FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

TALANTE DOMINICANO EN LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

Contactar con

Webmaster

  

Contactar con

  

 

 

 

Í N D I C E

 

1. Modelo apostólico de la predicación dominicana

2. Pobreza evangélica, base de la predicación misionera

3. Hacia un clero indígena 

4. Liberación del indio

5. Primeros pasos de Bartolomé de Las Casas por los los indios bajo el influjo dominicano

6. Primeros catecismos comunitarios de los dominicos

7. Continuidad del ideal misionero

8. Dilema entre convento y misión

9. La huella de fray Domingo de Betanzos

10. Los catecismos dominicanos, reflejo de su método misional  

 


San Pablo expresa la fuerza interna de la misión apostólica con esta frase: “¡Ay de mí, si no evangelizare![1]. Los primeros misioneros dominicos de América fueron el fruto maduro de una reforma religiosa en toda línea. Fueron la manifestación de la intensa vida evangélica, que se concentraba entonces en los claustros dominicanos, al vencer por completo la etapa relajada de la llamada “claustra”.

 

1. MODELO APOSTÓLICO DE LA PREDICACIÓN DOMINICANA EN LAS INDIAS.

         Nuestros primeros misioneros  de América tomaron como modelo en su evangelización las predicaciones paulinas. San Pablo, al predicar a los gentiles, que tenían muchos dioses, con la confusión religiosa y el desenfreno moral que eso comportaba, les hablaba de un solo Dios y de una sola moral.

         Comenzaba exponiendo la idea de un Dios creador: que hizo el cielo y la tierra, y también a los hombres. Hablaba luego de la desobediencia del hombre y del alejamiento de Dios por el pecado. Finalmente les anuncia a Cristo, que redime, salva y santifica a los hombres por su cruz y resurrección.

         El primer sermón, que conocemos, de nuestros misioneros a los indios de América, está recogido en su sustancia por un testigo presencial, el P. fray Bartolomé de Las Casas. Predicó ese sermón fray Pedro de Córdoba en Concepción de la Vega, ciudad de La Española. Era “el domingo entre las Octavas de todos los Santos”, 3 de noviembre de 1510.

      Fray Pedro de Córdoba había animado a los españoles de aquella ciudad a enviarle todos los indios que tuvieran a sus órdenes. “Enviáronle –cuenta Las Casas- hombres y mujeres, grandes y chicos. Él, asentado en un banco y en la mano un crucifijo y con algunas lenguas o intérpretes, comenzoles a predicar desde la creación del mundo, discurriendo hasta que Cristo, Hijo de Dios, se puso en la cruz.

         “Fue un sermón dignísimo de oír e de notar; de gran provecho, no sólo para los indios (los quales nunca oyeron hasta entonces otro tal, ni aún otro, porque aquél fue el primero que a aquéllos y a los de toda la isla se les predicó a cabo te tantos años; antes todos murieron sin haber oído palabra de Dios), pero los españoles pudieron dél sacar mucho fruto”[2].

        El sermón del origen del mundo o de la creación ocupó un lugar importante en la catequesis misional americana. Los catecismos o doctrinas, que se compusieron para los indios, tratan este punto necesariamente en la exposición del primer artículo del Credo o símbolo de la fe.

         Lo interesante para nuestro propósito es que las dos doctrinas de Pedro de Córdoba, que son las primeras de los dominicos, y de las primeras de toda América, contienen un sermón amplio, muy bien destacado, que trata del origen del mundo.

         También los indios tenían su versión del origen del mundo. Los misioneros exponían con gran viveza la historia de la salvación según los datos de la Biblia, invitando a los indios a apartarse de sus dioses y a adorar al único Dios verdadero, que es el Dios de los cristianos.

         Este modo de exponer la religión cristiana de forma plástica, en movimiento, a manera de historia, era muy grata a los indios; los mantenía atentos a los personajes y a las cosas que entraban en escena, y se les quedaban ya imborrables en su memoria.

         Conociendo esta psicología del indio nuestros misioneros, la instrucción doctrinal se la ofrecían siempre por este método, conscientes de llegar así con facilidad al alma de los naturales. De ahí el título con que aparece la primera doctrina de fray Pedro de Córdoba, impresa en México en 1544: Doctrina cristiana para instrucción e información de los indios por manera de historia. El colofón, explica que “va por modo de historia, para que más fácilmente puedan comprender, y retener en la memoria las cosas de nuestra fe”[3].

         La segunda doctrina impresa en 1548, también en México, no hace especificación alguna, en la portada, a nuestro respecto, pero el colofón abunda en esa misma intención de facilitar a los indios la inteligencia del contenido, y da las siguientes razones para usar la citada metodología: “assí porque mejor se dé todo a entender a estos naturales, como también porque mejor lo tomen de coro (es decir, de memoria) los que lo quisieren tomar”[4].

         Evocábamos el método paulino de predicar a los gentiles. Para Santo Domingo y para los dominicos fue siempre San Pablo el modelo. Santo Domingo llevaba habitualmente consigo las epístolas de San Pablo y las sabía casi de memoria. Del Apóstol de los Gentiles recibió un día su consagración misional. Los dominicos consagraron muchos de sus conventos e iglesias a San Pablo.

         Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen dos esquemas distintos de la predicación de San Pablo, según se dirigiera a los judíos o a los paganos. Con respecto a los gentiles ya lo hemos indicado; con respecto a los judíos la idea de fondo es que todo el Antiguo Testamento se encamina a la revelación de Jesucristo y a las exigencias del Evangelio.

         Nuestros misioneros de América predicaban también a dos públicos diferentes: a los españoles y a los indios. Hemos visto lo que predicaban a los naturales de aquellas nuevas tierras. A los españoles les muestran las desviaciones de su conducta como cristianos: su entrega desenfrenada a las riquezas y a los vicios, y su mal comportamiento con los indios.

         Esta doble predicación con su doble esquema correspondiente lo observamos en los dominicos desde su aparición en el Nuevo Mundo. El paradigma es fray Pedro de Córdoba. Es también Bartolomé de Las Casas el testigo de excepción, presencial unas veces y muy cercano a los hechos otras.

         El mismo día 3 de noviembre de 1510, en cuya tarde predicó mediante intérpretes aquel delicioso sermón a los indios sobre el origen del mundo, había predicado por la mañana a los españoles residentes en Concepción de la Vega. Fue un “sermón alto y divino –dice Las Casas- e yo se lo oí, e por oírselo me tuve por felice”.

         Era el domingo infraoctava de Todos los Santos y se mantuvo a tono con las circunstancias, orientando sus consideraciones a la “gloria del paraíso que tiene Dios para sus escogidos”. Nuestro testigo presencial dice de este sermón que fue predicado “con gran hervor y celo”[5].

