FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

BEATO JORDÁN  DE  SAJONIA

DE  STATU  ORDINIS: TEXTOS Y POSTILLAS

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

Contactar con

Webmaster

  

Contactar con

Ramón Hernández

     Es la democracia dominicana: los superiores ¡que rindan cuentas a los inferiores! Fuiste elegido: mereciste la confianza y te entregaron la autoridad. Si las cuentas van, quizás te elijan de nuevo; si no van, no debes volver a gobernar.

         El beato Jordán de Sajonia gobernó la Orden de Predicadores durante quince años. Anualmente se reunía el Capítulo General y ante él debía presentar el estado de la Orden. No se conservan las actas de esos capítulos; tampoco la rendición de cuentas del Maestro.

         De 1233 conservamos una carta suya a la provincia de Lombardía, que puede ser considerada una relación de la situación de la Orden, y que ciertamente vale para el universo entero dominicano de aquellos años. Interesante e importante su contenido. Su estilo intimista y persuasivo penetra con facilidad a lo más sensible de la humanidad dominicana.

         Hacía sólo doce años de la muerte de santo Domingo, y el beato Jordán relata con dolorosa angustia defectos múltiples y notables en superiores y súbditos, particularmente en los estudios y en la predicación, pilares ambos insoslayables de nuestra vocación. Superiores nada interesados por los estudios, que dedican a oficios extraños a los estudiosos por naturaleza y por preparación. Predicadores que rehuyen predicar, siendo ése el ministerio que define a la Orden. Indisciplinados, giróvagos, aseglarados, poco responsables de las mínimas exigencias de la disciplina y de la observancia conventual.

         También hay, incluso abundan, los frailes ejemplares, que saben seguir los ejemplos de nuestros mayores. Frailes dedicados con entusiasmo al estudio y a la enseñanza. Otros a quienes vemos colmados de ardiente celo por la salvación de las almas. Frailes observantes, entregados a la contemplación en el silencio conventual, alimentando su inteligencia y caldeando su espíritu para un apostolado lleno de frutos.

         Veamos la carta en sus textos más vivos, llenos de unción, vibrantes ante los misterios de Cristo y el ejemplo de Nuestro Padre Santo Domingo.

I.  CONSIGNAS  IMPRESCINDIBLES

         1. “Necesitamos de exhortaciones para que un hermano sea ayudado por su hermano e inflame con la solicitud de la caridad sobrenatural el fervor de espíritu, que se amortigua con la tibieza diaria de la propia negligencia.

         Jordán de Sajonia, maestro de espiritualidad y fiel transmisor de la mente y el corazón de nuestro Padre Santo Domingo anima los frailes a que nos prediquemos y exhortemos unos a los otros. Ningún modo mejor que por la homilía del que preside la misa conventual. Cuando se nos dice que el Maestro Domingo sólo hablaba con Dios o de Dios, se añade que “animaba a los frailes a hacer eso mismo”.

         2. “No os olvidéis de vuestra profesión y de vuestro compromiso, sino recordad las sendas antiguas, por las que nuestro antepasados corrieron”.

         Debemos venerar y amar a nuestros mayores, de modo especial a nuestros santos. No olvidemos su vida, el ejemplo de sus virtudes. Los santos de nuestro calendario litúrgico deben representar un estímulo especial. Celebremos su liturgia con entusiasmo particular, recordando en la homilía sus vivencias espirituales, su vibración ante los misterios de Cristo. Aprovechemos esas fiestas para acrecentar nuestra vocación y arraigarla más en nuestra alma.  

         3. “Tiene la primacía entre ellos el venerable y Padre Nuestro Domingo… Él fue constante en la oración, el primero en la compasión, férvido hasta las lágrimas por causa de sus hijos, es decir, por el celo que lo devoraba en procurar el bien de las almas”.

         Cristo –dice Pablo en Col 1, 18– “es el primero en todo”. De santo Domingo –dice aquí Jordán- “fue el primero en la compasión”. La compasión –repiten muchas veces Jordán y los testigos del proceso de la santidad de Nuestro Padre- invadía fácilmente el ser entero de Domingo; la llevaba a flor de piel y de lágrimas. Estaba siempre alegre –reiteran los que con él convivieron- menos cuando algún sufrimiento del prójimo le movía a la compasión. Celo ardiente por las almas y constancia en la oración, añaden. Lo sabemos bien sabido; ojalá lo imitemos bien imitado.

