominan un grupo de novelas que culminan con Fray Gerundio de Campazas.

 

Diego de Torres Villarroel une la ficción literaria con la picaresca real. Calificado como “inquieto vagabundo” en contacto con todo tipo de gente, desde la humilde cuna hasta el más elevado rango universitario, deja patente en su obra el enorme atraso intelectual de nuestra nación. Su Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres Villarroel, de 1743, nos lo muestra como “espíritu independiente”, libre para expresar lo que piensa y artífice de su propia suerte.  Es autor, también, de Pronósticos anuales, Sueños morales y numerosa producción de carácter científico y crítico.

 

El jesuita José Francisco de Isla es un traductor y escritor incansable. A destacar El triunfo del amor y de la lealtad o Día grande de Navarra, los Sermones,  seis volúmenes de excelente oratoria sacra, y las Cartas familiares reunidas por su hermana. Pero la obra que mantiene su nombre en la literatura del siglo es Fray Gerundio de Campazas,  aparecida en 1758 y 1770. Agotada en tres días, provoca un aluvión de folletos a favor y en contra que obliga a la intervención del Santo Oficio. En ella, el padre Isla pretende construir una narración novelesca de carácter satírico amalgamada con un tratado de oratoria sagrada, poniendo en boca de su protagonista todas las extravagancias, disparates y chascarrillos irreverentes que circulan por la sociedad de la época. Su mayor defecto es la falta de unidad, pues sólo cuenta una  serie de aventuras yuxtapuestas sin apenas relación.

 

 

 

 

 

El Romanticismo

 

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El romanticismo es una revolución artística, política, social e ideológica, de gran importancia que fue germen de muchos principios considerados hoy fundamentales e irrenunciables: la libertad, el individualismo, la democracia o el nacionalismo.

El movimiento nace en Alemania y se extiende por Europa durante la primera mitad del siglo XIX. A España llega con cierto retraso, desarrollándose en el segundo tercio de este siglo,  cuando inicia su decadencia en otros países.

El romanticismo supone la ruptura con la tradición y orden anteriores, cuyos valores culturales o sociales son abolidos en nombre de una libertad auténtica. Se proyecta en todas las artes y constituye la esencia de la modernidad. Proclama una actitud ante la vida que exalta el yo frente a cualquier otro valor o precepto. Y ese individualismo exige una libertad sin límites.

El movimiento romántico hereda los principios de la Ilustración que completa, adapta y supera. La Ilustración, en su camino hacia la felicidad, concede al hombre el poder de dominar la ciencia y conquistar la naturaleza para conseguir tal sueño. Pero impone límites al conocimiento, la racionalidad, y desdeña aquello que los sentidos no pueden explicar. El hombre romántico supera ese horizonte y entiende que la esencia de lo humano rebasa la esfera de lo racional. Recupera lo emocional y rechaza la separación entre razón y sentimiento, entre realidad e irrealidad. Los románticos aspiran a alcanzar un ideal, lo eterno y absoluto, pero su búsqueda se ve obstaculizada por la irrupción de la cruda realidad. Es ese baño de realidad lo que provoca su desengaño y el sentimentalismo enfermizo que se llamó mal del siglo.

Uno de los rasgos capitales del romanticismo es su espíritu individualista, esto es, la valoración exagerada de la propia personalidad. El culto que rinde al yo se constituye en el máximo objetivo de la vida espiritual. Pero el yo romántico rechaza ser solo una pieza más del engranaje de la naturaleza, por eso subraya la facultad creadora de cada individualidad capaz de transformar el mundo natural. El término crear pasa a significar aproximación a la verdad, a la última dimensión del ser. El romántico transforma el instinto en arte y el inconsciente en saber.