 

         2. POBREZA EVANGÉLICA, BASE DE LA PREDICACIÓN MISIONERA

         La pobreza evangélica fue en Santo Domingo un medio esencial de la predicación. Se iba a predicar a los pobres y descarriados; se iba a predicar la verdad en sí misma, desnuda de toda inmundicia terrena, tal como la predicaron Jesucristo y los Apóstoles. Éstos la vivieron y la predicaron en la completa pobreza.

         Santo Domingo de Guzmán abrazó esta misma pobreza evangélica y apostólica, para vivir y anunciar la simple y única doctrina de Cristo y de los Apóstoles. Con este ideal dominicano en sus almas se decidieron a predicar a los pobres y descarriados del Nuevo Mundo los misioneros dominicos.

         Cuenta Bartolomé de Las Casas que a mediados de 1511 se reunieron en junta capitular los quince dominicos recién llegados a La Española y se marcaron las líneas fundamentales de su actuación misionera:

“acordaron de consentimiento de todos, con toda buena voluntad, de añadir ciertas ordenaciones y reglas sobre las viejas constituciones de la Orden (que no hace poco quien las guarda) para vivir con más rigor. Por manera que, ocupados en guardar las nuevas y añadidas reglas, estuviesen ciertos que las constituciones antiguas, que los Santos Padres de la Orden ordenaron, estaban inviolablemente en su fuerza y rigor.

         “Y una entre otras, me acuerdo que determinaron que no se pidiese limosna de pan ni de vino ni de aceite, cuando estuviesen sanos. Pero si, sin pedillo, se lo enviasen, que los comiesen, haciendo gracias a Dios. Para los enfermos podíase por la ciudad pedir…

         “Ordenaron que cada domingo y fiesta de guardar, después de comer, predicase a los indios un religioso… Y a mí, que esto escribo, me cupo algún tiempo este cuidado. Y así era ordinario henchirse la iglesia los domingos y fiestas de indios, de los que en casa a los españoles servían, lo que nunca en los tiempos de antes habían visto”[6].

 

        3. HACIA UN CLERO INDÍGENA

         Una idea revolucionaria en aquellos comienzos de la actividad misionera de nuestros primeros evangelizadores de América fue la de formar  un clero indígena. La instrucción de jóvenes indios, que asumieran con los años la responsabilidad de la evangelización de sus coaborígenes, hubiera sido un avance considerabilísimo en la propagación y vivencia de  de la fe cristiana, en la promoción jerárquica y administrativa de un grupo de élite, y ¿por qué no en la culturización y progreso de los pueblos del Nuevo Mundo?

         Llevaban sólo un año los dominicos en América, cuando comunitariamente salió de aquella comunidad este proyecto. Se fundaría un colegio en Sevilla, integrado por niños indios y españoles, que, con el correr de los años, cuantos de ellos quisieran hacerse dominicos y ordenarse de sacerdotes, recibirían las órdenes sagradas y se dedicarían a misionar a sus paisanos de allá del océano. Expusieron la idea al arzobispo de Sevilla, el dominico Fr. Diego de Deza, que aceptó la propuesta y asumió gustosamente la carga de sufragar los gastos de la empresa. También la corte respondió de forma positiva y apoyó el proyecto.

        Ésta es la conocida respuesta del Rey Fernando el Católico a Diego Colón, gobernador de Las Indias: “Por parte de los frailes dominicos, que están en dicha isla, me ha sido hecha relación que ellos tienen acordado, para fundar casa de su Orden en esas partes, de tener en la ciudad de Sevilla una casa para maestrar niños para religiosos de su Orden, e que, después que estuviesen bien instructos, para hacer fruto en esas dichas Indias, para la salvación de las ánimas de los indios… Y, si trujesen niños indios de esas dichas islas para ello, serian muy mejor doctrinados y harán más fruto, suplicándome les madase dar limosna, para traer los dichos indios al dicho estudio…

         Por ende yo os mando que de los niños indios que hay o hubiere en esa dicha isla, déis e fagáis dar a los dichos frailes dominicos quince niños hábiles e suficientes para el estudio, para recibir el hábito, e ansí dados, se los dejéis e consintáis traer, e que serán los niños indios, que estuvieren hechos a los mantenimientos de Castilla, porque en su salud, trayéndolos, no reciban tanto daño”[7].

         ¿Por qué no se llevó a la obra semejante empeño? En más de un siglo se adelantaron nuestros misioneros a la promoción del clero indígena, y en varios siglos al del clero propiamente indio. ¡Cuántos intereses debió haber por medio para impedirlo! Debió considerarse por parte de encomenderos y colonizadores como una promoción excesivamente alta de la raza india. La explotación del indígena se hubiera venido abajo con la actividad de los sacerdotes indios, y nada mejor al caso que cortar el peligro en su propia raíz.

 

         4. LA LIBERACIÓN DEL INDIO

         El alma inquieta de nuestros misioneros no se agotaba fácilmente en su opción decidida por los pobres, humildes y explotados, que eran los nativos en relación con los españoles, que eran los ricos, los poderosos y los explotadores.

         Podían haberse contentado con eso, y habrían satisfecho su conciencia. Pero semejante actitud no iba con ellos, que habían asumido desde el primer momento vivir con el pobre, estar con el pobre y ser la voz del pobre. Como otras veces optaba y programaba la comunidad. Ahora decidieron levantar lo más alto posible la voz de quienes no tenían protector.

         Se preparó entre todos el sermón. Luego se eligió para predicarlo al mejor dotado: al celoso defensor del oprimido; de voz sonora, y de fácil, clara y contundente expresión. El elegido fue fray Antón Montesinos, del que dice Las Casas: “tenía gracia de predicar; era aspérrimo en reprender los vicios, y sobre todo en sus sermones y palabras muy colérico, eficacísimo, y así hacía, o se creía        que hacía en sus sermones mucho fruto. A éste, como muy animoso, cometieron el primer sermón de esta materia, tan nueva para los españoles de esta isla”[8].

         Se escogió como día apropiado el cuarto domingo de Adviento, que cayó en ese año del 1511, el 21 de diciembre. La iglesia estaba llena de españoles, que acudían sin falta a cumplir el precepto dominical. La Navidad está encima –a cuatro días vista- y muchos pedían confesión, para comulgar tranquilos en tan solemne día del 25 de diciembre. Ha comenzado la misa. Se ha leído el Evangelio de Juan Bautista, tronando en el desierto. Antón Montesinos comienza suavemente el sermón. De pronto levanta su voz poderosa, y clama transfigurado:

         “Yo soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla… Esta voz es que todos estáis en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?

