FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

LAS CASAS CONTRA LA GUERRA (I)

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

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1. Elegía lascasiana contra la guerra

         No habrá guerra en América. Esta es la voluntad de Bartolomé de Las Casas, el “Defensor de los Indios de todas las Indias”. Su voluntad es un valladar sin grietas ni poros; no hay resquicio, ni visible ni invisible, por donde pueda colarse el humo de azufre de la guerra. Como en la de Troya no faltarán uno y mil Ulises, que pongan sus argucias por encima de todas las razones y voluntades ajenas, pero esos Ulises no encontrarán ni  la menor condescendencia en el entendimiento ni en el corazón de Las Casas.

         Él ha presenciado muchas guerras en América y desearía arrancarlas de cuajo de aquellas tierras paradisíacas, más aptas para los goces de la fraternidad cristiana que para los sobresaltos de odio de los egoístas, aunque entre los hombres éstos tengan  frecuentemente mayor poder.

         La meditación que nos ofrece Las Casas sobre los desastres de la guerra no conoce parangón en elegía alguna desde los libros más antiguos hasta los más nuevos. Escuchemos este canto lastimero, hecho de lloros desgarradores ante un fenómeno verdaderamente inhumano, que sataniza los sentimientos del racional espíritu y que llega a veces hasta destruirlos:

         “La guerra trae consigo estos males: el estrépito de las armas; las acometidas e invasiones repentinas, impetuosas y furiosas; las violencias y las graves graves perturbaciones; los escándalos, las muertes y las carnicerías; los estragos, las rapiñas y los despojos; el privar a los padres de sus hijos, y a los hijos de sus padres; los cautiverios; el quitarles a los reyes y señores naturales sus estados y dominios; la devastación y la desolación de las ciudades, lugares y pueblos innumerables. Y todos estos males llenan los reinos, las regiones y los lugares todos de copiosos llantos, de tristes lamentos y de todo género de luctuosas calamidades.

         “No cabe dudar en manera alguna que todos los hombres de la tierra saben muy bien cuáles y qué clase de frutos produce o engendra naturalmente la guerra. Porque la guerra, como tempestad impetuosa (para referir algunas de las muchas calamidades que apuntaron los juristas) y como inmenso piélago de males, ocupa, invade y lo derriba todo; por ella se afligen las provincias y las ciudades… Ella prepara el camino a las acciones depravadas, excita los odios y rencores, y da entrada a las costumbres ilícitas…

         “Empobrece a los hombres y es causa de dolores…; se ahuyentan los ganados, se destruyen las mieses, se da muerte a los agricultores, se devastan las casas de campo; con el ímpetu de las infelices guerras son demolidas florecientísimas ciudades, construidas en tantos siglos. ¡Tanta es la inclinación para dañar, y no para hacer el bien!

         “Con las guerras se entristecen las casas; todo se llena de miedo, de llantos, de quejas, de lamentos. Decaen las artes de los artesanos; los pobres, o se ven en la necesidad de ayunar, o de entregarse a procedimientos impíos; los ricos, o deploran los bienes que se les ha arrebatado, o temen por los que todavía les quedan, siendo en uno u otro caso misérrimos. Las nupcias de las vírgenes, o no existen, o se transforman en tristes y desgraciadas; las matronas, desoladas, se consumen en la estirilidad.

         “Callan las leyes; son burlados los sentimientos humanitarios; en ninguna parte hay equidad. La religión es objeto de escarnio, y no se establece en absoluto ninguna diferencia entre lo sagrado y lo profano. La guerra asimismo lo llena todo de salteadores, de ladrones, de estupradores, de incendios y de homicidios.

         “Y en realidad ¿qué otra cosa es la guerra, sino un homicidio común de muchedumbres y un latrocinio? Y es tanto más criminal cuanto más se dilata. Por ella se precipita en una extrema calamidad a tantos miles de inocentes, que no tienen ninguna culpa y que no merecen el mal que se les hace. En la guerra finalmente pierden los hombres sus almas, sus cuerpos y sus riquezas”[1].

         Es un infierno: hay desgarrones que torturan los sentidos; hay odios que retuercen el alma. Es una comparación, la del infierno, muy usada por Las Casas, y él aspira en sus denuncias, implacables y ensordecedoras, a apagar ese calcinante fuego, que debasta Las Indias. Al final de su libro Brevísima relación de la destrucción de Las Indias, después de tan sangrientas descripciones de destrucción y de muerte, nos dice que se encuentra ahora “en esta corte de España, procurando echar el infierno de Las Indias”[2].

 

2. ¿Trató serenamente Las Casas el tema de la guerra?

