Investigación


María del Mar Morata

 

 



Principales antecedentes retóricos que se pueden observar en el Tomo I de los Sermones Latinos o Conciones de Tempore de Fray Luís de Granada


 

 

Por tanto, dado que también tenemos a nuestra disposición el poder de la elocuencia, que es tan eficaz para defender tanto la causa errónea como la verdadera, ¿por qué no la adquieren celosamente los buenos al servicio de la verdad?[1]

 

 

Una rápida lectura de estas palabras podría llevarnos a la conclusión de que fueron pronunciadas por cualquier predicador sagrado de nuestro Siglo de Oro, y, sin embargo, once siglos de historia retrotraen a su verdadero autor. Por ello, intentar presentar en estas pocas líneas el panorama histórico de la retórica sería tan ingenuo como descabellado. Afortunadamente, existen abundantes manuales de retórica, estudios profundos y serios, detallados, superespecializados; y otros más ligeros y de divulgación, que ya se han ocupado del tema[2]. Nosotros, en este momento, no tenemos más objetivo que presentar un bosquejo de su génesis y desarrollo hasta el s. XVI, obviamente por ser éste el siglo de Fray Luis, y finalizar en el s.XVII, momento en el que se produce la decadencia de la oratoria sagrada. 

            Tiene su razón de ser, por tanto, presentar un panorama sesgado de la trayectoria de la retórica. Por un lado, somos conscientes de que no todos aquellos que lean estas páginas tienen por qué ser especialistas en la materia, y un esbozo de la misma les puede ayudar a centrar el tema y a profundizar en él. Pero además, es una consecuencia lógica de la falta de tiempo, amén de ser otra la finalidad que nos mueve: no se trata de estudiar la retórica en sí, sino la retórica en la obra de un autor y de un siglo determinado. Por ello, no pretendemos estudiar esta disciplina en toda su amplitud, sino ir entresacando solamente aquello que nos interesa.

            No se nos oculta la brevedad y concisión de nuestro estudio. Incluso estamos dispuestos a que alguien pueda tacharlo de un tanto superficial. Somos conscientes de ello, pero, repetimos, que no intentamos analizar los prolegómenos del tema ni hacer un manual de retórica, sino ir enfocando el objetivo de nuestra cámara hasta fijarlo en el punto determinado al que queremos llegar: el tomo I de los sermones latinos.  

 

            I. El siglo V a.C. inaugura en Grecia una etapa de gobiernos absolutos o tiranías. Los bienes confiscados en épocas anteriores se devuelven a sus antiguos dueños: de ahí que muchos acudan a los tribunales. Surge, entonces, la necesidad de crear escuelas donde los ciudadanos aprendan a desarrollar sus causas y vencer a sus rivales.

             Podemos fijar aquí el origen de un nuevo arte que se aprende –surgen escuelas- y se practica –los ciudadanos desarrollan sus causas y vencen a sus rivales-. Su fin será puramente jurídico. Enseguida se producirá un perfeccionamiento formal en los discursos y la posterior división en cinco partes: exordio, narración, prueba, digresión y epílogo.

             A lo largo de los siglos, sucesivos cambios y adaptaciones van perfilando definitivamente su fisonomía, añadiendo, suprimiendo o limando aspectos concretos: desde los pitagóricos, por ejemplo, que valoraban más la forma, pasando por Protágoras, que reclamaba además una finalidad moralizante, o Gorgias, que daba más importancia a los tropos y figuras, o Platón, que subordinaba la retórica a la ética, pues propugnaba la necesidad de armarse de argumentos verdaderos para poder hacer el bien, o el mismo Aristóteles, que consideraba la Retórica una ciencia demostrativa, en la que las pasiones eran necesarias para mover a los oyentes, hasta, finalmente, desembocar en el empobrecimiento escandaloso de Grecia, aparejado al dominio que Roma empezó a ejercer sobre ella.