II. ¿Y  EN  LA  ACTUALIDAD?: STATUS  ORDINIS

         1. No sucede así con los que se glorían a sí mismos; con los que están ansiosos de que los alaben los demás; con los que, cuantas más gracias recibieron, para ponerlas al servicio del prójimo, con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos”.

         Los dones que Dios nos da no son nuestros; son de Él. Nosotros somos los administradores. Ahora el deber de los administradores es administrarlos bien. No son esos dones motivo para presumir, para el orgullo, para la altivez. Son para ponerlos al servicio del prójimo.

         2. No sucede así con los que buscan lo cómodo para sí…; profesan pobreza, pero no se ajustan a ella; se preocupan obsesivamente de lo que no tiene importancia; no soportan que les falte nada de su desordenada voluntad.

         El confort, la distracción y el dinero han entrado de modo obsesivo en la mente y en el corazón de muchos frailes. La relajación de las observancias y de los deberes religiosos ha desviado el alma del camino tan bien diseñado por el fundador. Los frutos de su ministerio son nulos y el escándalo aparta a los fieles de su compañía.

         3. Tampoco observan el mandato que nos dio nuestro Padre de tener caridad…; esconden debajo del celemín la gracia recibida de Dios para predicar o aconsejar; envuelven en un pañuelo el talento que el Señor les confió…; esconden el trigo al pueblo y no le dan la ración que le corresponde”.

       Tener la caridad es la parte más importante del testamento de nuestro Padre Santo Domingo. Jordán lo llama “mandato”. Pedro Ferrando, contemporáneo y buen conocedor de santo Domingo nos habla con suficiente extensión de un verdadero “testamento” espiritual. En los últimos momentos de su vida y rodeado de un buen grupo de frailes, el santo “hizo testamento… diciendo: hermanos míos, como hijos míos sois herederos directos de todo lo que poseo. Tened la Caridad, conservad la Humildad, poseed la Pobreza”

         Jordán de Sajonia evoca varias veces estas expresiones y las considera, como aquí, legadas por santo Domingo a sus frailes. El beato Jordán se queja en este pasaje de que hay muchos que no cumplen el “mandado” del santo, de tener la Caridad.

         Esconden la gracia bajo el celemín y no la emplean para lo que Dios se la ha dado: para predicar y aconsejar. Así esconden en el pañuelo el talento recibido, sin poder producir al menos algún interés, depositándolo en el banco. El beato Jordán lo expresa gráficamente: “esconden el trigo al pueblo y no le dan la ración a sus horas”. El Evangelio ya dice lo que espera a estos nuestros hermanos que así se comportan.

            4. Otra gran negligencia: la del gran número de nuestros superiores, que, sin preocuparse del estudio, apartan con tanta fuerza del mismo a frailes dotados y con aptitudes, o los colocan en cualquier oficio, de modo que les es imposible estudiar.

         ¡Cómo apreció y apreciaba santo Domingo el estudio, particularmente de la Sagrada Escritura y de la Teología! Sabemos por Jordán de Sajonia y por los testigos del proceso de su canonización cómo hizo sus estudios de Teología en Palencia. En Toulouse él llevaba a sus frailes a un Maestro en Teología, y asistía a las clases con ellos. El venerable Humberto en la exposición de la Regla ¡con qué fuerza insiste sobre el estudio! La riquísima testificación de fray Juan de España (o de Navarra) en el mencionado proceso asegura que “estudiaba mucho en estos libros” (de San Mateo y de San Pablo) y que exhortaba a sus frailes a que “estudiaran constantemente en el Nuevo y Antiguo Testamento”.

         Aquí se enfrenta el beato Jordán con “un gran número de superiores”, que no siguen en esto el ejemplo del fundador, cuidando poco o nada de la severa obligación del estudio. Es más, “apartan del estudio a golpes de autoridad” a los más dotados para ello y los emplean en oficios, que les impiden por completo dedicarse a la sagrada tarea del estudio.

         5. También los profesores tienen su gran culpa, pues “en algunas partes los mismos lectores desempeñan el oficio de las clases con tan poca asiduidad y diligencia… de manera que los oyentes se muestran indiferentes”.

