FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN v     

 

BARTOLOMÉ CARRANZA PREDICA LA REFORMA DE LA IGLESIA EN EL CONCILIO DE TRENTO

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


 

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Ramón Hernández

 

I.                    Pequeña biografía de Bartolomé Carranza

 

         Bartolomé Carranza nació en Miranda de Arga (Navarra) en 1503. En 1515 ingresó en el colegio de gramáticos de S. Eugenio de Alcalá de Henares tutelado por su tío el doctor Sancho Carranza de Miranda, magistral de Sevilla. A los tres años pasa al colegio de Santa Catalina, cursando los dos años de artes bajo el maestro Andrés de Almenara.

         En 1520 ingresa en la orden dominicana en el convento de Benalaque (Guadalajara). Hecha la profesión al año siguiente, completa sus estudios filosóficos y hace los cursos de teología. Al descubrirse sus elevadas dotes, fue enviado al colegio de San Gregorio de Valladolid, cuyos estatutos juró el 19 de agosto de 1525.

         El maestro más prestigioso era allí en aquellos años Diego de Astudillo, que era el rector del colegio. Terminados los estudios, comienza fray Bartolomé de Carranza allí mismo su docencia en artes, cuando hizo su entrada en el colegio Fray Melchor Cano, su continuo émulo en la ciencia y en las dignidades dentro y fuera de la orden dominicana.

         Se inició la rivalidad entre estos dos genios teológicos en un acto escolástico del curso 1532-1533, en que estas personalidades marcaron ya la irreductibilidad de sus posiciones. En 1533 era nombrado Carranza maestro de estudiantes y Catedrático de Vísperas de Teología. Compartía entonces sus funciones docentes con las consultas del Santo Oficio de la Inquisición de la que era censor o calificador.

         Al morir Diego de Astudillo le fue adjudicada la Cátedra de Prima de Teología del estudio (octubre de 1536), mientras que Melchor Cano entraba a ocupar la de Vísperas. Solicitada su magistratura en sagrada teología por el capítulo provincial de Benavente de 1537, fuele concedida solemnemente en Roma en el capítulo general de 1539, asistiendo al acto varios cardenales y el embajador imperial de Carlos V.

         De vuelta a España, recibe del capítulo provincial celebrado en Valladolid, en septiembre del 1539, el cargo de examinador, juntamente con Melchor Cano, de los predicadores y confesores de la provincia dominicana de España. A sus explicaciones de la Summa Theologiae de Santo Tomás y de la Sagrada Escritura en el colegio de San Gregorio asistían los grandes maestros del futuro: Juan de la Peña, Juan de Villagarcía y Pedro de Sotomayor.

         El 17 de enero de 1545 le escribía desde Bruselas el emperador Carlos V con la orden de disponerse para marchar a Trento, para asistir al concilio ecuménico que se preveía inminente. Tuvo que dejar pendientes sus lecciones sobre el profeta Isaías y partió hacia Trento a principios de mayo.

         Numerosas y muy encomiadas por los Padres conciliares y por los cronistas de la asamblea fueron las intervenciones de Carranza: sobre el canon de la Sagrada Escritura, el 20 de febrero de 1546; el sermón del primer domingo de cuaresma ante los Padres del concilio, el 14 de marzo de 1546; los discursos sobre la justificación, el 14 de julio, el 27 de septiembre  y el 18 de octubre de 1546; la intervención sobre los sacramentos en general, el 21 de enero de 1547; el voto sobre el sacramento de la Eucaristía, el 3 de febrero de 1547.

         Disuelto el concilio fue elegido prior de Palencia en 1548. Actuó como definidor en el capítulo provincial de Ávila de ese año. En el capítulo de Segovia del 2 de febrero de 1550 fue elegido prior provincial de la provincia dominicana de España. En esos años de 1548-1550 fue propuesto para confesor del príncipe, pronto rey Felipe II, y para obispo de los obispados del Cuzco y de Canarias, rehusando estas dignidades.

         Recibida la orden imperial de dirigirse a la reanudación del concilio de Trento, no pudo presentarse en la asamblea conciliar hasta el mes de diciembre de 1551, debido a las ocupaciones del provincialato. El día 29 de diciembre intervino en el aula sobre el tema de la Misa y sobre el sacramento del Orden.

         En 1553 tenemos a Bartolomé de Carranza como regente supernumerario del colegio de San Gregorio de Valladolid. Requerido por Felipe II, se embarcó el 12 de julio de 1554 en La Coruña para Ingleterra. El Maestro de la Orden de Predicadores le nombraba vicario suyo para restaurar a los dominicos en aquel reino. Su misión fue sin embargo más universal: restaurar el catolicismo en Inglaterra.