 

             II. Por su parte en Roma la Retórica fue el alma de la democracia. Hasta la instauración del Imperio, como exterminador de las libertades, Retórica y Oratoria ocuparon un lugar preponderante en el plan de estudios de la sociedad romana[3]. El hito marcado por Cicerón[4] en la teorización y praxis de esta ciencia fijó los preceptos de su ordenamiento. Sin embargo, la vuelta a la tiranía anuló la enseñanza de la Retórica, que se vació de contenido, se llenó de tópicos y obligó a los alumnos a ejercitarse en discursos desligados de la realidad, muy elaborados en su forma, más o menos como “el arte por el arte”[5]. Y ya que no podía manifestarse de otra manera, entró de lleno en el ámbito de la poesía; y así permaneció hasta el s. XVI

 

            III. Fue durante la segunda sofística cuando se produce el nacimiento de la predicación cristiana, que se origina con Jesucristo y se continúa con los Apóstoles y discípulos, especialmente san Pablo. De él la heredaron casi impoluta los predicadores del siglo XVI, a pesar de los cambios provocados necesariamente en ésta por el devenir de los siglos. De ahí que nos detengamos en ella, aunque sea levemente.

            Esta nueva forma de oratoria presenta una doble vertiente: la enseñanza o exposición doctrinal y la predicación o exhortación a la acción. Su base fundamental es la predicación judía, y su fuente el Antiguo Testamento. Cobra gran importancia la parábola o discurso por el que se transmite una lección moral, mediante una analogía de la experiencia común. San Pablo introduce nuevos elementos, como son la relación entre gracia y predicación, la diferencia entre predicación y oratoria ordinaria y la relación entre predicación y culto.

            Si tuviéramos que resumirla en una sola idea diríamos que responde a la necesidad de persuadir según el mandato de Cristo a la Iglesia. Por eso, la gracia de Dios es fundamental en la predicación, lo cual supone la anulación de la actividad humana en la retórica. De ahí que durante doce siglos a la Iglesia le interesara más qué se decía que cómo se decía.

            Pocos detalles poseemos de la predicación de estos primeros siglos, pero sabemos que en un principio sólo a los Obispos les estaba reservado el don de la predicación. Posteriormente se extenderá también a los sacerdotes. El orador cristiano debe trabajar para ganar almas, no para brillar él como disertante, lo cual era la norma de comportamiento impuesta por la segunda sofística y una incitación constante para el predicador.

 

            IV. El desarrollo del cristianismo y el consiguiente florecimiento de sectas que amenazaban la ortodoxia doctrinal configuran toda una época, que comúnmente se ha venido llamando la etapa de transición o la época de los Santos Padres, y que comprendería el arco temporal que va desde san agustín a Rabano[6].

            La Retórica sigue sufriendo profundas transformaciones que se derivan de su adaptación a las necesidades imperiosas del momento presente. Por un lado, hay un intento claro de apartarla de los vicios de la segunda sofística. Por otro, la Retórica es necesaria para defenderse y convencer a los herejes[7]. Se produce, pues, una vuelta a los cánones clásicos de estructura formal, pero su contenido se va orientando hacia la Dialéctica[8]. La base fundamental de los discursos será la Sagrada Escritura. Se crea una nueva forma de discurso: la homilía apologética, que busca ante todo la sencillez, y puede considerarse la antirretórica. Es difícil, no obstante, hacer un estudio teórico de la misma.

            Pero no sin motivo es también un periodo de cristianización de la cultura grecolatina. La predicación se tiñe de ciceronianismo valorándose enormemente la imitatio[9]. Aún así se da un paso adelante en los discursos sagrados: la utilización del locus (topos) y la aparición de la divisio.