Pero la realidad solo es percibida en términos de aceptación o rechazo en función de la forma en que coincida o no con la propia subjetividad. El individuo, arrastrado por las imágenes que él mismo ha creado en su interior, descubre que la realidad no responde a sus ilusiones y se rebela violentamente contra todas las normas morales, sociales, políticas o religiosas que provocan esa disfunción. Se concreta este aspecto en el recurso a temas relacionados con la frustración vital, como el amor no correspondido, la soledad, la tristeza, la nostalgia, la melancolía o la desesperación. Cuestiones que se resuelven a menudo en manifestaciones y actitudes de rebeldía frente a la sociedad burguesa que califica de mediocre e insensible, exaltando y embelleciendo a aquellos de sus componentes que son consecuencia de la maldad social, esto es, sujetos marginales o cuestionables como los mendigos, los delincuentes o los piratas. Así, el héroe romántico responde a la configuración byroniana de apasionado, orgulloso, enamorado, perseguido por la fatalidad, escéptico, caballeroso y noble, mientras que el antihéroe es taimado, cruel, frío e insensible.

El hombre romántico se caracteriza también por su aislamiento y soledad. Es otra consecuencia del individualismo que marca de tal forma conciencia y personalidad, que aísla al individuo de sus semejantes, derivándole, en ciertos casos, hacia estadios de consciencia que elevan los sentimientos a las más altas cotas de percepción. La desgracia, la felicidad o infelicidad que siente quien las manifiesta, son las mayores que puede experimentar cualquier ser humano. Esta es la razón por la cual el yo del artista pasa a ocupar el primer plano de la creación. El individualismo romántico se encuentra en el origen de otros aspectos que también caracterizan al movimiento. La protesta contra las trabas que cohíben su espíritu deriva en el ansia de libertad que refleja en cualquier manifestación artística, social, política o económica que emprende.

Los románticos rechazan el culto a lo racional que han heredado de los ilustrados. Conceden prioridad absoluta a las emociones, los sueños o las fantasías, y aceptan como fuentes de conocimiento a la intuición, la imaginación y el instinto. La fuerza de la pasión supera, en definitiva, a la fuerza de la razón. Sus temas preferidos están relacionados con lo sobrenatural, la magia y el misterio, que proporcionan una vía de escape de la realidad actual y local que incomoda al artista. Les permite evadirse a remotos tiempos pasados y a lejanos escenarios de oriente cargados de detalles imaginarios y de personajes misteriosos. Los cuentos de Hans Christian Andersen, de los Hermanos Grimm o de Hoffmann son paradigma de ello. Buscan desesperadamente la perfección absoluta, pero son víctimas del destino y la naturaleza que no justifican jamás sus actos, de ahí los anhelos insatisfechos que derivan en su frustración e infelicidad. En ese mundo soñado prevalecen unos ideales que marcan el rumbo de sus vidas: humanidad, patria, femineidad y filantropía con un toque de misticismo.

El romántico se obsesiona por conocer las raíces de su historia. Inventa la idea de pueblo entendido como entidad espiritual a la que pertenecen individuos concretos que comparten una serie de características comunes: lengua, costumbres y folclore. Por eso la revitalización de las leyendas y tradiciones locales.

En España, el movimiento se encuentra vinculado a la evolución histórica que sigue a la caída de Napoleón y a la desaparición del gobierno impuesto en la Península Ibérica por las tropas francesas. El retorno de Fernando VII, que supone la vuelta al absolutismo monárquico, provoca el exilio de políticos e intelectuales liberales que regresarán sobrevenida su muerte en 1833. Los años gloriosos del romanticismo en España abarcan el periodo comprendido entre 1834 y 1844. Se suele afirmar que se inicia con La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, y termina con Don Juan Tenorio de Zorrilla.

Dentro de la generación romántica española se pueden diferenciar varias tendencias, en ocasiones contradictorias. Junto a los precursores o pre-románticos, José Joaquín Mora, Alcalá Galiano y Blanco White, se puede hablar de un romanticismo tradicional, que defiende los valores más enraizados de la Iglesia y el Estado, encarnado en las figuras de Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas y José Zorrilla, y de un romanticismo revolucionario o liberal, belicoso con el orden establecido, que reclama derechos para individuo frente a la sociedad y a las leyes. Es, tal vez, José de Espronceda su máximo exponente. Paralelamente aparece una tendencia especialmente costumbrista en la que se suelen encuadrar a Mesonero Romanos y parte de la producción periodística de Mariano José de Larra. Otros nombres de indudable fuerza en nuestra literatura son Bretón de los Herreros, Gustavo Adolfo Bécquer o Rosalía de Castro. Ellos personalizan el romanticismo tardío español que llega al cenit de su edad de oro cuando ve la luz Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, en 1844.