         Bartolomé de Carranza no se perdonó sacrificios para lograr ese objetivo, trabajando por la venida a Inglaterra como legado pontificio o nuncio de su Santidad el Cardenal Pole y siendo el brazo derecho de éste en la difícil tarea de la contrarreforma, que cristalizó en el sínodo de Londres de 1555. Los resultados prácticos de estos esfuerzos fueron realmente pocos, debido a la pronta muerte de la reina y del cardenal Pole en 1558.

         Su famoso catecismo, que motivará el declinar de su estrella lo compone entonces, imprimiéndolo en Amberes en 1558. Como premio a sus trabajos Felipe II lo propone para suceder a Juan Martínez de Silíceo en la sede primada de Toledo. A pesar de su resistencia, fue ordenado de obispo el 27 de febrero de 1558 en el convento de Santo Domingo de Bruselas.

         El 1 de agosto de 1558 desembarcó en Laredo. La inquisición española trabajaba entonces en las audiencias de los reos del foco luteranizante castellano descubierto en el mes de abril de ese año, y donde el nombre de Carranza era frecuentemente invocado. El inquisidor general Fernando de Valdés comenzó enseguida a preparar cuidadosamente la emboscada al primado de las Españas.

         Carranza asistió a Carlos V en Yuste en el trance final de la muerte del emperador. El 13 de octubre de 1558 hizo su entrada solemne en la imperial ciudad de Toledo. El arresto del arzobispo fue decidido en el pleno inquisitorial del 1 de agosto de 1559. Fue obligado inmediatamente por engaño a salir para la corte. Fue apresado el 22 de agosto en Torrelaguna, pueblo del cardenal Cisneros en la provincia de Madrid, y conducido a la cárcel inquisitorial de Valladolid.

         El proceso fue avocado a Roma por San Pío V, saliendo el reo de España el 27 de abril de 1567 y yendo a parar a la cárcel del castillo de Sant’Angelo. Gregorio XIII dio la sentencia definitiva el 14 de abril de 1576, declarándole gravemente sospechoso de herejía, y obligándole a rechazar dieciséis de sus proposiciones. Su ejemplarísima muerte tuvo lugar en el convento dominicano de Santa María sopra Minerva de Roma. Allí fue enterrado. Hace unos años fueron trasladados sus restos a la catedral de Toledo. De su amplísima bibliografía voy a fijarme sólo en su primer sermón en el concilio de Trento, con algunas notas de su obra sobre la residencia de los obispos, en la que estudia con gran sabiduría teológica ese tema.

 

II.                 Sermón reformista en el Concilio de Trento

     Bartolomé Carranza tuvo el sermón del primer domingo de Cuaresma de 1546[1] . En él habla muy ampliamente de la situación de la Iglesia y de la necesidad de una urgente y muy fuerte reforma, sobre todo en el alto clero, a causa del no cumplimiento de su obligación de residir en sus sedes episcopales, de la multiplicación de los beneficios eclesiásticos en una misma persona, del pecado de simonía tan ligado muchas veces a los dos defectos anteriores, del incumplimiento de sus ministerios de predicación, visitas pastorales, etc.

Características del sermón

         Bartolomé Carranza se revela en este sermón como un gran orador sagrado, como un fraile predicador, que conoce bien la situación y necesidades de la Iglesia de su tiempo, ofrece el adecuado remedio y muestra siempre a lo largo del discurso un celo ardiente por la santidad de la casa de Dios. En su estilo, típicamente oratorio, sabe dar  colorido y tonalidades diversas a las frases, y parece vibrar ante los períodos más emotivos.

         Se revela como un buen teólogo y maestro, que conoce  muy bien las Sagradas Escrituras y las aplica con soltura a las situaciones del momento. Gran místico, vive con personalidad propia los misterios de Cristo y de su Iglesia y parece hacerlos como carne de su carne.

        Su espíritu reformista lo manifiesta desde el principio al fin del discurso. Insiste en la reforma al final como algo que postula una aplicación inmediata, que no permite la menor demora.

        Impresiona igualmente por el sentido pastoral y catequético, en el que al tiempo que instruye a los fieles sobre los misterios cristianos, recomienda a todos vivirlos personalmente y llevarlos a la vida social ordinaria de convivencia con los demás hermanos. 

         Resumo ahora el sermón de Carranza, y traduzco algunos párrafos sumamente expresivos de su fogoso celo por la Iglesia y su ardiente deseo de la reforma en todos sus miembros, y principalmene en sus jerarcas, de donde podrá derivar fácilmente al resto de los fieles.