       Acusa el beato Jordán en los profesores la falta de diligencia y de constancia en el estudio y la poca asiduidad en la asistencia y preparación de las clases. No tiene que haber descuido en materia tan importante en la Orden. La falta de responsabilidad en esto denota la debilidad de la vocación y la poca integración en el carisma fundacional de la Orden. Ministerio delicado y difícil, el de la enseñanza, que exige mucho entusiasmo y dedicación. Sólo así los lectores merecerán el crédito, la atención y el aprecio de los alumnos.

         6. ¿Y los frailes estudiantes? Muchos se muestran muy descuidados en el tema del estudio; están raramente en la celda; son perezosos para las repeticiones de repaso y no ponen el alma en los ejercicios escoláticos”.

         “Algunos obran así para dedicarse más libremente a sus aficiones, faltas de discreción. Otros hacen esto por la perniciosa pasión de la ociosidad”.

         ¡Qué distinto esto del entusiasmo que despertaba santo Domingo por la Sagrada Escritura y por la Teología! ¡Qué distintos estos frailes estudiantes del estudiante Domingo de Guzmán en Palencia, que deja los demás estudios, para consagrarse en pleno al estudio de la Teología! Era el objetivo de la fundación de la Orden: explicar y predicar los misterios de Cristo de forma correcta y sabia a los hombres, evitando que cayeran los fieles sin formación catequética en las herejías, enseñadas y predicadas por los desconocedores de la ciencia teológica.

         El celo por la salvación de las almas debía estar siempre en el fondo de toda predicación dominicana. La pasión por la ociosidad; la alergia al recogimiento de la celda para el estudio; la escasa dedicación a los ejercicios escolásticos; la ausencia de las clases doctrinales. No cabía mayor disipación en una observancia esencial en la vocación de los Frailes Predicadores, fundados por Santo Domingo.

         7. Conclusión del status negativo en torno al estudio: por eso hay entre nosotros tantos flojos, y duermen muchos, superiores y doctores”.

         “Muchos en nuestros días tienen sus pensamientos en las cosas más vanas, sin acrisolar plenamente los afectos del corazón…, caminando así con demasiada lentitud hacia la perfección”.

         La flojera y la somnolencia de los superiores y de los doctores son la ruina de los estudios, desorientando a los estudiantes, que se vuelven insumisos e irresponsables en cuanto a su formación intelectual. Si tenemos el corazón de continuo fuera ¿cómo podremos adentrarnos en la reflexión teológica de los misterios de la salvación, que tenemos que enseñar y predicar? Así no se camina a la perfección dominicana ni a ninguna otra perfección religiosa.

       8. Aspectos positivos. No es negativo todo el status Ordinis que presenta el beato Jordán de Sajonia. “Hay algunos que por la misericordia de Dios se muestran solícitos del decoro del santuario, se cuidan de su conciencia, buscan con diligencia la perfección, trabajan en el ministerio de la predicación, se dan con ardor al estudio, se inflaman en la oración y meditación… De estos tales me alegro y doy gracias a Dios”.

         El beato Jordán reconoce los valores de la Orden en el campo de los estudios, de la predicación, de la oración, de las observancias conventuales y del celo por la salvación de las almas. Aquí, sin embargo, se contenta con decir que esto lo practican “algunos”. En escritos de carácter reformista y de examen de conciencia, para corregir más eficazmente los defectos, suele exagerarse la parte negativa, para que la exhortación al bien y a la virtud sea más eficaz. No obstante no podemos rechazar un pesado lastre de disipación, que el beato Jordán de Sajonia se ve obligado a denunciar con fuerza para impedir su progreso.    


TEXTO  ÍNTEGRO  DE  LA

CARTA A LOS FRAILES DE LA PROVINCIA

DE LOMBARDÍA (h. 25 V 1233)

 

         A los muy queridos en Cristo, los frailes todos de la Provincia de Lombardía, Fray Jordán su siervo inútil, salud y fervor apostólico.

