Antonio García Megía - angarmegia - es Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica

 

 

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La Universidad  

Jorge de Esteban

 

 

Cuando se aborda la problemática de nuestra Universidad, partiendo de la implantación de la democracia hace un cuarto de siglo, la comprobación que viene a la mente es muy senci1la: se ha avanzado muchísimo en cantidad y se ha progresado muy poco en calidad. Pues precisamente una de las causas de la escasa calidad de nuestras universidades radica en ese desorbitado aumento de su cantidad.

Las universidades, desde luego, no son como las sucursales de El Corte Inglés, pero ello no obsta para que cada provincia o ciudad importante de nuestra geografía, considerando necesaria una sede de esa boyante empresa, exija, al mismo tiempo la creación también de una universidad. Sea lo que fuere, el hecho es que ambas reivindicaciones las han conseguido, porque ya hay más de 60 sedes de ambos supuestos respectivamente en toda España.

Ciertamente, el consumismo, en un país que hace 60 años dependía de una cartilla de racionamiento, en donde el pan escaseaba, es muy comprensible, y se entiende que hoy todo el mundo exija el derecho a que le atienda un aseado dependiente o dependienta de esa exitosa firma comercial. En realidad, el cursillo para poder llegar a tal categoría no es demasiado costoso ni tampoco se exigen especiales conocimientos de psicología o ciencia similar. Pero las cosas cambian respecto a la Universidad. por dos razones especialmente: por una parte, porque tal y como es su naturaleza sólo deberían acceder a ella las personas que tuviesen un determinado nivel vocacional, intelectual y de esfuerzo, al margen naturalmente del económico, puesto que el Estado debe prever y proveer de un número suficiente de becas para este menester. Lo cual no significa que se impida al resto de los estudiantes el acceso a unos estudios más elevados que los secundarios, sino que para eso está la formación profesional y las carreras intermedias no integradas en la Universidad.

Pues bien, como se consideró que «todo el mundo tenía derecho» a entrar en la Universidad, y además en su provincia, se crearon universidades uniprovinciales: pero ni siquiera con esta inflación de universidades se logró un puesto para cada aspirante, por lo que hubo que crearse la selectividad y pruebas similares para hacer de filtro, totalmente necesario en facultades como la de Medicina. En estos momentos, estamos en otra etapa, ya que los jóvenes españoles se dirigen más bien a carreras intermedias, ha habido un claro retroceso demográfico, y ahora lo que empieza a escasear son los alumnos, hasta el punto de que dentro de poco se tendrán que cerrar facultades por falta de clientela.

Y, por otra parte, la exigencia de universidades para todos, comportó también la necesidad de fabricar profesores a toda prisa para atender la masa estudiantil. De esta forma, las oposiciones a cátedra y similares no sólo han tenido un mínimo nivel necesario, como el que existía antes de la nefasta Ley de Reforma Universitaria, sino que además han sido concursos preparados para el candidato local, tuviese o no la altura indispensable para llegar a una cátedra universitaria. Hemos asistido estos años, en el tema de las oposiciones a cátedra, a la antinovela policíaca, esto es, que antes de empezar ya se sabía desenlace. Se puede suponer así, el nivel de muchos de nuestros profesores, aunque haya naturalmente las excepciones de rigor.

Si a esto añadimos, medios económicos mal distribuidos y mal gastados, planes de estudios absurdos, alumnos pésimamente preparados en el Bachillerato y, para rematar la faena la necesidad de homogeneizar la duración de las carreras con el resto de Europa, para después prolongar paradójicamente los estudios con los dichosos masters, no hay más remedio que concluir afirmando la situación penosa de nuestra Universidad. Porque, además, lo peor no es únicamente que nuestra sociedad viva sin preocuparse de la Universidad -lo cual es un suicidio colectivo-, sino que encima, hasta los ministros o ministras de Educación, han padecido una miopía educativa que no les permitía ver más allá de dos metros.

En definitiva, el nuevo Gobierno no es seguro que mejore esta lamentable, situación de nuestra Universidad, pero sí es probable que la pueda empeorar aún más. Gaudeamus igitur...