La poesía es el género preferido por el escritor romántico que ansía desesperadamente exteriorizar de manera precisa su pasión y su fantasía. Ella pone en manos del autor la herramienta ideal para dejar constancia de su propia subjetividad, su pesimismo y su melancolía. Muestra siempre un tono exaltado y apasionado con abundancia de apóstrofes, vocativos y oraciones exclamativas.

Dentro de la prosa se ocupan de la novela histórica y la leyenda para recrear el mundo del pasado, especialmente el de la Edad Media. Tienen como modelo al autor inglés Walter Scott. Los artículos de costumbres, construidos como relatos breves, muestran las formas de vida del pueblo en un estilo donde predomina lo descriptivo y lo anecdótico.

Los argumentos teatrales abundan en amores imposibles que concluyen en duelos. El héroe choca contra la estructura social conservadora y lucha por su propia felicidad. Los personajes son siempre seres misteriosos y marginales. Desatienden las unidades clásicas de tiempo, lugar y acción. No hay separación entre tragedia y comedia y se utiliza el verso, solo o en combinación con el diálogo en prosa.

El movimiento, como tal, desapareció con el siglo XIX, pero muchas actitudes románticas siguen estando vigentes, aunque la connotación del término romántico haya evolucionado. El deseo de libertad individual conduce la actividad la actividad humana en todas sus manifestaciones sociales, culturales o económicas, alcanzado, incluso, a la palabra, la religión y la educación. La libertad de expresión es hoy una bandera irrenunciable, como lo es la libertad de pensamiento, de culto o de educación.

 

   
 

 

El Realismo - El Naturalismo

 

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A mediados del siglo XIX los adelantos científicos generan en Europa una época de cambios y conflictos en los individuos y la sociedad. Con el capitalismo y la Revolución Industrial la burguesía toma un auge extraordinario y alcanza, por fin, el poder económico y social.

En este momento el arte es hecho por y para ella. Se inicia también la serie de exposiciones universales con la celebrada en Londres en 1851.  Las pésimas condiciones de vida de la clase obrera extienden entre las masas nuevas ideologías políticas y sindicales, especialmente el Socialismo o el Marxismo. Sus simpatizantes y afiliados se reúnen en cafés, casinos, trastiendas o casas particulares.

En España incide, además, un importante deterioro social, político y económico que determina la revolución Gloriosa, en 1868, que lleva al exilio francés a Isabel II. La Revolución Gloriosa  inicia el Sexenio  Revolucionario, a lo largo del cual se suceden los gobiernos de forma vertiginosa. El poder pasa de manera alternativa de Conservadores a Liberales. Llegarán, después, la República, en 1873, el reinado de Alfonso XII y la regencia, sobrevenida su muerte, de María Cristina, su esposa, hasta que, en 1902, Alfonso XIII adquiere oficialmente la mayoría de edad. Es la época en se desvanece definitivamente el imperio colonial español.

De manera consecuente con estos cambios, el movimiento romántico es sustituido,  hasta  finalizada la centuria, por novedosas tendencias filosóficas, culturales y artísticas que implementan un nuevo concepto de vida y humanidad, de valores y de objetivos.

Es el Realismo que se levanta sobre el pensamiento positivista que solo acepta como verdadero el resultado de la observación  y experimentación. Coincide con el auge de las revolucionarias teorías científicas sobre la herencia biológica y la evolución de las especies.

La intención estética del romanticismo cede ante un punto de vista moralizante y crítico. Tiene su origen en la Francia de la primera mitad del XIX. Se consideran primeras figuras del movimiento a Balzac, Stendhal y Flaubert.

El Realismo pretende, sobre todo,  reflejar la realidad exterior tal  como es, por eso es el narrativo el género literario estrella de este periodo donde folletines y novelas por entrega gozan del fervor popular. Los escritores se centran en la realidad más próxima y conocida, esto es: en la política, el trabajo o la problemática social, que intentan relatar de manera objetiva y fiel, con estilo natural y lenguaje coloquial.

