Antonio García Megía y Mª Dolores Mira y Gómez de Mercado, responsables de esta sección,  son Maestros, Diplomados en Geografía e Historia, Licenciados en Filosofía y Letras y Doctores en Filología Hispánica

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Y el canario, ¡era Jesús!

Candelaria  Gómez de Mercado

"La abuelita informática"

84 años - Almería

 

 

 

 

 

A mi querido sobrino Jesús

 

 

Llegamos al final de la escalera. Mi acompañante, a quien no veía; pero sí percibía, me invitó a entrar, abriendo la puerta con suavidad. Suspendimos el diálogo y el silencio se hizo denso y pesado. Ante mí, una habitación enorme, blanqueada con cal, donde a pesar de no verse ninguna ventana, reinaba una claridad diáfana. No había ni cuadros ni muebles ni adornos que pudieran distraer la atención.Frente a la puerta, a una distancia de unos doce metros, había una cama de plaza y media (en realidad una colchoneta con patas), con un colchón de lana demasiado lleno, cubierto con una colcha blanquísima.. Era fácil comprender que la cama se había hecho precipitadamente

Yo sabía que iba a encontrarme con Jesús, pero en aquella cama no había nadie. Desde la puerta cruzamos la habitación en diagonal. El silencio era total. ¡Ni siquiera el ruido de nuestros pasos! Por fin, en el lateral de la derecha y a unos quince metros de la puerta, una cama de matrimonio en madero oscura, también con la ropa blanca.. Era hacia allí adonde nos dirigíamos. Sobre la almohada y en lo misma dirección de ella, sentada a la usanza oriental, vestida con un pijama rosa, estaba Paquita, que me dijo:

-¡Qué contenta estoyyy!  ¡Me ha dicho el médico que voy muy bien!

Le dije alguna palabra de aliento y me fui hacia los pies de la cama. Acostado en ella estaba un matrimonio que no sé si eran mis padres o los de Jesús. Permanecí en piel y, de pronto, me encontré intentando dar de comer a un pajarillo que aún no tenía plumones. Abrió el pico y tragó, pero sólo en el primer picotazo. Probé una y otra vez, pero no conseguí nada. Le miré el buche. Lo que había tragado era igual a un grano de pimienta.

-Demasiado poco.

A mi izquierda, en la pared, había una alacena. Abrí la puerta; puse dentro el pajarillo y el cacharro con la comida y volví a cerrar. En la habitación estaban tres personas etéreas, vestidas con ropas de un blanco grisáceo y nacarado. Sus caras y manos, como también sus figuras difíciles de precisar o reconocer. No obstante, inspiraban serenidad y confianza. Dos estaban al lado de la cama y parecían estar esperando algo. El tercero seguía a mi lado, sí bien un poco más atrás. Hablaban entre ellos y en su diálogo contestaban a mis interrogantes.

Reconocido mi fracaso t! yo necesitaba disculparme; conocer su opinión, algo. Los miré, bajé los ojos y dije en un susurro:

-No he sabido hacerlo mejor

Me pareció una osadía interrumpir su conversación. Uno de ellos dijo al otro:

-No es fácil. Nunca lo es.

Volví a abrir la alacena. Frente a la puerta, un canario precioso, robusto y lleno de vida, saltaba sin cesar, alegre y feliz. Ni le asustó mi presencia ni hizo ademán de escapar. Su plumaje brillaba de un modo especial. Era anaranjado en el cuerpo, verdoso, con pintitas anaranjadas, en la cabeza, como si fuese de bronce, y en el ala izquierda una pluma oscura. Por un momento pensé en una recuperación milagrosa, pero no. El enfermo estaba al lado del plato donde yo le había dejado antes. Lo cogí y cerré la puerta. Vi que tenía el buche casi totalmente lleno y pensé:

-¿Cómo ha comido en esta oscuridad y estando tan débil?

Lo puse sobre mi mano, encogió las patas y estiró la cabeza y el cuello  cuanto tenían de largos. Comprendí que estaba agonizando y volví a ponerlo en la alacena. El canario seguía allí, feliz y confiado.

-Ahí hay un canario maravilloso-, dije esperando alguna aclaración. Uno de los que acompañaban a Jesús dijo al otro: ..

-Se ha ido de su casa.

Pero ellos siguieron allí. Jesús estaba atravesado en los pies de la cama. Lo miré. Sudaba como si acabara de salir del mar. Sus pelos eran como sopas; sus ojos, iluminados, vivos y alegres; su carilla, la del niño bueno y cariñoso que siempre había sido, ¡siempre!  Me miró con ojos llenos de cariño. Su imagen me recordó aquel día que jugando con el balón, dieron con él en la ventana de una vecina quisquillosa. Como entonces, era un chiquillo de trece o catorce años, que sudando que sudará, podía haber llegado de jugar con el balón bajo el brazo.  Estaba boniquísimo. Yo le dije:

-Jesús, dame  un beso.