 

Preludio del sermón

         Señor, ¿es que vas ahora a restaurar el reino de Israel?[2]

          El deterioro de la Iglesia es muy grande. “Apenas puedo creer... que todas estas cosas hayan ocurrido en tan breve espacio de tiempo. Cuando considero el poder de Dios, unido a su gran bondad, todo me lo prometo, si no temiera que nuestras costumbres, tan pervertidas, lo  pudieran impedir”[3].

        La solución única es refugiarse en Cristo. Por eso, al iniciarse este Santo Concilio, me atrevo a acercarme al divino Maestro, para preguntarle con los Apóstoles, momentos antes de la Ascensión a los cielos: “¿es que vas ahora a restaurar tu reino?”

         Los Apóstoles, como los dos discípulos de Emaús, soñaban con un reino temporal, cuando estaban dominados por el emperador de Roma y por el rey Herodes. Mi pregunta, claro está, no tiene ese sentido mesiánico-temporal. Pero la Iglesia, que es el nuevo Israel, desde hace mucho tiempo se encuentra sacudida, atormentada y debilitada por poderes seculares extraños.

        “Tendrá dos partes mi discurso: en una trataré del imperio temporal y en la otra del espiritual. Usaremos este modo de hablar, utilizando para una y otra parte el nombre de imperio. Quiero significar con esto a toda la cristiandad, que vivía manifiestamente en otro tiempo las buenas costumbres”[4]. En realidad el texto del sermón lo dividirá en tres partes, como iremos viendo, exponiendo en la tercera parte la reforma que Cristo desea ver en su Esposa, la Iglesia.

          Eleva luego una oración al Espíritu Santo. Oh, Espíritu Santo, purifica mis labios! No te pido el lenguaje de Cicerón, sino el de Pablo a los Efesios[5]: abre mi boca para dar a conocer con franqueza las cosas que debo predicar para la gloria de Dios y para la edificación de la Iglesia.

         “Si alguna vez fue útil pedir esto a Cristo, Óptimo Máximo, en este día es utilísimo, como si se estuviera, según se dice, en artículo de muerte. Lo hemos leído hoy, Padres, en el Evangelio, y como ante los ojos se nos presenta la celebérrima monomaquia, no de un guerrero humano, sino de nuestro Dios Jesucristo, y no con un vulgar enemigo, sino con uno ejercitadísimo y juradísimo en la destrucción del género humano... Fue conducido [Jesucristo] al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Convenía que Cristo fuera tentado, para que aprendiéramos nosotros a vencer en las tentaciones, y para que tuviéramos un pontífice tentado en todas las cosas, el cual pudiera compadecerse de nuestras enfermedades. Este Evangelio es aplicado al cuerpo de toda la Iglesia, porque Cristo fue tentado pero venció, mas la Iglesia es tentada todavía... Aquella serpiente antigua intentó hacer con la Iglesia lo que pretendió con nuestro Emperador”[6]

 

Primera Parte: situación del

Reino temporal de la Iglesia

         Después de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, éstos se aplicaron a la predicación en Palestina, en todo el imperio romano y por allá de sus fronteras. El reino o imperio de Cristo ocupó así en pocos años toda la tierra entonces conocida. Envidioso el diablo, despertó en todos los pueblos el odio contra la Iglesia y comenzaron a extender sus dominios por todos los pueblos cristianos: las regiones asiáticas evangelizadas por san Pablo; el norte de África, donde brillaron Tertuliano, san Cipriano, san Agustín “y otros de gran valía”[7].

         Gran parte de Europa, antes llena de templos en honor a Cristo, en los últimos años, por la negligencia de los príncipes cristianos, ha sido ocupada por los turcos. ¿Dónde está ahora, con la caída de Constantinopla, el esplendor del imperio oriental? ¿Dónde las poderosas sedes patriarcales con todos los grandes Santos Padres de oriente: Atanasio, los Cirilos, el Crisóstomo, Basilio, los Gregorios…?[8]

         Reavivad, oh Padres Conciliares, vuestra memoria. Las últimas invasiones y pérdidas para la Iglesia las tenéis bien presentes: la caída de Rodas, las desolaciones del sur de Italia; Hungría ocupada por los turcos; Mahomet, enemigo de nuestra religión invadió y arrasó recientemente buena parte de Austria. Las lágrimas y la sangre de nuestros hermanos grita al Señor desde la tierra.

         “¿Qué cristianos, al oír estas cosas, no se aterrorizan? ¡Oh pechos rocosos de los cristianos, si, cuando oyen esto, no se conmueven! Señor ¿es que tal vez ahora vas a restituir a Israel tantos pueblos y reinos? Pero, como hablo contigo de un reino temporal y terreno, temo que me digas: mi reino no es de este mundo[9].

