RECOPILACIONES  y BIBLIOGRAFÍAS

Antonio García Megía - angarmegia - y Mª Dolores Mira Gómez de Mercado son Maestros, Diplomados en Geografía e Historia, Licenciados en Filosofía y Letras y Doctores en Filología Hispánica


Poesía satírico-burlesca del Siglo de Oro y delincuencia económica del siglo XX


 Manuel Jesús Dolz Lago

Artículo publicado en Diario La Ley, Tomo 4, 1994, pág. 946

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 El instrumento de trabajo de los juristas, en principio, es el Derecho. Y el Derecho es, entre otras cosas, lenguaje. El lenguaje jurídico como forma de expresión habitual de los juristas no siemprE expresa la realidad. Es más, en muchas ocasiones, el lenguaje jurídico representa un ejercicio deliberado de falseamiento de la realidad, una mitificación, que pretende ocultar la realidad E integrar mediante esa forma falsaria la ideología, en su más puro sentido filosófico (1).

La realidad, sin embargo, para el jurista tiene que ser una referencia inexcusable. Algunos pretenden su perpetuación, otros su transformación. En todo caso, una aproximación a la misma puede hacerse por la vía del lenguaje poético. Y ese acercamiento que depende del ingenio de los autores, a veces, reviste una perspectiva crítica importante, en la medida que expresa cor palabras una lacerante realidad social al mismo tiempo que muestra su velo mitificador.

Con el propósito de anotar ejemplos de este lenguaje poético crítico para el Derecho Penal, hemos seleccionado algunos textos de nuestros poetas clásicos del Siglo de Oro, D. Luis De Góngora y Argote (1561-1627) y D. Francisco De Quevedo y Villegas (1580-1640), para contribuir a la necesaria reflexión crítica del Derecho desde una perspectiva tal vez insólita (2), pero que pretende enfrentarse al leguleyismo mercantilista en el que han caído muchos «juristas», más amantes del «becerro de oro» que de sus semejantes.

Remontarse a textos poéticos de la época comprendida entre los siglos XVI y XVII (Siglo de Oro) para referirse a problemas delincuenciales de finales del siglo XX puede interpretarse como una extravagancia sin sentido. Ahora bien, la agudeza del ingenio de Góngora y de Quevedo y la perfección alcanzada en su lenguaje han permitido que sus palabras hayan pervivido durante siglos denunciando también un mal secular enraizado profundamente en nuestra realidad hispánica (3).

Traer estos textos a nuestra actualidad jurídico-penal en relación con los problemas que emergen en la persecución de la delincuencia de los poderosos y su disparatada impunidad en comparación con la delincuencia de los marginados, resulta no sólo una expresión de un vivo ingenio satírico sino una llamada a nuestra conciencia profesional para el análisis del rol del Ministerio Fiscal, de la Justicia en definitiva, ante la delincuencia económica, ante la corrupción, ante los fraudes colectivos, ante los atentados contra el medio ambiente, ante las lesiones a los bienes colectivos, y las limitaciones que nos pueden encerrar en meras instancias justificadoras del orden establecido, injustamente establecido.

 

La justicia del siglo XVI. Una aproximación a la misma  de Quijote de Miguel de Cervantes

 

En el tratamiento de esta materia es necesario referirse, aunque sea someramente, al estado de la justicia del siglo XVI y a las circunstancias históricas del Siglo de Oro español, ya que tampoco pretendemos trasladar miméticamente sin el matiz histórico unas sátiras poéticas nacidas en un determinado contexto sociológico e histórico a nuestra época actual, sino reflejar que son expresión de un momento histórico que no es el actual y, desgraciadamente, ¡ahí está la sorpresa!, algunas de estas sátiras burlescas son hoy todavía aplicables cuando entramos en la persecución de determinados tipos delictivos.

Pérez Fernández (4), al referirse a la justicia del siglo XVI ya su crítica en la literatura y en El Quijote, recuerda con Ganivet que «no hay pueblo cuya literatura ,ofrezca tan copiosa producción satírica encaminada a desacreditar a los administradores de la ley, en que se mire con más prevención a un Tribunal, en que se ayude menos a la acción de la justicia», siendo de todas estas sátiras literarias, quizás la más agria la de don Quijote, siquiera sea por el prestigio y autoridad de su autor y por la propia valía de sus razonamientos.

Dice Pérez Fernández que en don Quijote encontramos la crítica ilustrada, docta e inteligente; en boca de Sancho, la crítica es espontánea, popular y maliciosa.

«Sancho, genuina representación del sentir, de las inquietudes y prejuicios del pueblo, participa de la creencia, posiblemente fundada, de la incapacidad de los gobernantes, de su inmoralidad; de sus injusticias», «Haciéndose eco de las tamañas perversiones -sigue este autor-, defiende (Sancho) afanosamente la candidatura de su gobierno con plena conciencia de su incapacidad, "porque no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador" (Capítulo XXXII; 2)».

«Si no precisa la más elemental competencia para el gobierno que ambiciona, tampoco considera necesaria la más mínima moralidad: "de aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos con este mesmo deseo" (Capítulo XXXVI; 2).»

«A su esposa Teresa le escribe: "No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos como la de marras; pero no te dé pena, Teresa mía; que en salvo está el que repica, y todo saldrá en colada del gobierno" (Capítulo XXXVI; 2).»

