Antonio García Megía y Mª Dolores Mira y Gómez de Mercado, responsables de esta sección,  son Maestros, Diplomados en Geografía e Historia, Licenciados en Filosofía y Letras y Doctores en Filología Hispánica

ç

 

 

Historia de Kelmith, Guerrero Conjurador de Phaion

Sergio Fº López Pardo

13 años  - IES Azcona - Almería

 

 

 

Contacta con el autor

 

 

1ª Parte: ¿Coincidencia?

 

Nacido en la ciudad de Rossengard, en el país de Phaion, hace treinta y tres años, en el seno de una familia sin problemas, con conocidas amistades sociales y larga tradición, vive ahora, bajo el peso de una maldición y con más penas que alegrías, este joven muchacho junto a sus dos hermosos hijos.

Viaja por todo el mundo hasta llegar a la lejana Isla de Dafne, allá en los confines de la tierra conocida, entre los mares del Norte y de Milenia.

Su relación con este extraño grupo arranca un trágico día cuando el calor abundaba y la gente apenas aparecía en la calle. Él sí salió acompañado de su mujer, Elain, para dar una vuelta. Elain era bella, con cabellos de color oscuro, igual que sus ojos y su tersa piel. Conoció a Kelmith en una Biblioteca del Norte de Togarini, dónde ella residía antes. Era dependienta de la Posada dónde él se guareció durante los dos años que vivió allí.

Él le contó algo de su oficio, pero nada de sus capacidades ni referente a su vida anterior. Ella sabía poco de su verdadero trabajo.

Se trasladaron a Rossengard cuando Kelmith decidió dar plantón a su carrera y disfrutar simple y llanamente de su mujer, que se pasaba el día quejándose de que no estaba con ella el suficiente tiempo. ¡Maldito el momento en que Kelmith no disfrutó sus horas junto a Elain!

Así pues, Kelmith y Elain caminaban esa noche por el paseo marítimo construido en la capital de Phaion, contemplando el reflejo de la magnífica luna que brillaba espléndida esa noche. También veían el agua moverse y escuchaban las olas chocar contra las rocas del rompeolas. Elain miró a Kelmith a la cara. Vio, de nuevo, su bello rostro que guardaba una pizca de oscuridad interior. Sus ojos, rojos cómo la sangre y sabios como los de una lechuza, la miraban fijamente. Mientras su largo cabello resbalaba por la frente hasta rozar la cara de Elain. Sus brazos, fuertes y robustos, cómo las ramas de un roble centenario, la cogían de la cintura y la acercaban a más y más a él. Mantuvieron la mirada fija durante varios segundos. Después la mirada se convirtió en Amor. Amor incondicional, inconfundible e inevitable….

… Habían pasado sólo unas horas desde que Kelmith y la dama habían bajado a la arena, pero a ellos les pareció un tiempo placenteramente infinito. Kelmith miró a su alrededor. Elain no estaba cerca de él. Se incorporó alarmado y nervioso. Y contempló la imagen más espeluznante de toda su vida. Ella, suspendida de la copa de una palmera, gritó a Kelmith que mirase a un lado.

Él giró rápidamente y observó una figura posada como un gato sobre una farola. Vestía una gabardina negra con capucha y tonfas, una en cada mano. El acróbata dio un salto de más de cuatro metros de altura y cayó a dos piernas en el suelo. Y le retó a luchar contra él. Su voz resultaba lejanamente familiar.

El atacante se encontraba a bastante distancia. Kelmith no perdió un sólo segundo. Comenzó a trazar grandes dibujos en la arena que esquivaba con cuidado para no borrarlos. Cuando el atacante estaba a unos siete metros surgió del suelo un denso humo negro que dejó paso a una masa de cucarachas, que juntas, tomaron la forma de un gran guerrero.

El convocador se concentró en el bichejo al que consiguió dominar tras una corta lucha mental. Kelmith y su oponente quedaron cara a cara. El atacante lanzó un puñetazo acompañado de un golpe con una tonga. A una invocación de Kelmith se desintegró en millones de parásitos que, en menos de un segundo, volvieron a juntarse. Kelmith ordenó atacar. Una gigantesca garra se elevó en el aire lanzándose en picado hacía el costado del asesino que resultó herido a la altura las costillas.

La batalla se prolongó durante varias horas. La noche cambió radicalmente en cuanto al clima se refiere. El cielo se nubló y los truenos resonaron sobre las cabezas de los dos contrincantes. Pero nada lograría detener a ninguno de los dos contrincantes. Los engendros que Kelmith convocaba igualaban la poderosa fuerza del atacante que parecía, a simple vista, menor.

