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Antonio

García Megía

 

 

 

 

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El Cantar de Mío Cid

 

 

El Cid sale de Vivar para el destierro
 

Narrador

De los sus ojos tan      fuertemente llorando,  
Tornaba la cabeza      y estábalos catando.  
Vio puertas abiertas       y postigos sin candados,  
Alcándaras vacías,     sin pieles y sin mantos,  
Y sin halcones     y sin azores mudados. 
Suspiró mío Cid      pues tenía muy grandes cuidados.  
Habló mío Cid,      bien y tan mesurado:  

 

Cid

-¡Gracias a ti, señor padre,     que estás en alto!  
-¡Esto me han vuelto   mis enemigos malos!

 

El Cid ve señales en la salida

 

Narrador

Allí piensan aguijar,   allí sueltan las riendas.  
A la salida de Vivar,    tuvieron la corneja diestra,  
Y, entrando en Burgos,   tuviéronla siniestra.  
Meció mío Cid los hombros    y movió la cabeza:  

 

Cid

-¡Albricias, Álvar Fáñez,    que echados somos de tierra!  

 

Entrada desoladora en Burgos
 

Narrador

Mío Cid Ruy Díaz      por Burgos entraba,  
En su compañía,    sesenta pendones llevaba.  
Salíanlo a ver    mujeres y varones,  
Burgueses y burguesas     por las ventanas son,  
Llorando de los ojos,     ¡tanto sentían el dolor!  
De las sus bocas,       todos decían una razón:

 

Burgaleses

¡Dios, qué buen vasallo,    si tuviese buen señor! 

 

Nadie da hospedaje al Cid por temor al Rey.

una niña de nueve años pide al Cid que se vaya.

El Cid acampa en la glera del río Arlanzón

 

Narrador

Le convidarían de grado,    mas ninguno no osaba;  
El rey don Alfonso   tenía tan gran saña;  
Antes de la noche,  en Burgos de él entró su carta,  
Con gran recaudo   y fuertemente sellada:  
Que a mío Cid Ruy Díaz,   que nadie le diese posada, 
Y aquel que se la diese      supiese veraz palabra,  
Que perdería los haberes   y además los ojos de la cara,  
Y aún más     los cuerpos y las almas.  
Gran duelo tenían     las gentes cristianas;  
Escóndense de mío Cid,    que no le osan decir nada, 
El Campeador    adeliñó a su posada.  
Así como llegó a la puerta,     hallola bien cerrada;  
Por miedo del rey Alfonso   que así lo concertaran:  
Que si no la quebrantase por fuerza,     que no se la abriesen por nada.  
Los de mío Cid     a altas voces llaman; 
Los de dentro     no les querían tornar palabra.  
Aguijó mío Cid,    a la puerta se llegaba;  
Sacó el pie de la estribera,    un fuerte golpe le daba;  
No se abre la puerta,   que estaba bien cerrada.  
Una niña de nueve años   a ojo se paraba: 

 

Niña

¡Ya, Campeador,  en buena hora ceñisteis espada!  
El Rey lo ha vedado,     anoche de él entró su carta  
Con gran racaudo     y fuertemente sellada.  
No os osaríamos abrir      ni acoger por nada;  
Si no, perderíamos     los haberes y las casas, 
Y, además,   los ojos de las caras.  
Cid, en el nuestro mal     vos no ganáis nada;  
Mas el Criador os valga      con todas sus virtudes santas.

 

Narrador

Esto la niña dijo    y tornose para su casa.  
Ya lo ve el Cid     que del Rey no tenía gracia. 
Partiose de la puerta,      por Burgos aguijaba;  
legó a Santa María,     luego descabalga;  
Hincó los hinojos,     de corazón rogaba.  
La oración hecha,     luego cabalgaba;  
Salió por la puerta     y el Arlanzón pasaba; 
Cabo esa villa,   en la glera posaba;  
Hincaba la tienda   y luego descabalgaba.  
Mío Cid Ruy Díaz,     el que en buena hora ciñó espada,  
Posó en la glera,    cuando no le acoge nadie en casa;  
Alrededor de él,    una buena compaña. 
Así posó mío Cid,    como si fuese en montaña.  
Vedado le han la compra,     dentro en Burgos la casa,  
De todas cosas     cuantas son de vianda;  
No le osarían vender     ni la menor dinerada.

 

 

 

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