Jorge de Esteban

Director del Departamento de Derecho Constitucional- Universidad Complutense

Consejo Editorial de El Mundo.

Diario El Mundo, 13 de octubre de 2004

 

¿Es el spanglish un idioma? 

Roberto González Echavarría

 

 

El spanglish, el híbrido callejero de español e inglés que se ha extendido a los debates televisivos entre hispanos y las campañas de publicidad, constituye un grave peligro para la cultura hispana y para el avance de los hispanos en la corriente hegemónica de la cultura estadounidense. Aquellos que lo condonan e incluso promueven como un aglomerado inocuo no se dan cuenta de que estamos ante una relación fundada en la desigualdad. El spanglish representa una invasión del español por el inglés. La triste realidad es que el spanglish es principalmente el idioma de los hispanos pobres, que en muchos casos son casi analfabetos en ambos idiomas. El que incorporen palabras y construcciones del inglés a su habla cotidiana se debe a que carecen de la educación y el léxico español que podría ayudarles en el proceso de adaptación a la cambiante cultura que les rodea. Los hispanos cultos que lo emplean lo hacen movidos por otros impulsos: algunos están avergonzados de sus antecedentes familiares y se sienten enaltecidos al usar palabras inglesas y modismos traducidos literalmente del inglés. Su idea es que al actuar así están afirmando su pertenencia al centro dominante de la cultura estadounidense. En el plano político, sin embargo, el spanglish es una capitulación: constituye un acto de marginalización, no de emancipación. El spanglish trata al español como si la lengua de Cervantes, Lorca, García Márquez, Borges y Paz no tuviera una esencia y una dignidad propias. No es posible hablar de física o metafísica en spanglish, mientras que el español posee un vocabulario más que adecuado en estas disciplinas. Es verdad que, dada la preeminencia del inglés en campos como la tecnología, algunos términos han de ser incorporados al español (es el caso de "beeper", que ha sido traducido por "bíper"). Pero ¿por qué ceder cuando podemos recurrir a palabras y expresiones españolas perfectamente correctas? Si, como sucede con muchas de las modas de los hispanos en Estados Unidos, el spanglish se extendiera a Latinoamérica, ello constituiría el golpe definitivo del imperialismo, la imposición final de un estilo de vida que, con todo y ser dominante en el plano económico, no es en modo alguno superior culturalmente. Latinoamérica es rica en términos que no pueden ser medidos por las calculadoras. Sin embargo, me invade la preocupación cada vez que oigo los programas en español de las cadenas norteamericanas de televisión que trasmiten para todo el hemisferio. El idioma de los informativos suena a español pero, si uno escucha atentamente, se da cuenta de que se trata de un inglés transpuesto (ni siquiera traducido) al español. Los que reciben estas emisiones en México df o San Juan, ¿las escuchan atentos o riéndose? La misma suerte de rendición tiene lugar cuando las compañías norteamericanas tratan de abrirse paso en el mercado hispano. Me estremezco cuando oigo a un dependiente preguntar: "¿Cómo puedo ayudarlo?" (una transposición literal de la expresión inglesa "How can I help you?"), en vez de la frase "¿Qué desea?", que es la apropiada. En un reciente vuelo a México, un sobrecargo leyó una declaración en "español" que resultaba incomprensible para cualquier mexicano, español o hispano no originario de su misma región. Los anuncios que se exhiben en la televisión hispana y en las calles de Nueva York están llenos de errores garrafales. Me pregunto incluso si los inmigrantes latinoamericanos más recientes pueden comprender tales expresiones. Imagino que mis colegas medievalistas dirán que sin la contaminación del latín por las lenguas locales no existiría el español (ni el francés ni el italiano). Ya no vivimos en la Edad Media, sin embargo, y es ingenuo pensar que podemos crear un nuevo idioma que sea funcional y culturalmente rico. La literatura en spanglish sólo puede aspirar a una ingeniosidad de tintes rebeldes que se agota pronto. Aquellos que lo emplean están condenados a escribir, no una literatura de minorías, sino una literatura menor. No pido disculpas por mi parcialidad profesoral: pienso que la gente debería aprender bien un idioma y que aprender buen inglés tendría que ser algo prioritario en la educación de los hispanos en Estados Unidos si aspiran, como deberían, a ocupar posiciones de influencia. Pero debemos recordar que somos un grupo especial de inmigrantes. Mientras que la cultura original de otros grupos étnicos en Estados Unidos está lejos en el tiempo o en el espacio, la nuestra se halla muy próxima. La inmigración proveniente de Latinoamérica mantiene nuestra comunidad en un estado de renovación perpetua de sus raíces. Lo último que necesitamos es que cada grupo se forje su propio spanglish, creando una Babel de idiomas híbridos. El español es nuestro vínculo más fuerte, y es vital que lo preservemos.