Un trueno más violento que los demás desgarró el aire y empezó a llover. El temporal empeoraba y Kelmith se desesperaba al ver que el viento zarandeaba la palmera dónde Elain estaba atada. Ella lloraba expectante viendo la encarnizada lucha que Kelmith estaba librando. Elain ya comprendía el oficio de su marido. Era un Guerrero Conjurador, de los llamados Habitantes del Averno o Visitantes de la Vigilia. Estaban en busca y captura desde hacía más de diez años.

Kelmith vislumbró que su atacante estaba cada vez más débil y aprovecho la circunstancia para golpearle personalmente en la cabeza. Le dejó tumbado en el suelo, pero justo en el instante que el cuerpo caía, un relámpago brilló en el cielo y tomó la dirección de la Palmera de Elain. Ésta recibió la descarga y quedó inmóvil después de sufrir violentos espasmos. Kelmith corrió hacia ella. Trepó por el tronco y le desató las cuerdas que estaban fuertemente anudadas. El enemigo parecía haber caído, y con él Elain. Pero no fue así. El agresor, al que ya reconocía, se alzaba de nuevo.

-Kurai, ¿porqué haces esto?, ¿porqué destrozas mi vida?- gritó Kelmith al tiempo que bajaba con cuidado a Elain de la copa de la palmera. Era él, su amigo desde la infancia, Kurai, el mismo que amaba incondicionalmente a Elain, tanto cómo Kelmith, el mismo que estaba intentando arrebatarle la vida.

Kurai soltó una risa macabra y secó un poco de sangre que le caía por la barbilla. Alzó sus ojos amarillos hacia Kelmith y se lo dijo todo con la una mirada. El tiempo que había empleado en diseñar su plan, el tiempo que había estado estudiándole… y el tiempo que había echado en falta a Elain a su lado.

Kurai se alzó de nuevo, más decidido que nunca, acercándose a Kelmith. Se quedó a muy corta distancia y le señaló con una tonfa retándole de nuevo. Kelmith estaba preparado. Sabía que acabaría con él, que haría lo que fuera para acabar con él. Se alejó de espaldas a Kurai con seguridad de que este no le atacaría por la espalda. Se miraron el uno al otro. Kelmith se sentó en el suelo y meditó durante unos segundos. Esperaba recordar una invocación lo suficientemente fuerte para acabar con el otro con un mínimo de golpes.

-Sabes que te será difícil Kelmith, lo sabes...Pero cómo siempre, estúpido, quieres demostrar tu superioridad sobre mí.

Kelmith no se distrajo y continuó trazando símbolos en la arena, dando forma a lo que parecía un dragón menor. Cuando Kurai se acercó con las tonfas empuñadas con intención de matarle, surgió un Dragón Menor de Fuego del suelo que se elevó volando. Kelmith nervioso miró al cielo y enlazó su mente con la de la invocación, intentando dominarla. Pero el dragón se resistió y le arrojó de su mente.

Kurai estaba cada vez más cerca. Kelmith miró los felinos ojos de Kurai y vio la muerte en ellos. Alzó la vista de nuevo y enlazó otra vez su mente con la del Dragón, que, esta vez, no tardo mucho en rendirse. Kurai estaba alarmado, pero veía al Invocador enfrente sólo e indefenso ante sus mortales tonfas. Aligeró el paso y se plantó ante él. Llevó su brazo hacia atrás para golpearle en la cabeza, pero no pudo, ya que dio con algo más duro..., un torso de dragón.

Kurai saltó hacia atrás, asustado, y golpeó con todo su ser la cabeza al dragón, al cual sólo le bastó girar la cabeza para esquivarlo. Kurai, asustado, por fin, salió corriendo. Kelmith le dejó. Kurai huyó, ágil, penetrando en la oscuridad.

Quedó sólo, literalmente sólo. Elain ya no estaba a su lado. Le gustaría haber podido darle una explicación sobre su vida secreta. Se lo merecía. Sabía perfectamente que volvería a ver al Sombra, el cual se había instruido seguramente durante años, pensando solamente en vencerle. Kelmith no encontraba explicabación a lo ocurrido. Todo parecía absolutamente irreal, absolutamente imposible.

 

2ª Parte: Comienzo de una Historia

 

La noche era perfecta. Una pareja andaba, cómo tantas otras, por una calle de una ciudad costera. Decidieron dar rienda suelta esa noche a sus instintos, bañar el aire de hormonas. Desnudos, fueron sorprendidos por una sombra que se alzaba a dos metros de altura.