         “¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras sanas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?...

         “Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sóis obligados a amallos como a nosotros mismos?”[9]...

         Bajó muy sereno del púlpito Montesinos; se sentía tranquilo porque había  predicado, aunque muy dura, la verdad.

         El templo –nos dice Las Casas- quedó convertido en un murmullo de protesta. El fraile daba testimonio con su palabra y con su vida, pues él se dirigió luego con su compañero al convento, que era un corral prestado, donde no les esperaba otra comida “sino caldo de berzas sin aceite”, como atestigua el mismo historiador.

         Que este sermón fue de toda la comunidad misionera, aunque uno solo lo predicara, lo asegura en la Historia de Las Indias Bartolomé de Las Casas, que siguió este proceso puntualmente, como la persona más interesada por el problema de la liberación del indio.

          Los dominicos lo pensaron antes detenidamente, “encomendándose mucho a Dios”. Por fin “acuerdan” la predicación del sermón “y firmáronlo todos de sus nombres, para que pareciese”  que del “consentimiento y aprobación de todos procedía”[10].

            Cuando, después del sermón, fueron las autoridades al superior de los dominicos, para que hiciera retractarse al predicador, fray Pedro de Córdoba, como superior, protestó que “lo que había predicado aquel Padre, había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos”[11].

         No vamos a referir ahora con detalle las repercusiones que tuvo este sermón en la corte española, en la Provincia Dominicana de España y en el mundo universitario e intelectual.

         El Rey Católico Don Fernando se vio obligado a buscar un remedio a aquellos abusos laborales crueles y a los malos tratos de los españoles con los indios. Salieron de las juntas de teólogos y juristas, convocadas por el Rey de España, en Burgos y Valladolid las Ordenanzas de 1512-1513: el primer código laboral indiano, que pretendía regular y suavizar los trabajos de los indios bajo los encomenderos hispanos.

         Éstas llamadas “Primeras Leyes de Indias” no satisficieron a los dominicos, que pretendieron desde el primer momento eliminar lo que consideraban, y era realmente, la raíz, causa y origen de todos los males: la encomienda de indios en manos particulares de españoles.

         Se podía admitir la encomienda en manos del rey, como vasallos especiales, que necesitaban especiales atenciones. En ningún caso debía el rey entregarlos a los particulares españoles, que sólo pensaban, en general, en enriquecerse mucho y pronto a costa de la explotación hasta la muerte del trabajo de los nativos.

         El Vicario Provincial de los Dominicos en el Nuevo Mundo, fray Pedro de Córdoba, y el predicador, fray Antón Montesinos, mostraron su insatisfacción por las citadas leyes, y esperaron seguros los inanes resultados de esas leyes, para continuar su protesta.

 

  5.  PRIMEROS PASOS DE LAS CASAS POR LOS INDIOS BAJO EL INFLUJO DOMINICANO.

         Bartolomé de Las Casas se iba contagiando de esta mentalidad de los misioneros dominicos, y muy pronto, el día de la Asunción de Santa María Virgen, 15 de agosto, del 1514, se decidió a consagrar sus fuerzas físicas, intelectuales y morales, y su vida entera a hacer realidad aquel ideal dominicano.

         Se presentó ante fray Pedro de Córdoba y le hizo manifiesto su propósito de ir a España y atajar desde la corte regia la indicada raíz de los males[12]. Vendría al rey de España, le expondría al rojo ardiente la situación agónica de los explotados indios, y arrancaría del monarca la ley extirpadora de la encomienda y la garantía máxima de su cumplimiento.

         Hemos visto que la primera intervención de los teólogos sobre los problemas de los indios tuvo lugar en las juntas de Burgos de 1512, cuyo fruto fueron las Primeras Leyes de Indias.

         Las Casas vino a España en octubre de 1515, y volvió a America en 1516, creyendo llevar la solución con los tres Padres Jerónimos, que el Regente de España, Cardenal Cisneros, enviaba como plenipotenciarios para reformar el gobierno de Las Indias. No fue así. Los Patres Jerónimos cayeron en la trampa de los encomenderos.

         Los dominicos reanudaron sus quejas y Bartolomé de Las Casas vuelve a España en junio de 1517, para urgir la única posible reforma: la eliminación de las encomiendas de indios a particulares.

         Fue en esta venida de Las Casas cuando tuvo lugar otra junta de teólogos, que merece la pena ser tenida en cuenta, pues antecede nada menos que en nueve años a la entrada de Francisco de Vitoria como catedrático en la Universidad de Salamanca, y algunos más a sus primeros planteamientos de los problemas indianos ante el mundo universitario.

         Cuenta Las Casas que su compañero de fatigas por España, fray Reginaldo de Montesinos, hermano del ya conocido revolucionario fray Antón, tuvo un fuerte encuentro con un alto oficial regio en Valladolid. Éste se atrevió a decir a fray Reginaldo que “los indios eran incapaces de la fe”. Y, sin arredrarse, respodió secamente el dominico: “eso es herejía”. Dice también Las Casas que aquella respuesta, tajante, “no le fue muy sabrosa” al alto consejero, y que “quedó muy enojado”[13].

         Para conseguir una oposición eficaz a los muchos que pensaban como aquel alto funcionario de Castilla, fray Reginaldo escribió al prior del convento de San Esteban de Salamanca y le propuso convocar una junta de teólogos, que decidiesen con autoridad sobre esta cuestión.

         Era prior del convento salmantino de los dominicos fray Juan Hurtado de Mendoza, Maestro en Sagrada Teología y de gran ascendiente en la ciudad y universidad de Salamanca, como también en toda la provincia dominicana de España por su sabiduría y su eficaz y decisiva actuación en la reforma de la vida religiosa.

         Fray Juan Hurtado tomó muy en serio la sugerencia de fray Reginaldo Montesinos y logró reunir en el citado convento de San Esteban, según Bartolomé de Las Casas, trece o más maestros en Teología del convento y de la universidad.

         Estudiada la cuestión por aquellos sesudos catedráticos y sabios, y ordenados escolásticamente los resultados, establecieron –dice el Defensor de los Indios- “cuatro o cinco conclusiones con sus corolarios y probanzas, la postrera de las cuales fue que, contra los que aquel error tuviesen y con pertinacia lo defendiesen, se debía proceder con la muerte de fuego como contra herejes”.

         Todas esas decisiones  -concluye Las Casas- “vinieron firmadas y autorizadas de los susodichos trece maestros, y yo las vi y trasladé, y pusiéralas aquí a la letra, sino que con otras escrituras en cierto camino me las hurtaron, y así se me perdieron”[14].

