FRAY RAMÓN HERNÁNDEZ MARTÍN

 

Meditaciones

INOLVIDABLE AMIGO: EL MISIONERO RAFAEL MATEOS GUERRA. Semblanza en una misa para él

Por fr. Ramón Hernández Martín, O. P.


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Hablaré, por encargo del P. Prior, de mi gran compañero el P. Rafael. Nos ordenamos de sacerdotes juntos el 30 de marzo de 1958. Hace mes y medio cumplíamos los 50 años de sacerdocio. Yo los he celebrado en la tierra; él en el cielo. ¡Cuánto me acordé de Rafa en los meses inmediatamente anteriores a esta celebración! Él había sido el gran organizador de los complicados preparativos y de las complejas ceremonias de nuestra ordenación sacerdotal. Ahora, en las llamadas “Bodas de Oro del Sacerdocio” él habría estado presente en todos los detalles. Gozaba de ese don que muy poca gente tiene.

Celebramos con esta santa misa el año del fallecimiento del P. Rafael Mateos Guerra. El año pasado cayó este día de hoy -14 de mayo del 2008- en el lunes de la sexta semana de la Pascua, y nos preparábamos para la fiesta de la Ascensión. Dios quiso llevárselo entonces para celebrar eternamente los triunfos de Jesucristo. Fuimos compañeros durante toda la carrera; podría contar innumerables cosas, todas buenas, y muchas muy buenas. Pocos minutos después de su entierro, para que no se me olvidase nunca su memoria, escribí un esbozo de semblanza, que podría llenar con mil historias. Me limité a unos rápidos recuerdos.

Un gran silencio me invade en estos momentos – escribía yo- , que me hunde en la meditación más profunda. No tengo ánimo para hablar; sólo para meditar.

Juntos fuimos a la Escuela Apostólica de Corias (Asturias) en 1945. ¡Cómo me acuerdo de aquel maravilloso viaje! Un grupito salimos de Salamanca con el P. José Santos, que marcharía pronto a las misiones dominicanas del Perú. En León nos unimos a un grupo más grande de chicos de diversas procedencias: Zamora, Madrid, León, Palencia. Entre ellos estaba Rafael Mateos. Desde León en el coche de línea nos dirigimos hacia Asturias por el puerto de Leitariegos.

Rafael era de los más animosos, y yo me fijaba en él para vencer la nostalgia y levantar los ánimos. En el viaje, todos en la baca del coche, cantábamos muy gozosos y alegres. En Cangas del Narcea nos esperaba fray Luis Carrillo, que nos recogió los bultos en el carro con su caballo. Los chicos a pie los dos o casi tres kilómetros de carretera que nos ponían a las puertas del monasterio de Corias. La algarabía del recibimiento por los apostólicos veteranos fue muy grande y nos llenó de ánimo, y nos abrió a la confianza de que aquello era en verdad lo nuestro.

Todo era maravilloso en Corias. Todo nuevo: la tierra, el aire, el río grande con el murmullo continuo de sus aguas a los pies del monasterio, con la sola separación de la carretera, que seguía pegada a la finca y al edificio del convento; valle profundo el de Corias rodeado de altas montañas. Y dentro ¡qué pronto prendió con fuerza en nosotros aquel sublime ideal: la Orden de Predicadores! Nuestro Padre Santo Domingo, nuestros grandes santos y santas, con la vivencia diaria de la Eucaristía y la devoción a la Virgen y su Rosario.

Rafael siempre de compañero (muy buen compañero, extraordinario compañero): en Corias; en Palencia (el noviciado); Las Caldas de Besaya (la filosofía); Salamanca (la teología). Toda nuestra carrera sacerdotal. Después él marchó a las misiones, en primera línea, veinte años hasta que se puso muy enfermo. Tuvo que venir a España. Convivimos de nuevo a partir del 28 de agosto del 2002, en que fui asignado a este convento de Santo Domingo el Real de Madrid. Había trabajado mucho Rafa en el secretariado misionero de “Selvas Amazónicas” y ahora colaboraba en la Biblioteca. Los primeros meses del 2007 los había pasado muy mal. Las enfermedades, que venían minándole, le tuvieron sumido en el máximo dolor.

No voy a decir más; solamente que su vida fue un holocausto espléndido, ofrecido para la alabanza de Dios y el bien de las misiones, de la Iglesia y de su Orden. Impresionante, inolvidable ejemplo el del P. Rafael. No se nos borrará.


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