La observación directa, enriquecida con una documentación rigurosa, culmina en descripciones precisas de ambientes, costumbres y caracteres en las que el autor se transmuta en  notario que da fe de lo contado. La imparcialidad se subraya con  un narrador en tercera persona  omnisciente, pero  son frecuentes los comentarios del autor que intentan condicionar la opinión del lector. Este propósito de transformar la realidad  explica la existencia de dos ideologías encontradas dentro del movimiento: la conservadora que sueña con el retorno a un mundo preindustrial y rural, y la liberal proclive a la sociedad contemporánea, aunque la desea más justa, igualitaria y libre.

En España se encuentran precedentes en La Celestina, El Lazarillo de Tormes, el Quijote, las Cartas Marruecas, el costumbrismo de la primera mitad del siglo, los Artículos de Larra o la novela histórica de romanticismo. Los escritores más destacados del realismo español son: Juan Valera, Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Bölh de Faber, cuya obra La Gaviota marca la frontera con el romanticismo, Pedro Antonio de Alarcón, Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas, Clarín.

La obra de otro francés, Émile Zola, que lleva hasta las últimas consecuencias los postulados del realismo, propicia el desarrollo de una variante conocida como Naturalismo que se apoya sobre dos pilares filosóficos:  el materialismo, negador de la existencia de un Ser Superior, y el determinismo, que explica los problemas sociales mediante leyes físicas y factores de herencia biológica.

El ambiente naturalistas es miserable y sus personajes seres alcoholizados marcados por la sociedad o el entorno familiar. El escritor ahora es juez que dictamina sobre las causas de los problemas de la sociedad donde el hombre es pura materia, sin libertad, con la existencia predeterminada por las leyes de Mendel y las circunstancias sociales. Su lenguaje suele ser natural y vulgar, incluso soez.

El naturalismo no alcanza en España altas cotas de popularidad, tal vez por el peso del catolicismo que resulta incompatible con el determinismo naturalista. Las aportaciones naturalistas de nuestra literatura se deben a Emilia Pardo Bazán, Blasco Ibáñez y a Clarín.

   
 

El Modernismo

 

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El romanticismo es una revolución artística, política, social e ideológica, de gran importancia que fue germen de muchos principios considerados hoy fundamentales e irrenunciables: la libertad, el individualismo, la democracia o el nacionalismo.

Modernismo es un término general que se aplica a las corrientes de renovación artística en el mundo occidental vigentes a principios del siglo XX. Está relacionado con el art nouveau de Francia y el modern style de los países anglosajones. Pocos movimientos artísticos se desarrollan en marcos cronológicos tan difusos. Se le llega a encuadrar entre 1880 y la Segunda Guerra Mundial. Sus antecedentes hay que buscarlos en la estética parnasiana con su amor al "arte por el arte", en el decadentismo finisecular que se sitúa al margen de la sociedad, atacando a la burguesía y a su moral hipócrita, y en el simbolismo. Y es que el fin de siglo es un tiempo de profundo cambio. El modernista ha perdido la fe en el progreso material, principal valor para realistas y naturalistas. Se pasa de Darwin y Taine a Nietzsche y Schopenhauer, de lo racional a lo irracional y subjetivo.

Se establece como fecha de inicio del Modernismo pleno el año 1888, cuando se publica Azul, de Rubén Darío, quien utiliza ya la palabra modernismo, con el significado de modernidad. El movimiento modernista supone, pues, una integración de las diversas tendencias desarrolladas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Rebrota con él la angustia de la literatura romántica europea aparentemente vencida por el racionalismo cientificista del siglo XIX, la nostalgia por los momentos felices de la niñez y el retorno a los paraísos perdidos. En definitiva, retoma todo aquello que recupere la seguridad o el orden perdidos.

Romanticismo y modernismo coinciden en su apuesta por la pasión, por la evasión hacia entornos ficticios, en el papel relevante e idealización que concede a la mujer. Mujer que, sin embargo, es, además de bella, perversa, voluptuosa y cruel. Salomé es la encarnación que simboliza esta idea. Supone, también, la resurrección de lo bohemio que había sido avanzado el romanticismo con su marginalidad negadora del orden social. Algunos modernistas trasladan a sus vidas reales sus valores artísticos. Proliferan los amores fatales y los suicidios o muertes violentas.