 

Segunda parte:

El reino espiritual de la Iglesia

         Ved la santa Jerusalén, revelada a Juan en el Apocalipsis. Es la ciudad de Dios, gobernada por leyes divinas. Es la capital del Israel eterno, fundado por Cristo, es decir, la Iglesia, preparada, profetizada y simbolizada en la ciudad de Jerusalén y en el reino de Israel.

         Vosotros –se dice en Ef 2, 19- sois ciudadanos de los santos y domésticos de Dios. Cristo dio sus leyes en el sermón de la montaña: oísteis que se dijo: amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo, pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, orad por vuestros perseguidores y calumniadores, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en el cielo[10](Mt 5, 43-45).

         La Iglesia, vista por Juan en el Apocalipsis como una esposa adornada para su esposo, es, pues, llamada santa, ciudad de Dios, y Jerusalén, que significa visión de paz y concordia, porque sólo en los hijos verdaderos y en los verdaderos ciudadanos de la Iglesia hay verdadera paz. Igualmente es llamada nueva. “¿Por qué esta ciudad se llama nueva? En primer lugar observad que todas las cosas que pertenecen a Cristo en las Sagradas Escrituras son llamadas nuevas, como lo predijo el profeta Isaías: se te dará un nombre nuevo etc[11]. Y Jeremías dice: haré con la casa de Israel una alianza nueva etc[12]. Y Juan: os doy un mandamiento nuevo[13]. Y así de todas las otras cosas se dice que serán nuevas. Todas las cosas humanas comparadas con las de nuestro Señor Jesucristo son viejas, acabadas, débiles y ruinosas. Aquéllas en cambio son nuevas, porque son ajenas a la corrupción de la carne y de la sangre.

         También se dice nueva la ciudad, porque no está hecha al modo de las otras. Éstas en efecto son de piedras circunscritas a un lugar, y se encuentran llenas de insidias entre los ciudadanos, llenas de crímenes, rapacidad, mentira, adulterios, y son totalmente carnales. La ciudad nueva, en cambio, no tiene nada semejante a eso, pues es espiritual y única, no concluida en el tiempo, no circunscrita a ningún lugar y no determinada a ningún pueblo, sino que extiende sus ramas al universo en todo tiempo pasado, presente y futuro. Desde la formación de Adán, el primer hombre, hasta el fin del mundo es la misma, y es y será siempre bajo la única cabeza, fundador y redentor del género humano, el Hijo de Dios.

         Aquéllas llenas de crímenes, ésta llena de la unión espiritual, de la caridad, de la paz, y de los otros carismas celestiales y espirituales. En los otros reinos ninguna gloria, a no ser según la carne y la sangre; en el reino de Israel la gloria, y ciertamente inmensa, pero no vana y caduca, sino sólida y firme.

         En los otros reinos son glorificados los ciudadanos, pero por la multitud de las riquezas, la vana nobleza de Sangre. Los ciudadanos de este reino, nada de eso. De la persona de éstos dice el elocuente Pablo: nosotros nos gloriamos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios, pero no sólo eso, sino que nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia[14].

         Aquéllos se glorían en la nobleza de la carne. A los ciudadanos de la Iglesia dice Pablo: ved, hermanos, vuestra vocación, porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos nobles, sino que Dios eligió lo necio del mundo etc. Dios eligió lo innoble y despreciable, para que no se gloríe nadie delante de Dios[15].

          Aquéllos se glorían en la sabiduría y en la ciencia; éstos no. A estos siervos escribe san Pablo: hermanos, confundiré la sabiduría de los sabios, reprobaré  la prudencia de los prudentes[16]. Acaso no hizo Dios necia la sabiduría de este mundo[17].

         Hay ciertamente en este reino sabios, nobles y poderosos, pero de modo muy distinto, no según la carne, sino según la ley de Dios; nobles no según la vanidad de los sentidos, sino según el juicio de Dios.

         Aquéllos se glorían en las cosas temporales, perecederas, y en las riquezas caducas, pero éstos se glorían de la pobreza. A éstos escribe Santiago diciendo: oíd, hermanos míos dilectísimos. ¿Acaso Dios no eligió a los pobres de este mundo, haciéndolos ricos en la fe y herederos del reino, que Él prometió a los que lo aman?[18]...

         Antiguamente por mucho tiempo se discutió entre los príncipes y sabios de este mundo dónde estaría la felicidad humana: unos decían que en las riquezas; otros pensaban que en los placeres o en la gloria humana; finalmente todo el mundo proclamaba felices a los ricos, a los poderosos, a los que se pasan esta vida en los placeres y en los deleites.