Levantó la cabeza y me besó con alegría, como cuando te despides para hacer un viaje muy deseado y estás ya con un pie en el estribo. Quería decir muchas cosas, pero no quedaba tiempo. Lo dijo todo con una sonrisa. Su temperatura era normal, ni el calor de la fiebre ni el frío de la agonía. Rápidamente, se hizo cada vez más tenue y más pequeño.

Me desperté sobresaltada. De repente pensé: "Jesús ha muerto". Miré el reloj. Era la una y veinte. Pronto sonaría el teléfono. Pero no sonó. Esperé y esperé en balde. Todo era silencio e inquietud o Me levanté para llamar desde el pasillo. Me contestó Tere. Acababa de entrar en coma. Era el día 1 de Noviembre,  Festividad de Todos los Santos.

 

Y EL CANARIO ERA JESÚS

Y EL ALIMENTO, LOS SACRAMENTOS

 

Cuando salí al pasillo para llamar desde, allí (no quería .despertar a Juan), eran las dos menos diez.

- Ha entrado en coma, había sido la contestación de Tere.

Al colgar el teléfono, me dije:

-Jesús no ha recibido los Sacramentos. Tere no los ha mencionado y teniendo en cuenta nuestra conversación, tendría que haberlo hecho.

La idea me torturaba y seguía sin comprender nada.

-Pero, ¡si Jesús se sentía feliz y esperanzado! Cuando me besó estaba en paz con todo y con todos.

Estaba segura, de que durante el sueño, le había identificado constantemente tanto con el pajarillo enfermo y agonizante, como con el canario lleno de vida y  alegría. Por fin volví a dormirme. Al despertar, en dos palabras conté a Juan que había soñado un canario precioso y, muy convencida, añadí:

-El canario era Jesús.

A las ocho tuve que tomar el coche para Motril. Paquita me necesitaba. Cuando llegué, el ascensor estaba roto  Tuve que usar la escalera para subir y, después, dos veces más para bajar y otras tantas para subir.

-Dios mío, ¿por qué, algunas veces, se complican tanto las cosas?

Aunque no dejé de pensar en Jesús, ni en mi sueño, el tráfago del día me impidió reflexionar. Por fin, el silencio y lo paz de la noche facilitaron alguna claridad a mis confusas ideas:

-A la mañana siguiente de haber hablado con Jesús, yo debería haber ido al Hospital y permanecido allí hasta que hubiera confesado, pero no se me ocurrió. ¡No supe hacerla mejor!

Una luz se hizo en mi cerebro.

-No supe hacerla mejor. No he sabido hacerlo mejor. Era la frase que había dicho a los acompañantes cuando no pude dar de comer al pajarillo.

La verdad. es que con los dos había hecho igual. Al pájaro, me cansé de darle de comer t! sin conseguir nada y, con alimento a todas luces insuficiente, le abandoné a sus fuerzas en la oscuridad de la alacena porque me sentía inútil y fracasada. A Jesús, le hablé de la confesión y él lo recibió con alegría. Después avisé al sacerdote, pero yo no estuve a su lado y el intento fracasó. En el Hospital no hay intimidad, ni siquiera un biombo entre las dos camas. ¡Había dado a su alma un alimento igual a un grano de pimienta y le había dejado solo en la noche oscura del alma! Pero, cuando saqué al pajarillo de la alacena tenía el buche casi totalmente lleno, aunque estaba agonizando. Si el "grano de pimienta" era comparable a mis palabras sobre la confesión, el alimento que ahora tenía en el buche, debía representar a los Sacramentos. También era interesante la aparición de aquel canario vigoroso que saltaba feliz.. Yo vi en él el alma de Jesús que, con su alegría, me decía que pronto volaría al cielo. A intervalos lo creía así y me tranquilizaba. Yo pensaba que Jesús no había cometido ningún pecado grave, pero los Sacramentos son el billete para que, cuando llegue el revisor, no te haga bajar del tren. Al fin acabé por dormirme. De madrugada sonó el teléfono, ya era día dos. Oí la voz de Mari Lola

-Tiíta...

-¿Cuando ha sido?-, pregunté.

-A las dos y media.

- ¿Recibió los Sacramentos?

-Sí. Anoche le olearon.

Había sido antes de mi sueño. Desde el fondo de mi alma, dije:

-¡Gracias, Señor!

 

Y comprendí el por qué del "buche casi totalmente lleno" del pajarillo. Cuando desperté aún no había muerto, por eso los visitantes siguieron allí. Lo comprendí todo y mis dudas se disiparon. Jesús había recibido la Extremaunción y con un simbolismo  lleno de encanto y colorido tf me relató todo lo ocurrido desde el instante en el que le hablé de la Confesión. Sin palabras y con una expresión llena de dulzura y cariño 1 me decía ADIÓS antes de volar al Cielo. ¿Qué, si no, representaba, aquel precioso canario de cabeza bronceada que, alegre y feliz, saltaba en el interior de la alacena de  su pecho?

Candelaria Gómez de Mercado

 

Licencia   

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

 

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