Roberto González Echavarría

Revista Letras Libres.

 

Vindicación del libro

Juan Manuel de Prada

 

 

La consideración de la biblioteca como ámbito casi religioso, como refugio o templo donde el hombre halla abrigo en su andadura huérfana por la tierra, la expresa, quizá mejor que nadie, Jean-Paul Sartre, en su hermosísima autobiografía Las palabras, donde comparece el niño que fue, respaldado por el silencio sagrado de los libros: "No sabía leer aún, y ya reverenciaba aquellas piedras erguidas -escribe Sartre con unción-: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente esparcidas formando avenidas de menhires. Sentía que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Yo retozaba en un santuario minúsculo, rodeado de monumentos pesados, antiguos, que me habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo como el pasado". Esta quietud callada y a la vez despierta de los libros, esta condición suya de dioses penates o vigías del tiempo que velan por sus poseedores y abrigan su espíritu los convierte en el objeto más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre. El libro, en apariencia inerte y mudo, nos reconforta con su elocuencia, porque entre sus páginas se aloja nuestra biografía espiritual; y es esta capacidad suya para invocar los hombres que hemos sido es lo que lo convierte en nuestro interlocutor más valioso y ajeno a las contingencias del tiempo.

Yo también puedo decir con legítimo orgullo que "los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo", como escribe Sartre en algún pasaje de su autobiografía. También para mí la biblioteca ha sido, como para Sartre, "el mundo atrapado en un espejo"; también para mí la lectura ha sido una vocación de permanencia que ha exaltado y consolado mis días. Por eso contemplo con cierto preocupado escepticismo esas proclamas más o menos elegíacas que nos hablan de la muerte inminente de estos compañeros del alma. Los profesionales de la catástrofe y los apóstoles del progreso coinciden en afirmar que los avances en el ámbito de las comunicaciones electrónicas acabarán expoliando ese templo tan costosamente erigido a lo largo de los siglos. Jamás he participado de esta visión fatalista y lúgubre; como Humberto Eco, pienso que las nuevas tecnologías están difundiendo una nueva y pujante forma de cultura, pero se muestran incapaces de satisfacer todas nuestras demandas intelectuales. La comunicación electrónica viaja por delante de nosotros, se adelanta a nuestras inquisiciones, procurándonos un copioso caudal de información; los libros, en cambio, viajan con nosotros y acicatean nuestras pesquisas, deparándonos el difícil venero del conocimiento. Precisamente porque no ofrecen soluciones rápidas e instantáneas, precisamente porque estimulan nuestra curiosidad perenne, tienen la supervivencia garantizada.

Habría que analizar sin ofuscaciones jeremíacas, junto a sus ventajas utilitarias innegables, los perjuicios o pérdidas que nos inflige la lectura electrónica. La digitalización de textos, las redes y foros interactivos han conseguido liberarnos de las "ataduras" del libro; de este modo, la lectura electrónica se ha convertido en una especie de "simultaneidad textual" que inculca un sentido fragmentario de la realidad, repudia las elaboraciones abstractas, disminuye nuestra capacidad retentiva y mutila nuestra percepción de la historia. También devalúa nuestra especial actitud ante el lenguaje; a nadie se le escapa que las palabras leídas o escritas en la pantalla de un ordenador (palabras cambiantes que se desvanecen o actualizan sin cesar) poseen un estatuto menos estable que las palabras inamovibles de un libro. La comunicación electrónica niega el carácter ritual y perdurable del lenguaje, que es como negar sus posibilidades como vehículo para transmitir conocimiento, relegándolo a una mera condición vicaria de transmisor de informaciones. Así se alcanza ese estadio pavoroso de depauperación lingüística, donde las arquitecturas sintácticas se desploman y los matices de la expresión -la ironía y la metáfora, la argumentación y el ingenio verbal- son suplantados por un rudimentario conglomerado del que ha desertado la belleza.