            La homilética, como nuevo ars praedicandi, comenzó con san Agustín, quien se había esforzado por salvar el concepto mismo de la tradición preceptiva, representada principalmente por la retórica ciceroniana. Posteriormente, los enciclopédicos habían procurado transmitir todo un cuerpo de doctrina, resumido y mutilado, sin duda, pero tan íntegro como pudieron conservarlo. Marciano, Casiodoro e Isidoro tenían poco interés en modificar la forma de la doctrina misma; pero Rabano quiere cambiar todo lo que le sirve de acuerdo con las necesidades del nuevo orador eclesiástico. “Este abierto pragmatismo marca el final del periodo de transición que había comenzado en Agustín y Marciano” (MURPHY, JJ, op. cit. 97-98. La cursiva es nuestra).

             Las invasiones bárbaras del siglo V habían destruído el sistema escolar romano. La Iglesia levantó sus propias escuelas para educar sacerdotes, que beben la cultura grecolatina -cristianizada por los Santos Padres- a través de manuales. Sin embargo, aunque se produce un florecimiento de la predicación retórica para combatir a los albigenses, es curioso que hasta el siglo XIII haya un único tratado de predicación, el de san Agustín. Teniendo en cuenta la importancia que cobró la predicación, no está de más cuestionarse cómo fue posible que sucediera esto. Las respuestas son de diverso tipo, pero todas ratifican que había poco tiempo para escribir, pues abundaban serios problemas más urgentes de solucionar. La Oratoria ahora, en opinión de muchos, era amoral o política.

 

            V. Se produce entonces una revolución imprevista en el ars praedicandi cuyo origen es todavía oscuro. Definitivamente se disocian Dialéctica y Retórica y aparece el sermón universitario. Hay un interés mayor cada vez por la forma de la predicación en contraposición a la materia. Se habla ya de partes del sermón: prólogo-división-prueba-conclusión (esto era una realidad en la teoría clásica, pero olvidada en la época cristiana y en la de transición). En el discurso medieval cada miembro ( propositio, confirmatio, etc) debe ir seguido de una prueba. Esto es una desviación radical de la doctrina ciceroniana. El sermón temático o universitario dominó la Retórica de la predicación hasta la Reforma. El esquema general de un discurso podía ser más o menos el siguiente[10]:

1.      Declaración de un tema, del que se deriva el resto del discurso: antetema o protema.

2.      Súplica y ayuda a Dios para llegar a los oyentes.

3.      Exposición del tema en forma de narración.

4.      División y sibdivisión del tema, amplificándolo de diferentes modos.

5.      Conclusión.

Como vemos, en la teoría retórica medieval se presta gran atención a la organización del discurso en el nivel de la dispositio. Puede afirmarse que realizó una de las más consistentes aportaciones al concepto de estructura textual, por su profundo tratamiento de las partes que componen el texto.

            El exordium adquiere un gran desarrollo, reduciéndose visiblemente la narratio, y la divisio tiene un papel decisivo en la organización del sermón, pues en ella se inserta la argumentación, una argumentación que se hacía a base de preguntas y respuestas, modo característico de la Dialéctica. Este modo de formulación era el más adecuado, pues desde Casiodoro se consideraba la Dialéctica como el estudio que distinguía lo verdadero de lo falso; de ahí que se valiera de silogismos perfectos –lo cual la separaba de la Retórica, que se daba por satisfecha con breves entimemas- para conseguir sus fines: destruir a un adversario.

            Podemos ya, en efecto, con todo lo dicho hasta ahora, esquematizar en abstracto la estructura organizativa del sermón medieval[11

  • I.                    EXORDIUM: Antetema o protema.