         No caerá ninguno hoy en aquella tentación de definir a Las Casas como un paranoico. Sería un sujeto de doble personalidad: normal en todas las cosas, pero anormal en el tema de la relación españoles-indios. Ante cualquier sugerencia de este orden Las Casas llenaría de improperios a los primeros y colmaría de alabanzas a los segundos.

         Su obra cumbre sobre esta oposición en agua fuerte de rasgos, actitudes, de sentimientos, de acciones y pasiones entre ambas razas, es, la Brevísima relación… Después de mil narraciones de esa mortal oposición, el Protector de los Indios manifiesta que ha sido la compasión a su patria lo que le ha movido a dar a conocer esos verídicos, aunque nefandos, sucesos. Lo expresa en estos términos:

         “Por compasión que he de mi patria, que es Castilla, no la destruya Dios por tan grandes pecados contra su fe y honra cometidos y en los prójimos, por algunas personas notables, celosas de la honra de Dios e compasivas de las aflicciones y calamidades ajenas, que residen en esta corte, aunque yo me lo tenía en propósito y no lo había puesto por obra por mis continuas preocupaciones”[3].

         Las Casas no tiene ningún tratado específico sobre la guerra en sí misma considerada ni trata monográficamente de ella en sus obras. Se ocupa de la guerra concreta contra los indios de América; la considera injusta por todos sus lados, y describe sus efectos de carácter apocalíptico. No obstante, al hablar de tanta inhumanidad y miseria, lanza también afirmaciones sobre la guerra en general o en sí misma, de tal manera que podemos servirnos de ellas para componer su pensamiento en torno a ese tema.

         La guerra es fruto del infierno –dice Bartoomé de Las Casas- y hay que hacer hasta lo imposible para evitarla. Oigámoselo: “la guerra, que según Homero nos es enviada desde los infiernos, es la cosa más miserable y pestilente de cuantas hay bajo el cielo y repugna totalmente a la vida y doctrina de Cristo, salvo cuando una necesidad inevitable nos obliga a emprenderla”[4].

 

3. La evangelización no es motivo de guerra

         Ya en su primera gran obra, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, se enfrenta con la guerra como medio inadecuado, injusto y antievangélico de predicar la doctrina de Cristo y extender su Iglesia. Ni en la ley natural, ni en la divina existe el menor apoyo a la doctrina contraria, que considera necesario someter primero a los indios por la fuerza de las armas, para pasar luego a su educación o cristianización.

         En el capítulo séptimo, parágrafo primero, primera conclusión, establece el siguiente punto doctrinal: “Es temeraria, injusta y tiránica la guerra que a los infieles de la tercera categoría, de que hablamos en el capítulo tercero, parágrafo quinto, a saber, a los infieles que nunca han sabido nada acerca de la fe, ni de la Iglesia, ni han ofendido de ningún modo a la misma Iglesia, se les declara con el solo objeto de que, sometidos al imperio de los cristianos por medio de la misma guerra, preparen sus ánimos para recibir la fe o la religión cristiana, o también para remover los impedimentos que puedan estorbar la predicación de la misma fe”[5].

         Al afirmar que es injusta la guerra contra “los infieles de la tercera categoría”, parecería indicar que la guerra contra las otras categorías de infieles es justa. Como él nos dice en las frases transcritas, esa división de infieles la había expuesto en el párrafo quinto del capítulo tercero. Lamentablemente los primeros cuatro capítulos  de esta obra han desaparecido. Es necesario, para conocer su pensamiento, servirse de otros escritos.

         El tema que mencionamos, de la necesidad o repugnancia del sometimiento forzoso de los indios, para después predicarles, fue el centro de las controversias entre Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. En esos enfrentamientos vuelve a aparerecer la doctrina sobre las diversas clases de infieles. Es en la Apología, que leyera Las Casas en las controversias con Sepúlveda de 1550-1551, en donde mejor desarrolla ese tema.

         Tres grupos distingue Las Casas claramente de infieles. Primer grupo: los que en algún tiempo creyeron y se bautizaron, pero luego se apartaron de la Iglesia; comprende en este grupo a los herejes, cismáticos y apóstatas. Segundo grupo: los que conocen la religión cristiana, pero nunca han ingresado en ella; comprende aquí a los musulmanes y judíos en contacto con los cristianos o que saben de nuestra religión. Tercer grupo: los que nunca han oído hablar de Cristo y no han entrado nunca en comunicación con la religión cristiana.

         Sólo en el primero de los tres casos cabe la fuerza por parte de la Iglesia, pues, al recibir el bautismo, caen bajo su jurisdicción. Los otros no son súbditos, y por lo mismo la Iglesia no tiene poder sobre ellos.