«Se lamenta no haber tenido lugar de hacer cohechos y cobrar derechos. (Capítulo LV;'2»>

Se recuerda también que ese amargo sentimiento de recelo y desconfianza no debería estar en ocasiones falto de fundamento, como cuando se lee la queja que a las Cortes de 1570 elevan los procuradores de que las justicias de las ciudades y villas, inducidos y persuadidos por los escribanos que con ellos andaban a rondar por sus fines ilícitos, entraban de noche en casa de mujeres casadas y doncellas honestas, por algunas causas fingidas, las cohechaban y procuraban persuadirlas a tratos ilícitos.

Continúa Pérez Hernández: «Si todo el Quijote quiere significar una mordaz diatriba para la justicia del siglo XVI, hay párrafos en que esta idea domina con tintes más recargados. En el famoso discurso a los "cabreros", añorando don Quijote la edad de oro, entre otras razones porque "la justicia estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender, los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen", abiertamente denuncia que la ley del "encaje" aún no se había sentado en el entendimiento del juez porque entonces no había qué juzgar ni quién fuera juzgado».

«La falta de fe y confianza en la justicia se acusa en las propias palabras de Sancho, cuando al tropezar con los recitantes de la compañía de Angulo el Malo advierte a su señor: "Nunca se tome con farsantes que es gente favorecida; recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas"».

Pérez Hernández, no obstante, atribuye tan mordaces críticas, en parte a la imaginación literaria de Cervantes «que necesitaba un poco de sal y pimienta que pone en boca de sus personajes» (?), en parte al régimen real y señorial de la época que implicaba una dualidad jurisdiccional. En efecto, según este autor, «las donaciones de tierras otorgadas por los Reyes en favor de los nobles (seglares o eclesiásticos) de los primeros siglos de la Reconquista, llevaban aparejadas, por regla general, la facultad de juzgar a los habitantes de las tierras. El reconocimiento de estas particulares jurisdicciones aparece expresamente recogido en nuestra histórica legislación. El Fuero Juzgo, [as Leyes de Partidas, el Ordenamiento de Alcalá, las Ordenanzas Reales de Castilla y la Nueva Recopilación, después de formular la declaración de principios de que la justicia es prerrogativa de la Corona, admiten que puedan ejercerla también los señores y prelados, tanto en lo civil como en lo criminal, si bien han de mostrar el título o privilegio. Concretamente, la Partida 11, Título 1, Ley XII, disponía: "Los príncipes y demás grandes señores que expresa la Ley anterior (Duques, Condes o Marqueses, etc.) tienen en su territorio poder para hacer justicia, y todo lo demás perteneciente al señorío, con arreglo a las concesiones que se les hayan hecho o ala que por largo tiempo hayan usado"»

Siguiendo esta línea argumental, se explica que la jurisdicción es consecuencia del dominio que se ejerce sobre el territorio y con tal sentido patrimonial concebida se otorga a los señores de! mismo. Por otra parte, los señoríos responden a un mecanismo de la administración y gobierno de la comunidad en cuanto la presencia del Rey no puede llegar a todas partes y a todos los órdenes, pero el resultado de tal segregación no pudo ser más contraproducente para la esencia del poder real, por cuanto esa configuración en sus diversos órdenes, con sus fueros, señoríos y privilegios, sobrevive durante largo tiempo, y sobrevive, de una parte, por la resistencia de la nobleza a renunciar a esos privilegios tantos años mantenidos y de otra porque la propia debilidad de los monarcas hizo que se viera obligada la realeza a abdicar de prerrogativas propias en favor de la nobleza en la que se hallaba el poder económico.

Al igual que el Rey delegaba en los nobles, .estos últimos delegaban en los señores, surgiendo así el gobierno de los estados de los señores y de sus representantes, los gobernadores. De esta forma -se afirma-, si el gobernador del territorio puede ser «asalariado» del señor o partícipe en los beneficios que rinda el señorío, no es en manera alguna inaudito pensar en el arriendo de los estados. De ahí, concluye Pérez Hernández, «que la cesión de facultades, el mercantilismo de los cargos y funciones públicas, habría de provocar el desprestigio habida cuenta que, como es de suponer, no serían adjudicados siempre al mejor preparado o de más merecimiento, sino al mejor postor, y ese postor necesitaba cubrir sus posturas preferentemente económicas a costa de su actuación en todos los órdenes».

 

Contexto histórico del Siglo de Oro

 

Como es sabido, el Siglo de Oro es calificado como apogeo espiritual. Pierre Vilar (5) dice:

 

«El Siglo de Oro de la civilización española fue todo un proceso de florecimiento y no un estadillo brusco. El siglo XV lo preparó, mediante los progresos de la lengua, el desarrollo de los géneros literarios originales y los refinamientos del arte plateresco. Isabel recabó el concurso de sabios, favoreció la importación de libros de estudio y la imprenta, y dio a la universidad de Salamanca, con sus setenta cátedras, gran impulso renovador. Cisneros fundó la de Alcalá. Conocida es la difusión que tuvo la Prerreforma española y el humanismo de un Luis Vives. Y la Contrarreforma fue dirigida por espíritus elevados. Además, el universalismo católico no se expresó aquí, como en el clasicismo francés, por otras fórmulas universales tomadas del espíritu antiguo; el acento medieval, el acento nacional y el acento popular no dejan jamás de presentarse. Vivaz y diverso, el "Siglo de Oro" no sirve de expresión solamente a reducidas selecciones, sino a la sensibilidad general de la nación.»

