FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

AVE, GRATIA PLENA

 

Comentario de Santo Tomás, traducido por fray Ramón Hernández, O. P.


 

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Ramón Hernández    

Ave, Gratia Plena, Dominus tecum. En este saludo hay tres partes. Una la pronunció el ángel, a saber: Ave, Gratia Plena, Dominus tecum; benedicta tu in mulieribus[1]. Otra parte la pronunció Isabel, la madre del Bautista, es decir: Benedictus fructus ventris tui; la tercera parte la añadió la Iglesia, o sea la palabra Maria. El ángel, en efecto, no dijo Ave, Maria, sino Ave, Gratia Plena. El nombre María, según su interpretación, conviene a lo dicho por el ángel, según veremos.

         Sobre la primera parte debemos considerar que antiguamente era un gran acontecimiento que los ángeles se aparecieran a los hombres, y que éstos tuvieran oportunidad de reverenciar a los ángeles, era tenido por un gran privilegio. De ahí que en alabanza de Abrahán se escribiera que recibió como huéspedes a ángeles, a los que pudo rendir reverencia.

         Pero nunca se oyó que los ángeles hicieran reverencia a los hombres, a no ser cuando el ángel saludó reverentemente a la Bienaventurada Virgen, diciendo Ave. El que antiguamente no reverenciara el ángel al hombre, sino el hombre al ángel, es porque el ángel es mayor que el hombre bajo tres aspectos. El primero por lo que se refiere a la dignidad, pues el ángel es de una naturaleza espiritual, como se dice en el Salmo 130: hizo a los ángeles espíritus. El hombre en cambio es de naturaleza corruptible. Por eso dice Abrahán: hablaré a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. No era, pues, decente que una criatura espiritual mostrara reverencia a una corruptible, cual es el hombre.

         En segundo lugar en cuanto a familiaridad para con Dios. El ángel es familiar a Dios como asistente. Dice Dan 7, 10: miles de miles le servían y decenas de centenas de miles le asistían. El hombre es como extraño y alejado de Dios por el pecado, como dice el Sal 54, 8: huyendo, me alejé. Por lo tanto es conveniente que el hombre reverencie al ángel [pág. 457], porque éste es cercano y familiar del Rey.

         Tercero, el ángel supera al hombre en cuanto al esplendor de la plenitud de la gracia divina. Los ángeles participan de la luz divina en suma plenitud; dice Job 25, 3: ¿acaso tiene limitado el número de soldados? y ¿a cuál de ellos no llega la luz de su mirada? Por eso siempre aparece con un esplendor de luz. Pero los hombres, aunque participen de la misma luz de la gracia que los ángeles, quedan siempre en cierta oscuridad.

        Por lo tanto no era decente que el ángel mostrara reverencia al hombre, a no ser que existiera alguno de la naturaleza humana que, por lo que se refiere a esas tres cosas, fuera superior a aquél.

         Por eso dijo Ave. De ahí debemos deducir que la Bienaventurada Virgen superó a los ángeles en esas tres cosas.

         En lo primero, que es la plenitud de la gracia, es mayor en la Bienaventurada Virgen que en el ángel. Y, para insinuar esto, el ángel le mostró reverencia, diciendo: Gratia Plena. Como si dijera: te hago reverencia, porque me aventajas en la plenitud de la gracia.

         La Bienaventurada Virgen es llena de gracia bajo tres puntos de vista.

         Es llena de gracia en cuanto al alma, en la cual tuvo toda la plenitud de la gracia. En efecto la gracia de Dios se da para dos cosas, es decir, para obrar el bien y para evitar el mal. En las dos cosas la Bienaventurada Virgen tuvo la gracia perfectísima. Pues ella evitó todo pecado más que todos los santos, después de Cristo.

         El pecado, en efecto, o es el original, y de éste fue purificada en el seno materno, o es el mortal o el venial, y de éstos estuvo libre. De ahí las palabras del Cantar de los Cantares 4: toda hermosa eres, y no hay mancha alguna en ti.

         San Agustín en De natura et gratia escribe: “Exceptuada la Santa Virgen María, si a todos los santos y santas, que en la tierra vivieron, se les preguntara si estuvieron siempre sin pecado, todos a un voz clamarían: si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros; si exceptuamos –digo- a esta Santa Virgen, de la cual, por honor al Señor, no quiero hacer cuestión de ningún modo, cuando tratamos del pecado”.