 

         6. PRIMEROS CATECISMOS COMUNITARIOS DE LOS DOMINICOS

         Otro de los frutos de aquella conciencia comunitaria de misión fue la organización de la enseñanza cristiana a los indios en un catecismo elaborado por toda la comunidad. Debió escribirse ese catecismo bajo la dirección de fray Pedro de Córdoba en los primeros años inmediatamamente después de la llegada de aquel insigne grupo de misioneros a Las Indias.

         Se hicieron dos redacciones, una breve y otra amplia, usando una u otra según las urgencias y necesidades. La segunda está concebida en plan de sermones sobre los temas que de forma resumida aparecen en la primera. Tal vez estos sermones fueron compuestos cada uno por un misionero, con lo que todos hubieran colaborado material y formalmente en la redacción de los catecismos.

         Estos catecismos debieron correr primero en varias copias, que se irían multiplicando, según se iban abriendo nuevos campos de acción y se iba acrecentando el número de misioneros y catequistas. En 1544 y en 1548, por disposición del obispo de México, Juan de Zumárraga, fueron llevados a la imprenta.

         El catecismo amplio es bilingüe, en español y en mexicano. La necesidad de aprender las lenguas nativas la vieron enseguida los misioneros. No eran los indios los que debían aprender el español, como pretendían los gobernantes y encomenderos, sino los predicadores evangélicos los que debían aprender, y cuanto antes, las lenguas de los nativos.

         Para lograr aprender pronto y bien esas lenguas, pensaron nuestros misioneros que no bastaba con oír a los indios y a los intérpretes. Sin abandonar eso, les pareció a los frailes que lo mejor era reducir las lenguas a normas racionales de gramática, con cuyo estudio la inteligencia humana las dominaría más perfectamente.

         Pedro de Córdoba, que había vuelto a España con motivo del famoso sermón de Motesinos y de las Primeras Leyes de Indias, en su segundo viaje a América en 1514 llevó consigo un buen lote de gramáticas castellanas de Antonio de Nebrija. La finalidad de esas gramáticas no era  enseñar el castellano a los indios, sino tener un instrumento adecuado para reducir a normas gramaticales las lenguas de los indios, como había hecho Nebrija con la lengua castellana.

         Así la Orden Dominicana contó muy pronto con catecismos o doctrinas, gramáticas y diccionarios, elaborados por los mismos frailes misioneros sobre las más diversas lenguas indias de América[15].

 

         7. CONTINUIDAD DEL IDEAL MISIONERO DOMINICANO.

         Vamos a exponer ahora el contenido de un documento, escrito casi sesenta años más tarde de la llegada de los primeros dominicos a tierras de Indias, y que nos ofrece resumidamente la continuidad de ese ideal de celo y pobreza apostólica durante algo más de medio siglo.

         En 1569, a los cincuenta y nueve años de su estancia en América los dominicos hacen un examen balance de su actividad misionera. Esta relación fue pedida por el Maestro de la Orden de Predicadores, fray Vicete Justiniano Antist, al entonces provincial de la provincia dominicana de Santiago de México, fray Pedro de Feria[16].

         Éste meritísimo misionero, enfermo crónico de asma desde su expedición a Florida, ocupado en la composición y publicación de su Doctrina cristiana en lengua castellana y zapoteca, no pudo escribir el examen-informe solicitado por la más alta jerarquía de la Orden.

         Fue su sucesor en el provincialato, fray Juan de Córdoba, quien, nada más tomar la posesión de su cargo, se decidió a llevar a cabo este análisis histórico-reflexivo sobre la misión dominicana en América, particularmente en Nueva España.

         El P. Juan de Córdoba afirma que va a hacer esta relación “con toda fidelidad” y la hará desde el comienzo de la misión hasta el año en que esto escribe. Para conseguir la mayor certeza en la exposición de los hechos ha consultado a “los religiosos más antiguos de esta Provincia y que más noticia tenían de ella”.

         Nos advierte también en su pequeño prólogo de presentación que ha procurado ceñirse escuetamente a la verdad de los acontecimientos, evitando ser prolijo en los detalles. No obstante, si a Vuestra Paternidad Reverendísima agradara una mayor pormenorización, no tiene más que indicármelo, para ser atendido con una “relación más larga y copiosa”[17].

         Da comienzo el relato con una breve noticia de la conquista de México por Hernán Cortés. Los hechos son de sobra conocidos y no cree necesario extenderse sobre ello; por otro lado aquí sólo interesa la actividad dominicana.

        El ambiente en que iba a moverse su apostolado lo describe de esta manera: “es tierra muy larga; toda pobladísima de innumerable gentilidad en grandes ciudades y pueblos. Adoraban a diversidad de animales y figuras humanas, esculpidas en piedras y metales.

         “Sacrificaban a estos ídolos, por la mayor parte, hombres vivos en mucha cantidad, cada uno según los moradores que había. Tenían fiestas, donde se juntaban muchos pueblos, donde sacrificaban doscientos y trescientos y más, sacándoles el corazón y rociando con la sangre de ellos los altares y rostros de los ídolos, con otras innumerables supersticiones, que sería imposible referirlas”[18].

      Se nos evoca la sapiencial actitud de Hernán Cortés con los primeros misioneros delante de los indios, para inducir en estos el más alto concepto de la religión cristiana y de los representantes de Jesucristo. Se postraba el conquistador delante de los misioneros y les besaba con toda devoción las manos, para que reconocieran los nativos la superior categoría de aquellos hombres, vestidos de forma distinta y más pobre que los demás. Los indios se preguntaban admirados qué clase tan elevada de hombres serían aquéllos, cuando un capitán tan valiente y victorioso se rendía ante ellos de esa manera.

         Se nos evoca igualmente a los primeros dominicos llegados al Nuevo Mundo y su extraordinario celo por la salvación de las almas; cómo desde la isla de La Española, al tener noticia del inmenso imperio descubierto en el continente americano por Hernán Cortés, se afanan por ir lo antes posible a evangelizarlo.

        Se hace memoria de “el egregio fray Pedro de Córdoba, hijo de San Esteban de Salamanca, varón de grande santidad y doctrina” y de “fray Domingo de Betanzos, su segundo, que fue el primer fundador desta Provincia, santo varón”[19].

         Doce eran los que componían el primer grupo de dominicos que llegaron a Nueva España en 1526. Las muertes y enfermedades los redujeron en poco tiempo a tres: Domingo de Betanzos, veterano misionero de La Española; Gonzalo Lucero, todavía diácono, y Vicente de Las Casas recién profeso, sin ninguna orden sagrada.