 

Los historiadores destacan que el Siglo de Oro se sitúa en un período político y económico de la decadencia española. Después del reinado de los Reyes Católicos (1474-1516), de su nieto Carlos I de España y V de Alemania (1516-1556), de Felipe 11 (1556-1598) Y de Felipe 111 (1598­1621), el complejo reinado de Felipe IV (1621-1665), calificado de capital para la configuración del perfil histórico español, tuvo una brillante contrapartida en el extraordinario apogeo cultural con que culminó el llamado "Siglo de Oro»: fue la época de Lope, Góngora, Calderón, Quevedo; de Velásquez, Zurbarán, Ribera, Murillo. El esplendor literario y artístico coincidía con la decadencia política y militar y con el máximo hundimiento económico -cuando la cobertura naval era tan débil que las armadas de Indias estaban a merced de la codicia de los holandeses, franceses e ingleses, y el envilecimiento de la moneda y el agotamiento de las fuentes de producción convertían de hecho en colonia de los centros industriales de Europa a la exhausta monarquía española (6)-

 

El valor actual de la palabra

 

Pero a nosotros, como decía el poeta Blas de Otero en su poema "En el principio» (7), nos queda la palabra.

"Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sobras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.»

 

Nos queda la palabra. Aquella palabra que Paúl Eluard (8) escribe universalmente en s famoso poema «Liberté», cuyos versos finales reían:

«Et par le pouvoir d'un mot

Je recommence ma víe

Je suis né pour te connaítre

Pour te nommer

Liberté»

«Por el poder de un vocablo

Yo recomienzo mi vida

Sólo he nacido por verte

Por nombrarte

Libertad»

Y esa palabra (Libertad) es la que hay que escribir en una interpretación crítica de lo que está ocurriendo con nuestro Derecho penal, anclado en las postrimerías del siglo XX en los vicio denunciados con sagacidad en los siglos XVI y XVII. Un Derecho penal siervo de mucho condicionamientos sociales, económicos, culturales. Que primordialmente dirige su acción a lo más débiles. Que reprime lo que otras instancias públicas deberían evitar que emergiera desde un amplio concepto de solidaridad social. Un Derecho penal concebido modernamente como instrumento de tutela del libre ejercicio de derechos fundamentales y libertades públicas que paradójicamente, se convierte en un mecanismo de privación de libertad para los que y, carecen de ella realmente, al tiempo que distrae su atención de aquellos que también esclavo (pero atados a otras cadenas materiales) ansían la perpetuación de las actuales servidumbre sociales y económicas en garantía de su insolidario beneficio. Un Derecho penal que peligrosamente puede aproximarse a la decadencia de la libertad de la mayoría en lugar di protegerla frente a la otra libertad de la minoría, que preside la actividad delincuencia económica, la peor del sistema.

Veamos, pues, algunos de estos textos y comentemos con posterioridad sus interesante mensajes.

 

Versos satíricos de Góngora sobre la desigualdad de trato penal entre los delincuentes pobres y los ricos (9)

 

 «Da bienes Fortuna (10)

que no están escritos:

cuando pitos flautas

cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas

se suelen seguir en el repartir

honras y haciendas!

A unos das encomiendas,

a otros sambenitos.

Cuando pitos flautas,

cuando flautas pitos.

A veces despoja

de choza y apero

al mayor cabrero:

y a quien antoja

la cabra más coja

pare dos cabritos.

Cuando pitos flautas

cuando flautas pitos.

En gustos de amores

suele traer bonanza

y en breve mudanza

los vuelve en dolores.

No da a uno favores

y a otro infinitos.

Cuando pitos flautas,

cuando flautas pitos.

Porque en un aldea

un pobre mancebo

hurtó sólo un huevo,

al sol bambolea

y otro se pasea

con cien mil delitos.

Cuando pitos flautas,

cuando flautas pitos.»

 

Ante el tópico anodino de la Fortuna o Suerte, que determina el descubrimiento del delito y aprehensión del delincuente, sea quien sea, Góngora satiriza entre la suerte del pobre mancebo que hurta un solo huevo, el cual al sol bambolea (pena de horca) y otros con cien mil delitos (poderosos) que se pasean, en la más absoluta impunidad. ¿Será algo más que Fortuna o la Suerte lo que distingue un delito de los otros cien mil? ¿Tan mala suerte tiene pobre mancebo? o, tal vez, ¿será que a unos se les persigue y castiga mientras que frente a otros la justicia se inhibe impotente? ¿Cómo era la justicia del Siglo de Oro, para merecer esta sátira? ¿Está la justicia del siglo XX en España en condiciones de rechazar esta sátira?

 

El Derecho penal económico del siglo XX. Un esfuerzo por la igualdad de trato: su simbolismo. Construcciones teóricas y limitaciones prácticas. La doctrina alemana y el frustrado proyecto de la Ley Orgánica del nuevo Código Penal español de la democracia: esquema

 

Tiedemann (11), al referirse a los aspectos procesales de los procedimientos por delit económicos en nuestra época, dice:

«Los procedimientos por delitos económicos chocan frecuentemente con obstáculos que a menudo se acumulan y llevan consigo directamente a la paralización de la administración de justicia. En definitiva, lo que antecede puede formularse en pocas palabras: gran complejidad de los hechos, dificultades económicas y jurídicas de la materia, ausencia de expertos apropiados, insuficiencia de asistencia judicial en las relaciones internacionales.»

Este autor relata cómo se ha acometido la problemática en Alemania: especialización de fiscalías y tribunales; normas procesales especiales tales como restricción del principio de legalidad en la persecución penal para limitar el inmenso material fáctico a través de la concentración en una parte de los hechos; aumento de las competencias de las fiscalías en las diligencias previas; prolongación de los plazos, por ejemplo, para la suspensión del juicio oral así como para la prescripción general de la persecución y restricción del principio de inmediatez en el juicio oral para la prueba documental, que ya no requiere la lectura completa, y, por último, la posibilidad de acuerdos entre defensor y fiscal en orden a la pena, que permita confesiones de los acusados.