El Modernismo acoge influencias de diversos movimientos. Solo rechaza lo vulgar, conformista o rutinario. De ahí la diversidad de tendencias que se pueden diferenciar. Especialmente relevantes son los movimientos estéticos franceses, la poesía de los estadounidenses Whitman y Edgar Allan Poe, el prerrafaelismo británico y, dentro de las fuentes hispánicas, Gonzalo de Berceo, Jorge Manrique o los Cancioneros.

El Modernismo Parnasiano surge a partir de un colectivo de poetas franceses que desde 1866 construyen mundo imaginarios, que ubican en el lejano Oriente o en la Edad Media, cargados de elementos mitológicos. Escapan así de la realidad física y temporal, tan vulgar y despreciable, superada gracias a la magia del arte. Dioses, ninfas, centauros, caballeros, odaliscas, pagodas, castillos, jardines, cisnes, elefantes, flores exóticas y perlas preciosas, son los adobes que articulan el sueño modernista. Un sueño pleno de reminiscencias románticas, pasiones exaltadas, irracionalidad, fantasía, melancolía y profunda tristeza. El amor está omnipresente en sus obras desde una doble vertiente, la delicada y cortés que exterioriza sentimientos normalmente imposibles, y la erótica y desenfrenada arraigada en actitudes antisociales o amorales.

El Modernismo Simbolista tiene también origen francés. Arranca de Baudelaire, Rimbaud, Mallarme y Verlaine. Aquí lo que importa es la sugerencia, aquello que la palabra evoca. Un símbolo se crea para nombrar una realidad que carece de nombre, designa lo no designado. Pero, para ser entendido, el poeta debe usar palabras cotidianas a las que dota de un significado diferente al que incorporan en la lengua común, y aportar las claves para su adecuada interpretación. Comparte la mayoría de las características señaladas para la línea parnasiana, pero difiere en que su evasión mira hacia el mundo interior del poeta, tiene, por tanto, un carácter más intimista. En su incesante búsqueda de caminos nuevos, deja, poco a poco, de ser modernismo. Esta evolución queda patente en escritores como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez quienes trasladan lo que descubren dentro de sí mismos al mundo exterior que les rodea. El paisaje que describen deja de ser objetivo y se convierte en un símbolo de su yo interior y de la Historia misma. El lenguaje modernista, al contrario que el realista o el naturalista decimonónicos que se dirigen a un público mayoritario, apunta hacia un sector minoritario, selecto y exquisito, sensible a los adjetivos atípicos y a los exotismos. Dice al respecto Don Manuel Machado: “Y por Modernismo se entiende… todo lo que no se entiende”. Los textos modernistas están cargados de suntuosidad y lujo, de jardines y lagos con pavos reales y nenúfares, y de princesas encerradas en lugares exóticos, llenas de melancolía, que anhelan metas místicas, sexuales o estéticas. Y esos elementos, que encarnan un modelo ideal de belleza, son símbolos que se repiten y proliferan en sus páginas.

Los simbolistas dan al verso efectos musicales y aportan nuevas métricas que conjugan el ritmo, el color y la plasticidad. El poeta modernista prefiere versos de catorce, doce y nueve sílabas, y experimenta con variaciones estróficas. Es frecuente encontrar en ellos, por ejemplo, sonetos construidos con versos alejandrinos y serventesios en lugar de cuartetos, o romances con siete o nueve sílabas. Pero es, sin duda, la silva su estrofa favorita.

En España, modernismo y generación del 98 son dos movimientos simultáneos que tienen un origen común: la insatisfacción por la situación política y social y la búsqueda de un lenguaje nuevo. Ambas tendencias suponen una reacción frente al mundo burgués y una muestra de desprecio por la mercantilización del arte. Son dos formas de reaccionar ante la crisis fin de siglo. El modernismo busca un mundo estético basado en la rebeldía ante los valores burgueses, crea una lengua artística, muy elaborada, separada de la lengua habitual y solo al alcance de los iniciados. El noventa y ocho pretende reformar la realidad presente, pero sin alterar la esencia de España, sus raíces históricas. Juan Ramón Jiménez juzga un error "considerar el modernismo como una cuestión poética y no como lo que fue y sigue siendo: un movimiento jeneral teolójico, científico y literario" y continúa: “la llamada generación del 98 no fue más que una hijuela del modernismo jeneral” Coincide con el rápido desarrollo de ciudades hispanoamericanas que adquieren una condición cosmopolitas gracias al intenso comercio que mantienen con Europa y emprenden la modernización de las estructuras coloniales heredadas y de las guerras civiles. Son los años de la confrontación entre con Estados Unidos que culmina en el desastre de 1898. La salida de los españoles planteaba el dilema de tomar el modelo norteamericano o reafirmarse en el carácter latino tradicional. Las ciudades copian a París y los escritores buscan referencias en la poesía francesa: Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud que descubren en la vida industrial un nuevo género de hermosura, Paúl Verlaine que proclama al Parnaso como el lugar donde viven y escriben los aristócratas de las letras y Stéphane Mallarmé, que pregona la poética del símbolo. 