         Invita la caridad y aconseja la utilidad que, ya que no puedo estar como

quisiera presente entre vosotros, por lo menos os visite de algún modo por medio de mis escritos, cuando se ofrece una oportunidad. Puesto que, mientras peregrinamos, es perverso el corazón del hombre, inclinado al vicio, desidioso y flojo para la virtud, necesitamos de exhortaciones para que un hermano sea ayudado por su hermano, e inflame con la solicitud de la caridad sobrenatural el fervor de espíritu, que se amortigua con la tibieza diaria de la propia negligencia.

         Ésta es la razón, muy queridos hijos, por la que os ruego y amonesto con todas mis fuerzas, advirtiéndoos de parte del que os redimió con su venerable sangre y os devolvió a la vida con su santa muerte, para que no os olvidéis de vuestra profesión y de vuestro compromiso, sino que recordéis las sendas antiguas, por las que nuestros antepasados corrieron con presteza hacia el descanso, como llevados por un viento impetuoso, y reinan ya con el Señor consolados eternamente en la feliz bienaventuranza, alegres ahora por los días en que los afligió el Señor, por los años en que sufrieron desdichas. Mientras vivieron en este mundo procuraron aspirar a los dones sobrenaturales, se despreciaron a sí mismos, menospreciaron el mundo, desearon ardientemente el reino; fueron fuertes en la paciencia, voluntariosos para la pobreza, fervientes en la caridad.

         Creemos que entre todos ellos tuvo la primacía el venerable y Padre nuestro Domingo, de santa memoria, el cual mientras vivió con nosotros en la carne, caminaba en el espíritu, no sólo negando las apetencias de la carne, sino extinguiéndolas; comportándose como verdaderamente pobre en el alimento, vestido y en todo su proceder. Fue constante en la oración, el primero en la compasión, férvido hasta las lágrimas por causa de sus hijos, es decir, por el celo que le devoraba en procurar el bien de las almas; no se amedrentó ante las dificultades; fue paciente en la adversidad. Cuán eminente fue entre nosotros mientras vivió en este mundo, lo proclamaban sus obras, y lo testimoniaban las virtudes y milagros. Cuán digno sea ahora ante Dios, ha quedado manifiesto en estos últimos días, en que se ha verificado el traslado de su sagrado cuerpo desde el lugar de la primitiva sepultura a un lugar digno de veneración. Esta manifestación se ha hecho por medio de prodigios, y ha sido confirmada por milagros, como se os hará saber más por extenso en otra carta, tal como espero.

         Por todo ello sea alabado nuestro Redentor, el Hijo de Dios Jesucristo, que se ha dignado elegir para sí a un tal siervo, y dárnoslo a nosotros como Padre para instruirnos en la vida religiosa, e inflamarnos con el ejemplo de su resplandeciente santidad. ¡Oh, cuánto estima el que pesa las almas la verdadera humildad de corazón, unida a la pobreza voluntaria! ¡Cuán hermosa es ante Dios la carencia de hijos acompañada de virtud! Tales virtudes poseía en alto grado el siervo de Dios Domingo. Se estimaba en poco; era austero para consigo mismo; tenía celos de los demás, los celos de Cristo; fue virgen e íntegro desde el seno materno.

         No sucede así con los que se glorifican a sí mismos, con los que están ansiosos de que los alaban los demás con los que, cuantas más gracias recibieron para ponerlas al servicio del prójimo, con tanta mayor altivez se estiman a sí mismos. No sucede así con los que buscan lo cómodo para sí, profesando pobreza, pero sin ajustar a ella su obrar; los que debiendo despreciar todas las cosas, se preocupan obsesivamente de lo que no tiene importancia ni merece la pena, y no soportan que les falte nada de su desordenada voluntad.

         Pero tampoco observan el mandato que nos dio nuestro Padre de tener caridad, los que, profesando nuestra vida, esconden debajo del celemín la gracia recibida de Dios para predicar o aconsejar, y así envuelven en el pañuelo el talento que les confió el Señor. Ciertamente merecen ser denunciados, y quiera Dios que no se hagan dignos de maldición los que esconden el trigo al pueblo y no le dan a su tiempo la ración que le corresponde a la familia de Jesucristo.