En la visión global del Derecho penal económico que realiza  Tiedemann da cuenta de la ampliación del concepto en los siguientes términos:

«Hasta hace pocas décadas la opinión dominante (no únicamente en Alemania) entendía por Derecho penal económico sólo aquella parte del Derecho penal que reforzaba con la intimidación penal el Derecho económico administrativo, es decir, el derecho de dirección y control estatal de la economía. Esto implica una reducida materia especial fuera del Código penal. Hoy en Alemania se entiende el Derecho penal económico en un sentido más amplio, como consecuencia del progreso del Derecho económico hacia una disciplina autónoma ampliamente separada del derecho administrativo: la defraudación fiscal y el fraude de subvenciones, los delitos de y contra las instituciones bancarias y los seguros privados así como los delitos contra la Seguridad Social son considerados como delitos económicos, así como también la quiebra fraudulenta, la falsificación de balances, la adulteración de alimentos y vino, la competencia desleal y las contravenciones del comercio exterior como, por ejemplo, las infracciones de las órdenes de embargo para exportar armas a zonas en crisis.»

También este autor, al referirse a la determinación de los bienes jurídicos sociales y colectivos protegidos por el Derecho penal económico y sistematizarlos, distingue dos grandes grupos: comercio exterior o economía interior. "Dentro de la economía interior -dice Tiedemann- puede después referirse a si se trata de la relación del operador económico con el Estado y sus bienes jurídicos así como de las medidas estatales de ordenación económica o de la relación del operador económico del orden privado, es decir, con otras personas físicas o jurídicas privadas y con instituciones del tráfico económico. Para esta última relación construye el Derecho un cuadro de normas económicas consistentes en la institucionalización de la competencia o en el sometimiento de la actividad a la vigilancia o autorizaciones administrativas (en Alemania sobre todo en los sectores de la energía, transporte, seguros y crédito). También se regula mediante tipos penales la concesión de licencias a las empresas para operar en el tráfico económico y su clausura, a lo que afectan el fraude en la fundación de las empresas, los fraudes crediticios y de inversión para captar dinero especialmente en el período de fundación ("nacimiento") de la empresa y en el de quiebra ("defunción") de la empresa. La actividad económica ("vida de la empresa") por el contrario queda más o menos libre en gran parte de la regulación jurídico-económica y encuentra su límite legal únicamente en las prohibiciones penales comunes del fraude, la corrupción, la intimidación y el abuso de situaciones de necesidad, es decir, en los tipos penales de la estafa, el cohecho, la coacción y la usura.

Por otro lado, las normas extra-penales de la protección del medio ambiente y del trabajo, incluida la Seguridad Social, se preocupan sobre todo del cumplimiento de ciertas condiciones mínimas y, para asegurar su efectividad, establecen penas y multas. Finalmente tienen relevancia penal, en tanto medios neutrales al sistema político-económico, instrumentos del tráfico económico como las ya mencionadas instituciones de la contabilidad y el balance, el cambio, los cheques y otros medios de pago no en metálico así como, por último, los sistemas informáticos en la economía y la administración.»

Por último,  Tiedemann abunda en estos planteamientos refiriéndose al orden económico supranacional de las Comunidades Europeas, al tráfico económico nacional con el exterior (exportación e importación de mercancías y divisas), a la Hacienda Pública (delitos contra la Hacienda Pública y el contrabando), precios fijos y usura (defensa del consumidor) y el marco político-económico de la actividad empresarial (competencia, creación y liquidación de empresas, la Bolsa, delitos contra el medio ambiente, protección de la seguridad en el trabajo, protección de los consumidores, instrumentos de la actividad mercat1til -balances, libros cheques, procedimientos informáticos).

En España, el frustrado Proyecto de Ley Orgánica de Código Penal de 23 de septiembre de 1992 dedicaba el Título XII a los delitos contra el patrimonio y contra el orden socioeconómico recogiendo en su contenido los siguientes capítulos:             .

 

I.- De los hurtos.

11. - De los robos.

111.- De la extorsión.

IV.- De robo y hurto de vehículo de motor.

V.- De la usurpación.

VI.- De las defraudaciones.

VIl.- De las insolvencias punibles.

VIII.- De la alteración de los precios en concursos y subastas públicas.

IX.- De los préstamos y negocios abusivos.

X.- De los daños.

XI.- Disposiciones comunes a capítulos anteriores.

XII.- De los delitos relativos a la propiedad industrial, al mercado y a los consumidores

XIII.- De la sustracción de cosa propia a su utilidad social o cultural.

XIV.- De los delitos contra los derechos de los trabajadores.

XV.- De los delitos societarios.

XVI.- De la receptación y del blanqueo del dinero.

 

Sorprendentemente no se incluían en su inicio los delitos contra la Hacienda Pública. Aunque parezca muy alejada la sátira de Góngora, aquellos que hoy cometen «los cien mil delitos» difícilmente tienen el mismo tratamiento penal que los que «hurtan un solo huevo», siendo escasísimas las condenas por este tipo de delincuencia donde está detrás el poder malversado, el poder no al servicio del pueblo sino al de intereses privados, de raíz insolidaria e individualista. Bastaría que todos repasásemos los repertorios de jurisprudencia para damos cuenta de este fenómeno. Verbí gratía, sorprenden las escasísimas condenas por delitos contra el medio ambiente, por delitos contra los derechos de los trabajadores (contra la libertad y seguridad en el trabajo), por delitos contra la Hacienda Pública (12).