         Jesucristo nuestro Señor, que fundaba un nuevo reino, para hacer todas las cosas nuevas, como condenando todas esas opiniones, desde la altura del monte exclamó: bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos; bienaventurados los que lloran; bienaventurados seréis cuando los hombres os odien etc. Y consideró dignos de ser compadecidos todos los que el mundo considera bienaventurados: ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis aquí vuestro consuelo; ay de vosotros los que reís, porque lloraréis. Y Santiago, su discípulo, dice a éstos mismos: reflexionad ahora, ricos, llorad a gritos las miserias, que os van a sobrevenir[19].

          Con razón, pues, esta ciudad es nueva y este reino es nuevo. En él todas las cosas son nuevas, su rey exclama: he aquí que hago nuevas todas las cosas[20]. Finalmente se dice que desciende del cielo. Se dice descender del cielo, pues todo lo que hace relación a la Iglesia desciende del cielo. Todas las cosas en este reino son celestiales; todas espirituales y divinas; todas vienen a ella de lo alto... Por eso se dice rectamente  que esta ciudad santa viene de lo alto y que está en lo alto. El Apóstol a los Gálatas escribe: mas esta Jerusalén que está arriba es libre y es nuestra madre[21]. Todo cuanto pertenece a ella viene de los cielos; las cosas de los otros vienen de los infiernos. Los bienes de aquélla son celestes; los de ésta son terrestres.

         Descendió antiguamente de los cielos, pero ¿de qué forma? ¿Con qué gloria? ¿Con qué esplendor? Preparada por Dios: máximo es el que la preparó, el que la adornó. ¿Pensáis cuán grande fue el adorno de aquélla? En verdad no fue vulgar, ni vano y conforme a los sentidos del hombre; valen poco las palabras para que uno pueda hablar de esas cosas con dignidad.

         Como esposa adornada para su esposo. De sus adornos dijo el salmista: la reina está a su derecha con vestido de oro, circundada de variedad de joyas[22]. También están figurados esos adornos en las riquezas admirables del templo de Dios y del tabernáculo, que estuvo bajo la ley.

         Pero ¿de qué forma fue preparada por Dios? Como esposa que se prepara para su esposo, como suele hacerse  en las bodas. Que Cristo sea el esposo y la Iglesia la esposa lo manifiesta Cristo[23] y el Bautista[24]: el que tiene esposa es el esposo. Esto lo atestigua también el Cantar de los Cantares[25], donde con parecidas galas nos manifiesta adornado al esposo: hijas de Jerusalén, venid y ved al Rey Salomón con la diadema con que le coronó su madre.

         Nadie duda que estas cosas se refieren a la Iglesia de Cristo: oí una voz grande del trono que decía: he aquí el tabernáculo de Dios con los hombres[26]. Llámeslo tabernáculo o Iglesia, no importa. ¡Feliz y bienaventurada Jerusalén! Bienaventurados los que vieron ésta tu novedad. Pero sólo la vieron y la verán los que fueren renovados por el Espíritu o Cristo... ¡Oh qué feliz el que sea invitado a sus bodas, a saber, cuando seas entregada a tu esposo. Pero ¿a qué esposo? Al cordero, sumo rey e Hijo de Dios; a Él la gloria por los siglos de los siglos, amen”[27].

 

Tercera parte: cómo Cristo

desea ver su Iglesia

         Carranza comienza entonces a urgir a los Padres del Concilio la reforma de los numerosos vicios y defectos que afeaban en aquel tiempo a la Esposa de Cristo, que es su Iglesia. “Partido el rey a lejanas tierras –como dice la parábola evangélica-, a vosotros, Padres, os dejó como vicarios, como obispos de su casa; como dispensadores, doctores y guardianes de su ciudad; como jefes de su milicia, como pastores de su grey…”

          Padres conciliares, Cristo confió a vosotros esta Iglesia santa, inmaculada. Vuestro oficio es vigilar sobre ella; es gobernarla según las leyes de Cristo; es conseguir que el pueblo fiel viva en conformidad con los mandatos del Señor. Suponed que Cristo vuelve ahora de repente ¿cómo se la devolvéis? “¿Acaso limitada sólo a este ángulo de la tierra? ¿Acaso envuelta de pompas profanas y ensoberbecida en su boato secular? ¿Acaso compitiendo en cuanto a la magnificencia de sus palacios con los príncipes de la tierra? ¿Acaso nadando en las delicias de los bienes temporales?