         En alguna ocasión desdobla a los musulmanes en dos clases. Primera clase: los que, igualmente que los judíos, viven de modo pacífico en los reinos cristianos. Segunda clase: Los que han ocupado territorios que eran de los cristianos y que todavía nos siguen atacando. Contra estos segundos es necesario defenderse, y sería lícito luchar hasta expulsarlos de las regiones que fueron antes cristianas[6].

         Con respecto a los idólatras, o infieles del tercer grupo, es decir, los que nunca aceptaron la fe cristiana ni oyeron su predicación, el obispo de Chiapa enseña que hay seis casos –según los canonistas- en los que la Iglesia podría permitir a los cristianos hacerles la guerra, pero que ninguno de esos casos es aplicable a los indios americanos. Esos seis casos son:

         1º. Si han ocupado injustamente tierras de cristianos. 

         2º. Si con pecados graves de idolatría contaminan nuestra fe, sacramentos, templos o imágenes; que por ello mandó Constantino que no se permitiese a los gentiles tener ídolos donde los cristianos se pudiesen escandalizar.

         3º. Si blasfeman conscientemente de Cristo, de los santos o de la Iglesia.

        4º. Si a sabiendas impiden la predicación.

        5º. Si hacen ellos la guerra a la Iglesia.

        6º. Para librar a los inocentes, aunque esto no es plenamente obligatorio, porque la guerra traería un mal mayor, como es la muerte de un número de inocentes mucho más grande.

         Ni siquiera puede utilizarse la fuerza para un fin bueno, como es la predicación o la evangelización. No ve Las Casas la verdad de la razón aducida por Sepúlveda: que después de vencidos y sometidos se predica mejor la fe.

         La fe –responde Las Casas- es sujección del entendimiento y requiere buena voluntad hacia los que la predican y esto es imposible conseguirlo por la guerra. Trae a este propósito múltiples textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, para probar la necesidad del buen ejemplo en los predicadores: la bondad, la mansedumbre, la modestia. Ir con las armas en la mano, no es seguir el ejemplo y el mandato de Jesucristo[7].

         No sólo los contrarios, sino hasta los amigos de Las Casas, veían en el Evangelio una base para el uso de la fuerza en algunos momentos. Inmediatamente antes de su Ascensión, había ordenado Jesús a sus Apóstoles: id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura[8]. Y comentaba Domingo de Soto, secretario de las juntas de la controversia sepúlvedolascasiana de Valladolid: “por las cuales palabras parece que tenemos derecho de ir a predicar a todas las gentes y amparar y defender a los predicadores, con armas si fuere menester, para que los dejen predicar”[9].

         Muy otra, mucho más pacífica y mansa y por ende evangélica, es la interpretación del Defensor de los Indios: el mencionado precepto de Cristo recogido por san Mateo y  san Marcos no nos obliga a forzar a los gentiles a que nos oigan, sino sólo a predicarles, en el caso de que nos quieran oír. Las razones que daba Las Casas para esta pacífica interpretación eran las siguientes:

         1ª. No pueden ser compelidos a recibir la fe; luego tampoco a oírla, que es un medio para lo primero; esa violencia engendraría odio más bien que disposición para recibir la fe.

         2ª. No se compele a oír la palabra de Dios a los infieles que viven dentro de los reinos católicos; luego con mayor motivo tampoco se puede obligar a los que viven fuera.

         3ª. La norma de conducta viene trazada por el ejemplo del Señor, que no quiso usar la fuerza frente a los samaritanos, que no querían recibirlo, y por sus consignas evangélicas de presentarse con la palabra paz: la paz sea en esta casa[10].

         4ª No habiendo prometido nunca oír la predicación, no se les puede obligar por la fuerza a los que no tienen ningún compromiso.

         Otro argumento en pro de la violencia extraído por los sepulvedistas del Evangelio, eran las palabras del Señor en la parábola del gran banquete de boda. El banquete está preparado y es necesario llenar la sala para festejar la boda del hijo. Obliga a la gente a entrar (compelle intrare)[11], ordena a su siervo el padre de familia.

        Estas palabras –responde Las Casas- se refieren a una coacción compasiva, no violenta. Cuando san Agustín habla, a propósito de ese pasaje, de emplear la fuerza, está refiriéndose a los herejes, no a los paganos. Para con los indios es necesario actuar como se comportaba la Iglesia primitiva: no usando otros medios que la predicación y el buen ejemplo.

 

4. ¿Existen causas justas para la guerra?