 

La sátira quevediana al poderosos caballero “don dinero” como (13) factor discriminatorio en la ejecución de la pena privativa de libertad

 

(...) La mayor legalidad,

si el preso tiene dinero,

salvadera hace el tintero,

salvando su libertad;

que mentira es la verdad

del que es litigante pobre;

gato, aun con tripas de cobre,

no hará gato que no venza;

¡tenga vergüenza!» (1624).

 

Dice Robert Jammes que gato se refiere a «ladrón» o «escribano», que no sea vencido por un gato (bolsa). La asociación de ideas «gato», «ladrón» y «escribano» era corriente: «Estando predicando en la Iglesia de San Salvador a la fiesta que hace la Congregación de Escribanos, echó algún entretenido un gato por la media naranja. Alborotase el auditorio, y e predicador dijo: No se alteren, déjenlo bajar, que es un cofrade que ha llegado algo tarde» (Francisco De Asensio, Floresta española y hermoso ramillete de agudezas, III,4).

 

La pena de prisión en los delitos económicos

 

Con independencia de la teoría que se sostenga sobre la pena de privación de libertad en e amplio debate sobre la misma -retribución: escuela clásica (Carrara); prevención especial tendencia correccionalista (Dorado Montero); medio de defensa social y prevención general escuela positiva (Lombroso, Ferri y Garofalo); reinserción, etc… (14), en el que no queremos entrar, es evidente que para determinados sujetos sociales, los especialmente insolidarios, la pena privativa de libertad y su ejecución con el común de los reclusos supone un efecto de prevención digno de tener en cuenta y no ser despreciado.

La cárcel, lugar de marginados y de marginación, aparece así como medida igualitaria que determina, al menos en primera instancia y sin perjuicio de su propia dinámica' interné discriminatoria, un efecto homogeneizador en la respuesta del Derecho penal para la_ infracciones de más grave desvalor social.

Es cierto, como recuerda Pavarini (15), que corren aires de búsqueda de medidas alternativa_ a la prisión, y que puede ser una ingenuidad por nuestra parte reivindicar la pena de privación de libertad para los delincuentes económicos. Pero no podemos dejar de constatar lE coincidencia del fenómeno de la suavización punitiva con medidas alternativas a la prisión con lE pretensión de un incremento en la persecución de los delincuentes económicos. Y esa coincidencia, desde nuestro punto de vista, es preocupante, ya que muchas de las medidas alternativas acaban abocando a un problema de recursos económicos que, hábilmente, Góngora y Quevedo ya satirizaban en el siglo XVII.

  

EL INGENIO SATÍRICO DE QUEVEDO Y EL PRINCIPIO DE IGUALDAD EN LA APLICACIÓN DE LA LEY PENAL

 

Según González de Salas (16), el soneto que se reproduce a continuación es imitación de Juvenal, sát. 13 y de Séneca, epist. 87.

 Un delito igual se reputa desigual

si son diferentes los sujetos que le cometen,

y aún los delitos desiguales.

Si de un delito proprio es precio en Lido (17)

la horca, y en Menandro la diadema,

¿quién pretendes, ¡oh Júpiter!, que tema

el rayo a las maldades prometido?

Cuando fueras un robre endurecido,

y no del cielo majestad suprema,

gritarás, tronco, a la injusticia extrema,

y, dios de mármol, dieras un gemido.

Sacrilegios pequeños se castigan;

los grandes en los triunfos se coronan,

y tienen por blasón que se los digan.

Uno robó una choza, y le aprisionan;

Menandro un reino, y su maldad obligan

con nuevas dignidades que le abonan.

 

La expresividad del soneto y su claro mensaje nos permite reiterar las ideas ya expuestas con anterioridad en relación con las letrillas de Góngora, ya que en este soneto se repiten las mismas consideraciones sobre la desigualdad de trato en la aplicación de la ley penal en función a «un huevo» o "cien mil delitos» (Góngora) o "un sacrilegio pequeño» y los grandes, o «la choza» y «un reino», o la horca de pena para Lido por el mismo delito que para Menandro se le da una diadema (Quevedo). Pero Quevedo no sólo se quedó en denunciar estas desigualdades, sino que también en el soneto "A un Juez mercadería» (18) realiza una crítica corrosiva de la corrupción judicial de la época que, por fortuna, no puede extenderse a la actualidad con carácter de generalidad, como sí hemos entendido se extiende la persecución de la delincuencia económica frente a la común.

 

Conclusiones

 

¿Qué hacer ante este panorama de inexistencia de política criminal decidida contra la delincuencia económica? Siguiendo a Góngora cabe adoptar una posición abstencionista del tenor expresado en los versos "Andeme yo caliente y ríase la gente» (1581), cuando dice: 

Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y las mañanas de invierno

naranjada y agua ardiente,

y ríase la gente.

 

Pero pensamos que nuestra profesión, en palabras de Quevedo (19), «...es fiscal Verdad, que siempre vive», Y la defensa de la Verdad y la Libertad nos obliga, siguiendo también a Quevedo, a decir que:

 

No he de callar, por más que con el dedo,

ya tocando la boca, o ya la frente,

silencio avises, o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,

puede hablar el ingenio, asegurado

de que mayor poder le atemorice.

En otros siglos pudo ser pecado

severo estudio y la verdad desnuda,

y romper el silencio el bien hablado.