         Con nuevos religiosos venidos de España y con las vocaciones surgidas entre los españoles residentes en México se fueron multiplicando aquellos misioneros y fueron extendiendo su radio de acción entre los indios. Muy pronto quedaron prendados los naturales de los dominicos, pues encontraron en ellos los mejores defensores de sus derechos frente a los abusos de los conquistadores y encomenderos. Lo expresa así el documento que comentamos:

         “Comenzaron los indios a cobrar gran amor a los religiosos y a tenerlos en gran veneración, viendo cuán diferente era su modo de vivir al del resto de los españoles, y viendo cómo los favorecían y defendía tan determinadamente contra los encomenderos, a los que consideraban sus enemigos, y contra las injurias, que por ellos les eran hechas, lo cual entonces los religiosos podían hacer, porque los reyes y los que gobernaban la república holgaban dellos, y como a personas que no pretendían sino sólo el bien de la república les era dado todo crédito y autoridad[20].

         Las tentaciones de los sentidos, para la saciación de todos los instintos malos del hombre, eran particularmente frecuentes en estas tierras, y muchos, tantos laicos como clérigos, caían en ellas. Los dominicos, que se habían forjado en España en la más exigente reforma, se propusieron vencer estas fuertes y persistentes dificultades con la oración asidua, particular y comunitaria, la mortificación, el celo infatigable por las almas y la abstinencia, que practicaban en muy alto grado, “privándose  aún de lo necesario”. Esto acrecentaba la admiración de los indios, y así los frailes “eran tenidos en gran admiración del pueblo”[21].

         Según la célebre consigna misional de San Pablo de “hacerse todo para todos”[22], supieron nuestros misioneros hacerse indios con los indios, para salvar a los indios. Ahí estuvo la razón de su éxito. Si querían comunicar su fe con presteza y con eficacia, había que hablar como hablaban los indígenas, aprendiendo sus lenguas y sus costumbres. Pretender que aprendieran primero los naturales el español, para que pudieran ser luego evangelizados, era retrasar excesivamente la evangelización o hacerla imposible.

         El gran problema de las lenguas era su multiplicidad; cada región tenía la suya, y bien distinta de las demás. Buena prueba del ardiente celo de los misioneros en la propagación de la fe cristiana, fue esta entrega afanosa al aprendizaje de las lenguas nativas.

         Los encomenderos, colonos, conquistadores y políticos, que iban a acrecentar al máximo su poder y riqueza, no se molestaron por las lenguas, sino que imponían por todas partes la propia.

         Los frailes hicieron suyo este sacrificio “y ansí -dice nuestro documento- unos en seis meses y otros en un año, otros en más o menos tiempo, aprendieron sus lenguas, en las cuales les predicaban y confesaban, por lo cual los indios cobraban mayor afición a los religiosos, y porque andaban entre ellos sin fausto y sin darles pesadumbre, comiendo de sus mantenimientos lo que les daban, sin importunarles por otra cosa”[23].

 

         8. DILEMA ENTRE CONVENTO Y MISIÓN

         Al aumentar notablemente el número de dominicos en Nueva España, surgió la nostalgia de los grandes conventos y comunidades dominicanas de la metrópoli. Tenían de modo especial en su mente el convento de San Esteban de Salamanca.

         ¿Por qué no formar en el Nuevo Mundo ese tipo de comunidades? Se vivirían a tope las observancias monásticas con todos sus elementos santificadores (coro solemne, silencio, estudio…); se llenarían así de contemplación y de santidad de vida los misioneros; saldrían luego de dos en dos por cierto tiempo a los poblados indios, anunciando el Evangelio, y retornarían de nuevo al convento para llenarse otra vez de vida divina, mientras otros salían del mismo cenobio, para continuar la obra misionera de los anteriores. Así lo defendió con todas sus fuerzas fray Domingo de Betanzos con algunos adictos.

         Para muchos de los frailes de la Nueva España el citado sistema tenía un defecto muy grave: la falta de continuidad en la misión, tan necesaria en los primeros años hasta dejar implantada y organizada entre los indios la Iglesia. Por ello la mayor parte de los dominicos opinaron contra fray Domingo de Betanzos y su grupo, pese a la veneración que siempre tuvieron por este Padre, que fue el fundador de la Provincia dominicana de Santiago de México.

         Se impuso, pues, la necesidad de que los misioneros viviesen de continuo con los indios. En estos poblados se levantaron pequeñas casas para dos, tres, o cuatro frailes, que se llamaron vicarías. El ministerio de los sacramentos, la exposicón frecuente de la doctrina cristiana y la ayuda a los indios en los más varios problemas estaba así garantizada. Los indios acrecentaron de este modo la confianza en los misioneros, que no los abandonaban, y se multiplicaron  las conversiones y los bautismos.

         Los primeros años fueron particularmente duros, sobre todo para los que vivían en las vicarías. “La vida y ejercicio de los religiosos en aquellos tiempos eran grandes trabajos, sin comer pan ni beber vino, sino comiendo tortillas de maíz de la tierra, asadas al fuego; y, como no había pesquerías, como las hay ahora, contentábanse los religiosos con unos huevos cocidos y una escudilla de cocina, sin aceite ni manteca, porque no lo había en la tierra, y por este modo las demás cosas de su mantenimiento, en lo qual no echaban de ver, con el fervor del espíritu que los regía, olvidados de sí y empleados en aquellos santos ejercicios”[24].

         Se nos da en este documento la biografía más antigua que poseemos de fray Domingo de Betanzos. Un asceta de pura ley, había llevado vida eremítica antes de hacerse dominico en el convento de San Esteban de Salamanca. Llegado a Las Indias en 1513, siguió el rigor de su habitual penitencia en la vida privada. En los dominicos de Nueva España impuso un género de vida de extrema pobreza y de gran mortificación.

         En cuanto a él –según este relato- “su comida ordinaria eran pan y agua y leche áceda, excepto las Pascuas y fiestas principales, por cuyo honor comía alguna vez unos huevos. Su vestido era sayal muy basto y corto; su conversación era muy llana y alegre, como de hombre en quien parecía morar Dios.

         “Su oración era muy larga en las noches, y, donde quiera que iba, parecía ir siempre haciendo ejercicios con el espíritu. Recibía tres disciplinas cada noche a imitación de nuestro Padre [Santo Domingo]; sus palabras eran encendidas; nunca nadie, que de él fuese castigado y reprendido, parecía estar mal con él, sino recibir sus correcciones con paciencia, y asín, por el consiguiente, todas sus obras eran desta manera”[25].