         Por mucho que exalten los antiguos y modernos la profesión de las armas, Bartolomé de Las Casas prefiere que no salgan nunca las espadas de sus fundas. Para la guerra es necesario que haya siempre una causa suficiente, es decir, tan grave como el mal que con ella se desencadena. Y esa causa suficiente es muy difícil encontrarla, si no es en la defensa de la propia vida individual y social. “Ninguna guerra es justa –dice- si no hay alguna causa para declararla, es a saber, que la merezca el pueblo con el que se mueve la guerra por alguna injuria que haya hecho al pueblo que la declara”[12].

         En la Apología tiene frases más antibelicistas: “la guerra nunca es lícita, si no es cuando es necesaria; así, pues, no tiene ninguna excusa. La guerra es peste y atroz calamidad para el género humano… La guerra es de por sí actividad impía… Solamente por una circunstancia, esto es, por necesidad, se convierte en justa, según enseña san Agustín, quien añade: la guerra debe ser de necesidad, para que Dios nos libere de la desgracia y nos guarde en paz…

         “Con todo esto está conforme el texto divino: si es posible, en lo que de vosotros depende, manteneos en paz con todos los hombres; lo dice san Pablo en su Carta a los Romanos[13]. Asimismo Cicerón desaprueba siempre las guerras, salvo si se presenta de urgencia una inevitable necesidad, de suerte que de ningún modo pueda dejarse de lado”[14].

         La guerra, para que sea justa, tiene que tener una causa proporcionada al mal que ella provoca, como es el ser uno atacado sin un justo motivo para ello. “No debe emprenderse una guerra –escribe- si no precede una injuria de aquél contra quien se preparan las armas por haber él iniciado la guerra, según testifican santo Tomás y san Agustín (en un texto recogido por el derecho canónico) y de acuerdo con lo que enseñan los canonistas”[15].

         La guerra total, contra un pueblo entero, sin distinguir entre inocentes y culpables, nunca será justa. “El argumento según el cual, si una ciudad es condenada por guerra justa, se presume que todos sus habitantes son enemigos, es falso, pues la presunción de derecho no debe aplicarse a aquellas cosas que son imposibles…

         “¿Quién puede presumir que los niños, débiles de fuerzas y de razón, y faltos de toda malicia, son reos?… Existiendo, pues, en cualquier ciudad muchísimos inocentes, es falsa la afirmación de que, una vez condenada la ciudad, se presume que todos cuantos están dentro de ella son enemigos. Por lo tanto los soldados deben abstenerse de hacer violencia a aquellas personas que llevan por delante la marca de inocentes, lo cual deben amonestar exacta y severamente a los soldados los jefes principales del ejército, si éstos no quieren incurrir en el mismo pecado y daño…

         “Pongamos el caso de que las mujeres, los niños y los ancianos se refugian en determinado fuerte de la ciudad. Evidentemente, si para el fin victorioso de tal guerra no es de absoluta necesidad atacar dicho fuerte, sería un pecado gravísimo destruirlo por fuego o con minas, lo que, como es natural, ocasionaría una gran mortandad de personas de por sí inocentes. Ahora bien, si fuere absolutamente necesario ese ataque, esas personas perecerían de modo accidental o fuera de toda intención”[16].

 

5.  Ni los sacrificios humanos son causa de guerra justa.

         Una de las causas más fuertemente aducidas como justificativa de la guerra contra los indios de América eran los sacrificios humanos y la antropofagia que ellos practicaban. Francisco de Vitoria había colocado este argumento entre los títulos legítimos de conquista. J. G. de Sepúlveda en su disputa con las Casas expone también entre las causas justas  de guerra contra los americanos “la injuria que entre sí se hacen unos a otros, matando hombres para sacrificarlos, y algunos para comerlos”.

         No sólo la ley evangélica –arguye Sepúlveda- sino el derecho de gentes nos asegura que todos los hombres formamos una sociedad, en la que unos somos miembros de otros, y que por ello existe la obligación de defender a aquellos que son injustamente atacados[17].

         En su respuesta Las Casas recuerda que él había admitido seis casos en que se podía hacer justamente la guerra contra los idólatras e infieles. El sexto de esos casos se refería a la liberación de los inocentes, como los destinados a los sacrificios a los ídolos. Ya entonces había él puesto alguna limitación, pero ahora estudia más por extenso el problema. En definitiva viene a negar la licitud de esa guerra, cuando el número de inocentes a salvar es muy reducido, o se van a suceder mayores males. Veamos solamente tres de sus múltiples argumentos;

         1º. Entre dos males es necesario siempre elegir el menor. “Que los indios –dice- maten algunos inocentes para comerlos, que es aún mayor fealdad que para sacrificarlos, es sin comparación menor mal que los que se siguen de la guerra; donde, allende de los robos, mueren muchos más inocentes que son los pocos que se pretende librar. Allende de esto, por estas guerras se infama la fe y se pone en odio con los infieles, que es aún mayor mal”[18].