Pues sepa el que lo niega, y quien lo duda,

que es lengua la verdad de Dios severo,

y la lengua de Dios nunca fue muda. (20)

El Ministerio Fiscal no puede quedar pasivo ante esta situación. En cumplimiento de su misión constitucional el Fiscal, aunque los Gobiernos no den instrucciones de política criminal explícitas contra la delincuencia económica, debe consumir parte de sus esfuerzos en esa dirección, porque con ello seremos más solidarios y nos ajustaremos más al interés social que debemos de defender ante los Tribunales. En esa línea, como dijo en una ocasión Antonio Carretero (21) refiriéndose a los jueces, en una reflexión perfectamente trasladable a los fiscales, «los jueces nunca han sido independientes del todo, ni falta que hace. Ya he intentado explicar alguna vez que los jueces no pueden ser independientes de las leyes democráticas, ni de los esfuerzos de la Humanidad en su larguísima lucha por la libertad, la igualdad y la solidaridad. En principio deben ser un firme apoyo del eterno combate contra tantas y tan variadas injusticias y tiranías manifiestas, visibles, cotidianas y vecinas. Pero han sido, por el contrario, apoyo firme de la perpetración de tales barbaridades, salvo alguna excepción que, como todas, confirmaba la regla. Así han transitado por la literatura universal».

En este pequeño estudio hemos visto algunos textos de la lírica satírica burlesca del Siglo de Oro sobre las desigualdades del Derecho penal. Hemos reflexionado sobre las desigualdades de nuestro Derecho penal contemporáneo en la persecución de la delincuencia económica. Es hora de preguntarse: ¿seguiremos transitando por la literatura universal como reflejan los poetas del Siglo de Oro o progresaremos y aunaremos nuestros esfuerzos con los de la Humanidad en su larguísima lucha por la libertad, la igualdad y la solidaridad?

 

EPÍLOGO: ¿Y QUÉ ES LA JUSTICIA? DE LEÓN FELIPE (1838)

 

Cuando terminé este trabajo, al releer a otro gran poeta, ya contemporáneo nuestro, como es León Felipe, encontré este mensaje escrito en 1938, que no he podido resistir la tentación de reproducir como epílogo, porque está en el sentido de todo lo expuesto, resaltando el valor de la palabra y con referencias también a nuestro Siglo de Oro a través de Cervantes y su universal Quijote:

«Los personajes se escapan de los libros y van a buscar el autor. El clown se escapa de la pista y va a buscar al empresario; el hombre se escapa de la vida y va a encararse con los dioses. Porque hay un momento en que es preciso determinar bien nuestra posición en este mundo, como el marinero en el mar, y conocer adónde vamos. Tal vez nos hemos perdido. Sabemos que los dioses se duermen. Que a veces es necesario despertarles... y blasfemar si no responden.

Porque esto no puede ser eterno. Y hay que preguntar una vez... El clown, el hombre, tiene que preguntar una vez:' Esta pantomima sangrienta y desgarrada, este truco monstruoso y despiadado que está aquí ahora en la picota del escarnio... ¿Para qué? ¿Qué significa? ¿Adónde vamos? ¿Adónde nos lleva todo esto? ¿A la justicia? Pero ¿qué es la justicia? ¿Existe la justicia? Si no existe ¿para qué está aquí Don Quijote? Y si existe ¿la justicia es esto? ¿Un truco de pisté3,? ¿Un número de circo? ¿Un pim-pam-pum de feria? ¿Un vocablo gracioso para distraer a los hombres y a los dioses? Respondedme..: Respondedme. Que me conteste alguien... ¿Qué es la justicia? Silencio... Silencio.

iOtra vez el silencio!

Una última pregunta: ¿No hay estrellas lejanas? ¿El hombre no camina más allá de sus gusanos? ¿La gallina se come al gusano, yo me como a la gallina, y mi carne es la vianda del gusano? ¿La justicia no es más que este mecanismo? ¿No es más que este engranaje de noria? ¿Voracidad, voracidad organizada en una cadena sin fin? ¿Un puesto fijo en este carrusel de mandíbulas abiertas?.. ¿Qué es la Justicia?.. ¿Nadie responde? ¿Ni una voz? ¿Ni un signo? ¿Qué es la Justicia?

Cuando Don Quijote pronunció por primera vez la palabra justicia en el Campo de Montie!... sonó en la llanura manchega una carcajada estrepitosa que ha venido rodando de siglo en siglo por la tierra, por el mar y por el viento hasta clavarse en la garganta de todos los hombres con una mueca cínica y metálica. ¡Ja, ja, ja! ¡Reíos!... ¡Reíos todos! Que la justicia no es más que una risa grotesca. ¡Ja, ja, ja!

Pero el payaso se yergue y se vuelve contra el empresario, contra los hombres y los dioses gritando:

¡Basta! ¡Basta ya! ¡Basta ya de risas! ¡Que no se ría nadie! ¡Que no se ría nadie!

Mi sangre de clown vale tanto como la sangre de los cristos. ¡Yo no soy un payaso! ¡Yo soy Prometeo! Vengo de la casta de los viejos redentores del mundo, y he dado mi sangre, no para hacer reír a los dioses y a los hombres sino para fecundar el yermo.

¿Entendéis ahora? Don Quijote es el poeta prometeico que se escapa de su crónica y entra en la Historia hecho símbolo y carne, vestido de payaso y gritando por todos los caminos: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!... Sólo la risa del mundo, abierta y rota como un trueno, le responde.

¡Oh, paradoja monstruosa! Todas las voces de la Tierra, zumbando en coro, haciendo rueda en los oídos de ese pobre payaso, del gran defensor de la justicia, con este estribillo de matraca: ¡No hay justicia!... ¡No hay justicia... no hay justicia!... ¡Ja... ja... ja!