        En 1527 llegó a México fray Vicente de Santa María. Venía con otros frailes y con el cargo de Vicario General para los dominicos de Nueva España, concedido por el Maestro General de la Orden Dominicana, fray Silvestre de Ferrara. Vicente de Santa María era hijo del convento de San Esteban de Salamanca, como también lo era Domingo de Betanzos, pero tenía otro carácter y venía con otros aires. Más activo que contemplativo, y más práctico y efectista, aflojó en la disciplina conventual para favorecer la misión entre los naturales.

         Betanzos no pudo sufrir aquel cambio tan radical en lo que juzgaba pertenecía a la sustancia de su fundación: las observancia conventuales y la vida de penitencia. Se fue por ello muy lejos, a Guatemala, para hacer allí otras fundaciones según su ideal.

         La decadencia espiritual consiguiente entre los dominicos de México, les hizo añorar los tiempos de Domingo de Betanzos y enviaron por él. Vista la nueva situación de los frailes en Nueva España, Domingo de Betanzos se embarcó para la metrópoli. Desea formar una provincia independiente con gracias especiales del Maestro de la Orden y del Papa, y llevar consigo al Nuevo Mundo un buen número de frailes, dispuestos a secundar sus ideas.

         En España y en Roma el austero porte de Betanzos cautivó a los jerarcas y le dieron en abundancia cuanto pedía. Cuarenta frailes dominicos embarcaron con él para Las Indias. El éxito del viaje a España y a Roma había sido  completo. La gran prueba y la gran amargura fue el tornaviaje. De los cuarenta misioneros reclutados treinta y dos perecieron en el mar, víctimas de los “naufragios a causa de las tormentas”[26].

         Enterados en México de la fundación de la nueva Provincia, se reunieron los frailes y eligieron Provincial al prior del convento de Santo Domingo de la capital azteca, fray Francisco de San Miguel.

         Cuando llegó el fundador de la provincia de México, Domingo de Betanzos, se encontró con los hechos consumados. Sus sueños de reforma pensó que se le esfumaban. Él venía, sin embargo, con una autoridad superior, la de Vicario General.

         Al ver que el Provincial elegido seguía la línea amplia, abierta por el anterior Vicario General, fray Vicente de Santa María, Domingo de Betanzos depuso al recién elegido Provincial de la Provincia de México.

 

         9. LA HUELLA DE FRAY DOMINGO DE BETANZOS

         Domingo de Betanzos siguió entonces los pasos señalados en las Constituciones Dominicanas. Reunió, pues, el Capítulo Provincial, que fue el primero de la Provincia de Santiago de México, y se procedió a la votación secreta. El escrutinio dio por resultado la elección para Provincial del propio Betanzos.

         Con el poder en las manos este santo varón volvió de un solo golpe las cosas a la austeridad primitiva. Era el año de gracia de 1535. El capítulo reunido en México, bajo la inspiración de fray Domingo de Betanzos, adoptó la más exigente pobreza. Lo recoge así nuestro documento:

       “Se ordenó (en este capítulo) que en esta Provincia se vistiesen los religiosos de sayal: sayas, escapularios y túnicas, todo corto y estrecho, y que trajesen alpargatas de cuerda, y no zapatos; que no trajesen calzas con peal, sino a manera de una manga de capote; que no trajesen sayos, sacos, ni almillas, sino sola la saya y la túnica y escapulario, lo cual se usó mucho tiempo, y lo demás dello se usa ahora, y en todas las demás cosas pertenecientes al cuerpo se guardaba semejante rigor.

         “Para que los religiosos no pudiesen tomar ocasión alguna de importunar a sus parientes ni a otros seglares, ordenaron que hubiese disciplina ordinaria cada noche, después de maitines, lo cual se guarda hasta hoy, salvo las fiestas solemnes. En la pobreza se puso grandísimo rigor, de suerte que ni una pluma, ni una aguja, ni hebra de hilo, ni un pliego de papel podía dar un religioso a otro sin licencia.

         “Esto todo era ordenado y enderezado así, porque aquel santo varón y aquellos padres fundadores entendían la grosedad de la tierra acerca de las riquezas, y porque no se ensuciasen los religiosos con desordenadas codicias; lo cual asimismo duró muchos años en esta tierra y dura gran parte dello, y se pone gran diligencia en que se guarde, porque los predicadores puedan hablar con libertad”[27].

         “Hablar con libertad”. Esa es la distinción del verdadero apóstol. Sólo podían hablar así los que llevaban vida evangélica y practicaban la pobreza apostólica, es decir, los que gozaban de la “libertad de los hijos de Dios”[28]. Ese mismo rigor fue mantenido por el siguiente Provincial fray Pedro Delgado, hijo también del convento de San Esteban de Salamanca. Según cuenta nuestro informe “rigió la Provincia con gran vigor, y sustentose en su tiempo toda la austeridad de la fundación y observancia de las cosas muy menudas de la Constitución.

         “En aquellos tiempos no se usaba salir frailes a visitar en la ciudad a seglares amigos y parientes, si no era el Prior y un fraile viejo a los devotos de casa; y ansí no se encontraban frailes por las calles, si no era a confesar enfermos y a predicar. Pedían limosna los sábados con las alforjas al hombro por las calles y pan de casa en casa como los Padres Franciscanos, que ya había en esta tierra pan de Castilla, aunque poco. Teníase tal rigor en los que iban a pedir que jamás se pudiesen perder de vista”[29].

         Los ingresados en la Orden en México formaban ya un grupo importante, que iban muy gustosos a las vicarías entre los indios. Su formación doctrinal no era muy fuerte, pues se juzgaba que no eran necesarios muchos conocimientos para atender a los naturales de aquellas tierras.

          En lo que ciertamente se exigía mucho era en las lenguas indígenas y en las vivencias religiosas. Entre esas vocaciones se cita como todavía vivo fray Francisco de Aguilar, que había participado como militar, antes de ser dominico, muy al lado de Hernán Cortés en la conquista de México y dejó escrita una Relación breve de la conquista de la Nueva España[30].

         Sucedió a Pedro Delgado en el provincialato otro religioso de gran virtud. Era fray Domingo de la Cruz, hijo del convento de Santa Cruz de Segovia. Mantuvo la línea rigorista de sus dos predecesores. Tuvo más suerte que Pedro Delgado en la recepción de vocaciones. En efecto en el provincialato de Pedro Delgado apenas si hubo novicios, mientras que en los dos primeros años del gobierno de Domingo de la Cruz “tomaron el hábito en esta casa (de Santo Domingo de México) más de cincuenta frailes, de la mayor parte de los cuales está ahora poblada esta provincia”. Fueron estas vocaciones el fruto de “muchas  disciplinas y oraciones” a Dios “para que nos ampliase, lo cual tuvo por bien su Divina Majestad de conceder”[31].