         Sabemos que a ella le fue concedida más gracia para poder vencer plenamente el pecado, pues ella mereció concebir y parir al que consta que no tuvo ningún pecado. Ahora bien Cristo superó a la Bienaventurada Virgen en que fue concebido y nació sin pecado original; la Bienaventurada Virgen, en cambio, fue concebida en pecado original, aunque nació sin él.

         Ella también realizó las obras de todas las virtudes, mientras que los otros santos sólo realizaron algunas obras especiales, pues uno fue humilde, otro casto, otro misericordioso. Y por ello son ofrecidos como ejemplos de virtudes especiales, como San Nicolás es presentado como ejemplo de misericordia, etc. Pero la Bienaventurada Virgen se nos ofrece como ejemplo de todas las virtudes.

         En ella encuentras ejemplo de humildad [p. 458]. Lo vemos en Lc 1 he aquí la esclava del Señor, y luego ha mirado la humildad de su esclava.

         También vemos en Ella ejemplo de castidad, como se nota en la frase no conozco varón. Y así en todas las virtudes, como es manifiesto.

         Por lo tanto la Bienaventurada Virgen es llena de gracia en cuanto a obrar el bien y en cuanto a evitar el mal.

         En segundo lugar es llena de gracia por lo que se refiere a la redundancia del alma en la carne o en el cuerpo. Grande cosa es que en cualquier santo, cuando tiene mucha gracia, baste para santificar su alma. Pero el alma de la bienventurada Virgen fue tan llena de gracia que revertió en la carne, para que de esta misma concibiera al Hijo de Dios.

Por eso dice Hugo de san Víctor: “como en su corazón el amor del Espíritu Santo ardía singularmente, por eso hacía maravillas en su carne en tan alto grado que de ella nacería el Dios-hombre”. Lc 1 afirma: el que de ti nacerá será santo y será llamado Hijo de Dios.

         En tercer lugar es llena de gracia por lo que respecta a la redundancia en todos los hombres.

        Grande cosa es en cualquier santo tener tanta gracia que baste para la salvación de muchos. Pero tener tanta gracia que baste para salvar a  todos los hombres del mundo, esto es lo máximo, y se encuentra en Cristo y en la Bienaventurada Virgen.

         En efecto, en todo peligro puedes obtener la salvación de la misma Virgen gloriosa. Por eso se dice en Cant 4: mil escudos, es decir, mil remedios contra los peligros penden etc.

         Igualmente en toda obra de virtud puedes tenerla como ayuda. Por ello dice ella misma en Eclo 24: en mí toda esperanza de vida y de virtud.

         Por consiguiente está llena de gracia y excede a los ángeles en la plenitud de la gracia. Así es acertadamente llamada “María”, que se interpreta “iluminada en sí”, conforme a lo que dice Is 58 llenará tu alma de esplendores, “e iluminadora de los otros”, pues iluminará a todo el mundo, asemejándose al sol y a la luna.

         En segundo término supera a los ángeles en la familiaridad divina. Por eso el ángel, refiriéndose a esto, dijo: el Señor está contigo. Como diciendo: te muestro reverencia, porque eres más familiar a Dios que yo, pues el Señor está contigo. El Señor –dijo- es Padre con respecto al mismo Hijo, lo cual no tuvo ningún ángel ni ninguna criatura.

         En Lc 1 se dice: lo que de ti ha de nacer se llamará Hijo de Dios. El Dios Hijo está en tu vientre, conforme a lo que dice Is 12, 6: exulta y alaba a Dios, morada de Sion, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel.

         De manera distinta está el Señor en la Bienaventurada Virgen y en el ángel. En la Bienaventurada Virgen está como Hijo, y en ángel está como Señor. El Señor Espíritu Santo está en Ella como en su templo. De ahí que se la llame “Templo del Señor”, y “Sagrario del Espíritu Santo”; efectivamente Ella concibió por obra del Espíritu Santo. Lo dice Lc 1: el Espíritu Santo vendrá sobre ti.

         Por consiguiente la Bienaventurada Virgen es más familiar de Dios que el ángel, pues con Ella están el Señor Padre, El Señor Hijo [p. 459] y el Señor Espíritu Santo: toda la Trinidad. Por esto se canta de Ella: “noble morada de la Trinidad”.

         Las palabras el Señor está contigo es la frase más noble que se le puede dirigir. Con razón, pues, el ángel reverencia a la Bienaventurada Virgen, porque es la Madre del Señor, y por consiguiente Ella es la Señora. Por eso le conviene el nombre de “María”, que en lengua siria significa “Señora”.