         2º. Tenemos el precepto de Ex 23, 7: No matarás al pacífico y al inocente. Es un precepto negativo, y por ello urge más que el positivo de defender al inocente que va a morir. Cristo por su parte nos mandó no arrancar la cizaña, por el peligro de arrancar el trigo juntamente con ella.

         3º. Los indios tienen la excusa de la ignorancia, de la cual no se les puede sacar por las armas, pues entonces verán en los predicadores, no amigos que les van a enseñar, sino enemigos, que les van a robar y matar.

         Advierte que este vicio de sacrificar víctimas humanas es muy antiguo y viene testimoniado por escritores como Plutarco, Lactancio y Eusebio de Cesarea. Trae a colación el caso de Abraham y su intento de sacrificar a su hijo Isaac como lo mejor y más estimado que él poseía, para complacer a Dios. Recuerda el sacrificio hecho por Jefté, de su hija a Dios, y sospecha que los otros pueblos se inspiraron en estos pasajes bíblicos para sus inmolaciones humanas, convencidos de que a la divinidad es necesario ofrecerle lo mejor que se tiene.

         En la Apología argumenta recurriendo al antiguo adagio jurídico: cuando todo el pueblo delinque, el crimen permanece impune (“ob populum multum, crimen permansit inultum”[19]). Los pueblos indios, al ofrecer sacrificios humanos, actúan con la conciencia de hacer la obra más virtuosa.

         Finalmente, si los cristianos usan la violencia contra los indios, éstos hacen bien, incluso parece que están obligados a ello, en mantenerse en su religión tradicional. En efecto, en ese caso son los cristianos los que tienen que aprender de los infieles, por muchas víctimas humanas que éstos sacrifiquen a sus dioses.

 

[1]  B. de las Casas, Del único modo de atrer a todos los pueblos a la verdadera religión, México 1941, págs. 397-399.

[2]  B. de Las Casas, Tratados… I, México-Buenos Aires 1965, Brevísima relación de la destruición de Las Indias, pág. 193.

[3]  Ib., pág. 195. Bartolomé de Las Casas merece la admiración de todos los pueblos, pues agotó su aliento por los oprimidos, pero merece particularmente la admiración de los españoles. La hazaña más grande de nuestra historia es América. Las Casas salvó el diario del primer viaje de Colón; este solo hecho le hace acreedor de todos  los historiadores, aparte sus grandes historias, copiosísimas de datos de inestimable valor. Las Casas fue el primero en protestar, y de forma razonada, contra el nombre de “América”; él quiere hacer justicia a Cristóbal Colón, y propone para el Nuevo Mundo el nombre de Columba, que evoca a su descubridor (Colón) y que significa paloma, símbolo de la paz, que debe ser la que reine en todas Las Indias.

[4]  J. G. de Sepúlveda-B. de Las Casas, Apología. Traducción castellana… por A. Losada, Madrid, 1975, pág. 391.

[5]  B. de Las Casas, Del único modo…, México, 1942, pág. 503.

[6]  Cf. entre otros lugares J. G. de Sepúlveda – B. de Las Casas, Apología… , Madrid, 1975, pág. 316.

[7]  Cf. R. Hernández, O.P., Las Casas y Sepúlveda  frente a frente, en Ciencia Tomista 102(1975) 221-243.

[8]  Mc 16, 15 y Mt 28, 19.

[9]  B. de Las Casas, Tratados…, México-Buenos Aires, Aquí se contiene una disputa…, págs. 271-273.

[10]  Mt 10, 5.

[11]  Lc 14, 23; cf. Mt 22, 9.

[12]  B. de Las Casas, Del único modo… , México 1942, pág. 515.

[13]  Rom 12, 18.

[14]  J.G. de Sepúlveda – B. de Las casas, Apología…, México 1975, págs. 260s.

[15]  Ib., pág. 387.

[16]  Ib., pags. 258-260.

[17]  R. Hernández, Las Casas y Sepúlveda frente a frente, en “Ciencia Tomista” 102 (1975) págs. 235s.

[18]  B. de Las Casas, Tratados… I, México-Buenos Aires, 1965, Aquí se contiene una disputa… , pág. 275.

[19]  J, G. de Sepúlveda – B. de Las Casas, Apología…, Madrid, 1975, pág. 271.

   

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