         A esto se aproxima ya la negligencia que se observa en muchos, consistente en que gran número de superiores, sin preocuparse del estudio, apartan con tanta fuerza del mismo a frailes dotados y con aptitudes, o los colocan en cualquier oficio, de modo que les es imposible estudiar. Y también los mismos lectores en algunas partes, desempeñan el oficio de las clases con tan poca asiduidad y diligencia, que no es de admirar que al que enseña con descuido le oigan con indiferencia.

         Pero, si quizás hay lectores que desempeñan con esmero el oficio de las clases, resta todavía un tercer peligro por parte de los frailes, a saber, que los estudiantes se muestren muy descuidados en el tema del estudio, estén raramente en la celda, sean perezosos para las repeticiones de repaso y no pongan el alma en los ejercicios escolásticos.

         Algunos obran de este modo para dedicarse más libremente a sus aficiones, faltas de discreción.

         Otros hacen también esto por la perniciosa y miserable pasión de la ociosidad, de modo que no sólo se descuidan de sí mismos e inducen al cansancio a los lectores, sino que roban la oportunidad de salvarse a muchas almas, a las que podían edificar para la vida eterna, si no estudiaran con negligencia, sino como es debido.

         Por esto hay entre nosotros tantos flojos, y duermen muchos, superiores y doctores; hay también muchos que perecen por la propia negligencia.

         En medio de todo será feliz aquel que guarde la debida proporción y no abandone el justo medio; el que se aparta del huracán y de la tormenta, para que, edificando a muchos, no se descuide la utilísima consideración de sí mismo ni se aleje del juicio vigilante y ponderado; el que no es impulsado por viento de amor humano, sino que obra urgido por la caridad en todo lo que hace y es movido por el Espíritu de Dios; el que no orienta sus palabras u obras hacia la tierra y no corre a la ventura, sino que busca en todo pura y simplemente la gloria de Dios, la edificación del prójimo y la propia salvación.

         Ésta es, hermanos, la palabra que no todos entienden. ¡Cuántas veces el conjunto de nuestros afectos y de nuestros pensamientos andan descarriados, y no se orientan a la verdad, ni contemplan el fin último! Hablamos mucho y hacemos también muchas cosas, soportamos múltiples  sufrimientos, por los cuales, si en nuestros corazones sobreabundara la caridad, dirigiendo y ordenando todo al verdadero fin, que es Dios, nos haríamos ciertamente mucho más ricos en méritos, y muchísimo más en virtud. Ahora, sin embargo, pensando con frecuencia en las vanidades, y deseando todavía cosas más vanas, sin que acrisolemos plenamente los afectos de nuestro corazón, no es de admirar que tardemos en perfeccionarnos, que caminemos con demasiada lentitud hacia la perfección.

         Sin embargo, no digo que no haya entre nosotros algunos, que, por la misericordia de Dios, se muestran solícitos del decoro del santuario, se cuidan de su conciencia, buscan con diligencia la perfección, trabajan en el ministerio de la predicación, se dan con ardor al estudio, se inflaman en la oración y meditación, teniendo siempre ante sí al Señor como remunerador y juez de sus almas; de estos tales me alegro y doy gracias a Dios.

         Carísimos, los que así sois alegraos y esforzaos por progresar más. Los que por el contrario todavía no lo sois, poned manos a la obra, trabajad con habilidad para que crezcáis en orden a la salvación de Aquel que se dignó llamaros, para que os perfeccionéis, no para que os vayáis entibiando. Él se ha dignado llamaros por medio de la gracia, en la que os mantenéis firmes; es nuestro Salvador bueno y piadoso, el Hijo de Dios, Jesucristo, a quien sea dado el honor y el imperio ahora y por los siglos de los siglos eternos. Amén.

         (El texto de la carta lo tomamos de Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para su conocimiento. Edición dirigida por LORENZO GALMÉS y VITO T. GÓMEZ con la colaboración de ADOLFO ROBLES y JOSÉ MARTORELL… Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), La Editorial Católica, S. A., Madrid 1987, págs. 128-131).

         N. B.: en el texto de la carta ponemos con negritas y cursivas las frases que comentamos.

 

 

Conozca también...

     


ESTADÍSTICAS EN ESTE SERVIDOR 

Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado páginas  sólo en este servidor Web

contadores

Diseño de Antonio García Megía

Recomiende esta página: Escriba la dirección de correo de un amigo

Comparta con sus amigos o grupos de Facebook