Antonio García Megía y Mª Dolores Mira y Gómez de Mercado, responsables de esta sección,  son Maestros, Diplomados en Geografía e Historia, Licenciados en Filosofía y Letras y Doctores en Filología Hispánica

ç

 

 

Los cuatro magos

Carlos Daniel Carmona del Pino

13 años - IES Azcona - Almería

 

 

Contacta con el autor

 

 

 

CAPÍTULO I

 

Estábamos en el bosque de las afueras de Utharot, era una noche fría de invierno, lluviosa, en la que no se veía a más de dos metros por culpa de la neblina blanca y espesa que había, cuando el maestro Peitus el sabio notó que algo o alguien nos observaba.

- Hace mucho frío esta noche, ¿verdad? –dijo el maestro Peitus-. Allí hay una cueva, en ella estaremos a salvo por esta noche y no estaremos descansando a la intemperie. Adelantaos vosotros e id encendiendo un fuego mientras yo cojo algunas de estas setas para cenar.

- Si, maestro –exclamamos los tres a la vez-.

Nosotros, en aquel entonces, éramos sólo tres jóvenes elfos de cien años no muy acostumbrados a vivir en el bosque, por lo que nos costó bastante encender el fuego.

Yo me llamo Tyrion, el segundo de nosotros es Teclis, mi hermano mellizo, y el tercero es Tezm un amigo que conocemos desde que íbamos a la escuela de la “Torre Blanca”, pero de eso hace ya veinticinco años. Peitus era un poderoso mago elfo que se encargaba de enseñarnos todo lo que teníamos que saber sobre la magia, algunas técnicas de guerra y la supervivencia en los bosques puesto que habíamos vivido toda nuestra vida en Utharot “La Gran Ciudad Blanca” y no habíamos tenido instrucción alguna sobre estos aspectos.

Cuando Peitus llegó a la cueva teníamos ya el fuego encendido.

-¿Ya habéis encendido el fuego?-preguntó el gran mago-. Esta vez lo habéis hecho bastante rápido, ¿habéis usado magia para encenderlo?

-No –respondió Teclis-. Aunque eso no quiere decir que no lo intentásemos maestro.

Tezm y yo también asentimos con la cabeza.

-Pues va siendo ya hora que hagáis útiles estos dos años que os llevo enseñando magia. Bueno da igual, hagamos estas setas para cenar y descansemos.

Cuando terminamos de cenar Teclis se durmió el primero y después de un largo rato hablando nos dormimos Tezm y yo, pero Peitus…, el no se dormía, parecía inquieto, como esperando algo.

A media noche me desperté al notar que el frío de la oscura noche.

-Teclis y Temz siguen dormidos, voy a encender el fuego, –pensé- esta noche hace mucho frío.

-No lo enciendas –dijo una voz en mi cabeza-. Es mejor que no sepa que estamos aquí, me parece que lo hemos perdido pero no estoy seguro, debe de ser un Aurth ya que no puedo saber lo que piensa.

-¿Quién eres? –pregunté en voz baja-. Parece la voz del maestro –pensé-. ¿Maestro sois vos?

-Si –retumbó otra vez en mi cabeza-.

-¿Por qué os oigo como si fueseis una voz en mi interior?, ¿y que es un Aurth? –pregunté-.

-¡Ay, joven Tyrion!, ¿subestimas todavía mis poderes con el tiempo que llevo instruyéndote en las artes mágicas? –dijo el mago todavía dentro de mi cabeza-.

Sabes perfectamente que cualquier mago la mitad de poderoso que yo puede saber lo que piensas si se le antoja, y que sólo los magos más poderosos pueden ocultar sus pensamientos.

-Si maestro, no pensé en eso –susurré mientras salía fuera-. Pero le vuelvo a preguntar, ¿qué es un Aurth?

-Los Aurth son poderosas criaturas que se transforman en cualquier ser u objeto, pueden  ocultar lo que piensan, por eso no se sabe nunca de que lado están.       

-¿Ha oído eso?, parece que hay algo detrás de esos árboles.

-Si, despierta a Tezm y a Teclis y diles que no hagan ruido –susurró-. Que cojan sus puñales y no hagan nada hasta que yo de la señal. Tú toma el tuyo y ven conmigo.   

-Si maestro, pero, ¿qué haremos si ese Aurth nos ataca?

-No lo sé, pero seguro que se me ocurre algo –dijo-. Date prisa, vamos.

-Voy.

 Cuando desperté a mi hermano y a Tezm oímos a Peitus dar un grito:

-¡Sal de ahí, Aurth sabemos que nos estás acechando!