         ¿Por ventura ésta es aquella ciudad de Dios, gobernada por leyes divinas? ¿Es que es ésta aquella ciudad nueva? Ahora todas las cosas están en ella como en las ciudades gentiles y paganas... en ella reina la antigua avaricia; domina la vieja  ambición; todos los ciudadanos aspiran al placer, a las riquezas. ¡Ay, Ay! Padres ¿Quién osa pensar estas cosas? ¿Es que es ésta aquella ciudad que descendió del cielo? ¿Es que es ésta aquella ciudad de perfecto esplendor y el gozo de todo el orbe? ¿Es que toda ella es fúlgida y hermosa? ¿Es que podemos decir que toda ella es deforme?”[28] ¿Dónde están los ornamentos que adornaban antes a su Esposa? ¿Dónde aquella fe que resucitaba los muertos? ¿Dónde la caridad y el amor a la pobreza? ¿Dónde aquel deseo de las cosas celestiales? “Donde antes reinaban la castidad y la inocencia, ahora reinan la ambición, la lujuria, el deseo de dominio y la vanidad.

        “ Ay, ay, Padres ¿quién la contemplará con ojos secos? ¿Quién la considerará sin lágrimas? Oh ciudadanos de Jerusalén, oh ciudadanos de esta regia y santa ciudad. ¿Quién, conociendo esto, no se conmueve? ¿Quién, si es cristiano, oyendo estas cosas, no se horroriza? ¿Quién no se compadece de su madre? Y yo con Jeremías[29] suplicaré: Oh, que mi cabeza sea agua, y mis ojos fuentes de lágrimas, y lloraré a los muertos de la hija de mi pueblo.

         Da pena y dolor, Padres, que la piedad, la religión, se haya debilitado en nuestros tiempos de esta manera, y casi, por así decirlo, dormido; que no quede apenas ningún vestigio de ellas; que se haya enfriado el fervor sembrado en el ánimo de nuestros mayores en tal modo que nos sentimos obligados a decir con Jeremías[30]: desapareció de la hija de Sion toda su hermosura; sus príncipes se han convertido en carneros que no encuentran pastos; marchan desfallecidos ante la faz de los perseguidores. La vieron los enemigos y se rieron de sus sábados.

         Las costumbres y tradiciones de nuestros mayores, mantenidas como leyes, yacen ahora despreciadas. Los prevaricadores de las divinas leyes, los despreciadores de las eclesiásticas tradiciones caminan impunes con las cabezas altas. La fe en buena parte de nuestro orbe  se ha apagado. En la otra parte, muy exigua, languidece tanto que apenas aparecen verdaderos indicios.

         La caridad se ha enfriado en todas partes, los abusos crecen más cada día, y un abuso llama a otro abuso, y el ánimo, adicto a los abusos y a los crímenes, no puede apartarse fácilmente de ellos. De tan grandes aberraciones y de esta tan grande caída se os pedirá cuenta, oh Padres, cuando aparezcáis ante la majestad del Juez.

         Considerad, os ruego, aquella divina esposa del Hijo de Dios postrada ante vuestras rodillas, no refulgente con el esplendor de sus ornamentos, sino vestida con vestidos lúgubres,  toda  desaseada, bañada en lágrimas, clamar a vosotros, Padres, y pedir con insistencia que, pues está deformada  por nuestros vicios y vuestras negligencias, finalmente sea reformada.

         Todo el orbe cristiano, Padres, está expectante ante lo que hagáis, y quizás las enfermedades de la Iglesia sean de aquel género, cuya curación no soporta más larga demora, y procurar tan lentos remedios sea peligroso. Con gravísima consideración pensad, Padres, qué hagáis, habiendo de aparecer mañana ante la majestad de Dios, y estar ante el tribunal tremendo de nuestro Salvador Cristo, en el que se os pedirá cuentas severísimas de todas estas cosas.

         De vuestra mano requeriré estas cosas dice el Señor por Ezequiel[31]. El que tenga oídos para oír, que oiga[32]. Poned en vuestro corazón estas palabras; digo de nuevo: os requeriré la sangre de todos los que han perecido a vuestras manos[33] . Tremendas estas palabras. Son rayos, no palabras, y sin embargo vienen de la boca de Dios”[34].

 

Oración por la restauración espiritual de la Iglesia

       Quiero, ante la presente ocasión de celebrarse un concilio ecuménico, dirigirme a Jesucristo, atreviéndome a repetir la pregunta que le hice al principio: “¿acaso, Señor, en este tiempo, bajo el Santísimo Pablo III, vas a restaurar tu Iglesia?” Me responderás que no me pertenece a mí conocer los tiempos. Pero no me impedirás que ingenuamente recurra con mi oración a tu reconocida infinita clemencia.