Existe, además, una razón primordial por la que el libro mantendrá siempre su supremacía sobre la lectura electrónica. Se trata de su condición de abrigo para el espíritu, de esa especial disposición para trascender y explicar el tiempo y garantizarnos "un porvenir tan tranquilo como el pasado". Cada vez que nos asomamos a un libro, escapamos de un mundo aturdido por la banalidad y el vértigo para lanzarnos a la conquista de otro mundo más verdadero y postular una realidad enaltecedora. La peculiaridad de esta conquista consiste en que no se trata de un mero ejercicio de evasión, pues -como muy bien entendió Proust- la lectura deja libre la conciencia para la introspección reflexiva. Al leer no nos limitamos a absorber contenidos, a estimular nuestras dotes imaginativas o a mejorar nuestras habilidades verbales; por el contrario, regresamos a nuestro mundo aturdido por la banalidad y el vértigo con una cosecha de iluminaciones que irradian su influjo sobre la realidad y nos enseñan a ser mejores. Este viaje de ida y vuelta, además, nos hace dueños de nuestro propio tiempo, de nuestra duración en la tierra; la aventura de leer un libro nos proporciona el incalculable gozo de aprehender y comprender nuestra vida, no sólo los acontecimientos que poblaron su pasado, sino también los que otorgarán su argumento al incierto y multiforme futuro. Esta sensación de clarividencia explica, por ejemplo, ese curioso fenómeno que todo lector verdadero ha experimentado: con frecuencia nos ocurre que tratamos de evocar en vano el asunto de un libro que nos hizo felices en el pasado, y, sin embargo, ¡cuán vívidamente recordamos el estado de ánimo, el clima espiritual en que la lectura de dicho libro nos instaló, proyectándose como una reminiscencia hacia el futuro!

Creo, con cierta certeza, que esta compleja y hermosa forma de clarividencia, este sutilísimo consuelo espiritual que alumbra nuestros días sólo nos lo puede procurar un libro, jamás un artilugio electrónico. Quizá porque, como decía al principio, el libro es un objeto sagrado que nos habita por dentro y nos vincula religiosamente con la vida. Sabemos que los israelitas condenados al destierro custodiaban el rollo de pergamino del Torah en el Arca de la Alianza, un receptáculo portátil que reproducía en miniatura el templo de Salomón. Los libros siempre han propendido a ocupar un recinto sagrado; no me refiero ya a las populosas y exactas bibliotecas, sino al recinto más sagrado del alma humana. Puedo concebir, en un esfuerzo de la imaginación, una utopía funesta como la que ideó Roy Bradbury, en la que los libros hayan sufrido persecución y alimentado el fuego, como pájaros asesinados, para sobrevivir instalados en la memoria agradecida de unos pocos hombres libres. No puedo concebir, en cambio, a un hombre libre deshabitado de libros; sería tanto como imaginarlo desposeído de alma, extraviado en los pasadizos lóbregos de un mundo que no comprende.

 

 

Vivir y morir con dignidad 

Associació Catalana d'Estudis Bioétics

 

 

Morir es un acontecimiento que el hombre no es capaz de comprender. Morir supone para él un despedirse "definitivamente" de todos y de todo. Quienes compartimos con él la existencia tenemos la obligación humanitaria y fraternal de acompañarle con el máximo respeto a su dignidad - es decir: con amor- en este momento supremo de la vida.