 Se oyó un rugido y corrimos hacia afuera.

-¡Maestro! ¿Qué pasa? –gritamos angustiados los tres cuando vimos que algo salía al descubierto.

-¡Petrum solidum! –gritó apuntando con su gran bastón a la criatura.

 Un enorme destello blanco y brillante iluminó el bosque dejando a la criatura totalmente paralizada, como de piedra. Era la primera vez que veíamos al gran mago usar magia, por eso nos quedamos embobados, como memorizando y apuntando todo en nuestra cabeza para realizar el hechizo más adelante. De repente, el mago quedó paralizado.

-¡Esto no es un Aurth, es un maldito lobo hambriento! –exclamó muy sorprendido- ¡Me he equivocado!. Ya se lo que ha pasado, los lobos son animales irracionales que cazan por instinto, por eso no he podido saber lo que piensa.

-Si, sin duda sois el gran mago Peitus –escuchamos una voz a nuestra izquierda- Sois poderoso y sabio por lo que he observado.

-Si, Peitus soy yo, pero ¿quién eres tu?. Espera, no me lo digas, eres un enviado del rey.

-Exacto, me llamo Kamd y soy uno de los protectores del rey de Utharot “La Gran Ciudad Blanca” –respondió con orgullo, cosa nada extraña porque  los elfos estamos muy orgullosos de nuestra bella ciudad-. Vengo a informaos que el rey quiere contar con  vuestra presencia en la gran ciudad.

-¿Con la de los tres jóvenes también?

-Si, a ellos es a los que más deseos tiene de ver.

-¡Vaya!, parece que el rey está muy ansioso por conoceos –nos dijo-, debéis estar muy orgullosos de vosotros mismos.

-¡Estamos deseosos de conocer al rey! ¿Cuándo partiremos? –preguntó ansioso Tezm-. Quiero volver a ver mi ciudad, llevo ya bastante tiempo fuera de ella.

-Ahora mismo si lo deseáis, puesto que el amanecer está aquí mismo. Yo os acompañaré en este viaje por orden del monarca –exclamó Kamd-. Pero, ¡vamos a la ciudad!, ¡el rey nos espera!      

 

CAPÍTULO II

 

Amaneció una mañana nubosa, oscura, que, comparada con la del día anterior deprimía. Se notaba que iba  a ser un día lluvioso y duro para viajar a pie.

- ¡Vamos! –dijo Kamd enérgicamente para que nos levantásemos.

- Tenéis que vestíos y desayunar rápido –exclamó Peitus de la misma manera-. Nos espera un largo viaje andando y ya tenéis el desayuno hecho.

- ¿Ya es de día? –Preguntó Teclis.

- Parece que sí –dijo Temz asomándose por la ventana.

- ¿Parece? –pregunté.

- Sí, parece – le respondí- porque está todo oscuro y el cielo está lleno de nubes negras y espesas.

Nos salimos de la habitación para que Teclis se vistiese con las ropas que el rey le había mandado hacer al sastre de la aldea para él y para nosotros.

El gran mago parecía algo preocupado, como pensando. Ya se sabe que yo admiro mucho al maestro, y no es por echarle más flores, pero yo creo que también tenía el poder de presentir cosas. Por eso pienso que estaba preocupado por algo que nos iba a suceder en el viaje y tampoco sabía de que hablar, así que estaba muy callado.

- Es un mal día para viajar, sin duda, pero…-empezó a decir Peitus- no podemos quedarnos aquí hoy, puesto que cada día hay más incursiones hostiles por parte de los Aurth, así que nos sería más difícil llegar a la ciudad mañana que hoy.

- ¿Qué hay para desayunar? –preguntó Teclis desde el interior de la habitación.

- Vístete rápido y tu mismo lo verás –le respondió Peitus.

- ¡Vale! –dijo ya vestido saliendo de la habitación-. Me voy a comer esas delicias que esperan como desayuno.

- Desde luego, algunos sois muy rápidos para lo que os interesa –dijo Peitus riendo.

- Claro maestro, ayer estuvimos el día entero andando –dije.

- Maestro, ¿Por qué el rey no nos ha enviado caballos? –preguntó Temz.

- Yo creo que porque Kamd no podría traerlos el solo –contestó-.

En ese momento Temz entró en la habitación.

- Pero, en esta aldea debe haber un establo del rey, ¿no? –dije.

- Pues sí, pero no lo se seguro -respondió-. Bueno vamos a desayunar y ya veremos si nos dan caballos o no.

- ¡Mirad esto!, -gritó de repente Teclis desde el pequeño comedor-.