Yo no sé si es esta la hora de que hablen los dioses... pero el momento actual de-la Historia es tan dramático, el sarcasmo es tan grande, la broma tan sangrienta... y el hombre tan vil... que el Poeta prometeico... el payaso de las bofetadas... se yergue... rompe sus andrajos grotescos de farándula, se escapa de la pista, se mete por la puerta falsa de la gran asamblea donde los raposos y los mercaderes del Mundo dirigen los destinos del Hombre... y pide la palabra.»

(Del libro El payaso de las bofetadas..., Habana-México, 1938).

 

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(1) Véase Althusser, «Sobre el concepto de ideología», Polémica sobre marxismo y humanismo, Siglo XXI, México, 1993, págs. 183 a 186. Según este autor, «las ideologías contienen elementos de conocimiento de la realidad, pero éstos se encuentran siempre integrados por un sistema global de representaciones que, por principio, es un sistema deformado y falseado de la realidad».

(2) En la bibliografía jurídica sobre obras de literatura del Siglo de Oro, el Magistrado Pérez Hernández, J., publicó en 1965 un libro con el título Ensayo humano y jurídico de El Quijote, Madrid, en donde se hacen referencias bibliográficas sobre la obra de Cervantes, pero no de otros escritores; en concreto se refiere a: Martín Gamero, A., Jurispericia de Cervantes; Alcalá Zamora, Niceto, El pensamiento de El Quijote visto por un abogado, Buenos Aires; Castro Dassen, Horacio N., El derecho en Don Quijote, Buenos Aires; Carreras y Artau,  Tomás, La filosofía del Derecho en Don Quijote, Gerona, 1903; Pons y Umbert, El ideal de la justicia de Don Quijote de la Mancha; De Benito, Lorenzo, El sentimiento de la justicia de Don Quijote de la Mancha, Madrid, 1922; Ruiz Giménez, Joaquín, Imagen del hombre e idea de la Justicia en la España de siglo XVI; Alcántara Sampelayo, José, La Justicia en la Mancha, 1964; León Baradian, ../osé, Consideraciones jurídicas sobre El Quijote; De Buen, Demófilo, «La justicia de Don Quijote y Sancho», en Revista Universidad, Panamá, 1947; Castro Dassen, Horacio, El Derecho de Don Quijote; De la Plaza Navarro, Manuel, Idea de la Justicia en El Quijote, 1947.

(3) Góngora, respondiendo a un ataque a sus Soledades por su «oscuridad» en el lenguaje, dice: «(La oscuridad) da causa a que, vacilando el entendimiento en fuerza de discurso, trabajándole (pues crece con cualquier acto de valor), alcance lo que así en la lectura superficial de sus versos no pudo entender: luego hace de confesar que tiene utilidad avivar el ingenio, y eso nació de la oscuridad del poeta... Esta poesía: si entendida para los doctos, causarme ha de autoridad, siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección y alteza de la latina... Demás que honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que ésa es la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego: pues no se han de dar las piedras preciosas a los animales de cerda». Ver Martín de Riquer y Valverde, José María, Historia de la Literatura Universal, Vol. 5, «Reforma, contrarreforma y barroco». Por lo que respecta a Quevedo, Valverde, en la obra citada (págs. 348 y 349), dice: <l... la soberanía de Quevedo sobre el lenguaje es absolutamente excepcional en su época: muchas de sus expresiones e invenciones han quedado a medio apreciar hasta el siglo XX, cuando, gracias a la poesía "vanguardista", la imaginación y la elasticidad del sentido lingüístico han dado de sí lo suficiente como para disfrutarlo adecuadamente (y, por cierto, con algún retraso respecto a la valoración de Góngora, por causa de la difícil hondura cerebral de las "gracias" quevedianas». Por otra parte, cabe recordar que los dos grandes poetas mantenían una animosidad personal y poética bien conocida. Recuérdese el soneto que le dedica Quevedo a Góngora cuando le dice:

«Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla,

perro de los ingenios de Castilla,

docto en pullas, cual mozo de camino.

Apenas hombre, sacerdote indino,

que aprendiste sin christus la cartilla;

chocarrero de Córdoba y Sevilla,

y en la Corte, bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo sólo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aún no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;

aunque aquesto de escribas se te pega,

por tener de sayón la rebeldía.»

José Manuel Blecua, en la edición crítica de los Poemas escogidos de Quevedo Clásicos Castalia, Madrid, 1974, pág. 340, donde se recoge este soneto, aclara que éste, por el verso 9, alude claramente al de Góngora que comienza «Anacreonte español, no hay quien os tope» de hacia 1609.

(4) Ensayo humano y jurídico de El Quijote, cit., pág. 111. Para una consulta más rigurosa, desde el punto de vista jurídico, véase García-Gallo, Alfonso, Manual de Historia del Derecho Español, Madrid, 1982.

(5) En su libro Historia de España, Librairie Espagnole, París, 1975, pág. 57.

(6) Véase Nueva Enciclopedia Larousse, Vol. 7, pág. 3534. Se recuerda en esta época la influencia del Conde-Duque de Olivares y la larga crisis de la guerra europea de los Treinta Años, que acabó por agotar el país.           .

(7) De su libro Con la inmensa mayoría (Pido la paz y la palabra), Losada, Buenos Aires, 1960.

(8) En su libro Le livre ouvert 11, (1941).

