Antonio García Megía y Mª Dolores Mira y Gómez de Mercado, responsables de esta sección,  son Maestros, Diplomados en Geografía e Historia, Licenciados en Filosofía y Letras y Doctores en Filología Hispánica

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El mensaje

Candelaria  Gómez de Mercado

"La abuelita informática"

84 años - Almería

 
 

 

 

 

 

Cierta vez había unos abuelitos que se querían muchísimo. Ambos tenían gran amor al prójimo y trabajaban sin descanso para construir un mundo mejor, pero un día el abuelito se fue al Cielo. Lo había llamado el Señor.

La abuelita hubiera querido irse con él, pero aquel avión no llevaba plaza y hubo de quedar en lista de espera, o sea, para otra ocasión. Ella, quedó en casa; pero estaba muy triste. Pues la casa sin el abuelito estaba fría, falta de luz, de ilusión, de alegría.

Ellos acostumbraban a comentar y consultarse el trabajo y ahora tenía que tomar las decisiones por sí misma.

La verdad es que esto no le molestaba mucho, pero cuando tenía interés, (que era siempre), en comentarle algo y se daba cuenta de que no podría hacerlo, se sentía tan importante como un gusano que acaba de descubrir que se encuentra en el punto de mira de una gallina rodeada de polluelos.

Cuando venían a verla siempre estaba serena y valiente. Procuraba estar alegre y sacar tiempo para escribir al abuelito. contándole todas las cosas buenas que pasaban y las ganas que tenía de darle muchos, muchos besos.

Más, él debería sentirse muy feliz. Ni escribía,  ni mandaba mensajes, tal vez había olvidado en arte de escribir, o la ilusión por manejar el "bolí", o en aquel Reino no existiera y tuvieran otra forma de comunicación.

¿Podría ser que debido a motivos. por ella desconocidos. estuvieran rotas las Relaciones Diplomáticas entre ellos y nosotros y no viniera el Correo? Lo cierto es que no mandaba la dirección y las cartas se iban amontonando unas sobre otras; pero la abuelita seguía escribiendo, pues le hacía mucha ilusión pensar que él desde el cielo las leía, mientras ella las iba escribiendo y era la única manera que tenían de comunicarse.

Como todos la quería mucho.. un día le trajeron a casa un "robot" y con él vino un ratoncillo travieso, el cual traía en jaque a la abuelita. El ratón se sentía dueño del trasto e iba de un lugar a otro sin dar tiempo a ser localizado: Corría, saltaba, se perdía, volvía a aparecer.. Cruzaba en todas direcciones como una estrella fugaz y se camuflaba con la misma facilidad de un felino.

La abuelita se sentía humillada por aquel bichillo repelente que aprovechaba todo momento para dejarla en ridículo.

Cansada de sus travesura.." decidió hacer un pacto con él.

Puso el "robot" en marcha e ii1mediatamente el ratón empezó a correr y saltar como loco.

-¡Eh¡, ratoncito ¿dónde estás?-dijo la abuelita.

-Aquí abajo-dijo el ratoncillo mientras huía precipitadamente hacia arriba

-¿Por qué huyes de mí?

-Porque me haces daño. Me tratas sin piedad. Cuando me coges me tiras del rabo, me retuerces las orejas, me aplastas el hocico... no queda en mí nada que no duela. ¡¡Huy¡¡...,¡huy, que daño¡ Me estás aplastando la oreja.

-Bueno. No chilles. Ya no te hago daño. Yo procuraré tratarte con suavidad y tu procurarás ser más obediente y disciplinado.

-Bien, Pero tendrás que tratarme mejor y cuidar de mis orejas,¿vale?

-Vale. Desde ahora vamos a ser buenos amigos. Tu me llamarás abuelita, Y ¿Tú, como quieres que te llame?

¡-Mira, tú! Si soy un ratón. Pues..., Ratón.

-Necesitas un nombre para que cuando te llame no acudan todos los ratones de la ciudad. Te llamarás Mur, ratoncito. ¿Te parece bien?

-¡Pchs¡ De todas formas, ratón. ¡que mas da¡ Mira, abuelita; yo soy un ratón intelectual y se cuando me llaman ratón, aunque sea en latín. Pero porque me hayas puesto ese ridículo nombre, no voy a perdonarte que me tengas cuatro días sin comer. Tu debes creer que yo me alimento con papeles y estás muy equivocada. Yo a los papeles, a la tinta y a los circuitos electrónicos, les tengo mucho respeto. No me los, como. Espero que me des queso y chocolate;( que son las dos cosas que mas me gustan), por lo menos dos veces al día. Y solo entonces. cerraremos el trato. ¿Aceptado?

-Aceptado.

Pasados unos días" la abuelita y Mur, ya se entendían a las mil maravillas, Mur descansaba feliz en la mano de la abuelita y la abuelita lo acariciaba con serenidad y paciencia. Ambos jugaban, reían, escribían cuentos y hablaban del abuelito: de sus trabajos, de sus amigos, del amor que sentía por la Virgen y la confianza que tenía en Ella; de los viajes que hicieron juntos y de tantas cosas como pasan en cuarenta y cinco años: Unas alegre y otras no tanto

La abuelita decía a Mur que un día vendría el abuelito y se iría con él para siempre; pero a Mur no le gustaba hablar de esto, porque para él que había:' pasado la vida entre niños, muchos niños, de los cuales" algunos habían sido amables, pero otros, solo de pensar en ellos se echaba a temblar. La casa de la abuelita era aburrida, pero. cómoda. Le daba terror tener que cambiar de domicilio sin saber con quien o con quienes se iba a encontrar.

Les gustaba hablar de los niños. De cuando estaban en el Colegio; de sus guateques en la casa, de cuando iban a la playa; del día que José perdió el miedo al agua, y de los viajes; sobre todo de aquel día que en Portugal se perdió el autobús en una senda forestal y se vio obligado a pasar por un puente tan viejo, tan viejo, "que crujía bajo el peso del coche como un suelo impregnado de azúcar, y tan justito, tan justito que la carrocería iba a cinco centímetros de las barandillas..., y el barranco era tan hondo, tan hondo que el agua parecía una hebra de hilo plateado Llegados a la otra orilla habían respirado hondo (casi tan hondo como el río), y dijeron:

-¡ Milagro, milagro!- y dieron un fuerte aplauso al conductor por su pericia.

También hablaban de las cuatro operaciones del abuelito. De lo mal que él lo pasaba cuando ella tenía que acudir a la tita Paquita. La ayuda que en momentos difíciles siempre prestó Maritza...

Y así contando lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste; pero visto con la naturalidad y la dulzura de haber vivido toda una vida juntos. El ratón y la abuelita eran felices recordando aquellos días ya pasados en que él abuelito estaba en casa.

Pasaron muchos días, no sé cuantos, y una mañana. la abuelita llamó, a Mur

- Ven, Mur. - El ratón de un salto se deslizó a las manos de la abuelita.

- Aquí estoy. -dijo Mur con cariño.

- Mira. Esta tarde va a venir el abuelito y me iré con él. Cuando vengan mis hijos tu les cuentas que vino papá y nos fuimos

-¡Yo?

-Si. Sino quieres que te vean aquí vete al ordenador y allí les esperas. Escribe lo que te vaya decir:

-Ha venido papá y me voy con él al Cielo. Sed obedientes y recordar siempre su mensaje y llevarlo a cabo. No lo olvidéis nunca, jamás...

Rezad y procurad la paz

Candelaria Gómez de Mercado

 

Licencia   

 

Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

 

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