- ¿Qué quieres que miremos?

- Maestro, id Vos también a desayunar. Enseguida me visto y voy –le dije a Peitus.

El gran mago asintió con la cabeza. Yo entré corriendo en la habitación para terminar de vestirme rápido. Cuando salí, me iba dando con las pocas esquinas que tenía el pequeño pasillo de la casa para llegar tan rápido como podía al lugar donde mi hermano y Temz se estaban hinchando a comer. Eran unos manjares que nadie que llevara tanto tiempo sin un lugar fijo donde vivir (porque tenía que instruirse en las artes mágicas) se podía imaginar.

Había de todo lo que podía querer para desayunar, después de un montón de noches, (que era cuando sólo lo hacíamos) comiendo setas.

- Tyrion siéntate a comer y deja de babear, que estás manchando el suelo –dijo medio riéndose Temz. Y digo medio riéndose porque tenía la boca muy llena y lo más parecido a una risa con la boca llena era lo que acababa de oír de Temz-. ¡Tú!, deja algo para tu hermano y no comas tanto -le dijo a Teclis.

Cuando terminamos la comida nos preparamos para ponernos en marcha. Al cruzar la puerta nos llevamos una gran sorpresa, ¡había unos caballos limpios, majestuosos y grandiosos ante nosotros!, los había traído Kamd.

Subidos a ellos iniciamos la marcha y llegamos sin problemas hasta un punto en el que al caballo de Teclis se le cruzó un pequeñísimo ratón. Se asustó tanto que empezó a relinchar y dar coces hasta tirar a Teclis al suelo.

- Muchos elfos dicen que los caballos se parecen a sus dueños –dijo Kamd riéndose. Estoy empezando a creerlo, porque en tu caso, pasa, ¿eh Teclis?

- Puede ser, pero yo por lo menos no me río de la gente que se hace daño cuando se   cae –protestó Teclis muy enfadado-. Además, este caballo no es mío es del rey.

- ¿Quién te ha dicho eso Teclis? –pregunto todavía riéndose-. Estos caballos son cortesía del monarca, así que ya podéis ponerle nombre si queréis, porque son vuestros.

- ¡El mío se llamará Relámpago! –dijo Temz muy ilusionado.

- ¿Porque es igual de rápido que tú cuando tiene hambre? – Peitus lo soltó con una amplia sonrisa.

- ¡Y el mío… -dijo Teclis pensando- se llamará… Budget!.

- Esté será Krèyol –dije muy satisfecho por encontrar un nombre que me gustaba.

- ¡Como el caballo de uno de los Cuatro Magos de la profecía! –exclamaron Kamd y Peitus.

- ¿Qué?

- Nada –dijo Kamd-. No les cuentes nada de la profecía hasta que el rey hable con ellos –le susurró al gran mago. ¡A mí se me ha escapado!

- De acuerdo. No sabía que no debían enterarse todavía –dijo Peitus-. La verdad es que la estampa del caballo se parece bastante a la descrita en la profecía.

- Esto refuerza la tesis del rey, -siguió susurrando Kamd-. Seguro que al menos uno de los tres es elegido para sacarnos del problema que se avecina

Yo, la verdad es que no sé porque elegí ese nombre y no otro, y tampoco tenía idea de su significado.

Sin darnos cuenta llegamos ante las murallas de la gran ciudad. Kamd tenía que hablar con los guardias para que nos dejasen entrar. Las murallas están cerradas debido a los ataque de los Aurth.

- ¡Soy Kamd, uno de los protectores del rey! –gritó-. Y traigo al gran mago Peitus y sus tres jóvenes aprendices: Temz, Teclis y Tyrion.

- Pasad –apremió un guardia.

Abrieron la puerta y pasamos. ¡Por fin estamos en nuestra querida ciudad! Llegamos a la segunda muralla, la que rodea el castillo.  Kamd se bajó del caballo.

- Enséñame el salvoconducto para las murallas del palacio –ordenó el guardia.

- Aquí está –dijo Kamd enseñándole unos documentos.

- Bienvenidos a palacio. El rey os es espera.

Nos miramos unos a otros. Los tres teníamos la misma expresión expectante en la cara  y ¡ganas de conocer al rey!.

 

CONTINUARÁ...

 

Carlos Daniel Carmona del Pino

 

Licencia   

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

 

Conozca también...

     

 
ESTADÍSTICAS EN ESTE SERVIDOR 

Desde el 27 de abril de 2004 se han visitado páginas  sólo en este servidor Web

contadores

Diseño de Antonio García Megía