         “Señor, restaura, te lo ruego, en nuestros días el reino de Israel. Señor, que te quisiste llamar el renovador de todas las cosas, renueva, te rogamos, a tu Iglesia. Restablece aquel espíritu antiguo, que diste a nuestros Padres. Señor, suscítanos algún salvador”. Un nuevo Moisés, un nuevo Gedeón, un nuevo David[35]

         “No soy yo el que te ruega; por medio de mí te ruega una multitud innumerable de personas piadosas; por medio de mí te ruega tu Iglesia. Te lo suplico, Dios grande y terrible. Hemos pecado contra el cielo y hemos cometido la iniquidad en tu presencia… A ti, Señor, la justicia; a nosotros la confusión en el rostro”.

        “Inclina, mi Dios, tus oídos y escucha. Abre tus ojos; mira nuestra desolación y a esta ciudad santa, que invoca tu nombre. Pues no ponemos nuestras preces  en tu presencia, basados en nuestra justificación, sino contemplando tus infinitas misericordias”[36].

 

III. apéndice: el tratado de carranza sobre la residencia

         Carranza había escrito a Domingo de Soto durante su proceso inquisitorial lo siguiente: “¿Vuestra Paternidad no sabe que si hubiera callado yo de residencias e presidencias que mi libro no fuera condenado, sino que pasara como otros que no lo han merecido más?”[37] Se refiere a su famoso Catecismo, condenado por la Inquisición Española. De hecho el inquisidor general Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla, no practicaba la residencia. Tampoco la practicó Melchor Cano ni como obispo de Canarias, ni como Prior; de esto se quejará Domingo de Soto en Carta a Bartolomé Carranza.

         El punto clave de la reforma de los pastores, la obligación de derecho divino de la residencia, que ha señalado con la más brillante oratoria en el sermón ante los Padres del Concilio de Trento, lo expone ahora en su obra Controversia sobre la necesaria residencia personal de los obispos y de los otros pastores inferiores con el método y estilo riguroso de los tratados escolásticos.  Demuestra su tesis por los llamados “lugares teológicos”: la Sagrada Escritura, los Santos Padres, los Concilios, los Decretos de los Pontífices, los Doctores de la Iglesia y la Razón Natural. Llama a los tres primeros “proprie loci thelogici”[38].

       Trae en su favor el mismo concilio de Trento[39], la sesión VI, Decreto sobre la residencia. Ahí se define que ningún obispo es excusado de la residencia personal en su Iglesia. Así fue entendido y explicado por los Padres en las congregaciones públicas, de forma que ninguno, ni patriarcas, ni cardenales, es exceptuado, pues el derecho es igual para todos.

       Recuerda igualmente la conducta en esta materia del papa Inocencio VI[40], que, sopesando estas cosas, procuró no dar los beneficios eclesiásticos sino a probadísimos sacerdotes, tanto en cuanto a la vida como en cuanto a la doctrina. E inmediatamente de ser coronado, a todos los prelados y a todos los que tenían beneficios, los echó de su palacio y de su curia, y bajo la pena de excomunión los obligó a marchar a las  propias Iglesias. Decía, en efecto, que las ovejas deben ser apacentadas por los propios pastores; no deben ser custodiadas por un mercenario.

    Entre las autoridades de los teólogos se fija de modo particular en Tomás de Vío Cayetano[41], en el Comentario a la Secunda Secundae de Santo Tomás de Aquino, cuestión 185, artículo 5, donde defiende que el obispo y todo pastor eclesiástico es por derecho divino, no “señor de la grey”, sino verdadero “pastor”, que está obligado por ese mismo derecho divino a apacentar y cuidar por sí mismo de sus ovejas. No puede alegarse contra esto la costumbre, pues se trata de un abuso, que no debe llamarse de ningún modo costumbre.

         No obstante Bartolomé Carranza advierte que hay casos excepcionales, en los que de modo temporal los obispos pueden o deben alejarse de sus diócesis: una persecución personal contra él, que no pone en peligro su diócesis; una enfermedad, que requiera curación fuera de su sede; un concilio general o provincial, pues cumple así un deber; requerimiento del papa o del emperador para una misión importante para la fe o la paz u otro ministerio necesario, pero siempre por un tiempo limitado al cumplimiento de su misión, aunque es preferible se hagan estas cosas por un no obispo. El concilio consideró esos casos en las sesiones sexta y séptima como excusas legítimas[42].