­(9) Estos versos se encuentran entre las Letrillas satíricas (año 1581). Como dice Robert Jammes, en su edición crítica de las Letrillas de Góngora, Ed. Clásicos Castalia, Madrid, 1980, si bien no hay acuerdo entre los críticos acerca del concepto de «Letrilla», el Diccionario de la Real Academia, la define como «composición poética, amorosa, festiva o satírica, que se divide en estrofas, al fin de cada una de las cuales se repite ordinariamente como estribillo el pensamiento o concepto general de la composición, expresado con brevedad". Robert Jammes afirma que también deben incluirse las letrillas sacras, frente a la opinión de  Tomás Navarro Tomás, que las define como «composición octosílaba o hexasílaba, de asunto ligero o satírico, en forma de villancico o de romance con estribillo» (Métrica española, pág. 530).

(10) En nota a pie de página de su edición crítica referida Robert Jammes afirma que el tema de la Fortuna es tradicional en toda la poesía de la Edad Media, pero actualizado y transferido a un nivel más humilde y cotidiano: el pretendiente, la Inquisición, el cabrero, el ladronzuelo... Actitud constante de Góngora, que así consigue dar un alcance moderno y, a veces, subversivo a lo que se había transformado en tópico anodino» (ob. cit., pág. 59).

(11) Ver su libro Lecciones de Derecho Penal Económico (comunitario, español, alemán), PPU, Barcelona, 1993, pág. 28.

(12) Verbi gratia, fa relación de sentencias de la Sala Segunda del Tribunal Supremo sobre delitos contra la Hacienda Pública desde 1977 hasta la fecha sólo es de las siguientes diecinueve sentencias, en un período de quince años: sentencias de 29 de junio de 1985 (Ar. 3087), 12 de marzo de 1986 (Ar. 1462), 12 de mayo de 1986 (Ar. 2449), 24 de diciembre de 1986 (Ar. 7990), 2 de marzo de 1988 (Ar. 1520), 20 de septiembre de 1990 (Ar. 7197), 25 de septiembre de 1990 (Ar. 7238), 26 de noviembre de 1990 (Ar. 9165), 27 de diciembre de 1990

(Ar. 5209), 30 de enero de 1991 (Ar. 469),9 de febrero de 1991 (Ar. 5210), 28 de junio de 1991 (Ar. 7590), 5 de noviembre de 1991 (Ar. 7948), 20 de noviembre de 1991 (Ar. 8338), 3 de diciembre de 1991 (Ar. 8964), 23 de diciembre de 1991 (Ar. 9728), 12 de marzo de 1992 (Ar. 2078), 31 de octubre de 1992 (Ar. 8629) y 9 de marzo de 1993.

(11) Recogemos aquí la conocida letrilla satírica de Quevedo "Poderoso caballero/es Don Dinero». Véase que en esa sátira existe una estrofa dedicada a los jueces cuando dice:

«Por importar en los tratos

y dar tan buenos consejos,

en las casas de los viejos

gatos le guardan de gatos.

y pues él rompe recatos

y ablanda, al juez más severo,

poderoso caballero

es don Dinero.»

Véase la explicación dada al término «gatos» en el mismo texto. Quevedo incide en esta misma cuestión en la letrilla satírica «La palabra, el dinero», al decir:

¿Quién los jueces con pasión,

sin ser ungüento, hace humanos,

pues untándolos las manos

los ablanda el corazón?

¿Quién gasta su opílación

con oro y no con acero?

El dinero.

Véase Quevedo, Poemas escogidos, edición de José Manuel Blecua, Clásicos Castalia, Madrid, 1973, pág. 220.

(14) Al margen de la numerosa bibliografía sobre la teoría de la pena, vide síntesis en el Compendio de Derecho Penal español, de Del Rosal y Rodríguez Ramos, Darro, Madrid, 1974, págs. 285 y ss.

(15) «¿Menos cárcel y más medidas alternativas? La vía italiana a la limitación de la cárcel reconsiderada sobre la base de la experiencia histórica y comparada», Universidad de Bolonia, Ponencia presentada en Jornadas sobre cumplimiento de la pena, Lleida, 1 y 2 de marzo de 1991, organizadas por la Asociación Catalana de Juristas Demócratas, Jueces para la Democracia y Unión Progresista de Fiscales. Publicado por Asociación Catalana de Juristas Demócratas en Política penitenciaría y doctrina oficial (La intolerable resistencia a la crítica), Barcelona, 1993.

(16) Recogido por José Manuel Blecua, en la edición crítica de los Poemas escogidos de Quevedo, citada.

(17) «Delito proprio»: delito igual; «precio»: premio.

(18) El soneto «A un Juez mercadería» dice así:

«Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,

menos bien las estudias que las vendes;

lo que te compran solamente entiendes;

más que Jasón te agrada el vellocino.

El humano derecho y el divino,

cuando lo interpretas, los ofendes,

y al compás que la encoges o la extiendes,

tu mano para el fallo se previno.

No sabes escuchar ruegos baratos,

y sólo quien te da te quita las dudas;

no te gobiernan textos sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas,

o lávate las manos con Pilatos,

o, con la bolsa, ahórcate con Judas.»

José Manuel Blecua, en la edición crítica citada, pág. 96, indica que al referir vellocino alude a la conocida expedición de Jasón y los Argonautas en busca del vellocino oro. También indica la alusión al cohecho, extendiendo y encogiendo la mano. Por último manifiesta que era obsesiva la animadversión de Quevedo contra jueces, letrados y escribanos.

(19) Poema «Abomina el abuso de la gala en los disciplinantes», 1 paso, el de Semana Santa.

(20) Poema «Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos escrita a Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, en su valimiento».

(21) "Un caudal de sangre jacobina», en Jueces para la Democracia. núm. 8, diciembre 1989

                                

 

 

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado


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