         Fue este capítulo electivo de 1541 muy rico en prescripciones de observancias monásticas y disciplina conventual, para favorecer la concentración de los fraile en una vida de oración y de estudio.

         Por lo que se refiere a la pobreza, tan compañera de la predicación evangélica, se ordenó “que los conventos, que se edificasen, que sean muy humildes.

       “También se mandó debajo de precepto, lo cual se ha guardado y se guarda siempre, que ningún religioso, habiendo de ir a España, llevase dineros, ni su valor, sino lo que el Provincial le señalase para su viático, ni tampoco lo inviase.

         “Ordenóse también en este capítulo y en el capítulo provincial que llamamos de entremedias de trienio, otras muchas cosas, para conservar el rigor  de la constitución, las cuales, si no era con gran necesidad, no se quebrantaban, ni se dispensaba en ellas”[32].

         El ascendiente de fray Pedro Delgado en la provincia dominicana de México era muy grande. El capítulo provincial de 1544 volvió a elegirlo Provincial, con lo que el rigor de la observancia y el buen espíritu religioso quedaba asegurado. Terminado el trienio de su segundo provincialato fue nombrado maestro de novicios. Era éste un cargo central para mantener y promover las observancias religiosas y el espíritu heredado de los mayores.

         Resumiendo, fray Pedro Delgado evocaba por encima de todo la concepción religiosa de fray Domingo de Betanzos. Como éste, consideraba un peligro en la vida dominicana morar perpetuamente entre los indios dos frailes, o tres o cuatro en las vicarías, sin poder llevar las exigencias de la oración, del estudio, del silencio y de la disciplina regular de la Orden, que se practicaban habitualmente en los conventos.

         Fue elegido para un tercer provincialato fray Pedro Delgado, pero, por más que le porfiaron, no quiso aceptar, por razón del inconveniente que acabamos de exponer[33].

 

        10. LOS CATECISMOS DOMINICANOS DE INDIAS, REFLEJO DE SU SISTEMA MISIONAL

          El único modo de llevar a las gentes a la fe, que consiste en iluminar el entendimiento y persuadir a la voluntad, preconizado por Bartolomé de Las Casas, es–como dijimos- el seguido por nuestros misioneros no solamente en sus catequesis orales, sino también en las escritas. En un principio, para comunicarse con los indios, los misioneros se servían de intérpretes, repidiendo incansablemente las mismas cosas  y utilizando los gestos de las manos, de los ojos, y del resto del cuerpo, para facilitar el sentido de sus explicaciones. Después utilizaron los dibujos, acomodados a las formas de expresión y símbolos ordinarios de los indios; todavía se conservan algunos de estos catecismos pictográficos[34].

         Muy pronto consiguieron nuestros frailes dominar las lenguas indígenas y tradujeron a los caracteres latinos los sonidos de las palabras aborígenes. De esta forma comenzaron a exponer por escrito en las lenguas nativas sus explicaciones religiosas.

         Como quiera que al mismo tiempo muchos indios iban aprendiendo el español, los misioneros escribían en un español muy sencillo sus doctrinas, para lectura de los indios instruidos, o para ayuda de los misioneros, que debían acomodarse a las mentes indias, o para que los catequistas, tanto españoles como indios, leyeran el texto al público, cuando faltaba el misionero.

        Más completas eran todavía las doctrinas o catecismos bilingües o trilingües: en español, en la lengua india más general y en la lengua india más propia de la región que se pretendía instruir en la religión cristiana.

         Mencionábamos al principio las doctrinas de fray Pedro de Córdoba y sus compañeros dominicos de misión. La más completa de ellas fue la impresa en México en 1548 en dos lenguas, española y mexicana. No se sigue en el cuerpo expositivo de esta doctrina, como tampoco en la primera, el método dialogal de breves preguntas y repuestas, que se dan en otros catecismos, como para aprenderlos literalmente de memoria.

         Los dominicos siguen en estos catecismos un método exhortatorio o parenético, que, al mismo tiempo que expone la doctrina, anima al público a practicarla y a vivirla. El nuevo catecismo es concebido como un conjunto de sermones, que podrían predicarse o leerse ante los indios, sobre los artículos de la fe, los sacramentos, los mandamientos, la oración y otros temas complementarios.

         Son un total de cuarenta sermones expuestos en un lenguaje vulgar, asequible al público más sencillo, y abunda en repeticiones, ejemplos y comparaciones. Es este catecismo un modelo de pedagogía, que persigue la fácil inteligencia y el más alto aprecio de los misterios cristianos por los misionandos.

         La dulzura, el celo apostólico y el amor a los indios – urgidos en la citada obra de Las Casas- vienen reflejados en todas las páginas de esta doctrina. Sirva de ejemplo de este estilo directo y afectivo esta página del primer sermón:

         “Amados y muy queridos hijos míos. Sabed y tened por cierto que nosotros los religiosos os amamos de todo nuestro corazón y voluntad. Y por este amor que os tenemos y con que os amamos venimos con muy grandes trabajos de muy lexos, transpasando muy grandes mares con muchas tempestades y peligros de muerte, por veniros a ver aquí a vuestras tierras. Y nuestro Señor Dios nos ha guardado, y él mismo nos ha traýdo hasta llegar aquí.

         “Y la causa es para que nosotros os digamos palabras muy grandes y de gran excelencia y de gran admiración y maravilla, que nos ha dicho y descubierto a nosotros, para que os las digamos y declaremos a vosotros, y también para que os demos de las grandes riquezas de nuestro gran Dios y Señor, que a nosotros ha dado, que son muy grandes y preciosas, las quales son la sancta fe cathólica, que es la fe de los christianos.

         “Porque por aquesta sancta fe os ha de ser dado grandísimo gozo y alegría, descanso y gloria allá en la casa de nuestro Dios en el cielo”[35].

         Casi veinte años más tarde de la impresión de esta catequesis de fray Pedro de Córdoba, exactamente en 1567, se imprime también en México otra doctrina bilingüe dominicana. Ahora es en las lenguas española y zapoteca. Se debe a otro gran ejemplo de misioneros y su catecismo será también modélico para doctrinas posteriores. Su autor es fray Pedro de Feria, que fue provincial de la Provincia dominicana de Santiago de México entre 1565 y 1568, y que en 1574 fue ordenado obispo de Chiapas, ocupando esta sede hasta su muerte en 1589[36].