       Carranza se maravilla de que se aduzca en contra, además de la llamada “costumbre” de no residir, que es un abuso, el siguiente argumento: he sido hecho obispo de esta diócesis por la institución humana del papa, y el papa puede ocuparme en su curia, y quedar así libre de toda obligación de residencia. Y extienden luego esa argumentación diciendo que también la autoridad humana de los gobernantes puede librarme de la obligación de residir en mi sede.

         “Confieso ingenuamente –escribe Carranza- que me quedé estupefacto, cuando entendí que por una razón tan frívola y tan pueril eran arrastrados algunos varones, doctos por otra parte, a una opinión tan nueva, falsa y perniciosa”[43].

        “De todo lo dicho -es el último párrafo de su obra- colige tú, lector, que, si residir en una Iglesia, de la que recibo acomodados bienes temporales, es un precepto de derecho divino, es necesario que sea del mismo derecho el prohibir todas las cosas que impidan la residencia personal.

De esta clase de cosas son la ocupación de los ministros espirituales en oficios seculares, la pluralidad de las Iglesias y de las prebendas eclesiásticas en diversas Iglesias, y otras cosas de este género. Hay, sin embargo, otras muchas que impiden de modo absoluto la residencia personal de los obispos y de los otros ministros espirituales en sus Iglesias”[44]. Se refiere a oficios de carácter más mundano en que se ocupan algunos obispos en las cortes de los reyes o en otras ausencias de la propia sede.  


 

[1]  Tanto este sermón como el tratado de Carranza sobre la obligación de la residencia fueron reeditados por el gran especialista en los temas carrancianos José Ignacio Tellechea Idígoras en facsímil del rarísimo texto príncipe de 1546, del que ofrece también su versión al español: Fundación Universitaria Española, Universidad Pontificia de Salamanca, Madrid 1993. Yo he tenido en cuenta la edición de fácil acceso que hizo Carranza en Amberes  en 1554, de la que hay un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Madrid, con el texto también de su sermón del primer domingo de cuaresma de 1546 en el Concilio de Trento: Biblioteca Nacional de Madrid,  U. 8544 [Sección de Raros]. Portada de esta  obra: Controversia de necessaria residentia personali Episcoporum et aliorum inferiorum Ecclesiae Pastorum, Tridenti explicata per F. Bartholomaeum Carranzam de Miranda, instituti beati Dominici, et regentem in collegio S. Gregorii, eiusdem ordinis in valle Oletana.

         D. Athanasii Patriarchae Constantinopolitani Epistolae ad suae dioecesis Episcopos.

        Lucae X: Messis quidem multa, operarii autem pauci; rogate ergo Dominum messis ut mittat operarios in messem suma.

       Antuerpiae. Apud Ioan. Bellerum ad insignia Falconis. Anno  M.D.LIIII.

[2]  Act  1, 6.

[3]  Edi. citada en la nota  2, p. 155.

[4]  Ib., p. 157.

[5]  Ef. 6, 19.

[6]  Edición de la nota 2, p. 159-160.

[7]  Ib., p. 161.

[8]  Ib., p. 162 y 163.

[9]  Ib., p. 164.

[10]  Mt 5, 43-45.

[11]  Is 62, 2.

[12]  Jer 31, 31.

[13]  Jn  13, 34.

[14]  Rom 5, 8.

[15]  I Cor  1, 26-29.

[16]  I Cor 1, 19; Is 29, 14.

[17]  I Cor 1, 20.

[18]  Sant 2, 5.

[19]  Sant 5, 1.

[20]  Ap 21, 5.

[21]  Gal 4, 26.

[22]  Sal 44, 10.

[23]  Mt 9, 15.

[24]  Lc 5, 34s.

[25]  Cant 3, 11.

[26]  Ap 21, 3.

[27]  Edición citada en la nota 2, p.166-171.

[28]  Ib., p. 172-173.

[29]  Jer 9, 1.

[30]  Lam 1, 6s.

[31]  Ez 9, 18; 33, 8.  

[32]  Mt 11, 15 y 13, 9; Mc 4, 9; Lc 8, 8 y 14, 35.

[33]  Ez 3, 18 y 33, 8.

[34]  Edición citada  en la nota 2, p. 174-176.

[35]  Ib., p. 176-178.

[36]  Ib., p. 179.

[37]  J. I. TELLECHEA,  BARTOLOMÉ CARRANZA DE MIRANDA, Comentarios sobre el Catechismo Christiano I…, BAC, Madrid 1972, p. 61.

[38]  Edición de Amberes de 1554, citada en la nota 1, fol. 6.  

[39]  Ib., p. 146.

[40]  Ib., p. 145.

[41]  Ib., p. 131, 146 y 149.

[42]  Ib., p. 149.

[43]  Ib., p. 150.

[44]  Ib., p. 151 y 152.



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