  • II.                 DIVISIO (en 3 partes, por ejemplo)

    A.  Subdivisión I

·        prueba de autoridad

·        prueba por razonamiento

    Subdivisión II

·        prueba por ejemplo

·        prueba por analogía

Subdivisión I

    Subdivisión II

 

C Subdivisión I

   Subdivisión I

            El resultado era que cada argumento (A,B,C) había de considerarse como un minisermón, que contenía su propio plan de disposición. Este ejercicio tiene una cierta semejanza con el ejercicio escolar romano de la declamatio –tesis, respuesta y solucción dada por el maestro-. Sin embargo, los orígenes de la discusión medieval se encuentran en el interés que surge en el siglo XII por la Dialéctica, más que en una supervivencia de la influencia romana. Es lógico, entonces, que los tratados retóricos propiamente medievales, que aparecen por primera vez en el siglo XI, presenten una nueva clasificación temática de discursos: a los 3 tipos clásicos –forense, deliberativo y encomiástico- añaden el didascálico-magisterial y un tipo mixto, con elementos de los anteriores.

 

            VI. Con todo, la Retórica como ars bene dicendi ha quedado obsoleta. Nuevas corrientes espirituales se van implantando poco a poco, provocando cambios notables en la actividad oratoria.

            Por un lado se conserva la fe medieval, mezclada con impurezas supersticiosas o costumbres relajadas. La ignorancia de la fe era enorme[12], pero la fe es íntegra, sin fisuras heréticas. Surgen, entonces, corrientes espirituales más puras, a la par del humanismo cristiano: el divinismo medieval va cediendo ante el antropocentrismo renacentista. Sin embargo, la sociedad del siglo XV es esencialemnte cristiana, fiel a las tradiciones de sus mayores.

            Los tratados de Retórica responden a dos concepciones retóricas distintas: los que abanderan la autoría absoluta de los clásicos grecorromanos, y los que los valoran, pero sin plegarse servilmente a ellos por el hecho de ser clásicos. Las partes, divisiones, tipos de discursos, cualidades del orador y todo lo que es materia de tratamiento retórico, varían enormemente de unos autores a otros. Ya no se admite universalmente la división clásica de la retórica en 5 partes: para unos se reduce a elocutio y dispositio; para otros a elocutio y actio. Hay un gran deseo de renovación, de salir del fondo de pasividad en el que se encuentra la Retórica, y no tanto de aplicar los principios generales.

 

            VII. Llegamos así a lo que se ha convenido en llamar la Edad de Oro de la Retórica española. Desde finales del siglo XV una gran inquietud religiosa se había apoderado tanto de la Iglesia, como de la sociedad, expresada a través de diferentes movimientos de reforma. Existía un importante caldo de cultivo de espiritualidad mística, que deseaba un retorno a los orígenes del evangelio, y buscaba una religiosidad más interiorizada y afectiva, con la que superar la habitual rutina e hipocresía de las simples apariencias externas. En esta línea los grupos reformadores extendieron el sistema de la oración mental metódica, que constituye un precedente de la línea seguida por fray Luis en el Libro de la oración y meditación.

            El movimiento de reforma religiosa se hallaba inseparablemnte unido al de renovación intelectual. El Humanismo y el Renacimiento extendidos a través de Italia y Países Bajos se fundamentaban en el estudio del latín y griego –de la cultura clásica, en definitiva- como medio de renovación del concepto de hombre, mundo y vida. Su máximo exponente fue el erasmismo, que cuajó en España, acorde con las inquietudes religiosas preexistentes[13].

            Sus trazas fundamentales consistían en una interiorización del sentimiento religioso y un “abandono” total a la inspiración divina. las invectivas de Erasmo eran lanzadas contra la hipocresía de los ritos y de las ceremonias sacras; contra las devociones sin alma, masculladas en latín por cristianos ignorantes de lo más elemental; contra la oración vocal reglamentada, fría, impasible. Paralelamente, propugnaba un cristianismo interior, sincero y fervoroso, libre de cargas externas y movido desde dentro, más propio de hijos libres que de esclavos sumisos, cumplidores en extremo, pero siervos al fin y al cabo. Sin embargo, el erasmismo fue algo muy diferente a un movimiento de protesta contra los abusos de un clero indigno y de unos frailes ignorantes. Fue un movimiento positivo de renovación espiritual; un esfuerzo de cultura intelectual dominado por un ideal de piedad.