El deseo de "morir con dignidad" se ha ido convirtiendo cada vez más en una frase hecha. Una elegante forma de decir detrás de la cual se esconde un programa técnico y económico basado en el cálculo de costes y beneficios que, con apariencia de lenguaje humanístico, se pretende presentar como una forma radical de realización personal que va desde el nacimiento hasta la muerte. Sin embargo la práctica contradice tan noble intención. El Dr. Jack Kevorkian, más conocido como Dr. Muerte, lo mostró en Estados Unidos por televisión con su propaganda de ayuda activa al suicidio.

Sin querer dudar de la buena intención de base, la politización de la eutanasia amenaza la regulación más elemental de la vida y, al fijar el momento preciso de la muerte, pretende situar la eutanasia en línea con cierta forma de pensar a la que ya nos hemos acostumbrado en el día a día. El excesivo envejecimiento presenta de forma apremiante a la sociedad la tentación de extender los criterios de economización hasta a la propia muerte. Las iniciativas para "una muerte digna" corresponden directamente en mayor o menor medida a esta pretensión. El programa que pretende poner por obra esta forma de entender al que sufre es reivindicado como un derecho y amenaza con transformarse de humanismo en barbarie.

Se hallan en la base de esta apreciación la desorientación de nuestra sociedad en lo referente a las nociones de muerte, muerte natural, prolongación artificial de la vida, sedación preterminal y cuidados paliativos, así como la negación y ausencia de aceptación de la muerte. Ésta corre peligro de ser sometida a criterios puramente económicos y completamente atenuada. El resultado es el rechazo de la compasión, el ocultamiento de la muerte en instituciones de todo tipo y la soledad inhumana de los moribundos.

Nuestra propuesta desea sacudir la modorra de los conciudadanos, asociaciones, empleados y profesionales de nuestro país para que sean conscientes de que el deseo que algunos quizás manifiesten de acabar por sí mismos con su vida es una señal de alarma que nos indica que en la sociedad ha tomado cuerpo un proceso real de destrucción de la solidaridad: una persona que sufre no encuentra ya en su camino a alguien que quiera acompañarle en su sufrimiento, y por ello mismo prefiere "despedirse". Se trata de una petición de ayuda y nunca puede ser tomada como simple deseo de ejercer un supuesto derecho a la autodeterminación.

La verdadera compasión sólo puede enfrentarse a esta desesperación por medio del amor y el afecto por parte del entorno inmediato. Animamos a nuestros conciudadanos, asociaciones, profesionales, empleados e instancias políticas de nuestro país a buscar soluciones de forma intensiva y a ponerlas en práctica donde sea necesario con todos los medios al alcance, en el marco de las regulaciones legales existentes. El rechazo de la autorización para matar a petición responde también en buena medida al hecho de que con ello -como muestra la experiencia holandesa- se precipita el proceso para terminar dando muerte contra la voluntad del propio paciente.

La eliminación a la vez del sufrimiento y del que sufre no puede nunca ser considerado como humanitario y respetuoso con la dignidad humana. En ese contexto, permitir que se diera muerte a demanda sería la declaración de bancarrota de una sociedad llamada a ser solidaria.

 

Lengua hablada y escrita 

Pedro Salinas

 

Pensemos ahora en otra cualidad del valor social del lenguaje. En la relación del lenguaje, el individuo y el tiempo. Ahora nos referimos especialmente a la lengua escrita. Es ésta muy diferente de la hablada. Porque la actitud del ser humano cuando escribe, su actitud psicológica, es distinta de cuando habla. Cuando escribimos se siente, con mayor o menor conciencia, lo que llamaría yo la responsabilidad ante la hoja en blanco; es porque percibimos que ahora, en el acto de escribir, vamos a elevar el lenguaje a un plano distinto del hablar, vamos a operar sobre él, con nuestra personalidad psíquica, más poderosamente que en el hablar. En suma, hablamos casi siempre con descuido, escribimos con cuidado.

Casi todo el mundo pierde su confianza con el lenguaje, su familiaridad con él, apenas coge una pluma. El idioma se le aparece, más que como la herramienta dócil del hablar, como una realidad imponente, el conjunto de todas las posibles formas de decir una cosa, con la que el que escribe tendrá que luchar hasta que halle su modo. Igual sucede eso al poeta que al muchacho que empieza una carta a la novia.