Tradicionalmente se asocia el desarrollo del movimiento en España con la llegada de Rubén Darío en 1892, justo el mismo año en que artistas catalanes celebraban la primera fiesta modernista. Pero ya poetas españoles conocedores de la lírica hispanoamericana, como Salvador Rueda o Valle-Inclán, había publicado aquí versos cercanos a la nueva orientación.

El puente hacia la modernidad los constituyen Bécquer y Rosalía de Castro, cuya poesía intimista estará en la base de mejores modernistas españoles, aunque los considerados pre-modernistas son Ricardo Gil, Manuel Reina y Salvador Rueda. La nómina de modernistas en sentido estricto, aparte de Rubén Darío, está constituida por Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina... Será en 1913 cuando Manuel Machado declare en La guerra literaria: "el modernismo no existe ya".

 

   
 

La Generación del Noventa y Ocho

 

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El siglo XIX vive el final del imperio colonial español. En 1895 levantan las últimas colonias españolas, Cuba y Filipinas. España es derrotada  y, en el Tratado de París de 1898, otorga la independencia a Cuba, dejando el control de Filipinas y Puerto Rico a los Estados Unidos de América. La indignación que estos hechos provocaron en el sentir de los españoles se  manifiesta también en la literatura a través de los escritores de la Generación del 98.

Tradicionalmente se ha dividido a los escritores de finales y principios de siglo en dos grupos diferenciados, el Modernismo y la Generación del 98. No obstante las diferencias entre unos y otros no son tan claras. Algunos integrantes de la Generación del 98, Antonio Machado o Ramón María del Valle-Inclán, se podrían adscribir a uno y otro movimiento.

Además, los dos colectivos se mueven con una estética que rompe con la del siglo XIX. Todos abogan por una profunda renovación lingüística, con nuevas posibilidades expresivas, y adoptan posturas críticas ante las normas sociales y la situación política.

 

MODERNISMO

GENERACIÓN DEL 98

Nace y se desarrolla en Hispanoamérica y España bajo influencia de Europa.

Movimiento esencialmente castellano

Reflexión cosmopolita y universal

Reflexión centrada en España

Tema de tradiciones clásica, medieval…

Tema patriótico

Intenta eludir la realidad mediante la huída  a mundos exóticos e irreales

Intenta reflejar la realidad moral y social de España y protestar ante ella

Sensorial, emotivo y superficial

Racional

Prefiere la lírica y la prosa poética renovadas

Prefiere el ensayo y la novela

Predominio de la forma sobre el contenido. Lenguaje sensorial, preciosista, evocador y simbólico

Predominio del contenido sobre la forma.

Lenguaje sencillo, personal y castizo.

 Se agrupa bajo el apelativo de Generación del Noventa y Ocho a un colectivo de escritores nacidos entre 1864 y 1875 que analizan los males que han llevado al país a una situación de decadencia y desastre. Coinciden en su esfuerzo por recuperar la esencia y el alma de España y sacar de la indiferencia y la apatía a los españoles. Se rebelan, por eso, ante el atraso social y económico en que viven y proponen soluciones imaginativas para la cambiar  la agricultura, la educación, la cultura y el modelo económico país. Consideran, además, que España no puede vivir de espaldas a Europa. Se apoyan en los valores patrióticos que descubren en el pasado glorioso del país a pesar de que la mayoría de ellos militan o apoyan movimientos y teorías de índole revolucionaria. Unamuno es marxista y milita en el Partido Socialista, Ramiro de Maeztu muestra ideas socialistas, Azorín y Pío Baroja son simpatizantes anarquistas… 