            La labor renovadora que supuso el Concilio de Trento marcó una nueva etapa en la concepción del discurso retórico. Se admite desde ahora que es necesario asentar unas bases claras de lo que debe considerarse Oratoria Sagrada. En la 4ª sesión conciliar, efectuada el 8 de Abril de 1546, se fijaron las fuentes de la fe: Sagrda Escritura, Tradición y Santos Padres[14].

            San Carlos Borromeo abandera las conclusiones del Concilio –no sin motivo se le apoda el Cardenal de Trento-, y funda en la ciudad de su cardenalato un seminario, que será semillero de los nuevos predicadores tridentinos. Para lo cual patrocina la redacción e impresión de Retóricas inspiradas en el De Doctrina Christiana de san Agustín y en el Ecclesiastes de Erasmo. La obra de san Agustín establece que es en la Sagrada Escritura donde debe estar la fuente de la inventio de la oratoria cristiana. La de Erasmo hace de los Santos Padres modelos de un nuevo tipo de teólogo, liberado de las férreas ataduras escolásticas para evangelizar a la humanidad. Inventio y elocutio vuelven a brillar en el firmamento de la preceptiva retórica. Aún más, el estilo, la forma de predicar, la elocutio en suma, vuelve a ser primordial en esta tarea evangelizadora, en ese fervor misionero que invade la Iglesia en estos siglos. Los preceptistas retóricos –y especialmente fray Luis- son de la opinión de que de nada vale tener muy buen material, si el estilo y la forma de exposición son pobres[15]. Por tanto, primero es necesario aprender la Dialéctica para saber argumentar, y después emplearse en la retórica para persuadir al auditorio. Pero como los eclesiásticos no sólo debían convencer a sus oyentes de que lo que les decían era cierto, sino sobre todo conseguir que vivieran lo que les inculcaban, este oficio era harto difícil sin un arte de predicación.

            Así mismo, a partir de Erasmo surge la división entre Teología escolástica y mística. Esta dicotomía tiene también su reflejo en la predicación del siglo XVI, pues se empieza a dar primacía al capítulo de los afectos. La teología mística, considerada un don del Espíritu Santo, se diferenciaba de la escolástica en que ésta deducía e infería sus aserciones de los principios oscuros de la fe, mientras que aquella lo hacía sin discursos de la razón, sino con puras y simples miradas. Veámoslo en unas palabras de fray Luis del tercer sermón en el primer domingo de Adviento:

 

            Sed quoniam ea quae universe dicuntu suboscura esse solent, operae pretium erit ut ad praxim a theorice, et ad mysticam a scholastica theologia transeuntes, haec ipsa quae diximus, illustremus. In hac enim philosophandi ratione affectus intellectum et mystica scholasticam theologiam per sapientiae donum erudit[16].

 

            Y en otras del libro IV de su Retórica:

 

            Hoc autem ad mysticam Theologiam spectat quae divinarum rerum dignitatem magis amando ac degustando quam intelligendo cognoscit, cuius ac legitimus magister Spiritus sanctus est [17].

 

            Como ya hemos apuntado, la ploriferación de preceptivas retóricas es ingente. Casi la totalidad de ellas apoyan la oratoria en dos pilares incuestionables: inventio y elocutio. Se llega a una casi perfecta fusión entre la Retórica tradicional y la sagrada, entre lo profano y lo sacro.

            Capítulo aparte lo constituye la diatriba surgida por el uso de la lengua. En un principio, el empeño fundamental se centró en igualar y superar la elegancia de los clásicos, una especie de purismo formal y, por lo tanto, en considerar el latín como única lengua capaz de expresar contenidos tan elevados. Cosa que acabó dividiendo en dos bloques a los preceptistas y oradores y provocando la reacción contraria: la burla de los ideales paganos. Este movimiento pendular desembocará en el Barroco, momento en el que las lenguas vulgares alcanzan la mayoría de edad y no se siente la necesidad del latín. Se considera que el español es lo suficientemente válido para expresar contenidos teológicos. Además, el latín es difícil y complicado: casi nadie lo puede leer, y menos aún entenderlo.