         En tercer término la Bienaventurada Virgen excede al ángel en cuanto a la pureza, porque la Bienaventurada Virgen no sólo era pura en sí, sino que procuró la pureza a los demás. Ella fue purísima en cuanto a la culpa, porque la Bienaventurada Virgen no incurrió en pecado ni mortal ni venial.

         Además fue purísima en cuanto a la pena. En efecto, tres maldiciones fueron dadas a los hombres por el pecado. La primera fue dada a la mujer, a saber, que concebiría con corrupción, que lo llevaría con pesadez y que pariría con dolor. De todo esto la Bienaventurada Virgen fue inmune, porque concibió al Salvador sin corrupción, lo llevó sin molestia y parió con gozo. Lo anunció Is 35: engendrando engendró exultante y gozosa.

         La segunda pena fue dada al hombre, a saber, que comería su pan con el sudor de su frente. De ésta fue inmune la Bienaventurada Virgen, porque, conforme a lo que dice el Apóstol en I Cor 7 las vírgenes están libres de los cuidados de este mundo y se dedican a solo Dios.

        La tercera pena es común a los varones y a las mujeres, a saber, que se conviertan en polvo. Y también de esta pena fue librada la Bienaventurada Virgen, porque fue asunta con el cuerpo al cielo. Creemos, en efecto, que después de la muerte fue resucitada y llevada al cielo, según lo hallamos anunciado en el Sal 131: levántate a tu descanso, tú y el arca de tu santificación.

         Fue, por consiguiente, inmune de toda maldición, y fue por ello bendita entre todas las mujeres. Sólo ella sometió la maldición y llevó consigo la bendición y abrió las puertas del paraíso.

         En consecuencia le vino muy bien el nombre de María, que significa Estrella del Mar. Porque, asi como los navegantes son dirigidos por la estrella del mar al puerto, así los cristianos son dirigidos por Maria a la gloria.

         Bendito el fruto de tu vientre. El pecador busca algunas veces algo que no puede conseguir, y consigue, sin embargo, el justo. Lo expresa así Prov 13, 22: la hacienda del pecador es reservada para el justo. Eva deseó el fruto y en él no encontró todas las cosas que deseaba. La bienaventurada Virgen en su fruto encontró todas las cosas que Eva había deseado.

          Eva deseaba tres cosas en su fruto: primero, lo que falsamente le prometió el diablo, a saber, que serían como dioses, conocedores del bien y del mal. Seréis –dijo el mentiroso- como dioses, según Gen 3. Y mintió, porque es mentiroso y padre de la mentira. Eva por la comida del fruto no fue hecha semejante a Dios, sino desemejante, [p. 460] porque, pecando, se apartó de Dios su Salvador y fue expulsada del Paraíso.

         Pero la Bienaventurada Virgen lo encontró, y todos los cristianos, en el fruto de su vientre. Porque por Cristo nos unimos y nos asemejamos a Dios, según I Jn 3: cuando aparezca, seremos semejantes a Él etc.

         En segundo lugar Eva deseó el deleite en su fruto, porque era bueno para comer, pero no lo encontró, sino que al instante conoció que estaba desnuda, y tuvo dolor. Pero en el fruto de la Virgen encontramos suavidad y salud, conforme a lo que dice Jn 6: el que come mi carne tiene la vida eterna.

        En tercer lugar el fruto de Eva era hermoso de aspecto, pero más hermoso es el fruto de la Virgen, pues a Él desean contemplar los ángeles, según se dice en Sal 44: hermosa es tu figura, más que la de los hijos de los hombres, pues es el esplendor de la gloria del Padre.

         Eva no pudo encontrar en su fruto lo que ningún pecador puede encontrar en sus pecados. Por lo tanto las cosas que deseamos, debemos buscarlas en el fruto de la Virgen. Éste es el fruto bendecido por Dios, porque de tal modo lo colmó de gracia que vino a nosostros haciéndole reverencia. Lo dice Ef 1: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en Cristo.

         Bendecido por los ángeles según Apoc 7: la bendición y la claridad y la sabiduría y la acción de gracias, el honor y la virtud y la fortaleza a Nuestro Dios.

         Bendecido por los hombres según Filip 2: toda lengua confiese etc, y según Sal 107: bendito el que viene en el nombre del Señor.

         Así, pues, bendita es la Bienaventurada Virgen, pero más bendito es aún el fruto de su vientre.


 

[1]  Benedicta tu in mulieribus añaden la Vulgata y algunos códices griegos.

 

 

 

 


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