La esencia de la Generación del 98 la explica muy bien Valbuena Prat:

 "La fecha de 1898 es todo un símbolo de historia y de cultura. La pérdida de las últimas colonias españolas, el desastre de la guerra con los Estados Unidos, sumieron al espíritu nacional en la desesperación, en la desilusión. Como en otros momentos comparables de desaliento nacional, con ser muy dolorosa la realidad, aún se hizo mayor en las mentes y en los labios desesperanzados. El español hizo una vez más trofeos de sus propias miserias, y su crítica de los valores raciales fue negativa y doliente. […] No importa que algún autor haya motejado la fecha de inexacta. Lo que importa es el símbolo de ese año, y él puede ser el aglutinante de las rebeldes individualidades de sus autores. Una vez más, altas figuras culturales se preguntaban sobre su razón histórica y su futuro destino, y planteaban una crítica que dentro de sus aspectos más negativos encerraba una poderosa afirmación. Les dolía España a esos autores, para emplear una expresión del escritor más profundo del 98, y era más lo que creaban que lo que destruían con su criticismo" [Historia de la literatura española, Gili, Barcelona, 1937]

Ese espíritu de protesta y rebeldía es provocado en parte, pues, por la actualidad contemporánea de determinadas doctrinas revolucionarias. En general, los autores de la generación, mantuvieron, al menos al principio, una estrecha amistad y se opusieron a la España de la Restauración proponiendo posturas coincidentes. 

 ·         Distinguen entre una España real, miserable, y otra España oficial falsa y aparente. Su preocupación recuperar la identidad de lo español abre un debate  que continuará con posterioridad a ello, sobre el llamado  Ser de España.

 ·         Se interesan por el paisaje y las tradiciones. Admiran Castilla, y la ensalzan. Recorren la Meseta y escriben libros de viajes a la vez que resucitan el romancero y, con ellos, los más viejos mitos literarios españoles.

·         Renuevan los géneros literarios. Crean formas nuevas para todos ellos.  

Así, dentro de la narrativa, Unamuno desarrolla la nivola, término que aparece por primera vez como subtítulo de su obra Niebla, y que representa el rechazo a todo lo que defiende la novela realista: la caracterización psicológica de los personajes, la ambientación realista, la narración omnisciente en tercera persona... Prima en ella, pues,  la sencillez estructural, la supresión de descripciones, el monólogo interior, el diálogo…

 José Martínez Ruiz, Azorín, fragmenta la narración en instantáneas que congelan el tiempo y captan la impresión de un momento. En su experimentación con el  espacio y el tiempo hace vivir al personaje en varias épocas y lugares. Es la novela impresionista. Ejemplo de ellas son La voluntad o Confesiones de un pequeño filósofo.

Para Baroja, muy influido por el folletín, la novela acoge todo, reflexiones, humor, ideología,  aventuras y crítica social. La realidad inmediata proporciona unos escenarios que, combinados, establecen el entramado de novelas en las que predominan los ambientes suburbiales, la vida de los humildes y sus problemas sociales, políticos y económicos.

 Valle Inclán revoluciona el teatro con sus esperpentos.

·         Rechazan la frase amplia, la elaboración retórica y el carácter detallista del Realismo primando un lenguaje de sintaxis corta muy próximo a la manera de decir de la calle que reproducen en todo su casticismo.

·         Se acercan a las corrientes filosóficas europeas de Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Sören Kierkegaard  y Henri Bergson.

·         Son pesimistas en cuanto a la situación de país y simpatizan con el pensamiento romántico, especialmente con el de Mariano José de Larra. Ideológicamente son Regeneracionistas.

·         No diferencian entre el objeto de la observación y la manera de mirar. El sentir personal tamiza la mirada y la carga de una subjetividad exacerbada que les conduce al lirismo.