 

            VIII. Con la radicalización de estos principios se llega así al siglo XVII. Es una época de crisis en algunos aspectos del Humanismo y, sobre todo, de innovación profunda en el terreno de la Oratoria sagrada: la predicación se hace popular, sin retórica. Se abandona definitivamente el latín, sustituyéndolo por la lengua romance; los géneros, los modos y las partes del discurso sufren las modificaciones propias de una época en cambio. Se puede hablar, por tanto, de la decadencia de la Retórica, realidad que, sin embargo, no podemos decir que abarque la totalidad del siglo. Como apunta HERRERO SALGADO[18] en un magnífico trabajo sobre la historia de los sermonarios de los siglos XVI y XVII, la decadencia propiamente dicha es notable en la segunda mitad del XVII, concretamente en los años del reinado de Carlos II, en el que todo está viejo y agotado: se repiten las mismas frases, imágenes y paralelismos. Es la etapa del culteranismo desenfrenado, de la desintegración del arte oratorio.

            No queremos terminar estas líneas sin hacer un parangón entre los sermones del siglo XVI y los del siglo XVII, sus herederos inmediatos. A la vista de los datos que aportamos a modo de radiografía, podemos concluir diciendo que las retóricas sagradas del siglo XVI son una adaptación de las retóricas clásicas, con ejemplos de la Sagrada Escritura y de autores cristianos. No olvidemos que la Orden de Predicadores se distinguía demasiado por su tradición racionalista y sistemática, y por su escolasticismo, valores que fray Luis encarnó sin reticencias. Todo lo cual, fuera de ser incompatible, consiguió nuestro fraile armonizarlo suavemente, como queda a la vista después de leer con calma y en profundidad las 41 contiones que integran el primer volumen de su sermonario de tempore.

 

 

S. XVI

S. XVII

A N T E C E D E N T E S

  1. Los Evangelios

  2. Apóstoles

  3. Santos Padres

  4. Sermón medieval

1. Sermones del siglo XVI, sobre todo los de fray Luis y el Maestro Ávila

F U E N T E S

  1. Sagrada Escritura

  2. Santos Padres: S. Agustín y S. Juan crisóstomo

  3. Doctores: Tomás Aquino

  4. Autores clásicos: Séneca y Plutarco

  1. Sagrada Escritura

  2. Stos Padres: S. Agustín y S. Juan Crisóstomo

  3. Doctores: T.de Aquino

  4. Autores clásicos: Séneca y Cicerón

G E N E R O S

  1. Demostrativo (panegírico)

  2. Deliberativo (aprobar/censurar)

  3. Judicial (descartado)

  4. Didascálico (enseñanza)

  1. Demostrativo (Fiestas de Xto, Virgen, santos)

  2. Deliberativo (todos, porque convencían)

Pero mejor esta división:

Sermones de t.ordinario

Sermones de Cristo

Sermones de María

sermones de los santos

otros sermones: fúnebres

M O D O S

1.       Apostillar el evangelio (homilía) fácil y socorrido

  1. De un solo tema (Temático medieval)

  2. Panegírico

  1. Apostillar el  evangelio (parafrasearlo y sacar disgresiones doctrinales)

  2. De un solo tema (languidece al final del s.SVII)

 

P  A R T E S    D E L    S E R M Ó N

  1. Tema

  2. Introducción preparatoria (con o sin Ave Maria)

  3. Cuerpo del sermón (cada punto se apostillaba con autoridades)

  4. Conclusión (recapitulación de los puntos tratados. Despedida de los fieles)

  1. Temáticos:

a)      Exordio

b)      Narración

c)      Confirmación

d)      Epílogo.