-Veo que se lo pasa muy bien alcalde, pero déjeme ayudarle- dijo la sombra esbozando una sonrisa. Su pelo negro y sus destacables ojos rojos se tornaron invisibles a los otros ojos humanos.

La muchacha que acompañaba al alcalde salió despedida hacía la pared de enfrente quedando incrustada en ella. A la vez, se oyó el silbar un objeto muy afilado que inevitablemente y con gran rapidez chocó con el cuello del Alcalde. Segundos después la cabeza se separó del resto del cuerpo. La sombra la guardó dentro de una bolsa. Acto seguido cogió el cuerpo a cuestas y se fue al principio del callejón. Tomó carrerilla y saltó sobre la pared del fondo ¡con un cadáver de setenta kilos!

Ya al otro lado, se inclinó sobre el cuerpo y comenzó a lamer su sangre. Entonces se dio cuenta de una presencia que le observaba fijamente.

-¿Cómo puedes sobrevivir así Kelmith?, no lo entiendo realmente.

Kelmith se irguió y limpió su boca manchada de sangre. Preguntó su nombre. Una sombra se acercó a paso muy lento hacía el lugar que unos faros iluminaban. Apareció el rostro de un joven Elfo.

-Te propongo un trato camarada. Tu entregas estos brazales en Dafne en el menor tiempo posible y yo te devuelvo a tu mujer- Dijo el elfo a la vez que sacaba de sus mangas unos preciosos brazales plateados con telas de araña y arañas grabadas en ellos.

Kelmith irritado, al escuchar la frase referente a su mujer tomó al intruso en serio y cargó contra él, pero fue fácilmente esquivado.

-¿Qué puedes hacer por mí Imbécil?

-Si quieres tratar conmigo aprende a hablar. Te brindo una oportunidad crucial para ti.

-Sé lo que dices, amigo- dijo con cierto tono sarcástico

El elfo le golpeo levemente en la cabeza con un cetro de oro blanco. Kelmith cayó aturdido al suelo. El elfo puso un pie en el suelo y sujetó a Kelmith para que no cayera del todo. Luego se lo colgó en el hombro y salió por el callejón.

Kelmith despertó tendido sobre una cama y cubierto hasta medio vientre por una ligera y suave sábana que parecían hecha de preciosa seda. Se levantó alarmado y vio a su alrededor algunos armarios, unas sillas y un baúl. Sobre un escritorio había una pluma, una nota y un libro. Kelmith, dubitativo e interrogante, se alzó para acercarse hacia el escritorio. La nota decía lo siguiente:

 

Querido caballero: de parte de Lady Lydia Crown se le avisa que tiene un plazo máximo de ocho semanas para entregar este antiquísimo libro enigmático a Dafne, para que los habitantes de aquella mítica tierra lo conozcan mejor. Le hemos dejado todas sus pertenencias apoyadas en la puerta, cómo podrá ver. (Kelmith gira la cabeza hacia la puerta y confirma este dato. Así es. Siguió leyendo.)

También le hemos dejado un par de instrumentos que le podrán servir. Unos brazales místicos, ropa nueva, un diario...y varios objetos más igual de interesantes. Tan sólo le pedimos discreción y seriedad.

Lady Lydia Crown. Noble de Helenia.

Kelmith, al terminar la lectura se dirigió, indignado, hacia sus ropajes. Hasta entonces no se había percatado de que había alguien sentado en una silla mirando por la ventana.

-¿Lo harás?

Ambos se miraron. Kelmith vio un ser de insuperable belleza, de finos rasgos nobles, ojos cristalinos de color indefinible, entre verde y azul, y pelo sedoso, rubio cómo el de un ángel... ¡Un ángel!

Se percató que detrás de aquella figura había un par de blancas alas. Insuperable. Precioso. Celestial...Un ángel.

-Lo harás ¿no?...-repitió el ángel.

Kelmith dudó... Le preguntó su nombre.

-Lasni- puso una sonrisa de oreja a oreja, -Lasni-Chan, ¿y tú?- No dejó de sonreír.

-Kelmith

Ambos se sonrieron. Él propuso buscar a Lydia, pero ella le informó que Lydia no estaba cerca de allí... Acto seguido, se explicaron el propósito de la misión. Los dos se marcharon hacia la ciudad, dónde comprarían lo necesario.

 

 

 

Sergio Francisco López Pardo

 

Licencia   

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

 

Conozca también...

     

 
ESTADÍSTICAS EN ESTE SERVIDOR 

Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado páginas  sólo en este servidor Web

contadores

Diseño de Antonio García Megía