 Entre los autores más destacados de la generación habría que citar a:

 

·         Los Tres. Grupo constituido por Pio Baroja, Azorín y Maeztu que firman artículos bajo ese el pseudónimo. En 1901 publican un manifiesto en el exponen la necesidad de cooperar en la generación de un nuevo estado social en España que la saque de la miseria actual. Pero su campaña política fracasa y acentúa su pesimismo y desengaño, por lo que abandonan el camino de la acción y gira hacia posturas más idealistas y soñadoras.

·         Ángel Ganivet

·         Joaquín Costa

·         Miguel de Unamuno 

·         José Ortega y Gasset

·         Antonio Machado

·         Ramón María del Valle-Inclán

·         Vicente Blasco Ibáñez

·         Gabriel Miró.

Los noventayochistas contribuyen poderosamente a la renovación literaria de principios de siglo. Sienten una especial reverencia por Larra, al que consideran un precursor, y por  algunos clásicos como Fray Luis de León, Cervantes o Quevedo. Incluso miran más atrás, hacia el Medievo del Poema de Mio Cid, o las obras de Berceo, Jorge Manrique y el Arcipreste de Hita.  La renovación estética y los logros del noventa y ocho, merecen de los críticos su inclusión dentro de la Edad de Plata de nuestra literatura.

 

   
 

La Generación del 27

 

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El germen de Grupo, que no generación en sentido cronológico, del 27 se remonta al mes de abril de 1926 cuando Pedro Salinas, Melchor Sánchez Almagro, Rafael Alberti y Gerardo Diego se suman a la idea de organizar un homenaje a Góngora, al año siguiente, con ocasión de conmemorar su centenario.

Convocada una asamblea con este fin, acuden, además, Antonio Marichalar, Federico García Lorca, José Moreno Villa, José María Hinojosa, Gustavo Durán, Dámaso Alonso y José Bergamín.

La Revista de Occidente se compromete a publicar nuevas ediciones de los Romances y de las Soledades del poeta y una Antología poética en honor de Góngora de Gerardo Diego. El homenaje será la primera vez que aparezcan públicamente como un grupo unido, aunque todos ellos mantienen relaciones de amistad desde tiempo atrás. Históricamente, su inicio se produce en plena Dictadura de Primo de Rivera y viven, además, la Gran Depresión de 1929, la proclamación de la II República, la escisión del país en “las dos Españas”, la Guerra Civil Española y las dos Guerras Mundiales.

La característica fundamental que define al colectivo es la búsqueda del equilibrio entre las ideas antagónicas que, en movimiento pendular, han defendido las tendencias poéticas sucesivas que les han precedido.

Su meta es alcanzar la centralidad entre emoción e intelectualismo, entre arrebato inspirador y perfecta disciplina, entre poesía pura con finalidad estética y poesía humana, preocupada por los problemas del hombre, entre arte minoritario y arte popular, entre universalismo y patrioterismo español, entre tradición y renovación. Por eso se sienten próximos a las Vanguardias y al Modernismo, admiran Bécquer y veneran a los clásicos, desde Garcilaso a Góngora.

Sí aportan a la expresión poética un lenguaje muy elaborado orientado hacia la belleza y el juego intelectual, con recurso frecuente a metáforas y otras figuras retóricas. Por el contrario, en cuanto a la métrica, dejan a un lado la brillantez y sonoridad modernista y acuden a formas clásicas y al uso del verso libre.

El grupo del 27 experimenta una evolución en sí mismo con el devenir del tiempo. Durante la etapa previa a su constitución, predomina una concepción poética más interesada en la forma que a la expresión de lo humano, busca un ideal de perfección formal y usa intensivamente la metáfora junto al verso y la estrofa tradicional.

Desde su formalización en 1927 y hasta la Guerra Civil, se produce su rehumanización poética. Aparece la protesta social. Los poetas se politizan y toman partido, y no todos a favor de la causa republicana. Pasan a primer término junto al amor y el deseo de plenitud, las frustraciones existenciales. La orientación de esta etapa la concreta Pablo Neruda en un Manifiesto por una poesía sin pureza que publica en Caballo Verde.

El final de la contienda, que arroja al exilio a muchos intelectuales, produce una poética solidaria o de humanismo angustiado caracterizada por la denuncia, la nostalgia y la vuelta a las formas clásicas.

En la nómina de escritores que se suelen adscribir a este grupo se encuentran Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Federico García Lorca. .

 

   
 

 

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