Sí, las lenguas hablada y escrita son diferentes, pero no viven alejadas una de otra, en distintas órbitas. Sería imposible, porque perteneciendo las dos al espíritu del hombre, han de reunirse siempre en la unidad del hombre. De la lengua hablada se nutre, se fortifica, la lengua escrita, sin cesar, y de ella suben energías, fuerzas instintivas del pueblo, a sumarse a las bellezas acumuladas de la lengua escrita. Y de ésta, de la escritura, nacen continuamente novedades, aciertos que, en toda sociedad bien organizada culturalmente, deben poder difundirse en seguida entre todos, para aumento de su capacidad expresiva.

Es el pueblo el que ha dicho: "Habla como un libro". Frase que evidencia cómo el habla popular admira y envidia al habla literaria, cómo las dos se necesitan; y es que según Vendryes ha dicho: "en la actividad lingüística de un hombre civilizado normal están en juego todas las formas del lenguaje a la vez". Y yo, por mi parte, no sé a veces distinguir si una frase feliz que está en mi memoria la aprendí de unos labios, en palabra dicha, o de un libro, de la palabra impresa. Sería insensatez oponer las dos formas del habla; y toda educación como es debido debe ponerse como finalidad una integración profunda del lenguaje hablado y el escrito. Si las dos lenguas se separan, dice Amado Alonso, la escrita acabaría en lengua muerta, la hablada en patois, en dialecto, sin valor general.

 

La ñ también es gente

María Elena Walsh - Buenos Aires. 1996

 

 

La culpa es de los gnomos, que nunca quisieron aclimatarse como ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe.

¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la EÑE! Ya nos han birlado los signos de apertura de admiración e interrogación. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo.

Y como éramos pocos la abuelita informática ha parido un monstruosos # en lugar de la ene, con su gracioso peluquín. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños?

Entre la fauna en peligro de extinción, ¿figuran los ñandúes y los ñacurutuses? En los pagos de Añatuya, ¿cómo cantarán la eterna c

hacarera Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de Ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?

"La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como esta letrita de segunda la eñe jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados, después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco más de trabajo.

Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños.

¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño pero con menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir como nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninio, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y que preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania.

La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos por no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo por Internet!

 

 

 

TEXTOS

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PUNTOMATIC

Pablo se levantó, puso la lavadora y no se murió.
Paco hizo un descubrimiento, lavar la ropa ya no es su sufrimiento.
Ves como no es para tanto, no tenéis ni que soltar el mando.
Ellos también pueden y tú… y tú y tú.
Ahora ya lo saben todos, los gallumbos no se lavan solos.
Cantaba y lavaba el tuno y nunca se perdió la Fórmula 1.
Caballeros recordar el aparato con el agujero que da vueltas no es el horno.
No os confundáis de hoyo y en la lavadora echéis el pollo.
Ellos también pueden y tú.

 

 

IKEA

 

Esto no se toooca, quita
Con esto no se jueeega, dale
Esto no se toooca, quita
Con esto no se jueeega, dale
Quita los pies de la mesa
En el salón no se jueeega
En el sofá no se cooome
En el salón no se jueeega

[Estribillo]:
Esto no se toooca, niño
Con esto no se jueeega, dale
Esto no se toooca, quita
Con esto no se jueeega, dale
Aquí no se juega pelota
En el salón no se jueeega
No pises la alfombra
En el salón no se jueeega

[Estribillo]

Me vas a dar un disgusto

En el salón no se jueeegaaaa
Oyeee
No no no nooo
No no no nooo
Ay ay ay ay ay ay ay
Ay ay ay ay ay ay ay
En el salón no se juegaaa
No no no no no no no no

[Estribillo]

 

 

 

SOLO CON COCO

CHICA
¡Stop!
Tronco, yo no corono rollos con bombos.
O con condón, o yo pongo stop.
Como fosos, como pozos. Somos dos.
O con condón, o yo sobro".

CHICO
Bombón, yo propongo.
 Condón, como modo.
Lo cojo, lo toco, lo pongo.
Con condón, yo floto pronto.

CHICA
Sólo con condón.

CHICO
"Sólo con coco".

 

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