         No es este catecismo, como tampoco los dos antes mencionados, un conjunto de fórmulas frias, breves, para encomendarlas tal como están a la memoria, en plan de preguntas y respuestas, sino de exposiciones sencillas con mil recursos pedagógicos, para llegar al entendimiento y a la voluntad de los catequizandos.

         Debemos añadir que el catecismo de Feria es un instrumento precioso para entrar en la mente y en la forma de pensar y comprender los indios. La abundancia de comparaciones con su género de vida y en las circunstancias en que se mueven nos descubren al hombre primordial, que vive de sus sentidos. La abundancia de sus ilustraciones es otro acierto, acomodándose al gusto del indio por lo sensible y por lo pictórico.

        Digno de atención en este catecismo es el acopio de referencias a las costumbres de los naturales y que son una contribución importante a la antropología y etnología indiana. Sólo un ejemplo. En la exposición de la creación del mundo, al hablar del Dios de los cristianos, alude a los cultos idolátricos y sus sacrificios en estos términos:

         “pedíades estas cosas a los ídolos de piedra y de palo, y os sacrificábades las orejas y las lenguas; matábades hombres delante del demonio”[37].

         Vuelve sobre el tema, cuando explica el sacrificio de la misa y dice:

         “solíades ofrecer a vuestros dioses sacrificios de perros y gallinas y de otros animales y de vuestra propia sangre, que os sacábades de las lenguas, para los aplacar y alcanzar de ellos mercedes”[38].


 

[1]  I Cor 9, 16.

[2]  Bartolomé de Las Casas, Historia de Las Indias, lib. II, cap. 54, Madrid 1961, pág. 134b.

[3]  Pedro de Córdoba, O. P., Doctrina cristiana…, Ciudad Trujillo, República Dominicana 1944, págs. 61 y 122.

[4]  Pedro de Córdoba, O. P., Doctrina cristiana en lengua española y mexicana… Obra impresa en México… en 1548, y ahora editada en facsímil, Madrid 1944, fol. CLIVv.

[5]  Bartolomé de Las Casas, O. P., Historia de Las Indias, lib.II, cap. 54, Madrid 1961, pág. 134b.

[6]  Bartolomé de Las Casas, O.P., Historia… lib. II, cap. 54:BAE 96, p. 135b.

[7]  Cf. M. Ángel Medina, O. P., Una comunidad al servicio del indio…, Madrid 1983, pág. 89; Antonio de Remesal, O. P., Historia general de Las Indias y particularmente de Chiapa y Guatemala…, vol. I, edic. por Carmelo Sáenz de Santa María, S. J., en la Biblioteca de Autores Españoles (BAE), número 175, Madrid 1964, lib. VIII, cap. 17, pág. 395bs; Manuel Giménez Fernández, Bartolomé de Las Casas, Volumen Primero…, Sevilla 1953, pág. 593; José María Vargas, O. P., Bartolomé de Las Casas, su personalidad histórica, Quito 1974, pág. 43; Vicente Rubio, O.P., Una carta inédita de fray Pedro de Córdiba, en “Communio” 13 (Sevilla 1980) pág. 414s. Debemos también tener en cuenta que la ley 17 de las llamadas “Primeras Leyes de Indias”, surgidas ante la posición indiófilo-liberadora de los primeros misioneros dominicos, ordena la educación de los niños de los caciques durante cuatro años, para que, después de esa formación eduquen a los otros indios.

[8]  B. de Las Casas, Historia de Las Indias, lib. III, cap. 3: BAE 96, pág. 175b.

[9]  Ib., lib. III, cap. 4: BAE 96, pág. 175b.

[10]  Ib., lib. III, cap.3: BAE 96, págs. 175b.

[11]  Ib., cap.4: BAE 96, pág. 177a.

[12]  El P. Las Casas defiende como una tesis bien probada que “la raíz de la llaga mortal, que mataba a los indios e impedía que fuesen doctrinados y cognosciesen a su Dios verdadero, era tenerlos los españoles repartidos, que, aquesto supuesto, ninguna ley, ninguna moderación, ningún remedio bastaba, ni se podía poner, para que no muriesen” (Hist. de Las Indias, lib. III, cap. 13: BAE 96, págs. 201a). La encomienda a los españoles particulares es, pues, para Las Casas, como también las guerras de conquista, la raíz de todas las desgracias  de Las Indias.

[13]  B. de Las Casas, Historia de Las Indias, lib III, cap. 99: BAE 96, pág. 409b.

[14]  Ib., pág. 410a.

[15]  Sobre los primeros misioneros dominicos de América y su obra lingüística cf. José Luis Espinel, O. P., en Colón en Salamanca. Los Dominicos…, Salamanca 1988, págs. 147-154.

[16]  Está recogida esta relación en Colección de Documentos Inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía…, vol. V, Madrid 1866, págs. 447-448.

[17]  Ib., pág. 448.

[18]  Ib., pág. 449.

[19]  Ib., págs. 450.

[20]  Ib., pág. 451s.

[21]  Ib., pág. 452.

[22]  I Cor 9, 22.

[23]  CDIA, vol. V, pág. 453.

[24]  Ib., pág. 454.

[25]  Ib., pág. 457.

[26]  Ib., pág. 458.

[27]  Ib., pág. 460.

[28]  Rom 8, 21.

[29]  CDIA, vol. V, 461.

[30]  Francisco de Aguilar, O.P.,  Relación breve de la Conquista de la Nueva España, México1954.

[31]  CDIA, vol. V, 462.

[32]  Ib., 463.

[33]  Ib., pág. 464s.

[34]  Cf. E. Pérez Bravo, Influencia de las primeras “Doctrinas Cristianas” en el Nuevo Mundo, Palencia 1963; J. Guillermo Durán, Monumenta Catechetica Hispanoamericana, Siglos XVI-XVIII, I, BuenosAires 1984.

[35]  Pedro de Córdoba, O. P., Doctrina cristiana en lengua española y mexicana… Madrid 1944, pág. Xirv.

[36]  Pedro de Feria, O.P., Doctrina Christiana en lengua castellana y zapoteca…, México 1567; José Salvador y Conde, O. P., Fray Pedro de Feria y su Doctrina Zapoteca, Madrid 1948.

[37]  P. de Feria, O. P., Doctrina Christiana…, México 1567, fol. 11r.

[38]  Ib., fol. 81v.

 

 

   

Conozca también...

     


ESTADÍSTICAS EN ESTE SERVIDOR 

Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado páginas  sólo en este servidor Web

contadores

Diseño de Antonio García Megía

Recomiende esta página: Escriba la dirección de correo de un amigo

Comparta con sus amigos o grupos de Facebook