  1. Apostillar el Evangelio

a)      Salutación

b)      Introducción

c)      Cuerpo

 

[Arriba]
 


[1] S. AGUSTÍN, De Doctrina Christiana, IV, iii 3, BAC (vol. 40) Madrid, 1995

[2] Vid. entre otras muchas monografías, por ejemplo: CONNORS, JM (1958), MARTÍ, A (1972), RICO VERDÚ, J (1973), MURFHY, JJ (1986), MORTARA GARAVELLI, B (1991), LÓPEZ GRIJERA, L (1995), HERRERO SALGADO, F (1996). A esto hay que añadir los cientos de artículos publicados en libros y revistas, que, obviamente, no podemos reseñar aquí.

[3] La Retórica junto con la Gramática y la Dialéctica formaban el trivium latino

[4] Vid. CICERÓN, Orator, Alma Mater. Barcelona, 1963 y De Oratore, Clásicos Gredos. Madrid, 1982

[5] Vid. QUINTILIANO, Marco Fabio, Institutiones Oratoriae libri XII (Ed. M. Winter-Bottom) Oxford, Oxford University Press, 1970, 2 vols.

[6] MURPHY, JJ (op. cit. 1986, 275-361)

[7] Es la idea central de todo el libro IV De Doctrina Christiana de S. Agustín

[8] vid. S. AGUSTÍN, op. cit. libri I-III

[9] vid. S. AGUSTÍN, op. cit. IV

[10] Éste es el esquema que propone Roberto Baservon en su Ars praedicandi de 1322. No es el único, ni posiblemente el más importante, pero nos ha parecido apropiado traerlo aquí, porque muchos sermones luisianos encajan perfectamente en este esquema. De hecho, de los 41 sermones que comprenden el vol. I de los Sermones de tempore, 16 presentan este esquema. (vid. MORATA GARCÍA DE LA PUERTA, M. DEL MAR, Fray Luis de Granada, Conciones de tempore I. Introducción, Edición, Traducción e Índices. Tesis Doctoral defendida en la Universidad de Granada el 5-XII-1997) Con esta pincelada queremos dejar constancia del fardo medieval, escolástico, que pesa sobre la predicación latina de fray Luis.

[11] Un ejemplo concreto de estructura organizativa de la discusión se puede encontrar en Tomás de Aquino, Summa Theologica, pars I, quaestio XIII. Instituto Universitario Virtual santo Tomás, 2003. Fundación Balmesiana -Abat Oliba CEU. Es una referencia obligatoria en el estudio de la estructura de los sermones de fray Luis.

[12] HUERGA, A, “la vida cristiana en los siglos XV y XVI”. En Historia de la espiritualidad II, Juan Flors, editor. Barcelona, 1969: 5-139.

[13] para un estudio profundo del tema vid. BATAILLON, M. Erasmo y España. Fondo de Cultura Económica. México, 1986

[14] Vid. BURGOS NÚÑEZ, M, “La hermenéutica de la predicación de Fray Luis de Granada desde su Ecclesiastica Rhetorica”. Communio XXI; 1988: 387-414.

[15] Vid. CONNORS, JM, “Homiletic theory in the late 16th century”. American Ecclesiastical Review  138, 1958: 316-332

[16] FRAY LUIS DE GRANADA, Sermones de Tiempo I/1. Fundación Universitaria Española. Dominicos de Andalucía, Madrid 1999: 160

[17] FRAY LUIS DE GRANADA, Retórica Eclesiástica libri IV-VI. Fundación Universitaria Española. Dominicos de Andalucía, Madrid 1999

[18] Vid. HERRERO SALGADO, F, La oratoria sagrada española de los siglos XVI y XVII. Fundación Universitaria Española. Madrid, 1996

 


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